MARTÍN OLMOS MEDINA

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El pigmeo y los enanos mentales

In Vilezas on 30 de marzo de 2013 at 21:18

 El pigmeo Ota Benga fue capturado en el Congo y exhibido en un zoo de Nueva York dentro de una jaula que compartía con un orangután

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No es el más fuerte de la especie el que sobrevive, ni tampoco el más inteligente. Es aquel que es más adaptable al cambio”
CHARLES DARWIN

A la patulea de puercos que somos nos gusta pasar la tarde contemplando al desgraciado que está peor que nosotros  para reírnos y tal, ja, ja, y volver a casa pensando que somos unos tíos grandes. Decía Boileau que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira, pero lo que siempre encuentra un tonto es a otro al que le toma por más tonto y entonces le salen las ganas de hacerse el listo. El tonto se ríe y duerme a pierna suelta y confunde el punto de vista con la primera impresión, y con primeras impresiones va construyéndose una filosofía que es inalterable, porque el tonto no contempla el privilegio de las segundas impresiones. El tonto es gregario y homogéneo, prefiere el calor de la manada y es mimético con la misma y al raro le tira piedras o le tira al río, dependiendo de su estado de ánimo. Si el raro gasta las proporciones  antropomórficas básicas es un excéntrico y tiene solución, pero si le salieron torcidas las medidas es probable que le metan en una jaula y le vayan a ver sus semejantes las tardes de los domingos, con los niños y un cucurucho de maní. Ahora los raros salen por la tele y exhiben opinión, pero antes había que ir a verlos a las ferias que se hacían para celebrar la cosecha o para conmemorar a la Virgen.

La parada de los monstruos
La exhibición de los monstruos servía de preámbulo al número de la trapecista jamona y así los errores de Dios podían ganarse el plato y no andar por las esquinas asustando a las viejitas. Los monstruos de feria cumplían una triple función social que era la de llenar el sombrero del vivo que les representaba, solazar al popular, que pasaba una tarde de cachondeo y se olvidaba de la mina, y provocar la compasión de los que encontraban placer en sentirse mejores cristianos los días festivos. Monstruos célebres fueron Julia Pastrana, la Mujer Mono de Sinaloa, que tenía barba negra y dos filas de dientes; el Hombre Elefante Joseph Merryck; los hermanos dicéfalos Giacomo y Giovanni Tocci, que compartían el tórax, el abdomen y las piernas; Daniel Lambert, que llegó a pesar 340 kilos y el Increíble Hombre Torso Johnny Eck, que jamás se dio un paseo para estirar las piernas. Todos hicieron a la fuerza carrera en la farándula y los que consiguieron retirarse del circo cayeron en el espectáculo científico, haciendo de ratones que buscan su queso a través de un laberinto. La normalidad se mide en términos comparativos y si todos lleváramos la cabeza en las posaderas sería un fenómeno el que la tuviese sobre sus hombros y miraríamos su foto en una revista médica. Dentro de su comunidad de pigmeos de la etnia batwa, en la ribera del río Kasai, en el Congo, Ota Benga era un individuo normal, pero a los ojos de los que medían más de metro y medio era la confirmación de que el hombre descendía del mono. Ota Benga nació alrededor de 1880, aprendió a cazar con la tribu y tuvo dos hijos que fueron asesinados en una batida de la Fuerza Pública del rey Leopoldo II de Bélgica, que era un contingente policial formado por oficiales mercenarios blancos y tropa caníbal reclutada en los mercados esclavistas de Tippu Tip, el comerciante de hombres de Zanzíbar. En 1904, los organizadores de la Exposición Universal de San Luis encargaron al explorador Samuel Phillips Vermer que trajera una familia de pigmeos de África para exhibirlos en el pabellón antropológico. Vermer compró a Ota Benga y a otros siete pigmeos en una alhóndiga de esclavos, los cargó de cadenas en la bodega de un barco y se los llevó a América. La Exposición Universal de San Luis fue inaugurada por el presidente Theodore Roosevelt y la visitaron veinte millones de personas que se dejaron en la taquilla más de veinticinco millones de dólares, en el pabellón español se construyó una reproducción de la Alhambra y en el francés se podía ver un mechón del pelo de Napoleón metido en una urna de cristal y Ota Benga y sus compañeros fueron enseñados en taparrabos y sometidos a pruebas de inteligencia para retrasados mentales. En invierno les negaron los abrigos para que pintasen más auténticos y los anunciaron como “el vínculo más cercano con el ser humano”. Milagrosamente, no la diñaron de pulmonía. En la Exposición Universal de San Luis se comercializó por primera vez el algodón de azúcar, se escucharon las marchas de John Philip Sousa y los burdeles de los alrededores trabajaron a destajo.

La jaula de los monos
Cuando se clausuró la Exposición, Ota Benga fue comprado por William Hornaday, director del zoológico del Bronx de Nueva York, que le limó los dientes hasta sacárselos punta para darle un aspecto amenazador y le metió en la jaula de los monos junto a un orangután amaestrado que se llamaba Dohong. Diseminó por la jaula huesos mondados para insinuar su canibalismo y le obligó a hacer exhibiciones con un arco y unas flechitas. Ota Benga hizo caja y Hornaday le sacaba de la jaula para que se pasease al lado de los visitantes, que a veces le tiraban mondas de plátanos y le zurraban coscorrones. Ota Benga tenía 23 años, medía un metro y treinta y cinco centímetros y una vez mordió a un turista que le contó con un palo las costillas, por lo que se le terminaron las performances y le devolvieron a la jaula. Cuando el reverendo James Gordon, de la Conferencia de Ministros Bautistas Negros, se quejó del trato que recibía, William Hornaday se amparó en que la exhibición del pigmeo cumplía la función de refrendar el darwinismo y dijo: “No puede quejarse el pequeño, porque tiene la mejor habitación del pabellón de los primates”.

OTA BENGA Y SUS DIENTES PUNTIAGUDOS

Las campañas de los periódicos Globe, Tribune y New York Times acabaron con el negocio de Hornaday y a finales de 1906 Ota Benga fue recogido en el orfanato Howard para Personas de Color, le pusieron zapatos, ropa con botones y le enseñaron el catecismo. Cuatro años después le trasladaron a Virginia bajo la tutela de la poetisa negra Anne Spencer, que le reparó los dientes implantándole un juego de coronas y le inscribió en una escuela teológica, pero Ota Benga no entendió al dios del hombre blanco, abandonó su educación y se puso a trabajar en una plantación de tabaco. Acaso echaba de menos al orangután Dohong. Acaso le dolían los zapatos. Sus compañeros de tajo le llamaban Bingo pero él prefería pasear el bosque y cazar ardillas con su arco. El 20 de marzo de 1916 robó una pistola, se sentó debajo de un árbol, encendió una hoguera ritual y habló con sus dioses paganos. No se conocen los términos de la conversación. Se arrancó las coronas de los dientes, bailó una danza mística y se pegó un tiro en el corazón. Tenía unos 32 años, mes arriba, mes abajo, y no le acabó de coger la medida al mundo. No estuvo a la altura de las circunstancias, pero eso nos pasa a todos. Le enterraron debajo de una piedra gris sin nombre en el sector negro del cementerio de Lynchburg, en Virginia, muy lejos de la ribera del río Kasai.

