MARTÍN OLMOS MEDINA

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El asesino de las orejas grandes

In La tierna infancia on 27 de agosto de 2012 at 12:58

Con diez años torturaba gallinas, con once acuchilló a un caballo y con doce le pegó fuego a una bodega de la calle Corrientes

“Solo una proporción mínima de los delincuentes observados (9,1%) tenía las orejas de dimensiones normales, en el resto predominaban las de longitudes mayores”.
LOIUS VERVAECK. Antropólogo (1872-1943).

Cuando el criminólogo veronés Cesare Lombroso le midió el cráneo al notable canalla Berzinni, bebedor de sangre, asesino de mujeres y descuartizador, pensó que había resuelto el problema del origen del criminal al encontrarle semejanzas físicas con “los hombres primitivos y los animales inferiores”. Sobre aquella cabeza construyó su teoría de la regresión atávica, que viene a decir que la cara es el espejo del alma. El edicto de Valerio recomendaba que, en caso de duda entre dos sospechosos, se condenase al más feo, pero hoy, por fortuna para la mayoría de nosotros, al tío que es difícil de mirar se le concede la presunción de inocencia. “In dubio pro reo”, aunque sea como Picio.

Cayetano Santos Godino nació en Buenos Aires en 1896, y cuando sus padres le concibieron no debieron tener su mejor noche. Quiera Dios que por lo menos pasasen un rato entretenido, porque el niño salió hecho un pimpollo: canijo, cabezón y medio tonto, le crecieron unos brazos desmesurados con los que se podía subir los calcetines sin doblar la espina y un par de orejotas de murciélago que hicieron que los paisanos del Parque Patricios, en los antiguos mataderos, a unos metros de donde en aquella época terminaba la salvaje pampa, le llamasen “El Petiso Orejudo”. Le dicen en Argentina petiso al caballo de poca alzada, lo de orejudo no merece explicación. La Teoría de la Degeneración del alienista vienés Bénédict Morel, que estudió el cretinismo en el manicomio de Ruán, sostiene que el criminal acarrea estigmas heredados, así que se le puede conceder su porción de responsabilidad al padre del chaval, Fiore Godino, que era un calabrés borrachón que un día trabajaba y tres no y que había contraído la sífilis yendo a visitar a las golfantas del arrabal, con lo que contribuyó al desaguisado largando lastre de tercera. Walt Disney dijo, en cambio, que la belleza está en el interior (“La Bella y la Bestia”, aunque también sirve “Dumbo”, en este caso), pero el Petiso Orejudo, para llevar la contraria, crió una índole que iba de la mano de su traje y salió torcido, mentiroso, pirómano y sanguinario. Con diez años torturaba gallinas, con once acuchilló a un caballo y con doce le pegó fuego a una bodega de la calle Corrientes, la del tango de Gardel. Por la escuela no iba ni para hacer bulto, prefería andar la calle, en donde les afanaba el vino a los borrachos, buscaba grescas con el vecino y se escondía en la oscuridad de los buchinches para conocerse a sí mismo. Su padre le dio por perdido después de intentar ponerle derecho a estacazos, y entre los palos, los alivios y la bebienda empezó a sufrir crisis de migrañas insoportables que le dejaban en babia. Como no había un circo a mano para olvidarlo en la puerta de la barraca de la mujer barbuda, le encerraron durante tres años en la colonia de menores de Marcos Paz, a cincuenta kilómetros de Buenos Aires, en donde aprendió a leer frases sencillas y a escribir su nombre y cuando salió encontró tajo, pero le duró tres meses escasos y regresó a la vía, a lo suyo, a birlar al descuido, a rascarse y a depredar.

Apiolar infantes
Cayetano Santos Godino, el potroso orejón, era flojo para andar con los de una pieza, y medio imbécil para embaucar a alguien de más de un metro, así que se dio a satisfacer su naturaleza con los mocosos de parvulario. Matar a un niño que a duras penas sabe caminar solo, además de una vileza, tiene el mismo mérito que pescar en una jarra, pero el Petiso no daba para más. Ensayó dos fechorías que no fue capaz de completar: al niño Severino González Caló, de dos años, le intentó ahogar en el bebedero de yeguas de una bodega del Sagrado Corazón, pero el dueño del boliche le interrumpió y le corrió a palos, y una semana después, le quemó los párpados con un pitillo a un chiquillo de veinte meses en un yermo de la calle Colombres pero apretó a correr en cuanto apareció la madre. Pero como hasta los lerdos la consiguen, a base de insistirla, el 26 de enero de 1912 ahorcó a un chaval de trece años con un trozo de piola, que es una cuerda de cáñamo, que llevaba por cinturón, y escondió el cuerpo en la habitación vacía de una casa de renta. A la piola la dicen también piolín, y las usan los albañiles para amarrar las plomadas y los matarifes para colgar de las patas a las reses. Apiolar, por aquí, lo usamos como sinónimo de matar en general, no necesariamente por asfixia, sin embargo los lunfardos dicen apiolar por espabilarse y cogerlas al vuelo. El 7 de marzo quemó viva a la niña Reyna Bonita Vainikoff, de cinco años, que murió unos días después en el Hospital de Niños del Doctor Pedro de Elizalde, el asilo pediátrico más antiguo del continente americano y el 3 de diciembre se juntó a una cuadrilla de niños de tres años que jugaban en la calle Progreso. Los críos le aceptaron por la facha de gañán que gastaba, por lo poco amenazador de su aspecto de mono vestido que, además, les ofreció, rumboso, dos céntimos de chocolate. Cayetano Santos Godino consiguió separar del grupo a Gerardo Giordano y llevárselo a la Quinta Moreno, en donde le intentó ahogar con trece vueltas de su siniestro piolín pero, al no conseguirlo, se buscó un clavo de cuatro pulgadas que le hincó en la sien martilleándoselo con un zoquete de piedra. Al día siguiente se presentó en el velatorio con su desmadejo de monigote y sus ojos de duermevela, con sus orejas de lémur y los remos de macaco, con su conciencia intacta y una comedia de lágrimas de caimán que no convencieron ni a los más ilusos. Y menos que a nadie al subcomisario Peire, que andaba detrás de una descripción pintoresca que pintaba al sospechoso de enano, orejudo y bracilargo. Le echó el guante al salir del velorio y le encontró en el bolsillo la piola, colillas de pitillos y un recorte de prensa que blasonaba su crimen. Cuando le apretaron los grillos dijo que había ido al funeral porque tenía curiosidad por saber si al niño Gerardo le iban a dar tierra con el clavo puesto. El juez le dio por imbécil sin remedio y le concedió la perpetua en La Cárcel del Fin del Mundo, que era como llamaban al penal de Ushuaia, en la Tierra de Fuego, en la población más austral del mundo, tan lejos de su Buenos Aires querido. El resto de su vida la pasó a la sombra, esperando amaneceres que tardaban en llegar, sin cartas ni visitas y con la única vida social de la sodomía que le daban a la fuerza sus vecinos de barrote y las tundas de vara de los guardianes. En 1927, en un experimento criminológico sin precedentes, le practicaron una operación de cirugía estética para reducirle las orejas, que los médicos pensaban que eran el origen de su maldad, pero no obtuvieron resultado. Al que sale alimaña no lo endereza una jeta más presentable, ni al mono un traje de seda. En 1944 destripó a los dos gatos que oficiaban de mascotas del penal y los demás presos le mataron a palos. Así que casi murió matando. Matando lo que podía, el infeliz. Niños, gatos y pajaritos.

MARTÍN OLMOS

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Alfred Packer, argonauta y antropófago

In Caníbales on 24 de agosto de 2012 at 22:16

Seis hombres subieron a la montaña de San Juan en busca de oro y aprendieron que cuando falta el pan, son buenas las tortas

“Solo la antropofagia nos une”
OSWALD DE ANDRADE. Escritor.

Según el saber popular, el cerdo agridulce del Palacio Shangai son las nalgas de Confucio, que se murió de añoranza de la Gran Muralla. Al chino se le sospecha por chino, porque nunca hemos acabado de entender sus analogías taoístas y porque, al comer con palillos, saca en el plato el filete en rompecabezas, en vez de poner en la mesa el gurriato de una pieza, como en Cándido. Dicta el derecho que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento,  pero te puedes zampar a un cristiano sin responsabilidad penal si te han metido gato por liebre. Te conviertes, entonces, sin beberlo pero comiéndolo, en el colaborador involuntario de la desaparición de un cadáver, pero si transitas con decencia, Dios mediante, no conservas mucho tiempo la evidencia encima. En los años veinte, Carl Grossman, asesino de mujeres y hostelero, concilió su devoción por destripar pimpollas con la optimización del margen comercial haciendo salchichas con los restos de sus víctimas, que después vendía en su carrito de  la estación de Silesia y ningún comensal se quejó. Comer es ponerse, como rascarse las pulgas, y el condumio se puede disfrazar en morcón, en morteruelo o en botillo, solo hace falta una trituradora y pimentón. La ignorancia es una de las razones del canibalismo, qué culpa tendrá uno si pide carne de res y se la dan de su primo. Las otras son la religión, la aberración y el hambre desesperada. Por religión los indios guaraníes del Amazonas se comían a sus enemigos para asumir su poder y por religión se come el católico el cuerpo de Cristo en forma de pan; por aberración se cena el lunático a su novia, como hizo el estudiante Issei Sagawa, que encontró el sabor de la holandesa Renée Hartevelt suave y sin olor, como el atún.

