MARTÍN OLMOS MEDINA

Cristianos a la marinera

In Caníbales on 4 de enero de 2013 at 0:43

La Costumbre del Mar permitía enriquecer el menú de una barca a la deriva con el sacrificio de un tripulante

ILUSTRACION BY MARTIN OLMOS

“¿Qué hace toda esa gente mirando el mar?”
HERMAN MELVILLE

El mar enseña imponderables que los hombres que pisamos tierra firme no acabamos de entender: exige  que el capitán sea el último en abandonar el puente cuando el barco se va a pique, recomienda no atender a los cantos de las sirenas y permite la antropofagia en casos de deriva. El mar enamora a los que les toca la lotería y se compran un balandro para pasear a las gachisas sin perder de vista la costa, con un jersey de rayas con botones de ancla en el hombro, pero  los que tienen que trabajarlo conocen el rigor de las noches de guardia y se cagan en la mar salada. El mar quiere locos y solteros y es oficio tan duro que hasta 1970 en la Marina Inglesa era perceptiva una ración de grog en la dieta diaria de la tripulación, que era la medida de una jarra de pichel con ron negro, una cucharadita de azúcar, jugo de lima y agua hirviendo. El estómago marinero es común al del gitano de carro y al vientre de una gaita y durante mucho tiempo estuvo hecho a la digestión de las galletas de barco, que eran unas aglomeraciones rotundas de harina y agua que cumplían también el oficio de calzar el mueble escritorio del capitán a las que llamaban “tachuelas”, por lo tiesas que estaban, o “las damas virtuosas” porque generalmente estaban infectadas del bicho gorgojo y había que comérselas con el candil apagado, como cuando se yace a una mujer vergonzosa. Y cuando se acababan, los marineros se comían sus propias botas, porque al hambre no hay pan duro, y en 1670 los bucaneros del capitán Henry Morgan se zamparon sus bolsas de viaje cuando se quedaron sin provisiones. Eran mochilas de cuero sin desbastar que remojaron, frotaron a la piedra para ablandarlas, rasuraron de pelo y se las tragaron en trozos pequeños bajándoselos con mucha agua. Hoy los barcos llevan cámaras frigoríficas y uno puede navegar el ancho mar sin preocuparse por el escorbuto y desayunando bollos suizos y yogures de aloe vera, que son muy buenos para la flora intestinal, pero en los tiempos de la vela, los filetes duraban lo que duraba la vaca viva y después había que improvisar y hacer la marmita con las sobras, como hace mamá al día siguiente de nochebuena.

La Costumbre del Mar
La ley inexorable del océano permitía poner en salazón el par de ínfulas de un polizón paseándoselas por todo lo largo de la quilla, abandonar a un amotinado en un islote de dos palmos con un cabo de vela, una carga de mosquete y un loro y permitía que los supervivientes de un bote a la deriva se jugaran a la menor a quién le tocaba invitar al almuerzo. Cuando se daban las circunstancias, los tribunales de tierra atendían a la Costumbre del Mar, conforme a la que prevalecía el interés común a costa del sacrificio particular y solo exigían que el sorteo hubiese sido limpio. En el secano, el concepto tomista del “bonum comunne” inclina a concebir cierta esperanza en el género humano, pero en el ámbito escueto de una balsa a la deriva, en la que no hay espacio para fundar una autonomía, termina con un benefactor poniendo sus perniles a disposición de la sociedad y al que le toca, que generalmente no ha leído a Tomás de Aquino, le hace más bien poca gracia la perpetuación de la especie. Una de las primeras referencias de los caníbales del mar fue la tragedia de los náufragos de la fragata francesa La Medusa, que se fue a pique el 5 de julio de 1816 a 50 millas de la costa de Mauritania por la ineptitud de su almirante, el marqués de Chaumareys. 147 náufragos se quedaron sin pasaje en los botes salvavidas y tuvieron que improvisar una balsa construida con los restos de la arboladura en la que aparejaron una frágil vela y se hicieron a la mar con un saco de bizcochos y cinco barriles de vino tinto. La primera noche 18 hombres murieron ahogados y ocho se suicidaron y la segunda se entromparon, se dieron a la riña y murieron otros 65 arrojados por la borda y acuchillados. Durante la tercera jornada se merendaron a los cadáveres cortándolos en tiras y resecándolos al sol y se bebieron su propio pis. Los más débiles fueron asesinados para compensar la despensa y después de trece días a la deriva solo quedaron quince hombres vivos. “Quince hombres van en el cofre del muerto”. Hoy se perpetúan en una pared del Louvre, en el cuadro “La balsa de La Medusa”, de Théodore Géricault, que se pasó sus últimos años retratando a los lunáticos del manicomio de Jean-Etienne Esquirol.  El bergantín L´Argus los encontró, quemó el pecio y los llevó a la colonia de San Luis de Senegal, en donde cinco de ellos perdieron el juicio y murieron.

