MARTÍN OLMOS MEDINA

El negro del arado

In Las doce cuerdas on 9 de febrero de 2013 at 12:45

Aún flota la sospecha sobre la muerte por sobredosis del campeón de los pesos pesados Sonny Liston

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Liston era un hombre sin protección, con los nervios al desnudo, como un alambre pelado”
NORMAN MAILER. Escritor.

Se estima que la yema de un huevo soporta con espíritu no más de cinco acometidas de pan, a partir de ahí se amojama y no hay donde rascar, con lo que donde comen dos, como mucho comen tres (aunque generalmente se levantan de la mesa con hambre), pero no veinticinco. Veinticinco hijos tuvo Tobe Liston, negro de Arkansas, de Forrest City por más señas, jornalero del algodón y aparcero sin tierras, que a la vista está que le sobraba la munición y su mujer enseguida hacía sitio. La mitad de medio centenar son ochocientos dientes, que requieren mucho pienso, y Tobe Liston les decía a sus hijos que si tenían edad para sentarse a la mesa, la tenían igualmente para coger el azadón. Charles Liston, que le decían Sonny, empezó a ir al campo a los ocho años, con lo que no tuvo tiempo para el pupitre. Jamás aprendió a leer, pero tampoco iba para intelectual. Cuando su mula entregó el alma de tanto trabajar, Tobe Liston unció a su hijo Sonny al arado y lo puso a arañar la dura tierra de Arkansas, y no se ahorró los latigazos. Con dieciséis años, el chaval  medía un metro ochenta y cinco y taraba cien kilos de pura carne negra de cañón, sin atisbo de sebo, cien por cien magro del matadero. Le escribieron los estigmas de la correa en el lomo, crió el cuello del toro bravo y alardeó la ignorancia absoluta del dolor. Y de casi todo lo demás. Aprendió lo justo para responder al palo, nunca vio la zanahoria y creció pensando que Dios creó a los hombres violentos, hambrientos y desesperanzados.

Analfabeto, presidiario y matón.
Un día, la señora de Tobe Liston abandonó a su marido y a su arma de repetición, cogió a la recua y se fue a St. Louis de Missouri para procurarse mejor suerte. Sonny fue a la escuela por primera vez y en clase se rieron de él por grande, por feo y por analfabeto. Al día siguiente decidió no volver y se intrincó en el sórdido callejón, en donde mandaba la navaja y la brutalidad y donde no era desventaja ser duro, malo y pagano, y se juntó con los hombres que practicaban el inconsciente coraje. Encontró su elemento en la selva y formó parte de las jaurías. Rompió crismas en peleas a muerte y tomó por la fuerza el botín que le otorgaba su músculo y su desesperación. La policía le rondaba, le llamaba el Bandido de la Camiseta Amarilla y el Number One Negro. Que otro arrastrase el arado, ahora él llevaba la correa, tenía hambre, le dijo al juez cuando le detuvieron por atracar una gasolinera en 1950. Le sacó el alma del cuerpo al dueño a golpes de sus puños de demolición. Le metieron en la cárcel, en la penitenciaría de Jefferson, inevitablemente. Le echaron la mayoría de edad a ojo porque nadie gastó un rato en inscribirle en el censo, allá en Arkansas, y se viene pensando que pudo nacer entre 1927 y 1932. Ni siquiera él mismo lo sabía.

En la trena se hacía respetar la fuerza bruta, y Sonny Liston la poseía por imperativo natural y le daban tres ranchos diarios y calientes por los que no tenía que disputar. Si hubiese sido un metafísico habría llegado a la conclusión de que la libertad es un concepto excesivamente ponderado, pero como no lo era se quitaba la gazuza y tenía la consideración de las demás fieras. El padre Alois Stevenson, el párroco del penal, decía el catecismo a los proscritos. Era irlandés y veneraba a Cristo y a Paddy Ryan, el campeón de los pesos pesados del condado verde de Tipperary. Le enseñó a Sonny los mandamientos del boxeo y a éste no le pareció mal introducir reglas en lo que ya hacía por instinto. En dos años obtuvo la libertad condicional y empezó a pelear en los  circuitos amateur de St. Louis. El analfabeto de Arkansas ganó el Guante de Oro y se hizo profesional, debutó en 1953 contra Don Smith, que aguantó apenas el medio minuto sobre sus dos pies. Combinó su carrera con entradas al talego por sacudir a un poli y por intento de homicidio, vistió trajes de solapas anchas y se mezcló con el promotor Frankie Carbo, el Zar del Boxeo, que había dado de beber al sediento durante los años secos de la Prohibición. Carbo se llevaba más de la mitad de las bolsas y le daba trabajo extra de matón en su fábrica de ladrillos, en donde apaciguaba a los huelguistas negros con diálogos en el callejón. Le llamaron el Oso Feo y nadie le quería, era sombrío y presidiario y se dejó bigote fino de chulo de golfas.