El hambre desesperada, la famélica, no tiene nada que ver con  las ganas de merendar y condujo a Charlot a comerse las suelas de sus zapatos. Decía Cela que la higiene es lujo de ricos que el hambriento no acaba de entender y contaba que hace algunos años, en los tiempos de la carpanta, se ordenó quemar los cadáveres de los cerdos con triquina para que no se los comiesen los gitanos. Cuando hay hambre no hay pan duro y los pobres de Peixinhos, en el estado de Pernambuco, se comían los restos humanos de los hospitales de Recife, que se amontonaban en un vertedero sin incinerar. En casos de gazuza rematada lo que se recomienda es comerse a un pariente, del que por lo menos se conoce la ceba y uno se queda más tranquilo. Durante el sitio de Leningrado, en la Segunda Guerra Mundial, el hambre se hizo tan insoportable que se organizó un mercado negro de cadáveres y los supervivientes del accidente aéreo de los Andes de 1972 se dieron a la antropofagia para conservar las fuerzas y ponerse a caminar a cuarenta grados bajo cero. Eran apenas muchachos, miembros de un equipo de rugby, y tuvieron el juicio de no mencionar los nombres de los que se comieron. Cada cual hizo la digestión a su manera y con el tiempo unos entendieron que aquello fue una comunión entre los vivos y los muertos, como la Última Cena, otros no le dieron  más vueltas que las necesarias y mantuvieron que fue comer o morir y todos se pusieron a dar conferencias. El dilema del canibalismo por necesidad pasa de ser gastronómico a judicial dependiendo de lo que se mueva la cena antes de hincarle el diente. Una cosa es ser carroñero y otra hacerle tajadas a un prójimo que aún respira.

La expedición de los novatos
Alfred Packer, el Caníbal de Colorado, fue antropófago y asesino, pero no recordaba en qué orden. Nació en el condado de Allegheny, en Pensilvania, en 1842, y nunca tuvo suerte en la vida. Abrazó la causa de la Unión cuando estalló la guerra civil y se alistó en un regimiento de infantería de Iowa para ser un héroe pero no llegó a entrar en combate porque le licenciaron cuando descubrieron que era epiléptico. Hasta entonces había pensado que a veces le visitaba el diablo con ganas de bailar. Ni siquiera usó su nombre con corrección porque una noche que estaba trompa se lo hizo tatuar en el brazo por un artista disléxico que alteró el orden de las letras y desde entonces le llamaron “Alferd”, para no contradecir a su piel. “Alferd” Packer vagó el país sin perspectivas, con su nombre cambiado y su mala sombra, y como todos los hombres desesperados,  persiguió el sueño del oro. Oyó hablar de un yacimiento en Breckenridge, en Colorado, en las montañas de San Juan, en donde las pepitas abundaban como las liendres en el cuero de un perro. Formó una asociación de conveniencia con otros cinco argonautas que fueron Shannon Bell, que tenía la mirada torva, Jim Humphrey, Frank Miller, que le decían el Rojo, George Noon, que le llamaban California, y el viejo Israel Swan. Compraron carne en tasajo, café y latas de melocotones, yesca, una criba y azadas raederas, mantas, pólvora, cabos de vela y tabaco de Virginia y partieron con seis pencos y una mula a principios del año 1874. Ninguno de aquellos hombres tenía experiencia montañera y los indios ute les desaconsejaron empezar el viaje en pleno invierno pero los soñadores no atendieron a prudencias y, dos meses después, solo uno de ellos regresó.

Alfred Packer bajó de la montaña en primavera, tan pobre como subió, barbudo como un profeta, descalzo y cubierto por el puro jirón, llevaba en el cinto un cuchillo de desollar y contó que sus compañeros habían muerto de inanición y, sin embargo, él no enseñaba los estigmas de la desnutrición. Una expedición de rescate encontró los cinco cuerpos despellejados y a medio comer, cuatro de ellos muertos a hachazos y el otro de un tiro en la pelvis. Packer confesó que se perdieron en medio de una tormenta y la mula con el pertrecho se les escapó. Al principio sobrevivieron comiéndose el forraje de los caballos y después se zamparon a los caballos mismos. Intentaron comerse las sillas de montar pero el cuero mojado era imposible de masticar. Primero murió el viejo Israel Swan, según Packer de hambre, y se lo comieron también. Después les tocó el turno a Jim Humphrey, a Frank Miller el Rojo y a California George Noon y de tanto comulgar Shannon Bell se volvió loco y atacó a Packer con un hacha, que en defensa propia le tumbó de un tiro en el estómago. Su historia de supervivencia, narrada vigorosamente, no conmovió al juez y le condenó a morir en la horca por haberse merendado a cinco demócratas. Más tarde le conmutaron la sentencia por cuarenta años de prisión, de los que cumplió apenas la mitad, y se convirtió en una celebridad local que ganó 1.500 dólares vendiendo bridas trenzadas con su pelo. Recuperó la libertad en 1891 y se fue a vivir a Denver, Colorado, en donde encontró trabajo de conserje en la oficina de correos, se hizo vegetariano y murió en la paz de Dios en 1907. En sus últimos años era tan famoso como el indio Gerónimo y como los niños le seguían por la calle le llamaron el Flautista de Hamelin. En 1971, en la cafetería de la universidad de Boulder, en Colorado, servían un almuerzo tan indecente que los estudiantes rebautizaron el comedero y lo llamaron La Parrilla de Alfred Packer, que se hizo muy popular con el eslogan “Traiga a un amigo a cenar”.

MARTÍN OLMOS

Calamidad

In El Far West on 17 de agosto de 2012 at 20:18

Según se mire, Jane Canary fue un precedente del feminismo, una golfa embustera o un marimacho

“En la historia de Calamity Jane puede afirmarse o negarse cualquier cosa”
FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA. Escritor.

Dicen que la suerte de la fea, la guapa la desea, pero a las feas se las tiende a saludar desde el otro extremo de la calle, por si les pincha el bigote, y terminan por hacer poca vida social. Martha Jane Canary era fea como un susto detrás de una esquina y, sin embargo, ejerció el puterío con solvencia cuando se vio en la necesidad: se conoce que tenía la grupa ecuestre. Los mineros zafios la galopaban por económica y porque las bellas, a la larga, sosean, cuestan más y después de la equitación bostezan con displicencia y miran al techo, mientras que las feas, como ponen de su parte, levantan el epílogo contando chistes verdes. Cuando no serviciaba de puta, Martha Jane empinaba el codo con dedicación, escupía tabaco negro por ambos lados de la boca (en ocasiones a la vez), blasfemaba su buen cuarto de hora sin repetirse y se liaba a puñetazos con los gañanes y los tumbaba a rodillazos en el prostático. Martha Jane Canary no usaba polisón para que le abultase el asiento, que lo tenía plano y raspudo, llevaba la cara sucia, pulgas en los refajos y era un tío de una pieza que jamás se pintó las uñas de los pies. Montaba a horcajadas, expelía vientos jolgoriosos y de su boca nunca salió una verdad. El tiempo que esculpe las rocas le fue pintando un carácter que ella asumió con complacencia y lo exageró, para no decepcionar al auditorio, inventándose novios pistoleros y duelos a muerte, y acabó siendo una especie de Clara Campoamor de pasto, eructo y pedo zullón.

Martha Jane Canary nació el primero de mayo de 1851 en Princeton, Misuri, y acaso intuyó un padre, pero jamás le conoció. Su madre, que se llamaba Charlotte, trabajó en la horizontal y un día le dijo: Jane, no confíes en varón y mucho menos si aparenta virtud y no incumple alguno de los mandamientos de Dios, no te dejes enredar por unos ojazos negros ni por un bigote militar, estas certezas que te digo las he adquirido en el oficio y me han sido refrendadas por el espectáculo patético de hembras viejas, de encías yermas y pechos vacíos, que he visto en la vía, abandonadas a su suerte perra y a su incierto albur después de romperse el alma afanándose para un gandul. Te dejo, Martha Jane, este imponderable, que es seguro como un artículo del credo, por no poder dejarte un juego de servilletas de hilo. Una vez le dijo esto murió y la dejó huérfana a la edad de quince años. Martha Jane, apenas niña, se vio en la obligación de sostener a sus hermanos y trabajó ordeñando vacas descuidando su educación y no aprendió a tocar el piano. Fue creciendo pellejuda y parda de piel y la naturaleza le concedió pocas gracias y, sin embargo, alzó jirafuda y de lejos parecía esbelta. De cerca precavía. Aprendió a leer con esfuerzo y a sumar con los dedos y probó los oficios de lavandera, arreadora de mulas, bailarina de bodegón y ramera, continuando la estela de mamá. Deleitaba con las botas puestas, era mullida y comprensiva. Dejó pronto la falda en favor del zahón vaquero y se inclinó por las labores de los machos, se fue a Cheyenne, en Wyoming, y encontró plaza en las obras del ferrocarril, manejando el mazo y ganándose el derecho de acodarse en la taberna. A los veinticinco años ya era una alcohólica irredenta. Puede que asaltase alguna diligencia, se apartó del jabón, disparaba con tino y enterró a dos maridos. Meaba de pie. Le empezaron a llamar Calamidad.

