MARTÍN OLMOS MEDINA

La venganza de la cabeza cortada

In Reyes y caudillos on 4 de febrero de 2013 at 23:41

El caudillo picto Màel Brigte mató de un mordisco al jefe vikingo Sigurd el Poderoso después de que éste le matase a él

ILUSTRACION de MARTIN OLMOS

“Que antes del alba lo despojen los lobos;
la espada es el camino más corto”
JORGE LUIS BORGES. Nortumbría, 900 A.D.

Cuenta la Crónica Anglosajona que en el feroz año de 793 se vieron dragones volar sobre Northumbría y los druidas agoraron tiempos de desgracia. Después quedaron los campos incultos, las ubres de las vacas se secaron y gobernó la hambruna. En junio llegó del norte una horda salvaje de paganos cubiertos de pieles de foca que, debajo del estandarte de un cuervo, saquearon la abadía de Lindisfarne, degollaron a los monjes y profanaron el cuerpo sagrado de San Cutberto. Llegaron en barcos cuyas proas tenían forma de serpiente, preferían pelear a pie, con hachas de mano y espadas de tajo, y en sus yelmos no crecían cuernos. Los cuernos vikingos se los inventó el pintor Johan August Malmström en 1868 cuando ilustró “La saga de Frithiof”, la interpretación que hizo el obispo Esaias Tegnér de la historia antigua de Frithiof el Audaz. Al año siguiente del saqueo de Lindisfarne los hombres del norte regresaron a la Northumbría y dieron fuego al  monasterio de Monkwearmouth y asolaron las islas de Iona, de Innisboffin y de Rathlin, en Irlanda. San Alcuino de York escribió a Carlomagno advirtiéndole de que no había visto antes tanta atrocidad: “La iglesia de San Cutberto, que es el lugar más sagrado de Gran Bretaña, ha sido empapada con la sangre de los sacerdotes del Señor”. Solo quedó encomendarse a Dios y en las iglesias de Northumbría se elevó esta plegaria: “A furare normannorum libera nos Domine”, líbranos Señor de la furia de los hombres del norte.

El estandarte del cuervo
Los vikingos fascinaron a Tolkien, a Robert E. Howard, a Wagner, a Hitler y a los hinchas del fondo norte del Santiago Bernabeu. Fascinaron a Borges, que consideraba las sagas islandesas del siglo XIII como las primeras expresiones novelísticas que se adelantaron 400 años al Quijote. Sobre la lápida de su tumba en el cementerio medieval de Plainpalais, en Ginebra, están tallados siete guerreros nortumbríos que conmemoran el saqueo de Lindisfarne y, sin embargo, pensaba que el dragón contagia de puerilidad todos los relatos en los que aparece. Los feroces vikingos veneraban al dios Odín, que tenía tres esposas y dos cuervos que se llamaban Hugin y Munin. Los cuervos enseñaron a Floke Vilgerdsson el rumbo a Islandia y los hijos de Ragnar Lodbrok, que murió cuando los anglos le arrojaron a un pozo de serpientes venenosas, pelearon bajo el estandarte del cuervo cuando condujeron el Gran Ejército Pagano que devastó Inglaterra. Uno de ellos, Ivar el Deshuesado, pertenecía a la casta de los “berserker”, que eran guerreros fanáticos que se entregaban al combate desnudos y borrachos de la hierba loca del beleño negro, que les hacía insensibles al dolor. A su hermano Sigurd le llamaron Serpiente en el Ojo porque nació con la imagen de un dragón mordiendo su propia cola rodeando la pupila de su ojo izquierdo. Los hijos de Ragnar Lodbrok vengaron la muerte de su padre, capturaron a Aella, el rey de los anglos, le abrieron en canal, le separaron las costillas y le vertieron vinagre en los pulmones.

Las sagas antiguas
La era de las incursiones vikingas acabó con la derrota de Harald el Despiadado en la batalla de Stamford Bridge en septiembre de 1066, pero perduraron las epopeyas que contaron los escaldos, los poetas guerreros al servicio de los reyes escandinavos que difundieron las sagas de los usurpadores que llegaron del norte. Quedaron las historias bárbaras con sus complicadas genealogías para que Borges las soñase y Malmström les pintara los cuernos que se han acabado poniendo los gandules en las despedidas de soltero y los hinchas del Orgullo Vikingo de la grada norte del Bernabeu. Aquellas historias hablaban de Erik Hacha Sangrienta, que mató a sus hermanos para sentarse en el trono de Noruega; de las trescientas vírgenes guerreras que pelearon al lado de Harald, el del Fiero Colmillo, en la batalla de Bravalla y de Hrolf Ganger, que sitió París y le llamaban Rollon el Caminante porque ninguna montura era capaz de acarrear los ciento cincuenta kilos de músculos repartidos en sus dos metros de estatura.

Rollon el Caminante era hijo de Rognvald Eysteinsson, que le llamaron el Sabio, a quien el rey Harald el de la Hermosa Cabellera le dio, en compensación por sus servicios en batalla, el gobierno de las islas Orcadas, al norte de Escocia. Rognvald el Sabio, con el consentimiento del rey, transfirió el dominio a su hermano Sigurd, que extendió su potestad conquistando porciones del norte de Escocia que iban desde el extremo oriental de los territorios de Caithness hasta el fiordo de Moray. A Sigurd le llamaron el Poderoso y quiso clavar el estandarte del cuervo en los confines de Irlanda, para lo que no reparó en sangre. Hacia el año 892 entabló batalla con los rebeldes pictos del caudillo Maèl Brigte y pactaron un combate a campo abierto en el que concertaron que pelearían cuarenta hombres por bando. Sigurd el Poderoso, en cambio, llevó al campo ochenta guerreros que, en proporción de dos por cada uno, derrotaron a los resistentes de Maèl Brigte. Sigurd celebró la victoria decapitando a su enemigo y colgando su cabeza del pomo de su montura para pasearla de trofeo. Maèl Brigte era dentón como un castor y murió boquiabierto y sus dientes difuntos se clavaron en el muslo de Sigurd el Poderoso durante la cabalgada de exhibición. Sigurd no concedió importancia al mordisco de un muerto y estimó que la herida no merecía cataplasma, pero se le infectó y con el tiempo le provocó la muerte. El caudillo Maèl Brigte se vengó póstumamente del error de cálculo, naturalmente a su favor, del tramposo Sigurd y se adelantó dos siglos al Cid Campeador a la hora de ganar una batalla después de muerto. Sobre su higiene bucal hay que pensar que no estrenó el cepillo de dientes y acarreaba un balde de sarro en cada muela, lo que le emparienta con el detective Allan Pinkerton, que murió por una infección provocada al morderse la lengua después de un resbalón. Se ignora, sin embargo, si la folclórica Pantoja sabía de su historia cuando acuñó la frase de los dientes, pero se recomienda no ponerse al alcance de su radio de bocado por lo que pueda pasar.

MARTÍN OLMOS

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: