MARTÍN OLMOS MEDINA

El héroe sin estatua

In Hazañas bélicas on 27 de diciembre de 2012 at 23:47

Un hombre que jamás existió engañó a Hitler para facilitar la invasión de Sicilia

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Iba el cuerpo del buen Cid/ Con tal arte que admiró:/ Muy religado a la silla/ Encima de su trotón”
JUAN AROLAS.

Acaso Michael Glydwr tuvo alguna vez una   inquietud, pero en una vuelta del camino la vida se le torció, quién sabe si le rompieron el corazón o le fueron mal los negocios. Entonces le atrapó el diablo de la botella, preferiblemente de gin, y se echó a andar la carretera y a dormir bajo la luna, que se reía de su suerte de galés sin suerte. Un día –quizás se miró en un arroyo y vio a un vagabundo borracho-, se suicidó comiendo una ración de matarratas. Y sin embargo Michael Glydwr fue un héroe de Inglaterra. La patria es una madre que exige a sus hijos el sacrificio de la vida cuando se mezcla en una pelea. La patria cría héroes, generalmente a la fuerza, que son siempre hermosos y tienen en común que, antes de serlo, solían disfrutar de buena salud. Después, por lo general, acaban muertos y les ponen una estatua en cuya peana, donde mean los perros, no se considera necesario especificar, en una placa de bronce,  si alguien les preguntó su opinión. A Michael Glydwr no le preguntaron si quería ser un héroe y nadie se acordó de ponerle una estatua. Sin embargo  no derrochaba salud y cuando le reclutaron a la fuerza para la operación “Carne Picada” estaba más muerto que la misa en latín. Algunos hombres afrontan la tarea del héroe con zozobra, los valientes con coraje, casi todos con inquietud; Michael Glydwr la asumió con frialdad.

Juego de trileros
En la conferencia de Casablanca de enero de 1943, los aliados decidieron separar a Italia de la guerra. Winston Churchill, del que Hitler dijo que era un semiamericano, borrachín y judaico, pensó que el colapso de Italia produciría “un escalofrío de soledad en el pueblo alemán”. El Afrika Korps de Rommel estaba desmantelado pero las bases navales y los aeródromos de Sicilia cerraban el paso a cualquier convoy aliado que se dispusiera a dirigirse a Europa desde el litoral norteafricano. Desembarcar en Sicilia significaría garantizar las líneas de comunicación en el Mediterráneo y reduciría la presión alemana sobre el frente ruso al obligar a las fuerzas del eje a retirar de los Balcanes sus veinticinco divisiones para utilizarlas en la defensa contra un ataque por el sur.  Hitler sospechaba que la ofensiva aliada llegaría a  través de España y Portugal o de Grecia, pero Mussolini y el mariscal Albert Kesselring el Sonriente estaban convencidos de que las barcazas atracarían en Sicilia. Los servicios secretos británicos comprendieron la conveniencia de que los alemanes dispersaran sus tropas distrayéndolas en varios frentes y pergeñaron la operación Carne Picada, que debía ser llevada a término por un hombre que nunca existió. La idea partió del oficial de inteligencia del Almirantazgo  Ewen Samuel Montagu, segundo hijo del Barón de Swaythling, fundador de la Liga de Judíos Británicos. Montagu fumaba en pipa hojas de tabaco Capstan de caja azul, era abogado en su vida civil -defendió con entusiasmo a la célebre asesina Alma Rattembury, que mató a su marido para fugarse con su amante- y fue instructor de ametralladoras durante la Primera Guerra Mundial. Por lo demás era inglés de Times y té, naturalmente de Darjeeling, y hay que suponer que combatía sus insomnios leyendo folletines de la Baronesa de Orczy, porque el plan que urdió para confundir a Hitler fue propio de la Pimpinela Escarlata. Montagu necesitaba un oficial difunto, preferiblemente de la Royal Navy, un maletín con correspondencia confidencial del Estado Mayor, la confabulación de las mareas y la eficacia de la Abwehr, la inteligencia alemana. El espionaje, el Gran Juego que decía Kipling, no es muy diferente a una timba amañada, y dicen los trileros que las ratoneras funcionan porque a los ratones les gusta el queso.