La viuda del pistolero
Como le apetecían más los gaznates sedientos de la soldadesca polvorienta que comadrear en la costura, en 1870 se alistó de exploradora a las órdenes del general George Crook, notorio exterminador de indios, en los territorios sin prejuicios y, a partir de entonces, vivió en pantalones. Vistió la piel sin curtir y el fleco y comió serpientes de cascabel, durmió, con un ojo abierto,  al arrullo amenazante de la pena del coyote, se quitó el frío a lingotazos, el miedo a juramentos y rompió una cincha a pedos. Sus hazañas demostradas fueron salvar al capitán Egan de ser tonsurado por el sioux en Goose Creek, cruzar el río Platte a nado y abrir la ruta Newton-Jenney en las Colinas Negras. El resto de sus bravuras se las inventó cuando intuyó que iba criando leyenda de amazona. Con el gollete en regadío y por diez céntimos la sesión, contó mentiras en el espectáculo de Pawnee Bill y en el circo de Búfalo Bill. Contaba sin rubor que sirvió a las órdenes del general Custer y que estranguló con sus manos a un oso pardo. Comparecía en el proscenio con un cuchillo entre los dientes y dos colts cruzándole el vientre, era procaz y bárbara, era, como la vida, puro teatro.

En 1876 se asoció con Colorado Charlie Utter y puso un negocio de postas en Deadwood, en Dakota del Sur, en donde plantaron comunidad los buscadores de fortuna, los tramposos, las golfas y los traficantes de opio. Martha Jane trabajó yaciendo en el burdel de madame DuFran y ofició de samaritana durante la epidemia de viruela con singular desprendimiento.  En Deadwood conoció al Salvaje Bill Hickok, el más notable pistolero de la frontera, que conservaba la épica estampa y los revólveres cruzados en el fajín pero no la vista, que le traicionaba al atardecer y le exponía cegato ante los valentones. Hickok y Jane iniciaron amistad que, probablemente, fue de hombre a hombre y que les duró hasta que el cheposo Jack McCall asesinó al pistolero de un tiro por la espalda en un changarro de timbas por una discrepancia ligera. Más tarde, Martha Jane aseguró que persiguió al asesino con un hacha de mano, pero nadie recordó haberla visto en el trance. Con el tiempo, a Calamidad le convino convertir la amistad en romance y aseguró haberse casado con Hickok poco antes de su muerte y haber alumbrado una hija suya, de nombre Jean, a la que dio en adopción. Dijo que el casorio se celebró en Benson´s Landing, en Montana, oficiado por dos reverendos abstemios y refrendado por tres testigos que mantuvieron la verticalidad suficiente para firmar sobre una Biblia con caligrafía legible.

Martha Jane Canary, Calamidad, volvió al tinglado de la farándula y añadió su viudedad a su sarta de patrañas. En 1884 se casó por tercera vez con un tejano de El Paso que se llamaba Clint Burke, pero el matrimonio duró poco por la controversia que se desataba en el doméstico sobre quién llevaba los pantalones. Se le acabaron las candilejas cuando empezó a salir al escenario borracha perdida y se pasó sus últimos años recogida en uno de los burdeles de Madame DuFran, su antigua alcahueta de Deadwood, que en realidad se llamaba Dorothea Bolshaw, era de Liverpool y tenía un loro que se llamaba Fred. Jane ya no estaba para la hípica y se ganó el plato lavando las sábanas de las posguerras. Se puso enferma de pulmonía y se enganchó su última trompa en un tren camino de Terry, en el sur de Dakota, y murió sin épica a la mañana siguiente, el uno de agosto de 1903, preguntándose si tenía fiebre o resaca. La enterraron en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood, al lado del Salvaje Bill.

MARTÍN OLMOS

Los mártires de Cristo

In La cruz y la media luna on 17 de agosto de 2012 at 19:57

La profesión de la fe exigía una muerte más bien barroca que los santos asumían con impavidez

“Convengamos en que una de las actitudes más hermosas del hombre es la actitud de San Sebastián”
FEDERICO GARCÍA LORCA

El escritor japonés Yukio Mishima ejecutó su primer solo de zambomba cuando contempló una lámina que reproducía el martirio de San Sebastián de Guido Reni. En la pintura aparece el santo maniatado a un tocón, lampiño de pecho y entre muscular y mullido, herido de dos flechazos en el costado derecho y debajo del sobaco esquilado, guardando el aire para disimular la cuba e insinuando la pudibundez, como Raquel Meller insinuaba la pulga, que apenas tapa con una gasa desmayada debajo de la que no se sabe si hay sombra o selva. Para andar padeciendo tortura su semblante, en cambio, es sereno y entreabre los labios profanos, mira al cielo con solaz y parece que aquello no le acaba de disgustar. Los mártires de Cristo cogen la del pulpo con morosa delectación, no se sabe si porque les aguarda el paraíso o porque les va la marcha. Además de Reni, a San Sebastián le ha pintado Tiziano, El Greco, van Dyck, Rafael Sanzio y Rubens, T.S. Eliot le escribió una canción de amor (“Me azotaría hasta hacerme sangrar,/ y después de horas y horas de plegarias/ y tortura y deleite…”) y con el tiempo se ha convertido en el santo patrón de la gayería, que también tiene derecho, sin el consentimiento de Roma. A pesar de la iconografía blandengue, San Sebastián era un tío de un par y sobrevivió a los flechazos, lo que pasa es que luego fue a por más y le acabaron matando a palos. Era francés de Narbona, de linaje noble y soldado de Roma, que llegó a ser capitán de la guardia pretoriana. Cuando el emperador Maximiano, que tenía ancestros en la barbarie goda y era un gigante de más de dos metros, descubrió que era seguidor de Jesucristo, le dio a elegir entre la milicia o la cruz y como San Sebastián optó por la segunda, le asaetaron amarrándole en cueros a un tronco de abedul, le dieron por muerto y lo abandonaron a las hienas. Sobrevivió, sin embargo, y fue recogido por Irene, la esposa de San Cástulo (que también sufrió martirio y fue enterrado vivo por el emperador Diocleciano), que le devolvió las condiciones que le duraron poco, porque en vez de coger las de Villadiego, se quedó en Roma para que le mataran a latigazos y echaran su cuerpo a una cloaca.

Elegir ser mártir de Cristo asegura una butaca de palco a la derecha de Dios, pero exige un peaje doloroso de tortura y una ejecución modernista que puede adornar, sin desmerecer, las páginas en color de una revista holandesa. Las muertes de los santos son lentas, como las películas suecas, y conforman una iconografía sadomasoquista de atrocidades que le hacen preguntarse a uno, que es más bien cagón, si merece la pena la eternidad. Queda el consuelo, no obstante, de que solo resucita el alma, porque el cuerpo no llega en condiciones.

Parrillas y cal viva
A Santa Eulalia de Mérida, que tenía doce años, el pretor Calpurniano la expuso en cueros delante del villanaje, al que siempre le viene bien un espectáculo, pero Dios la cubrió de niebla y escondió su desnudez. Como no se murió de la vergüenza le dieron tormento y la azotaron con un látigo con plomadas, le  arañaron la piel con un garfio hasta dejarle el hueso a la vista y le vertieron sobre los pechos una medida de aceite hirviendo. Después la regaron de cal viva, le cortaron con puntas de teja, la asaron en un horno, le arrancaron las uñas de las manos y de los pies y la clavaron a una cruz, que arrojaron a la plaza desde un campanario para que se descoyuntase y cuando murió de su boca salió una paloma. A San Zoilo de Córdoba le sacaron los riñones buscándoselos desde la espalda y le cortaron la cabeza, a Santa Engracia la arrastraron sobre una calle empedrada, le cortaron los dos pechos y con un clavo de puerta hincado en la frente la metieron en un corral lleno de pulgas y a Santa Aquilina le metieron en el oído un listón de hierro candente. A San Genaro de Nápoles, que era obispo de Benevento, le asaron en un horno pero salió de una pieza y como los leones del Coliseo no se lo quisieron comer le degollaron y a la mañana siguiente se le apareció a un pastor para regalarle un paño ensangrentado. A San Policarpo de Esmirna le quemaron en la hoguera, a San Quirino le tiraron al Danubio con una piedra atada al cuello y a San Lorenzo, que fue diácono de Roma y guardián del Santo Grial, le asaron a la parrilla como a un cuino en el Mesón Cándido, cuidando de buscarle el punto. Cuando ya iba pareciendo somarro le dijeron para apostatar y salir crudo pero San Lorenzo les contestó: “Assum est, inqüit, versa et manduca”, que más o menos quiere decir que ya tenía el lomo tostado, que le diesen la vuelta y se lo almorzasen. Una, dos y tres, a los niños Justo y Pastor se los comieron los judíos con hojitas de cilantro, decía una canción que se recitaba para saltar la comba.