MARTÍN OLMOS

El fusil y la sotana

In El cañí, La cruz y la media luna on 24 de marzo de 2013 at 22:46

España ha criado curas follones de mano larga y trabuco de gatillo fácil

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El padre Juan Galán Bermejo, con su pelo engominado, su bastón y su pistola, empezaba a ser famoso por su crueldad”
PAUL PRESTON.

En Mateo 10, 34 Jesucristo dice: “no he venido a traer la paz, sino la espada”, y en Juan 2, 13 trenza con cuerdas un azote y larga a trallazos a los mercaderes del templo de Jerusalén. En Lucas 22, 36 ordena a sus discípulos que vendan sus túnicas para comprarse espadas y conocemos que San Pedro atendió a la recomendación y llevaba una en el Huerto de los Olivos con la que le cortó una oreja a Malco, el criado del sumo pontífice Caifás. Por acá, cuando a un tío le cae mal un traje, decimos que le sienta como a Cristo dos pistolas, pero también decimos que a Dios rogando y con el mazo dando y no hemos andado cortos de curas pendencieros que repartían  la comunión con las hostias de la germanía. Napoleón decía que España es una chusma de aldeanos guiados por una chusma de curas. Tradicionalmente, el clero español ha sido silvestre y poco leído, de sombrero de teja y sotana con lamparón, de liar pitillos de picadura, beber del porrón y comer de gorra y ha sacado una mano larga por lo docente y por lo castrense. Las zurras de los frailes son un clásico de los recuerdos de infancia que se dicen en el postre de una cena, con la copa, el puro y las historias de la mili (“me tocó un sargento que era de Logroño…”). Ahora ya no se llevan porque ya no hay mili ni se desasna a trompazos y los chavales se han puesto contestones, paganos y librepensadores. Y curas de reñir batallas los ha habido siempre desde el papa Julio II, las órdenes de los monjes guerreros del Temple, de Calatrava y de los Hospitalarios de San Juan y el fraile Tuck de las baladas de Robin Hood.

Curas de trabuco y navaja
Los curas del trabuco proliferaron en España peleándole al francés y como le cogieron oficio al monte continuaron su ministerio durante las Guerras Carlistas. El cura Jerónimo Merino, burgalés de Villoviado, en el municipio de Lerma, se saltó la parte del discurso de la Montaña en la que Jesucristo recomienda poner la otra mejilla y en cambio decía que Dios había creado al hombre derecho y, por lo tanto, no debía humillarse ante nadie. El cura Merino era flaco, nervioso y no dormía nunca, mandó degollar a ciento diez lanceros polacos al servicio de Napoleón en Hontoria de Valdearados, a un tiro de piedra de Aranda, y fundó el regimiento de infantería de Arlanza y el de los  húsares voluntarios de Burgos. Cuando los franceses se fueron a su casa, le alineó con el pretendiente don Carlos y combatió a los liberales del Empecinado, participó en los sitios de Bilbao y del castillo de Morella y en Cataluña mandó descuartizar a un pelotón de soldados vencidos después de hacerlos fusilar. El mosén Benet Tristany llegó a general del ejército carlista y en una sola tarde fusiló a trescientos liberales en La Pandella de Cervera, en la provincia de Lérida, y acabó ejecutado en Solsona. A Lucio Dueñas,  párroco de Torrijos, le llamaban el Cura Matón y se libró de tres penas de muerte y del padre Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi escribió Baroja que era un pobre diablo histérico y sanguinario. El cura Santa Cruz combatió a los liberales capitaneando la partida de la Guardia Negra, que peleaba debajo de una bandera negra sobre la que las EL CURA SANTA CRUZmonjitas de   Elorrio habían bordado dos tibias y una calavera. El cura Santa Cruz fusilaba a sus enemigos negándoles la confesión. El 4 de junio de 1873, en el puente de Endarlaza, sobre el río Bidasoa, bombardeó con artillería un puesto de carabineros que se rindieron asomando una bandera blanca. El cura Santa Cruz dijo que solo vio un mantel manchado de vino y fusiló a los treinta y cinco supervivientes negándoles el sacramento de la absolución a pesar de los ruegos del párroco de Biriatou. El cura Santa Cruz alardeaba virtud y se vanagloriaba de no ultrajar a las mujeres durante los saqueos y se hacía acompañar por un lugarteniente para que atestiguase que observaba el voto de castidad. Al final le acabaron abandonando los suyos y murió en el exilio colombiano en 1926, oficiando de misionero por las mañanas y enseñando tácticas guerrilleras al ejército por las tardes. A la reina Isabel II, la que no querían los carlistas, le pegó una puñalada el cura Martín Merino el dos de febrero de 1852 con una navaja que se compró en el Rastro. Martín Merino era riojano de Arnedo y era franciscano y capellán de parroquia. A la reina Isabel II le atenuó la cuchillada la faja que llevaba por estar recién parida y salió viva y al cura Martín Merino le dieron el garrote una semana después en el penal de El Saladero, donde había estado preso Luis Candelas, después de despojarle del hábito y de que le rajasen las yemas de los dedos para que no pudiese bendecir.

La Guerra Civil Española fue otra carlistada pero con más follón y tuvo su cura bárbaro en el padre Juan Galán Bermejo, cacereño de Montánchez que nació en 1903, estudió en el Seminario de Astorga y dijo su primera misa a las once de la mañana del 9 de julio de 1928 en la parroquia de Santiago de Cáceres. Cuando en agosto de 1936 los legionarios de la columna del teniente coronel Castejón, a las órdenes de Yagüe, ocuparon Zafra, Juan Galán era coadjutor de la Iglesia de la Candelaria (de la que era titular el padre Daniel Gómez) y decidió unirse a los rebeldes en su marcha hacia Badajoz como capellán castrense. Juan Galán cambió la sotana por las cartucheras, se hizo con una pistola y un bastón y participó en las salvajes puniciones de la Columna de la Muerte. En la carretera de Azuaga obligó a cuatro hombres y a una mujer a cavar sus propias tumbas y los enterró vivos y en la toma de Badajoz no respetó el asilo en sagrado y mató de un tiro a un miliciano que se escondió en un confesionario de la catedral. Después de la guerra fue capellán del Cuerpo de Mutilados, maestro de los hijos de los ferroviarios de la RENFE  y párroco de la Asunción de Badajoz, donde murió en febrero de 1973 de un colapso circulatorio.