"LA BALSA DE LA MEDUSA", DE GÉRICAULT

Moby Dick
El 20 de noviembre de 1820, entre las islas Hawai y las Galápagos, un gigantesco cachalote blanco al que llamaban Mocha Dick hundió de dos embestidas el ballenero Essex, arbolado en Nantucket. La tripulación consiguió cargar en los botes arponeros un mosquete, una pistola, un saco de pan, pólvora y un barril de clavos y decidió intentar alcanzar el continente en lugar de dejarse llevar por los alisios hasta las Islas Marquesas, en las que habían oído que habitaban tribus caníbales. Al principio subsistieron administrando los víveres escasos y agostando los recursos del islote de Henderson, en el archipiélago de las Pitcairn, y dieron sepultura en el mar a sus muertos. Un mes después, sin embargo, se comieron a los cuatro negros de la tripulación. Cuando solo quedaron filetes blancos se echaron a suertes quién convidaba el festejo y le tocó al grumete Owen Coffin, primo hermano del capitán George Pollard. A Coffin le pegó un tiro el marinero de primera Charlie Ramsdell y se lo comieron. Cien días después del naufragio, los supervivientes fueron recogidos por el ballenero Dauphin y trasladados a Valparaíso. Los tribunales consideraron la necesidad de fuerza mayor y el sorteo justo y no hubo consecuencias legales y el primer oficial Owen Chase escribió las memorias de la tragedia y acabó sus días almacenando comida en su sótano. La historia se divulgó en los barcos balleneros y Herman Melville la escuchó a bordo del “Acushnet”, en el que estaba enrolado, y utilizó el ataque del cachalote en la novela “Moby Dick”, en la que se ahorró los pasajes culinarios, al contrario que Julio Verne, cuya novela “El Chancellor” está inspirada en los sucesos de La Medusa.

Los festines marineros a cuenta del prójimo dejaron de ser juzgados con dispensa a partir del drama del yate Mignonette, que zarpó de Falmouth, en el sur de Cornualles, el 19 de mayo de 1884 con destino a Sidney. El 5 de julio se fue a pique a la altura del cabo de Buena Esperanza y sus cuatro tripulantes se encontraron a la deriva a 2.000 millas de la costa con la única provisión de una lata de nabos. Quince días después el grumete Richard Parker empezó a beber agua del mar, se deshidrató, perdió el juicio y entró en coma. El capitán Tom Dudley decidió que el muchacho no tenía remedio ni cargas familiares, por lo que le pasaron a cuchillo, se bebieron su sangre y se lo comieron. Apenas cinco días después fueron rescatados por el carguero Moctezuma y juzgados en Exeter por el honorable John Walter Huddleston, que ignoró el atenuante del interés común, entendió que no había mediado un sorteo justo y condenó a los supervivientes, que se salvaron de la horca por la intercesión de la reina Victoria. El capitán Tom Dudley murió en 1900 de peste bubónica, exonerado por la familia del grumete Parker, que consideró que su hijo había servido para algo. El honorable John Walter Huddleston sentó jurisprudencia con su sentencia, se casó con la hija del duque de Saint Albans, se sentó en el parlamento y contribuyó al folclore legislativo con su costumbre de ponerse guantes negros cuando juzgaba un asesinato, blancos en los pleitos civiles y lavanda en las rupturas matrimoniales.