Aunque son la infantería de Dios, a los mártires no les dan un pitillo y paredón sino que los matan cadenciosamente o por lo culinario, con adorno de verónicas, como hacen en el  narco de Sinaola y en la macumba del vudú. Para ser mártir hay que nacer y tener correa o una insensibilidad congénita al dolor, lo que no deja de ser una anormalidad del sistema nervioso. O hay que tener fe, que dicen que mueve montañas.

Cuando Yukio Mishima aprendió a tocar la zambomba era pequeñito y frágil, pero con el tiempo se construyó un cuerpo de Maciste y se sacó fotos posando como un San Sebastián de gimnasio de motoristas, sudoriento y enseñando los sobacazos peludos. Mishima fue un hombre de psicología complicada y fetichismos primarios y a los doce años se sintió atraído sexualmente por el vello axilar de un compañero de colegio que era mayor que él y ya estaba sembrado. Fisiológicamente era más bien atávico y consideraba el olor a sudor de los soldados como una brisa marina. Y como los mártires, sintió el placer de morir y en 1970 se vistió de Geyperman,  secuestró al general Kanetoshi Mashita, comandante en jefe del Ejército del Este, largó un discurso a la tropa, que le abucheó, y se abrió en canal solemnizando el ancestral rito del seppuku de los samurais.

MARTÍN OLMOS

El asesino calavera

In El cañí on 16 de agosto de 2012 at 14:12

José María Jarabo Pérez Morris era un señorito calavera que nunca sintió la menor curiosidad por madrugar

“Conocí a Jarabo en la bolera Boulevard y aún me pone nervioso que pueda aparecer algún día una foto en la que salgamos juntos”.
PAUL NASCHY. Actor y director.

El folclore de París presumía de Landrú y el de Londres de Destripador, que recortaba de maravilla en la niebla, pero Madrid, de memoria frágil, había olvidado a Luis Candelas y nadie le rezaba un padrenuestro cuando pasaba por la Puerta de Toledo, donde le ajusticiaron en 1837. Como mucho, algún mesón para forasteros llevaba su nombre y ofrecía unos jarrillos de barro en los que ponía “robado en la cueva de Luis Candelas” que acababan, junto al toro de cartón y la flamenca, en el cajón de las cosas que nadie sabe dónde poner. Sin embargo, en el andurrial cañí de los chulos de gorra y de las manolas que andaban gritando el nardo, había casi más choros que mendas por lo legal. Estaban las mecheras, que descuidaban el género en las narices de la dependienta, que se había distraído con un quinto de la infantería, que era maño, y estaba el trilero de la sota y los dos ases, ¿dónde está la puta?, y estaban los guindas del autobús, los palquistas (chorizos por escalo), los percadores (chorizos de ganzúa) y el que paseaba la mojosa cuando se le calentaba el Valdepeñas y rendía la tarde con una tragedia. Estaba el pollo aquel que le vendió a un cateto una línea del tranvía y los calorros que mercaban el birle en el Rastro de Cascorro y gritaban el agua cuando asomaba la pestañí. Estaban los artistas del tocomocho y estaba Baroja paseando por el Retiro con el virtuoso detrás, mirando de bailarle el estuche porque le junó, por la boina, pinta de julai flete de aligerar. La villanada de los madriles era de castizal, de chato áspero y porras para desayunar, y no se podía exportar, como los gángsters de Chicago, hasta que llegó el asesino Jarabo, que sabía hablar inglés.

José María Jarabo Pérez Morris era un señorito calavera que nunca sintió la menor curiosidad por madrugar y prefirió enfilar la calle torcida. En su infancia no hubo un padre con la mano larga ni una madre en la esquina, charlando con los marineros, no hubo gazuza ni frío, ni un pariente que estranguló a una monja, sino todo lo contrario: su familia manejaba una fortuna en Puerto Rico y su abuelo Félix había sido magistrado del Supremo. Lo que pasó es que Jarabo salió flojo para el tajo y garufa para la noche. Acabó a duras penas el bachillerato de pago en el Colegio del Pilar, donde estudiaban los hijos de los embajadores, pero sus libros solían dormir en el Monte de Piedad mientras él cerraba los tablaos andando a las lumias. Su madre pensó que le vendría bien un barniz de mundo y le envió a estudiar derecho a los Estados Unidos, donde Jarabo ensayó un matrimonio fugaz y en lugar de la ley aprendió el hampa de los gringos hasta que le detuvieron por proxenetismo y acabó a pensión completa en el penal de Springfield, en Missouri. Durante un permiso cogió las de Villadiego y volvió a Madrid, en donde se puso a administrar inmuebles de la familia que no tardó en hipotecar para pagar las trampas del burle de las timbas de trastienda y los cañones de gambas y gin-fizz del Chicote y del Morocco. Y es que Jarabo era el rey de la noche, era un tarzán que sabía judo y bailar el chachachá, que lucía trajes a medida y endilgaba el verbo facilón de los farsantes, que spikinglis very güel, que presumía de bien macho y de esta ronda la paga un servidor y que si había que pasear la mano para plancharle a uno la jeta pues se sacaba y al reparto. En menos de diez años se fundió quince millones de pesetas en jolgorios, propinas y flamenco, en cocaína, en el naipe y en los caprichos de las hembras, hasta que en 1958 se vio sin un real, con los trajes chulos en el empeño y nadie al que pegar un sablazo. Mientras mamá estaba en Puerto Rico pensando que su hijo era un señor, Jarabo, que tenía 35 años, malvivía a caballo entre dos pensiones de mala muerte en las que tenía que dar el esquinazo al casero, estaba nervioso y tenía una pistola. Y entre manos un asunto delicado, un asunto que requería labia y parné y no una pistola y poca paciencia: su antigua amante inglesa Beryl Martin Jones, con la que había mantenido un romance de sábanas de seda del Ritz, estaba en un apuro porque su marido le reclamaba una sortija que ella le había confiado a Jarabo. Éste no había tardado en pignorarla en la casa de compraventa Jusfer, en el 19 de la calle Sainz de Baranda, y ahora no tenía las 4.000 pesetas que le pedían por recuperarla. Félix López Robledo y Emilio Fernández, los socios de la casa de empeños, calculaban sacar 200.000 pesetas por ella y no estaban dispuestos a dejarla escapar por las garantías de pago de un zángano, así que Jarabo cargó su Browning del 7´65 y cogió la calle del medio.

Emilio Fernández vivía en el cuarto piso del 57 de la calle Lope de Rueda. El 19 de julio de 1958, después de la fiesta del Alzamiento, Jarabo llamó al timbre con la uña del pulgar, evitando usar las yemas de los dedos. A él, que se las había visto con el F.B.I., no le iban a trincar los bofias de la BIC (Brigada de Investigación Criminal), hechos al chorizo de los madriles, que se iba a por la de Albacete cuando se soltaba la gresca y acuchillaba al bulto, dejando un riego de sangre hasta su madriguera, como las migas de Pulgarcito. Le abrió la asistenta, Paulina Ramos, de 26 años, que le dijo que el señor estaba a punto de llegar. Jarabo la apuñaló en el corazón con un cuchillo de cocina y esperó al prestamista. Cuando llegó le pegó un tiro en la nuca y le dejó muerto en el lavabo. La mujer de Emilio Fernández se llamaba Amparo y estaba embarazada de tres meses. Cuando entró en su casa se encontró el cuadro y corrió a encerrarse en su dormitorio pero Jarabo la inmovilizó con un edredón y le disparó en la cabeza. Pasó toda la noche con los tres cadáveres, dispuso la casa para que pareciese que se había celebrado una fiesta que se torció en trifulca y se sopló una botella de chinchón. Salió con el alba, desayunó churros y se fue al cine. El lunes madrugó y se escabulló en Jusfer, entrando con la llave que había cogido de la chaqueta de Emilio Fernández y cuando Félix López Robledo llegó para abrir el negocio Jarabo le bajó la chaqueta hasta los codos inmovilizándole los brazos y le descerrajó un tiro en la nuca. Cubrió la sangre con serrín y registró el local, pero no encontró la sortija y, para no irse de balde, afanó género para ir tirando. Le cogieron por presumir. En vez de las migas de Pulgarcito le dejó al inspector Viqueira un traje empañado de sangre, pero es que era un buen traje, cortado a la medida y que le iba como un guante. Lo dejó en la tintorería Julcán, en la calle Orense, explicando que había tenido una pelea con unos yanquis de la base de Torrejón, pero los hermanos García Aguilera pensaron que era demasiada mancha para una camorra de mesón. A Jarabo le calzaron las pulseras cuando fue a recogerlo con una golfa en cada brazo. Le juzgaron en la Audiencia Provincial de Madrid, en enero del 59. El proceso congregó más público que una corrida de Las Ventas. Había de todo: cuatro muertos, un golferas de buena cuna y una misteriosa dama inglesa que perdía sortijas. Asumió su defensa Antonio Ferrer Sama, que por primera vez en España esgrimió como atenuante la consideración de que el acusado era un psicópata y, por lo tanto, no era responsable de sus actos. Arbitraron cinco médicos, dos resolvieron que sí pero los otros tres determinaron su cordura y le mandaron al garrote. Fue el último ajusticiado por la jurisdicción ordinaria de la historia de España. Apoyado en el palo dejó de ser chuleta: Jarabo tenía el cuello de un toro y le tocó en suerte un verdugo enclenque que tardó veinte minutos en rompérselo.

