MARTÍN OLMOS MEDINA

El corsario sin fortuna

In Fuera de carta on 30 de diciembre de 2012 at 18:47

Hace 100 años que Emilio Salgari se suicidó con una navaja barbera. A pesar de lo que mantienen las entradas de algunas enciclopedias nunca navegó por los mares del sur y vivió sorteando la miseria

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“¿Cuánto tiempo ha pasado desde que jugaba a los piratas malayos!”
CESARE PAVESE

“Salgari tuvo talento para carecer de él, lo que no es tan fácil como parece”.
FERNANDO SAVATER

“Cuando yo era chico, Julio Verne había sido desplazado en España por Salgari”.
JULIO CARO BAROJA

“Emilio Salgari no era malo. Lo que sucede es que yo no lo  merezco y no sé leerlo; releerlo.”
JUAN BAS

“Salgari no debe ser propuesto como ejemplo de bien escribir y debe, por tanto, dosificarse y alternarse con la lectura de los clásicos.”
UMBERTO ECO

“La relación de Italia con Malasia es extremadamente fantástica y procede de un tal Emilio Salgari.”
ANTHONY BURGESS

“En todas partes hay escritores a los que se elogia y escritores a los que se lee.”
RAMÓN J. SENDER

Hace cien años que a Emilio Salgari le mataron sus editores, que le dieron el hambre y la neurastenia, el frágil asidero de la botella para mantenerse en cordura y la obligación de acometer la pluma como si fuera el remo de la galera. De joven Salgari tenía hambre de mar del sur y bandera de calavera y de hombre tuvo el hambre sin metáforas, el hambre de pan y cama limpia, y prefirió agarrar en la mano a un pájaro, que era un gorrión raquítico, que emprender la caza de los cien que pasaban volando llevándose sus sueños de sal, de alfanjes fieros y de gloria. Salgari quiso ser marino pero no tenía el don de los números y quiso la mesa colmada pero le dieron el plato escuálido y a la prole sin saciar porque firmó, como si fuera con sangre, el contrato feroz de la miseria. Mejor le hubiera ido firmar uno con el diablo Belcebú y arriesgar el alma, pero lo hizo con el editor Antonio Donath, judío y Harpagón, que le ganó la vida.

Emilio Salgari nació en Verona en 1862 en una familia del Negrar-Valpolicella que comerciaba con telas y era ajena al mar y a las letras. En Verona nació el poeta Catulo y se amaron Romeo y Julieta sin la bendición de la familia. El niño Salgari fue chaval renacuajo y poco doncel que dibujaba bergantines en su cuaderno, miraba al mar y huía del pupitre para leer los folletines franceses de Dumas y Eugene Sue y las aventuras de Gustave Aimard, Mayne Reid y el Capitán Marryat. A los 16 años se trasladó a Venecia para estudiar náutica en el Instituto Regio de Paolo Sarpi pero suspendió geometría, navegación oral, astronomía y trigonometría y se quedó sin ceñir la gorra de capitán mercante. Estimó, sin embargo, que el mar era un estado de ánimo y no papel timbrado y a partir de entonces alardeó de patrón de cabotaje y de lobo de océano seco. Con el tiempo llegó a creerse su máscara y libró duelo a espada con el periodista Giuseppe Biasoli porque éste puso en duda sus galones capitanes.  Fue en 1885, Biasoli escribió en el semanario L´Adige que Salgari era marino de agua dulce y el escritor le desafió. Salgari también presumía de consumado esgrimista y de inventor de una estocada mortal. Se batieron a la sombra de la torre del campanario de la Basílica de San Zenón y Salgari hirió ligeramente al periodista, fue duelo a primera sangre para evitar la onerosa consecuencia administrativa  de uno a muerte, y tuvo que penar una semana de mazmorra que le pareció barata por lavar su honor. En realidad Salgari solo conoció el mar Adriático, que es de marea apacible, que navegó a bordo del “trabaccolo” Italia Una, una goleta de cabotaje con carga de carbón en la que sacó billete de turista para rendir viaje desde Venecia hasta Brindisi. Allí acabó su idilio con las sirenas y los siguientes mares se los tuvo que inventar.

