MARTÍN OLMOS MEDINA

Matones de alquiler

In Matones y camorristas on 1 de febrero de 2013 at 0:05

Detrás del rótulo de un ojo que nunca dormía se escondía una banda de rompehuelgas que no habían ganado un dólar honrado en su vida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La gente de Pinkerton estableció que en Estados Unidos la propiedad privada estaba por encima de la justicia”.
ENRIC GONZALEZ. Periodista.

Raymond Chandler dijo que Dashiell Hammett extrajo el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón, que era su lugar natural, devolviéndoselo al tipo de personas que lo cultivan por algún motivo y no por el solo hecho de proporcionar una trama. Hasta entonces, en las novelas policíacas, limpiaban el forro al vicario dentro de una habitación cerrada por dentro y un detective tirando a diletante, que consumía rape y coleccionaba mariposas, descubría que el asesino era el mayordomo, que era manco de la mano izquierda, zurdo y adorador de la diosa Kali. Los detectives de Hammett, en cambio, no consumían rape, pero nunca le decían que no a un trago,  ni a una chavala fácil,  ni a un dólar más fácil todavía, y vestían ternos de cuatro gordas, no eran unas lumbreras y tenían poco porvenir. Hammett les había conocido a todos, en los vagones de tercera y en los tugurios donde se juntaban los vagos, en las pensiones de sábanas con duda y en las calles ingratas de Baltimore y de San Francisco. Y en las minas de carbón. Cuando era joven y era despierto trabajó en la agencia de detectives más importante del país, la que fundó Allan Pinkerton, un tonelero escocés que tuvo la suerte de cara, cierto relajo moral y talento para hacerse propaganda a sí mismo. Los Pinkerton salvaron a Abraham Lincoln y persiguieron a la banda de  Jesse James, le complicaron la vida a Butch Cassidy y  colgaron de un árbol a Tom Horn, y su imagen corporativa era un ojo bien abierto sobre la leyenda “We never sleep”. Los Pinkerton disparaban primero y preguntaban después y eran virtuosos en el manejo de la estaca y el calcetín lleno de perdigones, de la manopla de acero y del tiro en la rótula, y de las partidas jugadas con tres o cuatro barajas. Generalmente marcadas.  Cuando Hammett fue detective vio pocas lupas y a ningún coleccionista de mariposas, y mucho menos a un vicario dentro de una habitación cerrada,  y sin embargo conoció a una caterva de matones, chulos y revientahuelgas que le enseñaron a dormir con el traje puesto, a sacarse tragos de gorra y a ponerse importantes con las chicas del farol. También le enseñaron lo fácil que era meter el miedo en el cuerpo a un hombre derrotado y a quitarse, en cambio,  el sombrero delante del tipo de la cartera y reírle los chistes, aunque tuvieran maldita la gracia.

Allan Pinkerton nació en Glasgow en 1819, su padre era poli pero él prefirió aprender el oficio de tonelero y jugar a la política. Le puso tanto entusiasmo a pedir en la calle reformas sociales que cuando se quiso dar cuenta tenía más enemigos que porvenir, deudas que ningún hombre honrado podía pagar y un horizonte de sombra, camisa de rayas y pan duro, así que se gastó su último penique en el pasaje del primer barco que encontró con la proa mirando a América. Llegó a Dundee, Illinois, con el bolsillo yermo y ningún amigo y se cobró otra ración de mala suerte, no encontró trabajo y la iglesia puritana le puso cartel de ateo. Una tarde que buscaba leña se dio de bruces con una pandilla de cuatreros, dio el aviso y fueron detenidos. Fue puro azar, como pisar una boñiga o cortar una baraja por el as, pero Pinkerton disfrazó la casualidad con tantos adornos novelescos que le nombraron sheriff y ALLAN PINKERTONescribió en sus memorias que aquella peripecia le “hizo tomar conciencia de las dotes excepcionales que poseía como detective”. Mark Twain recomendaba conocer primero los hechos y luego distorsionarlos al gusto, y Pinkerton lo hizo tan bien que llegó a jefe de la policía de Chicago, en donde había tres pasmas manchados por cada uno medio honrado. Logró depurar el departamento y con el prestigio inflado se puso por su cuenta, fundó la Pinkerton National Detective Agency y, durante la guerra de Secesión, la suerte le volvió a visitar y mientras les andaba detrás a unos falsificadores de moneda descubrió una conjura para asesinar a Lincoln. Aquello convirtió al gran detective de la flor en el trasero en un héroe nacional y le abrió las puertas de las reuniones con jerez y puros decentes. Lincoln le encomendó misiones de espionaje detrás de las líneas confederadas y Pinkerton comprendió la conveniencia de trabajar siempre para los que tenían la cartera mejor comida, que era más rentable que pasarse las noches en vela intentando pescar a un robagallinas y cobrar la minuta en mazorcas de maíz. A Lincoln le asesinó John Wilkes Booth, que era un actor de dramas shakesperianos, pero para entonces Pinkerton ya tomaba coñac con los barones del ferrocarril y los presidentes de los bancos  y su agencia se convirtió en un ejército privado de alquiler que reclutaba matones sin arraigo y ganas de repartir leña. En sus mejores tiempos llegó a tener más hombres en nómina que el ejército regular de la Unión  y en el estado de Ohio fueron declarados ilegales ante el temor de que se convirtieran en una milicia particular. Los Pinkerton actuaban como una guerrilla con patente de corso, extendían a su antojo “laissez-passers”, prometían recompensas que no se sentían obligados a satisfacer y administraban la ley de la corbata de cáñamo en el primer árbol que les cogía a mano. A veces les salía gratis y a veces no. Cuando la banda de Jesse James se convirtió en el dolor de cabeza del ferrocarril, los Pinkerton tiraron una bomba en la granja familiar del forajido y mataron a su hermanastro, menor de edad y retrasado mental, y dejaron manca a su madre. James buscó a los responsables y los ejecutó a tiros junto al maquinista que los había traído.

Cuando Allan Pinkerton  firmó sus memorias, que le escribieron otros cuyos nombres no han perdurado, sus ambiciones reformistas de la juventud, cuando andaba a pedradas en las calles de Glasgow para conseguir el sufragio universal, le habían quedado tan lejos como la misa del domingo a un pecador. Murió en 1884. Se cayó en la calle y se mordió la lengua. A los maldicientes se les recomienda no hacerlo porque se envenenan, pero a la muerte de Pinkerton no hay que buscarle la metáfora, lo que pasó es que su higiene bucal era un asco y la herida derivó en una gangrena que le mandó al agujero.

Dashiell Hammett empezó a trabajar en la Pinkerton en 1915, era un chico flaco, listillo y le gustaba ir hecho un pincel. Se movía como una rana en una charca en las tiradas de dados del callejón y en las noches de copas, en el universo machote de los tíos de EL OJO DE PINKERTONuna pieza. Durante su ejercicio pescó la gonorrea, le abrieron la cabeza con un ladrillo y conoció a un tipo que robó una noria. En 1917, en Butte, Montana, le ofrecieron 5.000 dólares por asesinar a Frank Little, el cabecilla sindical de las minas Anaconda, que había desatado una huelga. Hammett les mandó al diablo. Cultivaba la ética canalla del chico que ha visto cómo le salía la barba en la calle y no se engañaba sobre qué posición ocupaba en la cadena alimenticia. Otros Pinkerton no tuvieron tantos remilgos y Frank Little apareció colgado del puente del ferrocarril, castrado y con un mensaje de aviso para los huelguistas prendido con alfileres de sus calzoncillos ensangrentados. Y los mineros volvieron al túnel. Hammett abandonó la agencia en 1921 y no volvió a conducir un coche ni a empuñar una pistola. Las novelas le hicieron rico pero la tuberculosis y el gobierno le arruinaron. Años más tarde, Gidé le puso a la altura de Hemingway. Y más tarde aún, en 1999,  a la Pinkerton la absorbió la empresa sueca Securitas AB, que instala alarmas domésticas en los chaleses de las afueras.

MARTÍN OLMOS

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