MARTÍN OLMOS MEDINA

El dictador macarra

In Reyes y caudillos on 7 de enero de 2013 at 22:01

El joven Mussolini peleaba con la ventaja que le daba el puñal y el puño de hierro, se agarraba curdas y coleccionaba amantes

ILUSTRACION BY MARTIN OLMOS

“Mussolini no mató a nadie, mandaba a la oposición de vacaciones al exilio”
SILVIO BERLUSCONI

El generalísimo Franco fue un tirano a la gallega, con voz de pito y misa diaria, y uno acaba imaginándoselo como lo escribió Umbral,  merendando chocolate con soconusco mientras firmaba sentencias de muerte (Leyenda del César Visionario). De pequeño, en El Ferrol, le llamaban Cerillita, porque era flaco y cabezón y con el tiempo crió panza de conserje y culo de artesa y lo intentó disimular con pantalones de montar y fajines de velludillo, pero siguió firmando sentencias de muerte igual. En la Academia de Toledo le llamaron Franquito y le rieron la tapujez serrándole un palmo del cañón de su fusil de instrucción. Ay, el humor de la soldadesca. Franquito no le tuvo nunca afición a doñear y no se arrimó a una golfa ni cuando estaba en la Legión, en donde el putañeo es prescripción. Franco tuvo una novia en grado de tentativa y otra formal, con la que se casó en la iglesia de San Juan el Real de Oviedo, apadrinado por poderes por el rey Alfonso XIII. La primera fue Sofía Subirán, sobrina del general Luis Aizpuru, que le dio calabazas porque no sabía bailar y Franco, como en “Beau Geste”, para curarse el desengaño pidió el traslado a Regulares, y la segunda fue Carmen Polo, que estudiaba en un convento y era de una familia bien que se había quedado en regular. Franco practicó la bragueta escueta, la bayoneta en la vaina y la devoción por la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús, que tiene algo de fetichismo. A otros les gustan los pies. Se comentó que le habían volado un huevo en la toma de El Biutz, a diez kilómetros de Ceuta, donde recibió un tiro moro en el bajo vientre, y algo debió oír él, porque treinta años después dijo que el disparo se lo habían dado en el hígado y así evitó la susceptibilidad. No había que buscar mutilaciones en donde lo que había era el rencor que le guardó a su padre, don Nicolás, que reconoció a un hijo natural que sembró en Filipinas, era golfo y burlanga y medio masón, se apostaba los cuartos en el casino y se acabó fugando con la criada.

El Duce bárbaro
Desde el punto de vista exclusivamente folclórico, Franco hizo un dictador pelma, como de señor que brinda la nochevieja con una copita de sidra con burbujitas, que si no me pongo piripi, y solo se permitió dos excentricidades, que fueron su caballo blanco Zegrí y la Guardia Mora. Seguramente sobrevivió porque se guardaba los pedos para dentro y donde olía mal era en casa, con lo que al vecindario le daba un poco igual. Hitler, en cambio, salió expansivo y Mussolini un poco bufón y, al contrario que Franquito, practicó la alcoba diversa y fue de joven un macarra de futbolín. El mozo Mussolini fue asaltador de hembras, lujurioso, peleador de ventaja y navajero y acabó de Duce como podía haber acabado mercando pelucos de consumao debajo de un farol. O chuleando putas. Nació el 29 de julio de 1883 en la región norteña de la Emilia-Romaña. Su padre era un herrero anarquista que le puso a su hijo el nombre de Benito en honor al presidente mejicano Juárez y el chaval crió desde niño ganas de camorra, un alto concepto de sí mismo y una sexualidad omnipresente. Le echaron del colegio de los padres salesianos de Faenza por zurrarle una tunda de puñetazos a un compañero y del colegio Carducci de Forlimpopoli, al que llegó más aprendido, por atravesarle a otro la mano con una navaja de estilete. En el mujerío se estrenó a los dieciséis años por lo mercantil en un burdel de Forli al que le llevó su amigo Benedetto Celli. Le inauguró una ramera pelleja, tirando a gorda, que le cobró cincuenta céntimos y a Mussolini le quedó impresión de haberse tragado un sapo. Un año después, en la aldea de Dovia, culminó por lo militar con una moza que se llamaba Virginia: la tumbó a la fuerza detrás de un portal,  la montó y la dejó llorando por su honra. En 1902 sentó plaza de profesor de pueblo y predicó con el ejemplo: gastaba capa y sombrero negro de ala de cuervo, se entrompaba a diario, practicaba el boxeo con reglas en el gimnasio y la tángana en los bailes, en los que sacaba a relucir un puño americano. Sedujo a una mujer casada y cuando su marido amaneció cornudo la abandonó. Mussolini entonces la paseó sin esconderse y dio el escándalo y una vez que riñeron en la plaza él la pegó una cuchillada y la mordió.