MARTÍN OLMOS

La mirada oblicua

In Bandidos on 8 de agosto de 2012 at 20:43

El Bizco del Borge miraba torcido, pero disparaba derecho

“Al Bizco del Borge se le atribuía por obra de su defecto ocular prodigiosa puntería”
LORENZO SILVA. Escritor.

A Luis Muñoz García le decían por bizcuerno el Guiñao, y como no tenía que cerrar un ojo para apuntar, disparaba con la puntería de Satanás. Una vez que se la discutieron, puso en la mesa lo de una talega de duros y se los empeñó a que le acertaba a la veleta del campanario desde el extremo más lejano del pueblo. La apuesta juntó al gañanaje, que se llevó el botijo, y el Guiñao cebó la chimenea de su fusil de mecha, se chupó el dedo de señalar para ver de dónde le soplaba la brisa, puso los dos ojos zainos en convergencia y le metió una bola de cobre en el centro de la barriga a la veleta de gallo, que desde entonces ignoró el viento. Después recogió la ganancia, convidó los chatos y le rompió la cara a uno  que insinuó que el tiro le salió suertudo. Es que Luis Muñoz García, además de bizco y artillero, salió camorrista de pesebre, igual de valiente para la pelea que maula para trabajar,  hombrón de buena talla, que como le quedaba lejos el suelo no le tuvo afición a agacharse para recoger la uva, borrachuzo, faldero, asmático y medio teniente del oído derecho.

Nació en la aldea de El Borge, en donde se arruga la uva para hacer el moscatel, en el oriente de Málaga, en la falda del cerro Egido, el día de San Antolín de 1837. Desde chico le cogió escrúpulo al trabajo honrado y propendió a la taberna y al negocio del contrabando, a las hembras complacientes y a los duros sin sudar. Como era bisojo miraba a las mujeres de dos en dos y le puso la vista encima a la que no debía, que era la novia de un apacentador de bueyes al que decían el Chirrina y era peleador de navaja. El Bizco y el Chirrina se vieron inevitablemente y en un secarral dirimieron con las carracas y ganó el Guiñao, que le abrió un tajo al contrario a la altura del gollete por el que echó la vida. Hasta entonces la Guardia Civil había molestado al Bizco lo justo, por ser nada más que matutero de pueblo y buscador de jaleos, pero al adquirir deuda de sangre le tasaron la cabeza y le fueron detrás. Se echó a la sierra y formó partida bandolera con Manuel Melgares, que le decían el Estudiante porque sabía leer el latín y estaba en el monte porque siempre palmaba en el naipe, y con Francisco Antonio Palma, que le decían el Frasco y era lombardo de pellejo y caballista de renombre. Dejaron el contrabando pequeño y se hicieron bandidos y secuestradores que extorsionaron a los ganaderos de la comarca, el Estudiante era el urdidor y el escribiente de la amenaza, el Frasco el jinete y el Bizco el matón. Se les juntaron después Antonio Duplas el Francés, que era hijo de un desertor de Napoleón, Manuel Vertedor, Pepe el Portugués y un gitano con el morro de liebre que le decían el Mellao. La banda no gastó en misericordia y se dio a quemar los cortijos y el Bizco era el brutal: una vez que paró en Iznájar, en Córdoba, mató a dos guardias civiles disparándoles desde una loma solo por ensayar la puntería. Los pudo dejar pasar, como el agua que no has de beber, y sin embargo los tumbó a tiros por fardar de tino.

Retirarse de hostelero
El Bizco era feo porque con el mismo golpe de vista miraba dos puntos cardinales pero como era recio las hembras le ponían interés. Se casó con Josefa Fernández Marín y puso casa en El Borge, en el tres de la calle del Cristo, en donde paraba poco para que no le prendiesen, y atendía a una querida a la que preñó y después ignoró a la criatura. El hermano de la muchacha le fue a pedir la explicación, le dijo que si era hombrón para sembrar tenía que serlo igualmente para recoger y el Bizco le replicó con el puñal y le dejó los sebos fuera de dos traperas en el corazón. No le rindieron los hombres pero le fue arrugando el tiempo y los años le pusieron medio cegato, el asma se le exacerbó y le fatigaba cabalgar, el Estudiante dejó la sierra y el Frasco Antonio le riñó y quiso formar su propia banda. Se asoció entonces con un charlatán que se llamaba Juan Corrales que le convenció para invertir en una tasca en Madrid que le sirviese de retiro pero para la empresa necesitaba posibles y pensó en agenciárselos en el Cortijo Grande de Lucena, en Córdoba, una finca propiedad del Conde de Medinacelli que la trabajaba en renta el indiano Cándido López. Mediando mayo de 1889 el Bizco del Borge tomó el cortijo y guardó de rehenes a la mujer y a los hijos del rentero y mandó al dueño a Loja, a vender un carro de pellejas de aceite que le reportasen los quince mil duros del negocio. Por el camino, Cándido López dio el aviso a los guardias, que mandaron dotación de dieciocho números del cuartel de Valdemoro para prender al bandido. Llevaron los hombres los gatillos al pelo de sus fusiles de reglamento y las ganas de revancha de la matanza de Iznájar. Doña María, la mujer del cortijero, accedió al cortejo canalla del Guiñao para eludir la navaja del cuello de sus hijos, hizo de sus tripas corazón pero aprovechó un descuido y le envenenó un tazón de chocolate que dejó al bandido en el retortijón. El Bizco olió la ley y escapó a campo abierto, doblado de vientre y resoplón del asma, paró a recoger fuelle en un olivar que le decían El Cristo Marroquí y cebó el fusil porque no pensaba entregarse.

Murió el Bizco del Borge de dos tiros en el corazón, oliendo la aceituna y soñando con un bar en Madrid, le dio el alto el guardia Manuel Luciano y contestó dos disparos que marró. Su vista torcida ya no era de lince. Le acertaron los civiles José Sánchez y Cristino Franco y le dejaron seco, tumbado en el olivar, con sus ojos estrabones junando en asimetría y sus cuentas con el diablo sin abonar. Le envolvieron en una manta y lo cargaron en un carretón. Lo enseñaron en Lucena y al tercer día apestó como el odre, las moscas le cumplieron el velatorio. Quieto no pareció tan fiero. El juez instructor mandó que lo vistieran con un terno gris y como no tenía encima la filiación ordenó que le retratasen. Le fueron a sentar pero el Bizco estaba tieso de mojama por el rigor mortis y hubo que romperle las piernas con un martillo a la altura de las rodillas. Le desmadejaron a porrazos, para que entrase en plano, y le sacaron una foto en la que salió retador, norteando la barbilla con chulería pero boquiabierto del pasmo que otorga la muerte cuando no se la espera.

MARTÍN OLMOS

Las reglas de la chusma

In Ejecuciones y linchamientos on 8 de agosto de 2012 at 20:18

Una muchedumbre que no había estudiado derecho aplicó la ley de Lynch en la ciudad de San José

“-¿Quién mató al comendador?
-Fuenteovejuna, señor.”
LOPE DE VEGA

Un hombre solo tiene pensamientos abstractos y se pregunta qué esconde la cara oculta de la luna. Un hombre solo se lo piensa dos veces y se inventa la filosofía. Muchos hombres juntos sudan en compañía y apestan que no hay quien pare y son comunidad si sale cara, o turba si sale cruz. Si son lo primero levantan las torres y si son lo segundo las tumban y rompen los brazos de las estatuas. La turba es caterva y es manada, es marabunta y es pelotón, y no tiene cara y campa de garulla, que es jactarse de valentón y echar el juramento. La turba es legión y es el enjambre que sale de romería y pobre de aquel que se la cruce y que no sea de la cofradía. Los mejores amigos de la turba son el vino malo y el coraje de segunda clase, que no tiene asomo de épica y consiste en abrirse la camisa para sacar el pecho de lobo y acuchillar al bulto. La turba tiene la ilusión de democracia y de Fuenteovejuna pero es plaga de langosta y deja yerma la cosecha. Su mecanismo funciona por el sistema de que cada individuo que la conforma cede la responsabilidad al que tiene al lado, que a su vez pasa el recado al siguiente y al final nadie tiene la culpa de haber roto la vajilla. Para integrar una turba te tiene que gustar el olor a corral y tirar la piedra y esconder la mano y te tiene que gustar abrevar con los ñues. La turba que sale a linchar no tiene perdón y si alguna vez tuvo razón la pierde. Cuando cae inexorable sobre un asesino execrable tiene la virtud de dignificarle porque en vez de justicia le da martirio y al final lo que palma es el concepto que tiene de sí misma la humanidad. La turba mata como en una kermés de salchichas y cerveza fría, cantando himnos de romería, y se ríe loca, como una ramera lunática, cuando cuelga a un negro de la rama de un álamo, cuando rompe las patas de los leones de la Cibeles y cuando pisa un jardín con flores.