MARTÍN OLMOS

La pistola y el hada verde

In Bandidos on 20 de marzo de 2013 at 12:35

Pierre Loutrel fue ladrón, soldado a la fuerza, traidor, héroe y atracador

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Nacida entre la sangre, la historia de la banda de la Tracción Delantera acaba tal como empezó: rodeada de demencia y asesinatos”.
LAURENT MARÉCHAUX.

La absenta es la bebida de los poetas y el plomo el argumento de los que no manejan mucho vocabulario. Ambos recursos son elocuentes pero históricamente reñidos con la razón y cuando se mezclan engendran al monstruo. La absenta se compone de la Hierba Santa de Artemisa, de la flor del hinojo y de la esencia del anís y los franceses la llamaban la “Fée Verte”, el Hada Verde, y decían que robaba a los hombres su voluntad. El Hada Verde llevó a la tumba a Modigliani y convenció a Van Gogh para que se cortase la oreja en la que generalmente se lleva apoyado el lápiz para regalársela a una pupila de nombre Raquel que atendía en una casa de tratos de Arles. El plomo es el sofisma perfecto, el razonamiento que demuestra sin fisuras que es verdadero lo que es falso; el plomo le dibuja ángulos rectos a un círculo sin despeinarse y le gana una discusión de física a Einstein y otra de fútbol a Di Stéfano. Por goleada. Oscar Wilde decía que la absenta es como el ocaso, y la boca negra de una pistola es oscura como la noche y cuando dice no admite réplica.  Pierre Loutrel conoció al Hada Verde en el puerto de Marsella y jamás dejó de pasear de su brazo. El Hada Verde le hablaba al oído.  El atajo del plomo y la violencia se lo enseñaron en los terribles batallones de castigo de la infantería ligera de África, en los “Bat´d´Af” (Bataillon d´infanterie d´Afrique) destacados en Túnez y Argelia y a cuyos fortines en el desierto los llamaban las Sucursales del Infierno.

Pierre Loutrel nació en 1916 en Château du Loir, en el departamento de Sarthe, cerca de Le Mans, en donde faltaban siete años para que se corriesen los campeonatos de resistencia. Su familia tenía hacienda granjera, se levantaba con el canto del gallo y vivía en la decencia de la burguesía pueblerina pero Pierre no amaba la tierra y prefirió el mar. Con quince años se embarcó de grumete en una línea de cabotaje y vio el mundo, que no se sabe si le gustó, y cuando recaló en el puerto de Marsella conoció en un tugurio al Hada Verde, que le quitó las ganas de sal. En tierra firme empezó a vivir del robo y del porcentaje de las descarriadas y se acostumbró a la sombra y al puñal hasta que, inevitablemente, acabó entre rejas en el penal de Baumettes. Terminó la condena en Tatauine, en el sur de Túnez, alistado a la fuerza en los Batallones de Infantería Ligera de África a donde iban a parar los militares refractarios a la disciplina y los presos que no habían hecho la milicia. Allí aprendió a no arrugarse en las pendencias a cuchillo y a no observar piedad con el vencido y se ganó la fidelidad eterna del boxeador Jo Attia, que tenía sangre mora. Comprendió también la razón incontestable que  otorga situarse en la parte saludable de una pistola.

Traidor y héroe
Cuando se licenció puso un hotel nimio en París que era fonda de peristas y se amancebó con Marinette Chadefaux, que había hecho la farola y era adicta a la morfina. Una tarde vio desfilar a los alemanes por los Campos Elíseos al paso de la oca y consiguió que le alistasen en la “Carlingue”, la Gestapo francesa, que se nutría de hampones locales para usarlos como policías auxiliares, un eufemismo  para designar a una brigada de matones, oportunistas y soplones al servicio del Tercer Reich. Hasta el diablo se sirve de los parias para que le barran el patio. Durante dos años vivió de la traición a bordo de un Citroën de quince caballos descapotable y abusó del plomo y de la absenta, dirigió el mercado negro en los burdeles de Pigalle y apioló a tiros de Walther P 38 a los que le estorbaban la calle diciendo que eran miembros de la Resistencia. Cuando los aliados desembarcaron en Normandía comprendió que el baile lo iba a tocar otra orquesta y se trasladó a Toulouse, en donde puso su pistola al servicio de la red Morhange, de la Francia Libre, se hizo llamar Teniente de Héricourt y se aprendió La Marsellesa. Por conveniencia dejó de ser Judas para ponerse el gorro frigio de Marianne y acabó la guerra vestido de héroe de la “Résistance”. Sin embargo seguía siendo un ladrón y un asesino y el Hada Verde le dijo que era inmortal.

En 1946 organizó un grupo de veteranos de los “Bat´d´Af” entre los que estaba su viejo compadre de Tatauine, el boxeador moro Jo Attia, y formó la Banda de la Tracción Delantera, que se especializó en golpes relámpago y huidas vertiginosas a bordo de coches preparados. Se llevaron tres millones de francos de un furgón blindado del Crédit Lyonnais, ocho de un coche correo en la estación de Lyon y siete de la Compañía del Gas de Niza. Loutrel alcanzó celebridad canalla y no se sujetó a un plan de pensión,  derrochaba la ganancia en los tinglados de Pigalle, en bellas del cabaret y noches de champán. Una noche en París sedujo a Martine Carol, que iba camino de convertirse en la musa del cine francés, la amó en un hotel de lujo de los Campos Elíseos y le regaló rosas cuando se fue. Empezó a vivir en una borrachera perpetua, sin intermedios de resaca, mató a un hombre en Marsella durante un atraco que no debió tener final siniestro y le empezaron a llamar Pierrot el Loco. Descuidó la planificación de los golpes y se confió a la pistola violenta, el Hada Verde estaba con él, pero su cuadrilla le abandonó por loco. Le guardaron fidelidad el moro Attia, Henri Fefeu y Boucheseiche, camaradas de África. Loutrel nunca le dijo a Attia que había servido a la Gestapo, Attia había pasado por el campo de concentración de Mauthausen. A Henri Fefeu le cogieron los gendarmes y le dieron lo suyo pero no cantó y en la enfermería le lamió los esputos a un tuberculoso y contrajo la tisis. Así eludió la guillotina, mantuvo la cabeza sobre los hombros y murió escupiendo sangre. Pierrot el Loco conducía trompa, veía doble y era inmortal, el Hada Verde se lo había dicho al oído pero le engañó.

