MARTÍN OLMOS MEDINA

Muerte al alba

In Con buena letra, Fuera de carta on 9 de febrero de 2013 at 12:57

Hace cincuenta años que Ernest Hemingway atajó su dolor por el camino más corto.

ILUSTRACION de MARTIN OLMOS

“Pocos americanos han producido mayor impacto de emociones y actividades sobre el pueblo americano, que Ernest Hemingway”
JOHN F. KENNEDY

“Hemingway es mi escritor favorito”
FIDEL CASTRO

“¿Suicidio? ¿Y quién no dice que quisieron eliminarle?”
GREGORIO FUENTES. Antiguo patrón del barco de pesca de Hemingway.

El doctor Clarence Edmonds Hemingway tenía una consulta en un barrio de posibles a las afueras de Chicago, “en donde acaban las tabernas y empiezan las iglesias”, y tenía dos acres de tierra en la orilla del lago Walloon, que le decían el Lago de los Osos,  en los bosques de Michigan, cerca de un campamento de indios chipewa. El doctor Clarence Edmonds Hemingway enseñó a su hijo Ernest a encontrar el norte observando de qué lado del árbol crecía el musgo y le enseñó el nombre en latín de todas las aves de la selva. También le enseñó a no pescar más de lo que podía comer y a disparar a los pajaritos con una escopeta del calibre doce. A Ernest le gustaba acompañar a su padre al campamento chipewa porque a todos los niños les gustan los indios y los piratas.

La señora del doctor Hemingway, de soltera Grace Ernestine Hall, había querido ser cantante de ópera y llegó a debutar en el HEMINGWAY-ESCOPETA 1Madison Square Garden de Nueva York, pero las luces del proscenio le dañaban las pupilas. Tenía voz de contralto y siempre pensó que se perdió un mundo más ancho al casarse con el médico montañero. La señora Hemingway, de soltera Grace Ernestine Hall, quería que su hijo Ernest tocase el violoncello y le ponía vestiditos rosas de chiquilla. Decía que cuando el niño vino al mundo, los petirrojos cantaron sus canciones más dulces para darle la bienvenida.

El doctor Clarence Edmonds Hemingway era capaz de seguir el rastro de un gato montés a través de las pistas del bosque. Grace Ernestine Hall llevaba los pantalones en casa.

Ernest creció y se fue convirtiendo en Hemingway, no aprendió a tocar el violoncello, pescó más de lo que podía comer y renunció a la universidad para irse a la guerra, a conducir ambulancias al frente del Piave. Cuando volvió a Chicago tenía una recomendación para la medalla italiana al valor y metralla en las dos piernas. Su madre, Grace Ernestine Hall, se cansó de verle fardar con el uniforme de “sotto tenente” de la Cruz Roja, de beber vino y de no buscarse un empleo decente y le echó de casa. El doctor Clarence Edmonds Hemingway no dijo nada.

En 1923, en París, cuando Ernest ya era definitivamente Hemingway, se publicó su primer libro, “Tres cuentos y diez poemas”. Se editó una tirada de trescientos ejemplares. Media docena de ellos se los envió a su padre. Esperó su bendición. El doctor Clarence Edmonds Hemingway se los devolvió con una carta en la que le decía que un caballero solo habla de enfermedades venéreas en la consulta de su médico.

En el nombre del padre.
En 1928 el doctor Clarence Edmonds Hemingway estaba enfermo. Tenía diabetes y una angina de pecho. Había invertido en tierras en Florida, esperando que se revalorizasen con la explosión demográfica, pero los precios habían bajado y ahora no valían un chavo. El seis de diciembre pasó consulta por la mañana y por la tarde quemó sus papeles personales en un horno, se encerró en su dormitorio y se pegó un tiro detrás de la oreja.

