MARTÍN OLMOS MEDINA

El príncipe enamorado

In Reyes y caudillos on 15 de febrero de 2013 at 14:19

 El heredero al trono de Nepal masacró a su familia en una noche de pataleo de amor

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Pienso que el rey es un hombre como yo: la violeta le perfuma como lo hace conmigo”
WILLIAM SHAKESPEARE

El príncipe Harry es zanahorio y pecoso, como un niño de cartón, es tercero en la línea de sucesión al trono de Inglaterra y en la vida civil se las engancha tremendas y se pone a hacer el chorra para animar las revistas de la peluquería. Como artista de variedades dispone de un variado registro y lo mismo enseña el culo bermejo en una partida de strip-billar en Las Vegas que se viste de nazi o hace una carrera de meadas. La reina Isabel II se gasta 150 millones de euros en salvaguardarle la privacidad, pero al pobre Harry le acaban pescando zurrándole a un fotógrafo, metiéndole mano a una chavala y haciendo trampas en los exámenes de Eton. Cuando no queda más remedio que limpiarle el expediente le mandan a Afganistán, a pelear al barbudo talibán y a darse un baño de plebeyez y de olor a sudor de calcetines y sobaco de furriel. De tanto ir a la guerra le ha ido cogiendo arte y ha llegado a ser copiloto artillero de un helicóptero Westland Apache desde el que ametralla infieles desde la posición de superioridad que le otorga la cuna. Disparar hacia abajo tiene menos mérito porque juega a tu favor la ley de la gravedad. Un copiloto artillero de un helicóptero Apache tiene el control de dieciséis misiles aire-tierra Hellfire (que cuestan unos 70.000 pavos la pieza), un lanzacohetes y un cañón Hughes de treinta milímetros con una cadencia de fuego de 625 disparos por minuto. El príncipe Harry, que es zanahorio como Esaú, ha reconocido que ha matado talibanes, que para eso fue a la guerra, y que no se le ha dado mal porque es muy bueno jugando con la PlayStation. Al príncipe Harry se le da mejor enseñar el culo bermejo en una juerga de litronas que ponerse a hacer analogías como si fuera Clausewitz y la coordinadora pacifista Lindsey German le ha llamado arrogante, el portavoz de defensa del Partido Laborista cándido y el heraldo de la insurgencia talibán Zabiullah Mujahid retrasado mental y cagón, porque fardó de hazañas bélicas cuando ya había dejado la milicia y estaba tomando el sol en Chipre.

El príncipe pazguato
La realeza lo que mata bien es el tiempo, pero también le gusta matar otras cosas, elefantes de la selva y eso, y si no hay nada más a mano mata a la familia al final de un banquete con la alegría del que no tiene que lavar el mantel después del fangal. La sangre azul hierve a igual temperatura que la roja y se ha llegado a la conclusión de que las almendras coronadas guardan dentro las mismas ruineras que las que se tapan con boina. Las cabezas regias también se sacan de quicio y la del príncipe Dipendra Bir Bikram Shah Dev (ni más ni menos), heredero al trono de Nepal, soportaba las frustraciones con la misma cintura que la de un adolescente granudo al que le cortan la línea del internet. El príncipe Dipendra nació en 1971 en Katmandú y como era el primogénito del rey Birendra de Nepal se le preparó desde niño para la sucesión. Estudió en el colegio de Eton en Inglaterra, donde se aficionó a las películas de mamporros de Jackie Chan y a empinar el codo y cuando cumplió dieciocho años obtuvo la dispensa de acudir a la capilla que le otorgaba la tradición nepalí por la que un heredero al trono, cuando alcanza la mayoría de edad, se convierte en un dios que no puede ser visto adorando a otro. El príncipe Dipendra se pasó sus años colegiales aprendiendo kung-fú, chalaneando alcohol con los bedeles y una vez que se entrompó, se coló en un templo católico y desató el escándalo en su país por dejarse ver con su homólogo cristiano. Cuando regresó al Nepal le regalaron un doctorado en geografía en la universidad de Tribhuvan,  acabó su formación en la Academia Militar de Kharipati, en la que no pasó una tarde sereno, y se dedicó a la corte.

La corona es un privilegio que exige sangre acrisolada y un rey tiene el deber de casarse con la que le toque, aunque le huelan los pies, y no mezclarse en experimentos morganáticos que acaban en príncipes mulatos. A cambio tiene un buen empleo que, salvo que la chusma indecente tome la Bastilla, es de carácter vitalicio, no exige madrugones y el coche lo pone la empresa. El amor es para el pueblo villano, que lo disfruta con pan y cebolla y el tocino se lo tiene que sudar. El príncipe Dipendra, que además era EL PRÍNCIPE DIPENDRA DE NEPALdios, no entendió este extremo y se enamoró de Devyani Rana, una joven de linaje noble pero no lo suficiente para complacer a su madre, la reina Aishwaraya. El rey le advirtió que si persistía en el romance tendría que renunciar a la corona en favor de su hermano Nirajan y los astrólogos de la corte determinaron que el príncipe no debía casarse antes de los treinta y cinco años. Lo malo de mandar a los príncipes de oriente a estudiar al extranjero es que se suscriben al canal Disney y se acaban creyendo La Cenicienta. Dipendra se casó en secreto con Devyani Rana a finales de mayo de 2001 y lo anunció en los postres de una cena familiar en el palacio de Narayanhity el primero de junio después de haberse regado de copas. Se desató una discusión y el príncipe se retiró a su habitación, se ciñó un fajín militar, se puso una gorra y regresó al banquete con una pistola automática y un subfusil Uzi para zanjar la discrepancia ametrallando a sus padres, a dos de sus hermanos, a una prima y a tres tíos carnales y uno político. La masacre duró quince minutos, se saldó con nueve muertos y acabó cuando Dipendra se pegó un tiro en la cabeza. Tardó tres días en morir, durante los cuales, y en virtud de la sucesión automática, fue rey de Nepal a pesar de estar en coma. El Rey de los Vegetales murió definitivamente el 4 de junio de 2001 y la corona la heredó su tío el príncipe Gyanendra, del que sus paisanos pensaron que fue el instigador de la matanza. El rey Gyanendra ordenó incinerar a su sobrino en menos de cinco minutos y con el tiempo abolió el régimen democrático del país, asumió el poder absoluto y nombró sucesor a su hijo, el príncipe Paras, que era un putero golfo y borrachín que solía conducir trompa por las calles de Katmandú. La reverencia a la monarquía tiene algo de superstición y cuando ésta enseña el andamiaje pierde el hechizo de soberanía y zapatitos de cristal y el pueblo villano acaba adorando a un cantante. El rey Gyanendra enseñó su albañilería absolutista y a su hijo parrandero y practicó la virtud de poner de acuerdo a los partidos políticos, a la guerrilla maoísta y al ejército para despojarle del armiño y el 11 de junio de 2008 le echaron del palacio real de Katmandú e instauraron  la república federal terminando con casi tres siglos de monarquía.

MARTÍN OLMOS

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