Pierrot el Loco
En noviembre de 1946 Loutrel asaltó una joyería en la calle Boissière de París, entró con dos pistolas y una tajada de campeonato y le pegó un tiro en la barriga al propietario. Mucho ruido para un poco de quincalla. Attia conducía y Boucheseiche cubría la zaga y Loutrel, como una cuba, se pegó un tiro a sí mismo al meterse en el cinturón su pistola Browning del 11, 43. La bala le entró por la vejiga y le salió por el trasero. Sus compadres consiguieron que le cosiese un veterinario por el camino y robaron una ambulancia pero Pierrot el Loco murió antes de llegar a su refugio de Porcheville. Attia y Boucheseiche le dieron tierra en una cuneta, puede que uno de los dos dijera unas palabras sobre los viejos tiempos, sobre los ocasos rojos de Túnez, o puede que no dijeran ni pío. La policía tardó cuatro años en encontrar el cadáver y lo identificaron comparando su calavera con las fotos de su ficha. Antes, solo su vieja novia Marinette Chadefaux, que había hecho la farola y era adicta a la morfina, se interesó por su salud. Corrió los tugurios de Pigalle diciendo que fueron sus propios compañeros los que finaron a Pierrot el Loco. Una noche la fue a buscar Boucheseiche y le dijo que la llevaría a ver la tumba de su amado. Por el camino le contó la historia del último atraco torcido. Marinette no se la creyó y le llamó asesino. Boucheseiche la apeó en un arcén y la mató de un tiro en la nuca. A la pobre Marinette Chadefaux, que había hecho la farola y era adicta a la morfina y amó, hasta el último día, a Pierrot el Inmortal.

MARTÍN OLMOS

Faena de plancha

In El cañí on 15 de marzo de 2013 at 13:18

Cecilia Aznar asesinó a su patrón, que estaba medio loco, se compró ropa, se perdió por Madrid, acabó de juerga en Barcelona, se dejó estafar y buscó un barco en un pueblo del interior

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Los crímenes que tienen por víctimas a los solterones suelen ser muy extraños”
FRANCISCO PÉREZ ABELLÁN. Escritor y criminólogo

Don Manuel Pastor y Pastor tenía la bragueta coloquial de los solteros a los que les gusta disfrutar de una buena tertulia después de cenar y los hábitos excéntricos de los que no tienen que madrugar para ganarse la vida. Dormía vestido, se había convertido al protestantismo, se alimentaba casi exclusivamente de pan con chocolate y tenía, por parte de padre, una renta de tres mil duros anuales que se gastaba en seducir criaditas invitándolas a almorzar en el restaurante Tournié  de la calle Mayor de Madrid. Frecuentaba también el figón de Botín de la calle Cuchilleros, donde Francisco de Goya fregó platos, un poco menos el Lhardy de la Puerta del Sol, en donde desayunó Mata Hari, y siempre, para el postre de bartolillos de crema y vinito de curas, la Confitería de Vizcaíno en la calle de la Montera. Acudía a estos locales en landó de alquiler, de caballo  con penacho y cochero con librea, y era cliente célebre porque llevaba sombreros extravagantes y pantalones cortos de tobillo. En su casa, en cambio, practicaba una dieta estricta de una onza de chocolate al día, una esquina de pan y un vaso de agua de Seltz que le tenía al borde de la desnutrición. Por lo demás, coleccionaba pipas y no se trataba con su familia, que le tenía por orate. Seguramente no andaba muy lejos de creerse Napoleón porque más tarde se descubrió que tenía una placa de degeneración de un centímetro en el surco central del cerebro, en la cisura de Rolando que separa el lóbulo parietal del frontal. En general era caballerete magro, cuarentón, de poca sopa en casa y pitanza en el mesón, desordenado de palomar, mujeriego irrefrenable y residente en un piso de renta en el cuarenta y cinco de la calle Fuencarral en el que decía el eco porque no había gastado un céntimo en muebles. Desde el pragmático punto de vista de una mujer en edad de emparentar no era, sin embargo, mal partido, porque era chiflado manejable y con la petaca solvente y andaba en palabras con una joven de Irún, sobrina de la regente del hotel La Gare, a la que fue a visitar al final de marzo de 1902.

La viuda
En el hotel La Gare, parada de franceses, trabajaba de doncella la briosa Cecilia Aznar Celamendi, mujerona y caballar, de veintipocos, viuda de un valenciano de Gandía que le dejó hecho un hijo y poco más -acaso algún recuerdo-, grande de manos y pies, ganchuda de nariz y con una sola ceja para los dos ojos, que eran pequeños y arteros, afanosa en su trabajo de servir y retirada del oficio de puta. Cecilia tenía un novio en Pasajes y al hijo con la abuelita y le guiñó el ojo (debajo de la mitad de la ceja) a don Manuel Pastor y Pastor, que se la llevó a Madrid para que le atendiese la casa. El caballerito flaco paseó a la viuda por los veladores de Moncloa y por los corros de chotis de Casa Juan, en La Bombilla, y se la llevó a cenar al Tournié y a tomar el postre al Vizcaíno. En el cuarenta y cinco de la calle Fuencarral, sin embargo, el señor seguía ayunando a pesar de que contrató a una cocinera, de nombre Rosario, que más que guisar  oficiaba de medio alcahueta de Cecilia, que unas tardes hacía de camarera y otras de barragana. Fue cogiendo Cecilia aires de señorón y el color de la salud en los mofletes y, por el contrario, se iba quedando don Manuel en un suspiro de comer solo su oncita de chocolate, el chusco y el vasito de Seltz, que no compensaba con los festines ocasionales en el Botín, y como el hambre estropea el juicio, le dio por soñar que moriría asesinado. Empezó a padecer temblonas de pánico en la madrugada que le dejaban en un vilo y se puso tacaño con las rentas, a pesar de que se le incrementaron con una herencia de diez mil pesetas y cuatro mil francos franceses. Cecilia le sisaba por la retaguardia duros para su ajuar y le decía a Rosario que si su novio de Pasajes supiese de dónde los sacaba la mataría  a palos. Le escribía todas las semanas salvajes cartas de amor con promesas de alcoba que hubiesen ruborizado a un francés. Estaba a punto la calamidad en aquel piso raro de la calle Fuencarral de cocinera sin guisar, doméstica con inquietudes y Quijote ayunador.