Ernest Hemingway se enteró de la noticia cuando iba de camino desde Nueva York a Key West, en Florida. Para variar, estaba sin blanca. Le sableó cien dólares a Scott Fitzgerald, que por aquel entonces aún era su amigo, y compró un billete para Chicago. El HEMINGWAY-ESCOPETA 4doctor Clarence Edmonds Hemingway había sido diácono de la Primera Iglesia Congregacional de Oak Park y su suicidio le había deshonrado. Tenía un seguro de vida que proporcionó a los herederos 25.000 dólares de los cuales se fueron 15.000 en el levantamiento de la hipoteca de la casa familiar, 600 en impuestos y lo que quedaba en deudas. Hemingway le dijo a su hermano pequeño Leicester que no quería lloros en el funeral, le dijo que los demás eran un hatajo de paganos que deberían avergonzarse de sí mismos y que rezase para que el alma de su padre saliese del purgatorio. Luego se llevó de recuerdo el revólver con el que se disparó, un Smith y Wesson del calibre 32 que había pertenecido a su abuelo, y regresó a los Cayos de Florida, a pescar peces que no se podía comer.

Doce años después escribió: “Nunca olvidaré lo miserable que me pareció la primera vez que me di cuenta de que mi padre era un cobarde.”

…y del hijo.
En 1961 Ernest Hemingway iba a cumplir 62 años, cinco más de los que tenía su padre cuando tomó el atajo. Durante su vida había coleccionado esposas, guerras y cabezas de bichos colgadas en la pared. Aún ceñía el cinturón de campeón de las letras americanas y porque pensaba que todos los tiempos eran los viejos tiempos quería seguir viviendo como una mezcla de estrella de Hollywood, cazador blanco de leones barbudos y general de brigada. Y sin embargo, como al final de todas las buenas cenas, le llegó la dolorosa. Hemingway padecía diabetes, hipertensión y tenía los niveles de colesterol por las nubes, tenía el hígado disuelto en whisky y los riñones cumplían unas veces sí y otras no tanto. Es probable que también sufriese una hemocromatosis, un trastorno metabólico congénito que provoca una acumulación de hierro que afecta al corazón de forma irreversible.

Su último verano español había sido un desastre. En el restaurante Mayte de Madrid armó una pelea porque decía que los comensales de la mesa de al lado eran agentes del F.B.I. que le espiaban y en la finca malagueña de “La Cónsula”, donde pasó unos días con Antonio Ordoñez, hablaba solo y quiso atizar a un invitado porque le tocó la nuca. En “La Cónsula” trabajaba de doncella una niña de dieciséis años que se llamaba María Isabel Carabante, que era de Coín, y a la que aquel hombrón barbudo se le parecía a Cristo. Hemingway dejó escrito que España no era tierra para morir, sino para vivir intensamente, y como los elefantes heridos regresó a su pago a cumplir con la que él llamaba la Puta, la Eterna Puta y, a veces,  la Señora.

Su último hogar estuvo en Ketchum, Idaho, a la sombra del Monte Baldy, al lado de la Reserva Forestal del río Wood en donde en verano pastaban las ovejas que cuidaban los pastores vascos de los Pirineos. Hemingway veía federales en cada esquina y tenía miedo de ir al trullo por evasión de impuestos. No había declarado 4.000 dólares que ganó apostando en el boxeo y pedía constantemente extractos bancarios. El hombre sin miedo a los obuses de las guerras de los demás tenía miedo a la cartera seca. El Gran Cazador Blanco ya no podía encarar el rifle. El amante no conseguía izar la bandera. El escritor dejó de encontrar la frase verdadera. Empezó a verle el lado bueno al lado malo de la escopeta. Su cuarta mujer, Mary Welsh, logró internarlo en la Clínica Mayo, en donde le aplicaron electrochoques dos veces por semana y le administraron reserpina, un medicamento para la hipertensión entre cuyos efectos secundarios estaba la depresión.

La noche del 1 de julio de 1961 Hemingway le dijo a su mujer que le iba a hacer un regalo. Le cantó una canción italiana que había aprendido en Cortina. La canción decía: “Tutti mi chiamano bionda, ma bionda io non soro: porto i capelli neri”. Al alba del día siguiente se levantó sin hacer ruido. Se puso una bata roja. Solía decir que había visto todos los amaneceres de su vida. Vio aquel. Cogió una escopeta Boss de dos cañones que usaba para el pichón y se disparó en la cabeza. Su mujer dijo que sonó como cuando un cajón se cierra de golpe.