El Mayor William Martin
Ewen Montagu encontró a Michael Glydwr tumbado en una morgue de Cardiff, sobre la que llevaba una semana más muerto que Juan el Bautista, y nadie parecía tener mucha prisa en reclamar su cadáver. Supo que era el borrachín local, que se había suicidado zampándose una ración de veneno para ratas y pensó que se merecía la oportunidad de no haber vivido en balde. De aquel hombre frío y poco protestón quería Montagu su apariencia carnal, que había conocido tiempos mejores, a la que concedió la identidad imaginaria del Mayor William Martin, de los Royal Marines, al que pintó de oficial eficaz en su trabajo, enamorado, fumador y católico, amante del teatro y desordenado en cuanto a sus finanzas. Para eso le otorgó una tarjeta de identidad de la Armada (en la que iba prendida la foto de un hombre que se parecía ligeramente al difunto), unos billetes para los gastos chicos, un paquete de cigarrillos de calibre intermedio de la marca Players, un juego de llavines, puede que de su buzón, las entradas de la función EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIO“Strike a new note” que fue a ver al Teatro Príncipe de Gales del West End de Londres durante un permiso  y una carta del banco Lloyd´s en la que le avisaban, con redacción educada pero apremiante, que tapase un descubierto de 79 libras que sonrojaba su cuenta. Le colgó al cuello una cruz de plata y en un bolsillo, cerca de su corazón, guardó una foto de su novia Pam (que era una amiga de Montagu, taquígrafa, que posó para la ocasión con sonrisa de casamiento) con la factura de un anillo de pedida que había comprado en la joyería Phillips. Después le ató  a la muñeca un maletín que contenía una carta de presentación de Lord  Mountbatten en la que explicaba que el Mayor Martin transportaba informes confidenciales desde Gibraltar a Londres y la correspondencia cruzada entre el segundo jefe del estado mayor imperial, sir Archibald Nye, y el general Alexander, jefe del ejército de Túnez, en la que sugerían que la invasión de Italia empezaría por Cerdeña, desestimando Sicilia como playa de desembarco. Metieron a aquel hombre que nunca existió en una cámara cilíndrica de dos metros de longitud por sesenta centímetros de diámetro, recubierta de amianto y repleta de hielo carbónico y lo embarcaron en el submarino “Seraph”, con base en Greenock, Escocia, que puso rumbo al Golfo de Cádiz. El 30 de abril de 1943 el comandante Jewell cinchó al cuerpo del Mayor Martin un chaleco salvavidas, rezó un responso breve y marinero, y arrojó el cuerpo al Atlántico, cruzando los dedos para que la marea jugase de su parte aquella martingala de farol. Arrojaron también una lancha neumática de la R.A.F. boca abajo, para simular un accidente aéreo.

Aquella misma mañana, el pescador José Antonio Rei María, medio portugués vecino de Punta Umbría, que andaba al camarón, encontró el cuerpo entre las playas de la Mata Negra y El Puntil, lo pescó con su perchel y se lo entregó al Instructor de la Marina de Huelva, don Mariano Pascual del Pobil. Antes de que la pesca llegase al vicecónsul británico, mister Francis Haselden, las autoridades franquistas, en términos de cordialidad con el nazismo, permitieron que el jefe de la Abwehr de la zona, Adolf Clauss, fotografiase las cartas confidenciales con una cámara Leika de lentes de aumento y  enviase los negativos a Berlín. Hitler se tragó el anzuelo y desabrigó Sicilia fortificando, en cambio, las posiciones de Córcega y Cerdeña. Cuando el 9 de julio de 1943 las lanchas de desembarco DUKW de los aliados atracaron en Sicilia solo encontraron una línea de defensa formada por combatientes italianos, que cuando oyeron el primer disparo corrieron a ocuparse de sus asuntos. Dice un chiste que el libro más corto de la historia se titula “Victorias militares italianas”. A partir de entonces Alemania tuvo que pelear a la defensiva, como los púgiles que no aspiran a nada. Ewen Montagu recibió la medalla de la Orden del Imperio Británico y Michael Glydwr, el hombre que vivió una vez y murió dos (la primera por un mal trago y la segunda por Inglaterra), fue enterrado en el cementerio católico de Nuestra Señora de la Soledad de Huelva bajo una lápida, comprada en Casa López, en la que aún se puede leer: Dulce et decorum est pro patria mori.

MARTÍN OLMOS

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