Huída disparatada
El 21 de junio de 1902 don Manuel decidió que no le servía de mucho una cocinera a un hombre que solo comía pan con chocolate y despidió sin avisar a Rosario, argumentando, y con razón, que le salía cara. Cecilia, que le salía más cara aún, calibró  muy corto CECILIA AZNAR CELAMENDIsu porvenir de cenas en el Tournié y sisas y se tomó la liquidación por su cuenta. A la mañana siguiente se acercó al dormitorio del amo y le atizó doce estacazos en la cresta con una plancha y le dejó en el sitio. Tomó después todo el dinero que pudo encontrar y salió a comprarse ropa de presumir. Vestida fina regresó al piso y se hizo el saco, escondió torpemente un mandil lleno de sangre y la plancha rota y le escribió al novio de Pasajes una carta de amor en la que añadió un billete de cien pesetas y un caracol de su pelo genital. Pensaba que se agarraba al burro por la alfalfa. O quizás fuera romántica. Después emprendió una huída de disparate en la que, para empezar, se perdió varias veces por Madrid buscando la estación de Mediodía, en Atocha, en donde tomó un tren para Barcelona. Hizo parada en Zaragoza, la vieron dos mujeres y un señor, pagó vagón de primera, que para eso podía, y cuando rindió el viaje ya la estaba buscando la pasma, que había encontrado al pobre don Manuel difunto en su cama. Encontraron también su cartera vacía, sus raciones de chocolate envueltas en papel de seda, el delantal manchado y la plancha rota por el mango, sucia de trozos de sesera. Cecilia Aznar se apeó en Barcelona pregonada por la prensa pero ella no lo sabía porque iba vestida de dama y llevaba duros en el leotardo y dos carteristas de estación la reconocieron y le vieron oportunidad. Se llamaban Iglesias y Garreta, con foto en el cuartelillo, y eran estafadores de rústicos, calaveras para la farra y vivos para el parné sin sudor. Cecilia era ligera y los dos vagos guapos y se fueron los tres a bailar, a una marisquería y a ver el amanecer. La limpiaron de dinero y le dijeron que si quería librarse de un apuro se hiciese a la mar tomando un barco en Puigcerdá, que era puerto discreto, tanto que quedaba a cien kilómetros del Mediterráneo, y a Cecilia la pescó la bofia preguntando por el barrio marinero en un pueblo de secano. En la comisaría dijo que don Manuel le había querido robar la honra en un arrebato de pasión que le embargó en la cocina, cuando la vio gallarda desplumando un pollo capón, y que la atacó con un estoque de bastón. La autopsia demostró, sin embargo, que al difunto le plancharon mientras dormía y el juez Primitivo González de Alba, cuya recapitulación fue descrita por el periódico El Imparcial como un modelo de oratoria forense, la condenó a morir en el garrote. Cecilia Aznar Celamendi se libró de la corbata porque le conmutaron la pena por la de cadena perpetua y cumplió en la cárcel de Alcalá de Henares hasta que en 1937 los milicianos de la República abrieron las puertas de las prisiones y su rastro se perdió. El resto es suponer, es seguro que salió en la ronda de los sesenta, acaso vivió de la mendicidad y si buscó tierras lejanas para empezar de nuevo, es fácil imaginar que miró de embarcarse en el puerto de Burgos, hermosa capital costera.

MARTÍN OLMOS

Ciudadano Silver Kane

In Fuera de carta on 11 de marzo de 2013 at 12:26

“Con esta novela me he atrevido a volver a mis jóvenes años de la aventura y la pasión, el sufrimiento y la virginidad literaria.”
FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA.

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Valle Inclán solía decir: una idea la puede tener cualquiera, pero a ver si pinta usted un gitano con una burra. Francisco González Ledesma aprendió a pintar estampas calés a la fuerza, para quitarse el hambre tenaz de la posguerra dura y poderse pagar los estudios de derecho con los que encarar con algo más de cintura el futuro imperfecto. Cambió al gitano de aceituna por el pistolero de la llanura, de nombre Bill, de apodo Tex, parco de verbo, generalmente taciturno y suelto de colt, y a la burra la ascendió a caballo mesteño, que a veces se llamaba Diablo y acudía al silbido. Se vistió con un nombre gringo y se puso al tajo, con una olivetti, mirando al Mediterráneo, cobrando a plazos,  y firmó las cuatrocientas novelas de un oeste que se vendía a duro en los portales de las chucherías, con los Celtas sueltos y los palos de regaliz. A un millón de kilómetros de Arizona. Como Francisco González Ledesma no existía, tuvo que existir Silver Kane. O más bien, a Francisco González Ledesma, como escritor, no le dejaban existir por ser, según la censura franquista,  rojo y pornógrafo, así que se tuvo que poner a tramar balaceras de yanquis de la frontera sin pararse mucho a florearlas, porque le tocaban a dos novelas por semana. A ese ritmo, o se aprendían trucos o se quedaba uno en la cuneta: una bala era una bala, como la rosa de Gertrude Stein, o, apurando mucho, un proyectil, y ahí se acababan los sinónimos. No había tiempo para esperar a la musa, sentado en el café de los artistas, con la pluma entre los dientes, había que ponerse a la tarea en horario de mina: Ledesma le contó a Fernando Sánchez Dragó que durante un apagón que duró horas, de los frecuentes que había en Barcelona, tuvo que subirse al tejado para rematar una novela a la luz de la luna y cumplir a la mañana siguiente con el plazo de entrega.

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Seguramente, las novelitas de quiosco fueron lo más parecido que hubo en España a las publicaciones pulp norteamericanas. Se envolvían en portadas abigarradas pintadas al guaché y metían anuncios de crecepelo en la página del final. Eran la literatura de los pobres, de la que los académicos decían que era como el agua mineral, que bebas la que bebas, siempre sabe igual. NOVELA SILVER KANE 4Generalmente ni se compraban, sino que  se cambiaban en el cajón de la tienda, con lo que muchos ejemplares ostentaban las marcas del lector, como un hierro de res,  para distinguir las leídas, igual que un ex libris pero  pragmático y sin pretensión, más que nada para no repetir el tiroteo.  Se dividían según el género, fuesen de marcianos o del F.B.I., pero, a parte de los romances de azúcar de Corín Tellado y Carlos de Santander, las que más abundaban eran las del Oeste, de las que había tanta producción (porque existía la demanda) que tuvieron que ordenarse en colecciones. Además de Silver Kane, que se ocupaba de las de Bravo Oeste, Clark Carrados escribía las de la serie Bisonte, Keith Luger las de Ases del Oeste, Donald Curtis las de California y, claro, Marcial Lafuente Estefanía, que debía tener tres manos derechas, las de Texas, Kansas y Bufalo. Detrás de esos nombres de matón de Abilane había estajanovistas del colt que escondían muchas biografías de hambre. De hambre y represión. Encima de la tecla rápida, detrás del argumento fugaz y la avaricia en el adjetivo, estaban los jueces castigados, los  arquitectos sin proyecto y hasta el letrista de “El último cuplé”, al que no le daban otro trabajo. Estaban los que perdieron. Edward Goodman era el periodista anarcosindicalista Eduardo Guzmán, que había levantado la noticia de los sucesos de Casas Viejas, y Keith Luger era Miguel Oliveros Touan, antiguo funcionario del ayuntamiento de Valencia. Marcial Lafuente Estefanía era ingeniero y había sido general de artillería en el ejército republicano, y había visto de muy cerca un pelotón de fusilamiento, desde la parte menos saludable de la formación. Luis García Lecha era funcionario de prisiones cuando conoció a Francisco González Ledesma en la Modelo, donde éste se guardaba del sol, y le ayudó con alguna trama hasta que se puso por su cuenta, pidió una excedencia, y se convirtió en Clark Carrados y en Louis G. Milk (Lecha por Milk, seguro que lo han pescado). García Lecha era el único franquista de la cuadra, lo que venía muy bien al resto cuando requerían un favor por haberse metido en un apuro. Lecha cumplía, igual le daba el bando, honor de pistoleros.  Como la naturaleza imita al arte, era como en los westerns de Hollywood, en los que los combatientes derrotados de la Confederación tenían que buscárselas con el revólver con la necesidad vital de ser rápidos.