MARTÍN OLMOS

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  1. Paul Auster le manda estas líneas, Sr. Martín Omos:

    “Pensé en la historia de La Chère, un soldado que tomó parte en las primeras expediciones francesas a América. en 1562, Jean Ribaut dejó a cierto número de sus hombres en Port Royale (cerca de Hilton Head, Carolina del Sur) bajo el mando de Albert de Pierra, un loco que gobernaba por medio del terror y la violencia. “Ahorcó con sus propias manos a un tamborilero que había caído en desgracia ante él”, escribe Francis Parkman, ” y desterró a un soldado, de nombre La Chère, a una isla desierta a tres leguas del fuerte, donde le abandonó para que muriese de hambre”. Finalmente, Albert fue asesinado por sus hombres en un levantamiento, y la Chère, medio muerto, fue rescatado de la isla. Uno pensaría que La Chère estaría desde entonces a salvo, que, habiendo sobrevivido a su terrible castigo, estaría exonerado de nuevas catástrofes. Pero nada es tan simple. No hay probabilidades que vencer, no hay reglas que pongan límites a la mala suerte, y en cada momento empezamos de nuevo, tan a punto de recibir un golpe bajo como lo estábamos en el momento anterior. Todo se vino abajo en la colonia. Los hombres no tenían talento para enfrentarse a un territorio virgen, y la hambruna y la nostalgia se adueñaron de ellos. Utilizando unas cuantas herramientas improvisadas, gastaron todas sus energías en construir un barco “digno de Robinson Crusoe” para regresar a Francia. En el Atlántico, otra catástrofe: no había viento. los alimentos y el agua se agotaron. Los hombres empezaron a comerse sus zapatos y sus justillos de cuero, algunos bebieron agua de mar por pura desesperación y varios murieron. Luego vino la inevitable caída en el canibalismo. “Lo echaron a suertes”, escribe Parkman, “y le tocó a La Chère, el mismo desdichado hombre que Albert había condenado a morir de inanición en una isla desierta. Le mataron y con voraz avidez se repartieron su carne. La espantosa comida les sostuvo hasta que apareció tierra a la vista…”

    De La trilogía de Nueva York, 1986

    • Señor Funes, agradezca a mister Auster la aportación. La historia de La Chère demuestra lo que le escuché a un Séneca de taberna que dijo: “Cuando un hombre está en desdicha, se cae de espaldas y se rompe la picha”. Parece que va a ser verdad lo que escribió Auster de que no hay reglas que pongan límites a la mala suerte. Lo refrenda Esquilo, al que el oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa y entonces se fue a vivir al campo, donde no había muchas casas que le pudieran caer encima y murió cuando le cayó en la cresta el caparazón de una tortuga que soltó un águila que volaba sobre él.

  2. martinolmos, un apunte más sobre los últimos días de Géricault, (que no sé si constituye una versión distinta o complementaria de lo de los lunáticos del manicomio), extraído de una novela de Chuck Palahniuk:

    “Por aquella época, Géricault acababa de abandonar a su amante embarazada. Para castigarse a sí mismo, se afeitó la cabeza. Se pasó casi dos años sin ver a ningún amigo y sin aparecer en público. Tenía veintisiete años y vivía aislado, pintando. Rodeado por los individuos agonizantes y los cadáveres que estudiaba para su obra maestra. Después de varios intentos de suicidio, murió a los treinta y dos años.”

    (si salió dos veces, dispense)

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