MARTÍN OLMOS MEDINA

El psicópata pop

In Lunáticos on 17 de enero de 2013 at 13:28

Charles Manson es hoy un icono popular, como las latas de sopa Campbell

CHARLES MANSON POR MARTIN OLMOS

“¡Soy el Hijo del Hombre y el Ángel Exterminador!”
CHARLES MANSON

Los que nos dedicamos a escribir porque no servimos para un trabajo honrado y encima lo hacemos mal terminamos por atender a la recomendación de George Bernard Shaw que dice que si no consigues lo que te gusta, será mejor que te guste lo que consigues. Que en vernáculo quiere decir que el que no se consuela es porque no quiere. Charles Manson también ha tenido que adaptarse a las circunstancias,  porque quiso ser una estrella del rock y se ha quedado en psicópata pop y le ha ido cogiendo gusto al oficio. El que empezó de robaperas, de chulo de cuarta y de aparcabicis del presidio terminó de asesino mesiánico y hoy es una marca registrada, le glosan los conjuntos del jevimetal y tiene un club de fans en el internet que vende camisetas con su jeta por veintiún pavos las tallas normales y veinticuatro las extra grandes. Cuarenta dólares la sudadera, veinte el mechero y quince el colgante para el cuello. A Charlie Manson le escriben a la trena adolescentes con la cara hecha un cráter que jamás se han comido una rosca y ha salido en el “Today Show” de la NBC, en las portadas del Life y de Rolling Stone y en Vanity Fair, compartiendo la primera página con Lady Gaga y Carla Bruni. Hoy Manson es un viejo, probablemente no vuelva a ver el sol sin rayas y es un negocio. Ayer fue la pesadilla de América, que ha criado unas cuantas. Anteayer solo fue un chorizo con labia, un mangante de coches, un chulo del amateur y un timador de cheques ful que le supo sacar el rendimiento a la Era del Acuario. “When the mooooon is in the seventh house…”

El chorizo
La primera parte de la biografía de Manson no se diferencia de la de cualquier cofrade del birle con un balde lleno de boletos para acabar tieso durante el atraco a la tienda de un coreano: nació el 12 de noviembre de 1934 en Cincinatti, Ohio, su madre era una borracha que se llamaba Kathleen Maddox que deslastró con dieciséis años y vivía saltando la mata y del comercio del revolcón. Su padre le sembró, se subió los pantalones, recogió el cambio y desapareció. El pequeño Charlie se crió en las cunetas y al arrullo de la música de somier en pensiones perreras. Una vez que estaba trompa, su madre le intentó cambiar por una pinta de cerveza, que eso es tener sed. Cuando inevitablemente la entrullaron, Charlie fue a parar con unos tíos de Virginia que interpretaban la Biblia al pie de la letra y le molían a palos. Con nueve años ya estaba en el reformatorio por chorizo, con quince en un colegio para tarados en donde le violaron en la lavandería después de romperle la boca a patadas y con diecisiete le pescaron sodomizando a punta de navaja a otro chico del correccional. De los diecinueve a los treinta y dos años se pasó más tiempo a la sombra que en la calle, generalmente por mangar coches, endosar cheques falsos, traficar en menudo con setas de la risa y por sacarles un rendimiento a sus novias. Manson era pequeñajo y frágil, una desventaja física que no augura un porvenir cómodo en la cárcel, pero se libró de acabar de novia de un kie con tatuajes en los bíceps porque tenía, como los profetas, el don de la palabra y se dio cuenta de que si tocaba la flauta, las ratas le seguían. Se merendó la biblioteca de la prisión y adquirió una verborrea en la que mezclaba la Biblia, el budismo y la cienciología de Hubbard, aprendió a tocar la guitarra que le regaló Alvin Karpis el Monstruo, un antiguo miembro de la banda de Mamá Baker, y decidió ser más grande que los Beatles.

El gurú
Salió a la calle con treinta años largos, cantó en el metro, no recogió ni un centavo, no entraba en sus planes trabajar, escuchaba a los Grateful Dead, a Janis Joplin y a Jefferson Airplane  y se mezcló con la tribu del Verano del Amor del distrito de Haight-Ashbury, en San Francisco. Recogió su rebaño de chavalas con flores en el pelo y se puso hasta arriba de mescalina. Fundó la Familia, las ratas le siguieron  y se hizo su voluntad. En Los Ángeles conoció a Dennis Wilson, el batería de los Beach Boys, y le intentó convencer para que le financiase un disco. Wilson le presentó a Terry Melcher, el creador del rock californiano y Mason se hizo ilusiones. Decía Dalí que la lectura delirante del mundo que hace un paranoico es tan real como la de uno que está en su sano juicio pero las carnicerías que alentó Manson suenan un poco a la  revancha de un desengaño. Manson predicaba el Apocalipsis a CHARLES MANSONsus acólitos y les convenció de que estaban a cinco minutos de que los negros empezasen una guerra civil en la que derrotarían a los blancos, pero después no sabrían administrar el país debido a su inferioridad racial y le buscarían para asumir el mando. El primer asesinato del rebaño de Mason fue un crimen de trapicheo: cosieron a puñaladas al traficante Gary Hinman en julio de 1969 después de cortarle una oreja por una deuda de anfetaminas. Diez días después culminaron la masacre de Cielo Drive, en la que destriparon a machetazos a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski, a sus tres invitados y al jardinero. Sharon Tate estaba embarazada, le sacaron el feto, le cortaron los pechos, la colgaron de una viga y escribieron con su sangre la palabra “cerdo” en la pared, seguramente con la intención de que les cargasen el mochuelo a los morenos de las Panteras Negras. A la mañana siguiente asesinaron al matrimonio La Bianca en su casa de las colinas de Los Feliz siguiendo la misma pauta macabra, grabaron con un tenedor de trinchar la palabra “guerra” en el pecho del marido y con la sangre de la mujer escribieron disparates en la nevera.

El circo
Durante el juicio, Charles Manson montó el circo de los hippies locos: se grabó una esvástica en la frente, amenazó a todo el mundo, hizo el chorra y sus seguidores se manifestaron en la puerta del tribunal con la cabeza pelada, largó sus discursos de orate y echó la culpa a John Lennon. Para estar como un cencerro, Manson guardó la precaución de no participar personalmente en los asesinatos y dejaba las cuchilladas para la infantería. En las grabaciones de la vista pone su colección de muecas como un mimo de parque, bizquea y dice: “Soy una navaja afilada”. Dice: “Yo manejo el inframundo”. Dice: “Soy el malabarista del vino”. En ocasiones parece un actor de función de fin de curso sobreactuando de loco. Quizá solo sea un impostor. El asesinato de Hinman fue un ajuste de drogotas con poca paciencia y el rancho del 10050 de Cielo Drive había pertenecido a Terry Melcher, el productor que no le grabó el disco, con lo que es posible que la jauría de Manson, hasta arriba de ácido, se confundiese de víctimas. El crimen de los La Bianca fue una distracción para culpar a los negrazos, que llamaban “cerdos” a los bofias. Puede que toda su parafernalia de barbas de Abraham, su discurso del anticristo y toda la mierda esconda su frustración por no estar cantando en la MTV, puede que no esté tan loco ni usted tan cuerdo. Puede que no consiguiese lo que le gustaba y ha terminado, a la fuerza, por gustarle lo que ha conseguido, que es ser el santón de los asesinos, salir en las portadas y que se vendan camisetas con su jeta en el internet.

MARTÍN OLMOS

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