Francisco González Ledesma nació en Barcelona  en 1927, el día de San Patricio y de San José de Arimatea, y se crió en el barrio del Poble Sec, entre la montaña de Montjuic y el puerto,  en donde también nació Serrat y la mitad del grupo Los Mustang. El NOVELA SILVER KANE 3nombre de Pueblo Seco le venía porque hasta 1894 no pusieron en la zona ni una fuente. La avenida del Paralelo lo separaba del Barrio Chino, con lo que la zona andaba surtida de faroles rojos y cabarets, y de muchachos que veían de farra el amanecer. González Ledesma estudió con los Escolapios, que tenían la mano larga, y en el instituto Balmes, en donde recibió clases de Guillermo Díaz-Plaja, se merendó la biblioteca de su tío y empezó a escribir. En 1948, con 21 años, ganó el Premio Internacional de Novela de José Janés con la obra “Sombras viejas”. A William Somerset Maugham, que formaba parte del jurado junto a Walter Starkie, le gustó tanto que le dijo que era el mejor novelista joven de Europa, sin embargo, la censura prohibió su publicación y afirmó que Ledesma era un “rojo subversivo y un pornógrafo”, no le metió en el trullo por un pelo y le cerró en las narices las puertas de todas las editoriales. Con Franco respirando, tenía tantas posibilidades de sacar libro como de salir vivo del saloon de Dodge City después de pedir leche con galletas.  Así que nació Silver Kane para llenar de tiros los quioscos y entretener a los viejos en el parque, entre el cucurucho de las palomas y el recuerdo de los tiempos mejores, y a los quintos de imaginaria, y a los porteros de finca. Y a los marinos, a los golfos y a los que iban en el tranvía. Como ha escrito Javier Pérez Andujar, “una de las diferencias más maravillosas que hay entre la literatura y la subliteratura, es que ésta última sí que se compra para ser leída”.
Francisco González Ledesma ha recordado con frecuencia sus tiempos de destajista, unas veces con melancolía y otras no, reconociendo que fue una buena escuela para aprender la arquitectura de la novela, pero también una vida de perros, lejos de la bohemia y más cerca del tajo a porcentaje. Las reglas eran estrictas y los plazos cortos, los buenos tenían que ser de una pieza y ganar al final, las mujeres virtuosas y los malos a la cárcel, los diálogos de patíbulo, los revólveres ladraban y los hombres gruñían y, a veces, hasta exclamaban. La violencia era la marca del rancho, sin medias tintas, el enterrador no paraba. “¿Qué has venido a buscar aquí?”, “Vengo  a hacer liquidación”, “¿Liquidación de qué?”, “De hijos de perra. Y el primero va a ser usted. De modo que le aconsejo una cosa: haga testamento” (“Muerto por partida doble”, de Silver Kane, colección Bravo Oeste. Bruguera, 1990). Así eran las cosas.

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Con el tiempo consiguió sacar la cabeza del polvo de la cuneta y hoy Francisco González Ledesma tiene una placa en el 22 de la calle Tapioles que conmemora su nacimiento, el premio Planeta por “Crónica sentimental en rojo” y la medalla de oro de la ciudad de Toulousse. El tiempo, que según Borges,  destruye los alcázares pero hermosea los versos, ha concedido una pátina de dignidad a las viejas novelas de duro. El año pasado, Ediciones B publicó “La conjura”, una novela histórica de Curtis Garland, pseudónimo de Juan Gallardo Muñoz que también escribió sus recuerdos de obrero de la tecla, “Yo, Curtis Garland”, en la editorial Morsa. El Área de Filología del Instituto de Estudios Riojanos, en colaboración con el Aula de Cultura del diario La Rioja, organizó un año antes de su muerte las jornadas de homenaje a Luis García Lecha (Clark Carrados o Louis G. Milk) en Haro, y los libritos de Silver Kane se cotizan en internet. Terenci Moix los coleccionaba. Ahora, la  editorial Planeta va a editar “La Dama y el Recuerdo”, novela del west que ha escrito González Ledesma usando su viejo blasón de Silver Kane. Tiene más años, muchos más, pero menos prisa y el dominio natural de la técnica, y no le atosigó el plazo, ni el hambre, ni las ochenta páginas para solucionar la trama. Para rematarla a tiros y a por otra. Así que puede demorarse en elaborar un principio que invita a seguir leyendo: “Aquella mañana ocurrieron en Jackson, Kansas, cuatro cosas juntas que no habían ocurrido nunca: se pararon a la vez cien relojes de cuerda, llegó un jefe indio que quería comprar la paz para su pueblo, un pistolero llenó el saloon no de clientes, sino de muertos, y un hombre perfectamente vestido quiso comprar un cementerio”. Es el mismo pero tomándose más tiempo para apuntar, lo que se traduce en una obra más elaborada, más sabia, pero igual de diáfana en su planteamiento, en su voluntad de entretener y no de cambiar el mundo, si es que alguna obra literaria lo cambia. Es más frecuente que lo cambie la espada. Y más doloroso para la población civil.