ILUATRACION DE MARTÍN OLMOS

Salgari publicó sus primeros relatos de piratas de Java en el periódico L´Arena, en formato de folletín por entregas, cuando tenía veintiún años. Emprendió  noviazgo con Ida Peruzzi, morena rizada de orejas grandes, a la que escribía cartas mentirosas en las que le contaba que había nacido en una noche de tormenta y que había capeado tempestades en los océanos indomables. Ida Peruzzi era actriz de tercera, portadora de sífilis, alcohólica y ninfómana y a Salgari le gustaba disfrutarla vestida de reina mora.  Se casaron en 1892 y tuvieron prole numerosa a la que bautizaron con exotismo, a la hembra la pusieron Fátima, como la heroína de “La favorita del Mahdi”, y a los varones Nadir, Romero y Omar. Los chavales de nombres fabulosos comen igual que los que gastan designación prosaica y Salgari tuvo que afrontar el condumio de la camada, la mujer, la suegra y una asistenta y se obligó a noches de pluma y café negro. Era mal administrador y negociante penoso y firmó contrato con el editor Antonio Donath, logrero y estafador, que le ofreció la seguridad dudosa de un sueldo anual por los derechos de sus novelas pero le escatimó el porcentaje de las ventas. Su literatura fue la del apremio y se sostenía sobre un andamiaje de postal y sin embargo se convirtió en la más leída de Italia, daba igual que sus argumentos sucumbieran al embrollo, sus personajes monolíticos murieran dos veces en la misma trama y su estilo fuera folletín. En el prólogo del Fausto de Goethe el Poeta afirmaba que solo lo verdaderamente grande permanece sin perderse para la posteridad y el Bufón, más juicioso, le replicaba que si él se dedicase a la posteridad no habría nadie que hiciese reír a los contemporáneos. El reembolso en liras se lo apuntaba el editor Donath y Salgari se anotaba la gloria, que no es comestible ni arregla las trampas del colmado, y acabó, con el tiempo, con el chaleco sin botones y los niños sin propina.

ILUSTRACION MARTIN OLMOS

Durante toda su vida Salgari tuvo que escribir mucho para comer poco y el trabajo enfebrecido le pasó la factura y como la golfa del chiste, en vez de tener un cliente de un millón, tenía que aliviar a dos mil de a quinientos. En los últimos años sucumbió al alcoholismo del vino corriente y su mujer enloqueció de pobreza, también contribuyó la sífilis, y besaba a los soldados en las paradas y blasfemaba a gritos por la ventana. La Casa Real le nombró caballero y la reina Margarita de Saboya le escribió ponderando la labor docente de su obra pero en casa no había postre ni lumbre. Salgari, el capitán sin mar, se hacía llamar Almirante y calzaba alzas para disimular que era tapujo pero las cuentas le seguían sin cuadrar. En 1909 la reina mora Ida Peruzzi fue internada en un manicomio de caridad y Salgari intentó matarse clavándose una cimitarra pero solo se rasguñó el pecho. Todos somos un poco como él y añoramos barcos que nunca abordamos porque andábamos en fichar en el tajo que pone en la mesa el plato de hoy y el de mañana ya veremos, que está la cosa muy mal, nos subimos en alzas para parecer gallardos, dejamos los sueños sin cumplir y un día amanecemos pensando: así que vivir es esto. Una tarde, por hacernos la ilusión de que aún nos queda sangre forajida, contestamos mal al jefe o fumamos un pitillo corsario en el retrete del aeropuerto, como los sin ley, pero al cabo volvemos a remar en agua dulce y al piso con hipoteca, que mañana hay que madrugar.

EMILIO SALGARI

El 25 de abril de 1911 Salgari se metió una navaja barbera en el bolsillo y les dijo a sus hijos que no le esperasen a cenar. Vivía en Turín, esclavizado a su mesita coja de escribir por su nuevo editor, el señor Bemporad de Florencia, tenía 150 liras en una caja y un contrato que le obligaba a terminar una novela cada dos meses, tenía en la mano el final. Se dirigió paseando al Valle de San Martino y se rajó el estómago y el cuello. El Valle de San Martino es barrancoso y queda en el camino de Briançon, donde un día se levantó la fortaleza de Pignerol, donde estuvo preso el Hombre de la Máscara de Hierro sobre el que especuló Dumas. Salgari tenía 49 años. A él no le vinieron a salvar los mosqueteros. Encontraron su cuerpo a la mañana siguiente, despojado de los ojos por los pájaros. A su funeral fue concurrencia escasa porque coincidió con la inauguración de la Exposición Universal. El editor Bemporad no le lloró luto y le resucitó contratando plumas mercenarias que continuaron sus sagas.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO ESPAÑOL EL 26 DE ABRIL DE 2011

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  1. Hace un par de veranos, en la vieja casa del pueblo, me dio por releer a Salgari, esos slagaris que amarillean llenos de polvo once meses a oscuras cada año. Me costó engancharme, la verdad. Apenas terminé El capitán Tormenta, El León de Damasco, y El Corsario Negro (“Era una nave de alta arboladura y estrecha carena, con doce bocas de fuego a estribor y otras tantas a babor”). De este último, (un ejemplar de la editorial Molino, de los años cincuenta, creo) es este magnífico capítulo XV (no se lo pierda):

    http://tinyurl.com/bhvxhf8

  2. Muchas gracias por la referencia del capítulo XV, es muy buena y no la conocía. Estoy de acuerdo con usted en que cuando se recupera a Salgari cuesta engancharlo y a veces no está a la altura de nuestras melancolías. Por cierto, la editorial Renacimiento acaba de reeditar sus falsas memorias (con prólogo de Savater), en las que Salgari surca los Mares del Sur y rescata princesas, que en realidad están escritas por Lorenzo Chiosso. Salgari me resulta simpático porque respaldó sus mentiras en un duelo, amó a su mujer loca y dibujaba barcos en vez de labrarse un porvenir. Un fuerte abrazo, señor Funes de Gomera.

  3. Pues a mí me pasó al revés de niño leía a Verne y no le me gustaba Salgari. Ahora leo al italiano con gusto. Saludos desde México.

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