El asedio de los diez mil
El 26 de noviembre de 1933 una turba civil ejecutó su concepto de la justicia en un par de árboles del parque de Saint James, en San José, en el condado de Santa Clara, a una hora en autobús de San Francisco. Diez mil ciudadanos temerosos de Dios sacaron a dos hombres de la cárcel del condado y les colgaron por el cuello. Llevaron a sus hijos a verlo y los auparon sobre sus hombros para que no se perdiesen un ripio. Aquellos dos hombres no eran un par de ejemplos para la sociedad pero no eran mucho más indecentes que la chusma que eligió poner en marcha el tiovivo de Lynch. Los autobuses de San Francisco variaron sus trayectos para darse un garbeo por el circo y los conductores anunciaron por megafonía: suban y vengan con nosotros a San José, a las diez habrá un linchamiento. Se montaron señoras con sombrero y bocadillos como si fueran a una merienda en la casa del vicario. Thomas Harold Thurmond y John “Jack” Holmes eran dos mangantes de cuarta que quisieron dar un golpe de primera. El 9 de noviembre de 1933 secuestraron a Brooke Hart, de veintidós años, y le pidieron a su padre, un próspero comerciante de San José, un rescate de 40.000 dólares. Un secuestro exige una infraestructura que Thurmond y Holmes no tuvieron la precaución de organizar y una hora más tarde mataron al muchacho por no tener sitio donde guardarle. Ninguno de los dos había pasado de mangar en gasolineras, improvisaron sobre la marcha y en un par de días ya estaban en el trullo, confesos y preguntándose qué es lo que había salido mal. Los hermanos Marx hubiesen preparado un plan con más vías de escape. El 25 de noviembre dos cazadores de patos encontraron el cuerpo de Hart pudriéndose en la bahía, los peces le habían comido los ojos. Un año antes, América lloró el asesinato del hijo del aviador Lindbergh en otro secuestro que se torció. Las radios locales cocinaron el caldo espeso de la indignación y llamaron a la venganza, el popular se exacerbó y sacó pecho, preparó el aquelarre de hogueras y violencia, se formaron grupos de bravos con estacas y la justicia se hizo verbena. En las tascas se acabó la cerveza. La parroquia sitió la cárcel del condado, la formaban hombres, mujeres y niños que no se quisieron perder el festejo. Era domingo y no había cole. El sheriff William Emig y treinta y cinco agentes defendieron el cantón hasta donde pudieron, colocados en la disyuntiva de disparar contra los que ayer les invitaron a café. Usaron gases lacrimógenos para evitar una masacre, eligieron el mal menor, pidieron refuerzos pero la turba levantó barricadas en la carretera y el Séptimo de Caballería no llegó. Suban al autobús, chicos y chicas, habrá un linchamiento en San José. A las once de la noche la turba tumbó la puerta de la comisaría con una tubería de doscientos kilos y se cobró las piezas. Al sheriff Emig le pesaron los brazos como dos toneladas de lastre. El carcelero Howard Buffington lloró. Thomas Thurmond se cagó encima y perdió la gracia del lenguaje, Jack Holmes dijo que no era Jack Holmes. La chusma, que tenía mil brazos, le contestó: Dios sabe que lo eres. Les colgaron de dos árboles en el parque de Saint James, al lado de una estatua del presidente McKinley a la que se encaramaron los chiquillos para ver mejor. Se cantaron rimas como en una noche de feria. Después la mujeres repararon en que los cuerpos de los ahorcados estaban desnudos y alguna se desmayó, como una dama de época. Les turbó más el pajarito al aire y el culo sucio que el linchamiento. Los dos hombres permanecieron colgados durante dos horas, como los adornos de un árbol de navidad,  hasta que la policía los arrió.

El árbol del ahorcado
Royce Brier, redactor del San Francisco Chronicle recogió el linchamiento jugándose la cara, que se la quisieron partir. La turba se maneja en la contradicción de que no busca la intimidad sino la alegre compañía de sus elementos cohesionados pero exige la discreción de los que son ajenos a ella. A la turba perteneces o no mires, que si no te comerá. Brier envió su crónica desde la oficina de la Western Union de San José con los minutos del cierre de la edición pegados al trasero y el periódico la publicó sin alterar una coma. A la mañana siguiente triplicó la tirada y Brier ganó el Premio Pulitzer de 1934. Cuando se apagaron las hogueras nadie se acordó de la cara del hombre que tiró la primera piedra, que seguramente pertenecía a alguien que no estaba libre de pecado. El gobernador de California, el republicano James Rolph, prometió inmunidad a la chusma y nadie asumió las consecuencias. El concejo de San José pretendió borrar el oprobio ordenando talar los árboles de los ahorcados y los jardineros municipales obtuvieron sus propinas vendiendo trozos de ramas a los coleccionistas de atrocidades que quisieron llevarse un recuerdo de la noche en la que el pueblo cambió la ley por la venganza para ponerlo de adorno en el recibidor, al lado del paragüero.

MARTÍN OLMOS

El caníbal ruso

In Caníbales on 31 de julio de 2012 at 19:07

En la clasificación mundial de miserables, Andrei Chikatilo, el Carnicero de Rostov, ocupa la tercera posición en número de víctimas, después de Harold Shipman y Javed Iqbal

“Chikatilo era un cero a la izquierda”
MIGUEL ÁNGEL LINARES. Escritor.

Al hermano de Andrei Chikatilo, que se llamaba Stepan, se lo zamparon los vecinos durante la gran hambruna de Ucrania. Aquello fue hambre y lo demás son ganas de comer. Los ucranianos concluyeron que cuando falta el pan para eso están los parientes y se merendaron unos a otros en la época en la que Stalin especuló con el grano y les mandó a la cama sin cenar. Chikatilo comprendió que la infancia, sobre todo por la parte de las nalgas, es tierna. La suya en cambio se le atragantó porque se meaba en la cama y no veía a tres en un burro y, sin embargo, no se puso gafas hasta los treinta años porque calculó que le salía más barato que le partiesen la cara –una vez al día, en el patio de la escuela- que las antiparras. Chikatilo acabó la secundaria anotando sopapos como una estera y señalado de meón y quiso celebrar la mancebía inaugurándose de macho, alquiló veinte minutos del tiempo de una fulana pero con uno escaso le sobró y recién la abrazó se le disparó la salva con los pantalones aún puestos y la golfa se rió de él por instantáneo. Fue pregonado de buey en el vecindario, la reputación se le puso a reptar y hasta la familia, además de comestible, le salió sin linaje y un día que echó la cuenta descubrió que mientras su padre combatía en el frente al alemán su madre se quedó preñada, con lo que o papá cultivaba por carta o con su hermana tuvo algo que ver la infantería de la Wehrmacht.

El pobre Andrei Romanovich Chikatilo, que se le reía la ramería en su cara de estera por mansurrón, que era medio ciego y meón, entendió que no podía enmendar el cartel en su pueblo de Yablochnoye, en Ucrania, y en 1955 se fue a levantar cabeza a Rostov del Don, donde no le conocía nadie.

El Ganso
Lo mismo que era flojo de apero salió concienzudo de codos y obtuvo tres licenciaturas universitarias -en lengua, ingeniería y literatura rusa- y, a pesar de tener poca gracia para el cortejo, en 1963 se casó con la hija de un minero que se llamaba Fayina y estaba dispuesta a conformarse con un marido que no llegase trompa a casa aunque no le diese noches cosacas. La suerte natural no le salía, porque arrugaba, pero era en cambio capaz de eyacular y por medio de un sistema de masturbación e inseminación la dio dos hijos. Con el tiempo se compró unas gafas, se afilió al Partido Comunista y sentó plaza de profesor en un instituto en el que los chavales le empezaron a llamar el Ganso, por cuellilargo, y terminaron por echarle una manta sobre la cabeza, darle una zurra y sacarle de la clase a patadas. Chikatilo les cogió tanto miedo a sus alumnos que empezó a llevar un cuchillo al trabajo. Al mismo tiempo se colaba en los vestuarios de las niñas y les hablaba con familiaridad mientras se metía las manos en los bolsillos. Las chiquillas le parecían tiernas como la carne de las nalgas de su difunto hermano Stepan, menú del día, y no se reían de su aparato estropeado ni de sus gafas de búho. Le acabaron poniendo de patitas en la calle por menorero.