BÚFALO BILL Y TORO SENTADO

LOS SIOUX DE MONTJUIC
La colonización del Oeste Americano la llevaron a cabo los granjeros que se dejaron los riñones en la siembra, las mujeres que parieron a pelo y los chinos que construyeron el ferrocarril manteniéndose en pie con el opio, pero el  Far West mítico se lo inventó Búfalo Bill Cody, el mayor embustero de la pradera. También se inventó un precedente del turismo de aventura y se dedicó a pasear a la nobleza europea por las llanuras de Wyoming, en donde los lores británicos y los Grandes Duques rusos se disfrazaban de Davy Crockett, con suerte veían de lejos a un indio, con más hambre que ferocidad, dormían al raso y le pegaban un tiro a algún pobre bisonte. Más tarde puso un circo, claro, el “Wild West Show”, que cuando reventó la caja en su país, se lo llevó a la vieja Europa en una gira que actuó ante la Reina Victoria y el rey de Sajonia, ante el millonario Rothschild y el Káiser Guillermo. Después de llenar en la Exposición Universal de París de 1889, en donde les fue a ver el Shah de Persia y el príncipe Rolando Bonaparte, se fueron a Barcelona, en donde todo salió al revés. Era improbable que un espectáculo con animales en el que al final no se matara a un toro tuviese predicamento en España y la parada fue un desastre desde el principio. En el puerto de Barcelona, Búfalo Bill, al ver la estatua de Colón, les dijo a los periodistas que estaba orgulloso de representar su circo en el puerto desde el que partió el Almirante, y los periodistas se murieron de risa. Esta vez no hubo marquesas en el público sino un ejército de menesterosos que acudían a las tiendas de los indios mendigando comida y llevando consigo la viruela. A pesar de que rebajaron el precio de las entradas a la mitad, las sillas se quedaban vacías y toda la compañía se puso enferma. La navidad de 1889 murieron tres peones de viruela, diez sioux de gripe y el jefe de pista Frank Richmond. Sanidad les puso un mes de cuarentena y cuando la cumplieron pusieron un mar de por medio y se fueron con los bártulos a Italia, en donde actuaron para el Papa León XIII en el Coliseo de Ben-Hur. Los diez sioux feroces, los que vencieron a Custer pero sucumbieron a la miseria española, fueron enterrados en el cementerio de Montjuic, a cuyas faldas se levanta el Poble Sec de Silver Kane, camino del puerto y del barrio del Raval.

MARTÍN OLMOS (PUBLICADO EN EL CORREO EL 02 DE ABRIL DE 2010)

El soplón

In Espías y traidores, La Cosa Nostra on 9 de marzo de 2013 at 10:08

 Joe Valachi, alias la Rata, fue el primer mafioso que rompió el código de la Omertá

ILUSTRACION de martin olmos

“El testimonio de Valachi abre un nuevo camino de investigación sobre la Cosa Nostra”
ROBERT KENNEDY

El fiscal general de los Estados Unidos Robert Kennedy quería hincarle el diente a la Mafia. En el campo dicen que a un perro no hay que temerle cuando abre la boca, sino cuando la cierra. El director del F.B.I. John Edgar Hoover dijo que el crimen organizado no existía, aunque admitía la proliferación de bandas que controlaban predios de putas, timbas amañadas y préstamos con usura, pero no concluía ninguna relación entre ellas y cada una se rascaba sus tiñas en autonomía. Robert Kennedy podía haber mirado debajo de la alfombra de su padre Joe P., que estuvo asociado con Capone, con Frank Costello y con Owney Madden el Asesino en el negocio de la importación de whisky escocés durante la Prohibición. Joe P. le pidió a Sam Giancana que le echase una mano a su hijo John F. para ser presidente de los Estados Unidos. JFK llegó a la Casa Blanca y Joe P. dejó de coger el teléfono a Giancana. Joe P. iba a misa todos los domingos; Joe P. practicaba la moral poliédrica. JFK cambiaba de colchón cada semana. John Edgar Hoover hacía manitas con su secretario Clyde Tolson. Era un marica monógamo y JFK un promiscuo babilónico.  Sam Giancana tenía referencias de Hoover con medias de encaje y zapatos de tacón. Hoover tenía la nariz chata y pinta de ser el tío que echa a los borrachos en un burdel. A su devoción por los canesús no le acompañaba el físico. Las referencias de Giancana podían ser gráficas. Robert Kennedy quería hincarle el diente al crimen organizado. John Edgar Hoover dijo que el crimen organizado no existía.

El beso de Judas
Dicen que a un siciliano le cuesta una pasta sacarse una muela porque, como no abre la boca, el dentista tiene que hacer la operación desde abajo. A Joe Valachi no le apetecía que le entrasen por el sur. Valachi había conocido mejores tiempos, pero en junio de 1962 era el preso número 82811 de la penitenciaría de Atlanta, en la que abonaba a la sociedad dos dolorosas de quince y veinte años por tráfico de heroína. En la prisión de Atlanta también veraneaba Vito Genovese, don Vitone, uno de los jefes de las Cinco Familias del crimen organizado de Nueva York. Genovese se había hecho con el control de la familia de Luciano liquidando al violento Albert Anastasia, que le llamaban el Sombrerero Loco, y rematando a Willie Moretti, que ya estaba medio muerto por la sífilis. Genovese tenía alergia a los barítonos y las convicciones incontestables. Seguía repartiendo las cartas desde el trullo. Vito Agueci y Joe di Palermo, dos purrias sicilianas, le llamaron soplón a Valachi en el patio. Valachi era bajo y duro como un riel de vía pero rehuyó la pelea y pidió el arbitrio de Genovese. A Genovese le gustaban las metáforas jesuíticas y las mímicas bíblicas. Genovese le endosó a Valachi la parábola ignaciana de la manzana podrida que corrompe el cesto y le besó en la mejilla (Mateo 26, 48). Valachi supo que era hombre muerto. Perdió el privilegio del sueño. Se convirtió en un cable pelado, le salieron ojos en la nuca, le retiraron el saludo, fue un hombre sin protección. Valachi no era un soplón. Genovese manejaba igual los rumores y las certezas. El 22 de junio de 1962 Valachi paseó por el patio pegado a la pared para tener protegido un flanco. El patio estaba en obras. Se le acercó otro preso. Valachi pensó que era Joe di Palermo, una de las ratas de Genovese. Valachi pensó que en la selva el que pega primero pega dos veces. Cogió una tubería y lo mató a palos. Le reventó la cabeza. Valachi se equivocó. Se cargó a un desgraciado llamado Joseph Straupp, condenado por mangar correspondencia. A Straupp le mató la filantropía. Se acercó al preso pestilente. Entró en su radio territorial sin avisar. Pisó el cable pelado. Le arruinó la vida social.  Valachi tenía tres hermanos locos y dos suicidas. Estaba a punto de ebullición. El asesinato de Straupp era su pasaporte para la silla eléctrica. Hizo una llamada. No fue a mamá. Habló con el fiscal federal del distrito sur de Nueva York, Robert Morgenthau, y firmó el contrato del soplón: se declararía culpable de homicidio no premeditado, asumiría la cadena perpetua en régimen de reclusión solitaria, fuera del ámbito de la embajada siciliana, se libraría de los calambrazos y cantaría la serenata de la Cosa Nostra.