Amén.
Se celebró el funeral católico el 6 de julio de 1961. El padre Robert J. Waldmann leyó en latín y en inglés los versículos tres, cuatro y cinco del Eclesiastés: “¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo de la capa del sol? Pasa una generación, y le sucede otra; más la tierra permanece. Nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar; y de allí nace.” Uno de los monaguillos se desmayó por el calor y se cayó sobre una cruz de flores blancas. Se rezaron tres Avemarías y tres Padrenuestros. Mary Welsh dijo a la prensa que su marido se había disparado por accidente  al limpiar el arma pero nadie se lo creyó. En 1966, en una entrevista con Oriana Fallaci, seguía manteniendo esa versión.

El 11 de julio Antonio Ordoñez sufragó una misa por su alma en la capilla de San Fermín, en la Iglesia de San Lorenzo, a la que asistió Orson Welles, Deborah Kerr y el alcalde de Pamplona, don Miguel Javier Urmeneta. Se mezcló el luto negro con el pañuelo rojo. A Ketchum llegaron necrológicas de la Casa Blanca, del Kremlin y del Vaticano. María Isabel Carabante, la doncella de “La Cónsula”, lloró cuando se enteró de su muerte. Hace unos años vivía en Algete y tenía una foto de Hemingway en el salón. Nunca leyó un libro suyo, pero una vez vio una película sobre un viejo que pescaba solo en un mar de tiburones. García Márquez estaba en México cuando se enteró y escribió una crónica en la que decía que la noticia había conmovido “a sus mozos de café, a sus guías de cazadores, a sus aprendices de torero, a sus chóferes de taxi, a unos cuantos boxeadores venidos a menos y a algún pistolero retirado”. A Norman Mailer la muerte de Hemingway “le esposó con el horror” y aseguró que muchos chupatintas se sintieron secretamente alegres porque Hemingway era el muro del fortín y después de él se creyeron más fuertes. Borges, en cambio, dijo que se suicidó cuando descubrió que era un mal escritor.

En invierno la tumba de Hemingway se cubre de nieve blanca y el periodista Hunter S. Thompson observó que en verano los turistas se llevaban la tierra a puñados. Hemingway escribió que cuando nacemos le debemos una muerte a Dios. Escribió que todas las historias verdaderas acaban con la muerte. Hemingway escribió: “Y ahora él duerme con esa vieja ramera, la Muerte…¿Aceptas a esta vieja ramera Muerte como la mujer legítima?”.

EL HIJO RARO DEL MACHO ALFA.

GREGORY HEMINGWAY
En las verdes colinas de África Ernest Hemingway abatió al león melenudo y en la Corriente del Golfo pescó al tiburón. Ernest Hemingway se paseó por tres guerras como si lo hiciese por la salita de estar de la casa de su abuela y tenía pelo en el pecho. A su hijo pequeño Gregory le llamaba Gigi, lo que no es un buen comienzo para alguien que tenía el decreto de observar la masculinidad. Cuando tenía diez años Gigi le acertó a un pichón en vuelo con una escopeta más grande que él. Fue un tiro de primera. Con doce escribió un relato impecable. Su padre descubrió más tarde que lo había copiado al pie de la letra de un cuento de Turgenev y el tiro ya no le pareció tan bueno. Hemingway dijo que el chico había nacido para ser malo.  Gigi creció y se hizo anestesista, se casó cuatro veces, tuvo siete hijos y corrió maratones. Se atizó el hígado. No conservó ningún empleo. Le gustaba ponerse medias de seda y camisones de satén de color salmón. Después de su último divorcio se hizo una operación de cambio de sexo. Gregory dejó de ser Gigi y fue Gloria. Perdió los estribos. Gloria era mala. Le arrestaban frecuentemente por escándalo público. Una vez le partió la cara a un conductor de autobuses. En octubre de 2001 tenía 69 años y le detuvieron por pasearse en cueros por el bulevar de Crandon, en Cayo Vizcaíno, en Miami. Murió cinco días después, en el Centro de Detención para Mujeres de Miami-Dade, de un ataque al corazón.

MARTÍN OLMOS

(PUBLICADO EN EL CORREO EL 25 DE JUNIO DE 2011)

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