…el carnicero
A Chikatilo se le despertó la bestia a los 42 años, cuando el resto de los hombres, generalmente, empiezan a perder interés por sus aficiones. En 1978 adecentó una cabaña vieja en un yermo forestal al lado del río Grushevka y consiguió un chicle, casi una excentricidad en la infancia de los niños soviéticos. Con él engatusó a una niña de nueve años que se llamaba Yelena Zakotnova y en su cueva la intentó abusar pero, como siempre, la infantería no se le puso firme y la acuchilló hasta matarla. El cadáver apareció unos días después cerca de un asilo para lunáticos y la policía llamó al suceso el Crimen de los Tontos y se puso a buscar a uno. Le tocó pasar por caja a Alexander Kravchenko, un medio lerdo de veinticinco años con antecedentes por agresiones sexuales, que confesó después de que le dieran lo suyo y acabó en el paredón.

Chikatilo encontró un trabajo de supervisor de suministros, que era un oficio de segunda para un intelectual con tres licenciaturas que leía a Dostoievski a través de sus gafas de búho, pero que le permitía visitar las empresas sin ceñirse a ningún control horario. Durante doce años madrugó, besó a Fayina en la frente y salió a depredar las estaciones de autobuses de los alrededores de Rostov para encontrar borrachuzas a las que engatusar con vodka, niños que querían chicles y putas de cinco rublos. Cuando conseguía la compañía la llevaba al bosque silencioso, la tumbaba a golpes y emprendía la carnicería. Descubrió que solo con la sensación de dominio su alfil alcanzaba renombre y no se iba al banquillo recién comenzaba el partido. Consumaba las violaciones, unas veces por sí mismo y otras con una estaca, y se daba al canibalismo, arrancaba los pezones de las mujeres a mordiscos y les despojaba del útero a cuchilladas para después comérselo porque lo encontraba, según dijo, tierno y rosa. Después volvía a casa y al lecho desbravado de Fayina, a hacer de buen marido y a dormir con los pies fríos. Chikatilo mató a 53 personas entre mujeres y niños pequeños y a una buena parte de ellas las sacó los ojos porque pensaba que sus retinas guardaban la última imagen que habían visto.

…y el circo
En 1990 le detuvieron por lascivia pública cuando le trincaron metiéndole mano a una del oficio en una estación de autobuses. Guardaba en su maletín un lazo de cuerda, un bote de vaselina y un cuchillo y llevaba el dedo vendado con las marcas de un mordisco que coincidieron con la dentadura de Svetlana Korostik, la última mujer a la que mató y a la que había arrancado a dentelladas los pezones y la lengua. Tenía cincuenta y cinco años que parecían diez más y se quejó de que tratasen así a un hombre de su edad. El juicio a Chikatilo no se celebró en el oscuro soviético del millón de funcionarios sino que lo echaron por la tele y se hizo circo. Compareció en la sala metido en una jaula de acero para que los familiares de las víctimas no le mataran a palos, le raparon la cabeza al cero para despiojarle y le pusieron una camisa horrorosa de las olimpiadas de Moscú en la que aparecía estampado el osito Misha. La Rusia roja iba cambiando de color y ya tenía su asesino en serie, que es cosa capitalista abundante en California; después llegaría el glásnost y los McDonald´s. Chikatilo se pasó las sesiones poniendo cara de loco y leyendo revistas pornográficas y echó la culpa a las circunstancias, a Stalin, a su grupo sanguíneo, al hambre y a las películas indecentes. En un lance del espectáculo se bajó los pantalones y agitó su cacharrito, que pendía como un jirón, casi como una lágrima, y le dijo a la concurrencia: “Mirad mi cosa inútil, ¿qué creéis que podía hacer con esto?”. El juez tardó dos días en leer la lista de acusaciones y le condenó a muerte. Chikatilo escuchó la sentencia y habló durante dos horas en las que dijo que era un error de la naturaleza, una bestia enfadada y un hombre al que le habían robado sus genitales. En febrero de 1994 le ejecutaron sin gastar mucho protocolo, le metieron en una celda privada y le pegaron un tiro en la nuca.

MARTÍN OLMOS

La revancha de los excluidos

In Matanzas on 31 de julio de 2012 at 18:46

Dos estudiantes inadaptados zanjaron sus frustraciones a tiros en el Instituto de Columbine, en Colorado


“Aún cuando Klebold y Harris  fuesen mis fans, eso no les da ninguna excusa ni significa que la música es culpable”
MARILYN MANSON. Cantante.

Hay lóbregas duchas en cárceles de Filipinas que son más seguras que los patios de los institutos de secundaria. Sobre la canasta de baloncesto de alguno de ellos debería reproducirse la frase de bienvenida al infierno de Dante: abandonad toda esperanza los que entréis aquí. La fauna de los patios de los institutos se ordena por un riguroso sistema de castas en cuya cúspide están los deportistas, las chavalas fetén y los que tienen un hermano mayor que les deja el coche. En la base, en un lugar similar al que ocupan las gacelas en los abrevaderos de la sabana, están los tíos gafosos, los que leen tebeos a la hora del recreo y los bajitos, porque resulta que en un lugar donde se evalúan las ideas, el tamaño impone, como le dijo la monja al marinero. El patio es gregario y los solitarios son caza y lo que abundan son las hienas, que ríen las hazañas de los leones y se alimentan de la sobra de su festín. Cinco minutos después de salir del instituto a uno se le olvida el teorema de Euclides y, sin embargo, ha adquirido una idea bastante aproximada de cómo manejarse en la vida, que es torear en el tercio conocido, adaptarse a las circunstancias y mirar para otro lado, y que el último que llega se queda sin silla. El instituto es darwinista y para sobrevivirlo hay que ser rápido y hay que ser implacable y, como en la vida, la piedad es lujo.

Los Parias
No había piedad para los excluidos en el Instituto de Secundaria de Columbine, en Colorado, donde mandaban los machos de la defensa del equipo de fútbol y las Salomés. Por los pasillos caminaban cuesta arriba Eric Harris y Dylan Klebold, a los que llamaban Los Parias porque estaban fuera de las castas. Klebold y Harris tenían poca vida social y apenas media docena de amigos ajenos al instituto con los que formaban la Mafia de las Gabardinas, un grupo de tarados que se vestían con guardapolvos oscuros hasta los pies adornados con símbolos nazis. Generalmente les daba poco el sol y preferían quedarse en casa jugando al “Doom”, un videojuego en el que un marine solitario masacra a tiros a un ejército de zombis. En el pasillo del instituto pagaban un peaje de intimidaciones públicas porque los futbolistas les zurraban delante de las chicas, practicando el juego que tanto gusta a los gorilas de demostrar que la tienen más larga. Nadie asume la humillación como algo inevitable y que Dios te libre de la furia de los ofendidos. Klebold y Harris estaban a punto de ebullición. Dylan Klebold era un gigante prognato de casi dos metros que se hacía llamar Vodka porque le parecía un nombre molón, vivía en una casa de cuatrocientos mil dólares, tenía diecisiete años y escuchaba música de Marilyn Manson. Eric Harris tenía dieciocho y le gustaba que le llamasen el Rebelde, odiaba prácticamente a todo el mundo conocido y tenía dificultades para manejar su ira, escribía un diario delirante en un cuaderno de deberes al que llamaba el Libro de Dios y estaba lleno de fluvoxamina para mantener a raya su depresión. Eran colegas de martirio en la selva de los leones, no se comían una rosca, les detuvieron por mangar un ordenador de una camioneta y ambos pensaban que sus vidas eran una mierda sin remedio. No les interesaba el fútbol y a las chavalas no les interesaban ellos y a veces escribían en las paredes del retrete que Columbine iba a estallar.

El día de la ira
Durante los meses anteriores a que Columbine estallara, Klebold y Harris fabricaron cien bombas artesanales de propano y compraron por internet dos escopetas del calibre doce –una Stevens 311 y una Springfield Savage-, una pistola semiautomática TEC 09 de nueve milímetros y un rifle Hi-Point 995. El 20 de abril de 1999 era el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler y un buen día para jugar al “Doom” en los pasillos del instituto. Era la jornada de la revancha. Madrugaron y cargaron el arsenal en el coche, llevaban puestas las gabardinas de los excluidos, pasamontañas y camisetas personalizadas. En la de Dylan Klebold ponía “Ira” y en la de Eric Harris “Selección Natural”. El patio es darwinista y no tiene sitio para la piedad. Harris y Klebold tuvieron piedad con un viejo compadre de la Mafia de las Gabardinas. Se llamaba Brooks Brown y había salido a tiempo del grupo de los parias. Harris y Klebold se lo encontraron a la salida del instituto, Brown iba a conseguir un pitillo y pensaba volver y Harris le dijo, chico, me caes bien, lárgate de aquí antes de que todo reviente. A Brown le salvaron los viejos tiempos. A las once y cuarto empezaron la fiesta del desquite y se cobraron las facturas. Iniciaron el fuego en el aparcamiento y avanzaron disparando por el vestíbulo montando una escandalera, la manada entró en pánico. Los parias tiraron bombas desde las ventanas pero unas explotaron y otras no. Gritaban “Venganza” y buscaban a chicos con gorras de equipos de fútbol. Jamás el deporte fue tan insano. Dispararon a una chica en la cara por rezar y a un moreno por su color. “Es increíble, tío, mira la sesera de este negrata”, dijo Harris. Durante cuatro horas tiraron contra lo que se moviese celebrando cada blanco con carcajadas, quemaron las aulas y mataron a doce estudiantes y a un profesor, acabaron la masacre en la biblioteca, se estrecharon las manos y se dispararon en la cabeza. Harris se pegó un tiro en la boca con la carabina Hi-Point y Klebold se voló la cara con la semiautomática TEC 09. A los Hombres de Harrelson les llevó cinco horas inutilizar las bombas con las que los Parias preñaron el instituto y después llegó la hora de llevarse las manos a la cabeza y recoger los cadáveres. Los paisajes de la matanza estaban destrozados por los explosivos y el fiscal del condado de Jefferson, Dave Thomas, pidió a los padres informes bucodentales de sus hijos. Los pasmas norteamericanos utilizan el código 20-4 para describir una redada antidroga y los chavales de los institutos suelen escoger el 20 de abril para hacer novillos y fumar marihuana. Los padres rezaron para que sus hijos estuviesen fumando porros.  La semana siguiente una docena de psicólogos con pipa graznaron sus tres o cuatro ideas sobre el asunto en la tele. Echaron la culpa de la matanza a la Asociación del Rifle, a Marilyn Manson, a la fluvoxamina y a las ofertas del super, que incitaban a los padres a comprar en lugar de quedarse en casa a escuchar a sus hijos decir que nadie les comprende. Clinton rezó en la Casa Blanca y el Papa de Roma envió sus condolencias. El gobernador de Colorado Bill Owens acudió al escenario del tiroteo a reconfortar a las familias y dijo: “Quizás hoy hayamos perdido la inocencia”. Se puso una mano en el corazón, que alguien le diría dónde estaba. Venga ya, colega, la inocencia la perdió Adán en el Paraíso hace un millón de años y desde entonces estamos de vuelta.

MARTÍN OLMOS

Don Eleuterio (que no quiere ser El Lute)

In El cañí on 31 de julio de 2012 at 18:16

A Eleuterio Sánchez le sobra su nombre de quinqui y su leyenda

“Furtivo como el Lute cuando era el Lute”
JOAQUÍN SABINA. Músico.

En los cuentos de Calleja los amores son eternos y las casas de chocolate pero en el rutinario, en cambio, los matrimonios son eventualidades que acaban en demanda civil por el piso de veraneo y resulta que las casas se construyeron con burbujas, al contrario que el Trinaranjus. En los cuentos los sapos se convierten en príncipes y en la vida pedestre los novios de las princesas salen rana y entonces les quitan el espantapájaros del Museo de Cera del Paseo de Recoletos y lo guardan en el almacén para que lo eche a perder el polvo y el olvido. En el almacén las figuras no están en su ambiente y se van consumiendo como las velas de un cumpleaños hasta que un día se les caen los ojos de obsidiana y el peluquín. Que le escondan a uno su muñecazo de cera en el sótano tiene algo como de despido procedente sin derecho a indemnización o como que te desherede la abuelita, a la que en los cuentos le llevaba la cestita Caperucita cruzando el proceloso bosque y en el real las nietas no la quieren ni ver porque no se entera y les cuenta cosas de la posguerra. Sacar del bodegón a un monigote de cera es como reescribir la historia pero eso ya lo hacía Stalin cuando borraba de las fotos a Trotsky o a Nikolái Yezhov, al que antes ya le había borrado del paisaje acribillándole en el paredón. Una figura de cera no sale por menos de seis mil euros y a veces el modelo no se queda contento, como le pasó a Arantxa Sánchez Vicario, que dijo que le pusieron las piernas gordas. Uno entra en el museo del Paseo de Recoletos por hacer un mérito y lo sacan a la fuerza, como de las fiestas con barra libre, y sin embargo Eleuterio Sánchez, cuando no quiso ser Lute quinqui porque le gustaba más ser doctor, tuvo que meterse en abogados para que le quitaran su figura trincá de caenas, presa de la Guardia Civil. El juez le dio la razón y estimó que si estaba reinsertado en la sociedad había que indultar a su efigie de la cadena perpetua de recibir al público con cara de robaperas. Eleuterio Sánchez fue a recoger su maniquí en una furgoneta de melones, se lo llevó a un yermo y lo pegó fuego.

El mal nombre
Don Eleuterio lleva tiempo queriendo quitarse de Lute  y le pasa lo que a las golfas a las que les retira un señor, que se ponen a ir a misa de ocho y les dicen frescas a las que enseñan el canalillo. Se le debe olvidar que vivió de ser el Lute cuando lo era pero también cuando dejó de serlo y hacía la pasantía en el despacho de Tierno Galván, firmaba libros en Galerías Preciados y daba el pregón en las verbenas. Cuenta Umbral en “Crónica de esa guapa gente” que se lo encontró un verano en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander y llevaba gafas de médico del Seguro y bigote de mejicanito con modales. Los dos largaron unas conferencias invitados por Manuel Martín Ferrand y cuando acabaron le dijo Umbral: “Oye, Lute, ¿nos tomamos una copa?”, y el Lute le contestó: “A mí tú no me llamas Lute. Ni tú ni nadie. Ni Dios. Yo soy Eleuterio Sánchez, doctor en Derecho y autor de varios libros, y al que me vuelva a llamar el Lute le parto la madre”. Umbral le explicó que el que lucha contra su propio nombre está suicidándose trabajosamente pero le quedó la duda de si le entendió, y por si acaso no le volvió a decir Lute para que no le rompiera la madre. Que no hay más que una. El Lute fue vaivén de las circunstancias, como lo somos todos. El franquismo le pintó de Barrabás para asustar a los niños y después, las literaturas progres de la Transición, hambrientas de metáforas, le escribieron de Tempranillo merchero y de producto social de la chabola y del hambre de pan y sardina y se les olvidó que, culminando un atraco a una joyería de Madrid,  su banda se llevó por delante a un señor. Fue a la hora del solecito de mayo, en 1965, que el Lute, el Medrano y Juan José Agudo, quinquis de la garfiña, echaron abajo de una pedrada la cristalería de una relojería de la calle Bravo Murillo para llevarse veinte mil duros en colorao y en la escapada, al galope de una Montesa Impala, le pegaron un tiro al vigilante Tomás Ortiz Segres, que les salió a dar el alto.

Por dos gallinas
El Lute no fue ni el Hombre del Saco ni Robín Hood sino un medio calé de la merchería, quincallero valiente de ojos negros clavados en su carita de hambre, del clan de los Patapocha, que principió en el choro magro con sus hermanos el Lolo y el Toto para quitarse de la jai, para ponerle una tapa de amianto a la chabola o porque, quizás, no le gustaba varear la aceituna. Con veinte abriles le trincaron por afanar dos gallinas para echar en la cazuela y el juez, que se llamaba Ricardo Álvarez y tenía una mala tarde, le aparcó dos años en el trullo cuando podía haberle atenuado el castigo refugiándose en la figura de “delito famélico” que recogía el código penal. Unos años más tarde le condenaron al garrote por el atraco con homicidio de la calle Bravo Murillo pero un indulto le salvó la piel a cambio de treinta años. Su mito empezó cuando se fugó tirándose de un tren que le conducía desde El Dueso a Carabanchel. Cuando le cogieron salió su foto en El Caso, doblegado por dos beneméritos, carniseco de jeta, el pómulo saludado y el brazo derecho roto. Se volvió a fugar del penal del Puerto de Santa María la nochevieja de 1971 haciendo un butrón en la pared. Se escondió en las alcantarillas de Sevilla, despistó a los perros dejando rastros de pimienta y le volvieron a coger al de tres años, cuando ya era un burlador célebre con cartel de bandolero. Le juntaron casi cien causas y le condenaron a más de mil años. Le hicieron coplas en los caminos los quinquis de la calderería y en el trullo le fue a visitar Camilo José Cela. Aprendió a leer a la sombra y estudió a distancia dos cursos de Derecho, pero no se licenció ni fue doctor, como le dijo a Umbral antes de amenazarle la madre. En 1981 le concedieron un indulto general y Tierno Galván le dejó una silla en su despacho, escribió cinco libros, fue esposo de muchas mujeres, alguna de ellas ingrata, y Boney M, que era un conjunto yeyé que hacía música de bailar en la Costa Brava, le compuso una canción. A su hermano Toto lo mataron durante un atraco a una tienda y a un primo suyo le liquidó la ETA en Bermeo, por traficante y soplón. Con el tiempo le fue pesando su nombre célebre. Con la quincallería acabó el plástico y con la leyenda del  Lute sus pocas ganas de llevarla al hombro y tirar con ella como si cargase con un matrimonio, para lo bueno y para lo malo. Don Eleuterio pudo quedar de metáfora de la reinserción, que nunca sobra un ejemplo, pero se ha quedado en señor desabrido al que le sobra –y a quién no- una parte de su biografía, que si se la recuerdas te parte la madre. Que no hay más que una.

MARTÍN OLMOS

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