Iba Mussolini para chulo de merendero, pero influido por su padre se afilió en el partido socialista y se escapó a Suiza para no hacer la mili. De allí le echaron dos veces; una por agitador y otra por falsificar papeles. De vuelta en Italia medró en el aparato del partido y conoció diversos calabozos que frecuentó por amenazar a un patrón, organizar plebiscitos ilegales, instigar a la violenciaBENITO MUSSOLINI y pelearse con la policía. Cuando los socialistas predicaron la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, Mussolini rompió con sus camaradas y se alistó voluntario, ascendió a cabo y fue licenciado cuando recibió una herida de mortero durante unas maniobras según unos, o cuando pescó una gonorrea, según otros. Mussolini sembró de bastardos el camino que le condujo a proclamarse Duce y a algunos les dio pensión cuando llegó al poder. A otros no. Cuando se casó en 1915 con Rachele Guidi, se le conocían, tirando por lo bajo, tres amantes. A una de ellas la preñó y cuando le fue a enseñar el hijo a la redacción del periódico Il Popolo d´Italia, Mussolini la espantó a tiros. La despechada se llamaba Ida Dalser, era austriaca y regentaba un salón de masajes y Mussolini consiguió que la internasen en un manicomio de Venecia.

Cuando Duce del fascismo, a Mussolini le gustaba posar en camiseta imperio, inflando el pecho fortachón y llamando a la lujuria. Un poco como lo que hace Putin ahora, que lo mismo rema en piragua que te caza un oso. Cuando se entrevistó con el canciller austriaco Engelbert Dollfuss, que era un tío chaparro, le citó en la playa de Riccione y posó para los fotógrafos con el torso a la intemperie. Dollfuss se quedó de una pieza y le comparó con un busto romano. También le gustaba soltar discursos desde un caballo, pero se lo tenían que sujetar porque como jinete era un zoquete. Mussolini hizo un dictador físico, como de hombre fuerte del circo que levanta con una mano unas mancuernas de bolas. Hizo un dictador sátiro al que le ha heredado su paisano Berlusconi el pichacentrismo político de peluquín y arrobas de toxina botulínica. Al bello Mussolini le cogieron los partisanos de la Brigada Garibaldi en un coche con bandera española en una carretera de Musso el 27 de abril de 1945. Iba disfrazado de soldado de la Wehrmatch con su amante Clara Petacci y pretendía llegar a Suiza. Walter Audisio, que le decían en el “partigiani” el coronel Valerio, les fusiló sin miramientos a la mañana siguiente en una granja de Giulino di Mezzegra, en la región de Como. Clara Petacci se puso entre su novio y las balas y cayó la primera, Mussolini dijo que le dispararan al pecho y le tomaron la palabra. Le remataron de un tiro en el corazón, llevaron sus cuerpos a Milán en un camión de mudanzas y los colgaron cabeza abajo en una gasolinera de la Plaza Loreto, donde la multitud les desfiguró el físico a pedradas y les tumbó en la morgue cogiditos de la mano. Cuando Hitler se enteró, escenificó un final más a su gusto para no correr el riesgo de ser expuesto en el zoológico ruso.

MARTÍN OLMOS

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