Negros de distinto color
Ser campeón negro en la segunda mitad del siglo XX significaba llevar la carga del hombre oscuro y Floyd Patterson tenía modales de caballero, amistad con Eleanor Roosevelt y era miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP). Fue el primer púgil negro al que se le concedió consideración y Sonny Liston era el moreno que no sabía leer, un hombre sin protección intelectual con el mérito de descuento de sus años de presidio. Cuando se enfrentaron en el Comiskey Park de Chicago el 25 de septiembre de 1962 a Liston le recibieron con insultos, estaba pendiente de un juicio por violación y se decía que sus calzones pertenecían a Frankie Carbo y a la alegre comunidad de Sicilia. Patterson el técnico sucumbió ante su psicología puramente física y el Oso Feo se ciñó el cinto de campeón del mundo de los pesos pesados, que le arañó con la misma violencia que el arado viejo de Arkansas. Le dio la revancha al año siguiente en Las Vegas. Patterson preparó la pelea en el monacal gimnasio, Liston se fue de copas y le tumbó en el primer asalto. Entonces pensó en cambiar. Pensó que podía representar a su raza esclava y contar el sueño americano; tímidamente, como un rústico arrugando su sombrero, intentó un acercamiento a la NAACP y nadie le fue a recibir. Como campeón, Sonny Liston era una mala noticia. Era el Negro Malo.

Dos años después le arrebató el título un negro guapo, medallista olímpico y bailarín, que hablaba en verso y dominaba el espectáculo. Era Cassius Clay y tenía un ego inquietante, la guardia baja y el boxeo alegre. En el combate de revancha, Clay le colocó un gancho de distancia demasiado corta para herirle pero que le tumbó en el primer asalto. Liston cayó de espaldas y extendió los brazos. Tenía en la lona cara de perplejidad, o tal vez de aquiescencia. Pocos se creyeron aquel puñetazo fugaz y lo llamaron el Golpe Fantasma. Soy el único héroe negro, dijo Clay. Aquel golpe olió a patraña. Flotó sobre el reñidero, como un SONNY LISTONcuervo negro, el proceloso negocio de apuestas de Frankie Carbo y la presión de la Nación Musulmana, que apoyaba al nuevo campeón. Con el tiempo, Clay se convirtió en Muhammad Ali y se abrigó con el aprecio de la intelectualidad progresista, que le permitió sus rebeldías. Se negó a ir a Vietnam porque dijo que ningún vietnamita le había llamado maldito negro. A Liston le llamaron cosas peores y continuó boxeando por oficio en mentideros organizados por Frank Sinatra, peleando contra paquetes. En enero de 1971 apareció muerto en su habitación de Las Vegas con una jeringuilla de heroína clavada en su brazo. Diagnóstico de sobredosis que sus íntimos no se tragaron. Tenía deudas con hombres de trajes chillones, aproximadamente 39 años, 54 peleas disputadas, 50 ganadas, 39 de ellas por KO, y solo cuatro derrotas. Tenía la lengua larga, tal vez. Está enterrado en el Paradise Memorial Gardens de Las Vegas, debajo de un epitafio escueto que reza: “Un hombre”. No gran cosa para un mundo de héroes y de dioses.

MARTÍN OLMOS

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  1. Cómo todo lo publicado. Grandioso…. Historia amena y breve al alcance de cualquier lector. Gracias!

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