El concierto
A Valachi le trasladaron a la prisión de Westchester, en Nueva York, con el nombre de Joseph di Marco y durante tres meses se sometió a cuatro sesiones semanales de tres horas con el interrogador del F.B.I. John Flynn. A cambio pidió raciones de prosciutto y queso de Gorgonzola. Le prepararon para la función y en 1963 compareció ante el Congreso y estuvo un año entero largando. Echaron sus declaraciones por la tele, después de El Virginiano. Valachi era un asesino y a Robert Kennedy le preocupaba su JOE VALACHIcredibilidad, pero entendió su carisma mediático de mafioso ronco. Había nacido en 1903 en Harlem, su padre era un ferroviario napolitano, cuatro hermanos suyos estaban locos y a los dieciocho años era el conductor de la Banda del Minuto, que desvalijaba joyerías en sesenta segundos. Le trincaron y pasó cuatro años en Sing Sing, donde conoció a Alessandro Bolero, que le introdujo en la familia de Salvatore Maranzano. Valachi participó en la Guerra de los Castellamarenses, fue apadrinado por Joe Bonano cuando se convirtió en un Hombre de Honor y sirvió sucesivamente a las familias de Luciano y de Genovese. En 1932 se casó con la hija de Gaetano Reina, el capo de la familia Luchese, pero nunca pasó de ser un matón de la trinchera, generalmente un chofer que oía, veía y callaba, explotaba máquinas tragaperras y dirigía el restaurante “Lido”, que a veces servía de matadero. Valachi ofreció al Comité de Actividades Delictivas la clase de historias de macarrones y vendettas que los congresistas querían oír, identificó a más de trescientos miembros importantes de la Mafia y dibujó el esquema jerárquico de las Cinco Familias. Dijo que la Cosa Nostra era un segundo gobierno. Vito Genovese ofreció cien mil dólares por su cabeza. Hoover tuvo que cambiar sus prioridades: antes de las declaraciones de Valachi tenía a cuatrocientos agentes de la oficina de Nueva York buscando comunistas y solo a cuatro trabajando en el crimen organizado. A partir de 1963 empleó a 140 hombres en la lucha contra las bandas. Robert Kennedy estaba tan contento que pretendió mandar a Valachi a una isla desierta con un  taparrabos de hojas de palma, a vivir de los cocoteros. Valachi escribió sus memorias en cuadernos escolares y gramática parda. Era casi un analfabeto y masacró la sintaxis. Kennedy contrató al periodista Peter Maas (que más tarde escribió la biografía del policía Frank Serpico) para que las convirtiese en un libro legible. El manuscrito cayó en las manos del periódico Il Progresso, que consiguió que no se publicase por entender que denigraba a la población italoamericana y Valachi se convirtió en un estorbo. Se le acabaron las raciones de prosciutto, el queso de Gorgonzola y las islas de Robinson. Le sacaron de su celda con ventana y le metieron en un agujero federal en Michigan, en régimen de aislamiento. El Estado es ingrato. Le dieron una manta y una ducha a la semana. Los inviernos fueron fríos. Valachi se colgó con el cable de una bombilla pero se rompió y no la diñó. Más adelante le abonaron los servicios y le mandaron a la prisión de La Tuna, en Texas, a una celda con cocina americana. Una vez le dijo al agente John Flynn: “Yo ya soy un hombre muerto, pero cuanto más viva, mayor será la vergüenza para Vito Genovese”. Genovese murió en prisión, en 1969. Valachi dos años después, de cáncer de pulmón.

MARTÍN OLMOS

Papas, capones y mentiras

In La cruz y la media luna on 5 de marzo de 2013 at 13:35

 Por culpa de Dan Brown se ha generalizado la creencia de que el Papa Pío IX castró las estatuas del Vaticano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En 1857, Pio IX decidió que la representación de los atributos varoniles podía incitar a la lujuria en el interior del Vaticano. En consecuencia, agarro un escoplo y un mazo, y cortó los genitales de todas las estatuas masculinas del Vaticano”
DAN BROWN. “Ángeles y demonios”.

Cela sostenía que a la hora de capar a alguien, si no se tenía a mano una tajadera en condiciones, se podía apañar el oficio dándole vueltas a la bolsa. Se capa para el engorde o por lo musical -por eso al castrón se le dice soprano-, para colmar la barbarie, para celebrar la derrota del enemigo sin elegancia y para que el que te echa un ojo al harén no te lo fatigue. Se capa para amansar al lujurioso y que no cabalgue al galope y para controlar la demografía cuando ya no hay sitio para todos. El rey visigodo Chindasvinto ordenaba castrar a los que eran sorprendidos practicando la sodomía siempre que no perteneciesen al clero y el emperador Nerón mandó capar al joven Esporo porque le recordaba a su difunta esposa Popea, después se casó con él y le paseó en una litera para presumirlo por Roma. Esporo hizo del matrimonio un porvenir y lo practicó con desahogo y cuando enviudó de Nerón se casó primero con el prefecto de la guardia pretoriana Nifindio Sabino y después con el emperador Otón y vivió del oficio de mantenido hasta que acabó suicidándose después de la humillación que sufrió al ser violado en público durante una representación de Perséfone. El eunuco Tsai Lun inventó el papel y Narsés de Persamenia, que era capón por su oficio de guardián de harenes, fue un general de Justiniano I que se distinguió en la guerra demostrando que el valor en batalla no proviene de los pendientes.

La publicidad del terror
El rito bárbaro de mutilar los genitales de los soldados enemigos no tiene tanto de tauromaquia como de avisar  del barbero para quitar las ganas de reñir. Los moros de El Mizzian castraban a los milicianos durante la Guerra Civil Española alentados por las arengas borrachas de Queipo de Llano que respondían a la estrategia de Mola de “sembrar el terror”  y los reclutas americanos también dejaban sin bombillas a los guerrilleros del vietkong. Hoy la costumbre la alimentan los narcovillanos de Sinaloa, que han concluido que difundirse de atroces les merece el respeto de la competencia. El miedo es apaciguador, como la música que ponen en las salas de espera, y suele inclinar a la reflexión. La poda coercitiva tiene que publicitarse para que sea eficaz, para que ponga el vecino las barbas a remojar. Los barones del carbón de Butte, en Montana, acabaron con las huelgas mineras castrando al sindicalista Frank Little, al que exhibieron colgado de un árbol con un llamamiento para volver al tajo –que fue unánimemente atendido-  prendido con alfileres en sus calzoncillos ensangrentados.

El camino de la santidad
El capón puede ser voluntario si eligió perseguir la virtud. Cuando Hemingway era reportero de sucesos en Toronto conoció a un tipo que se cortó la industria con el cristal de una ventana para no pecar más. Plutarco ya hablaba de castraciones públicas entre los sacerdotes de Artemisa y Luciano de Samosata cuenta que los obispos de la diosa Cibeles se mutilaban en la calle y arrojaban los testículos contra la puerta de una casa, cuyo dueño adquiría la obligación de proporcionarle al oficiante ropas y adornos de mujer. Los monjes valesianos de Transjordania se emasculaban para alcanzar el Cielo y no duraron mucho porque no dejaron prole. Los Skoptsis rusos en cambio observaban la prudencia de castrarse después de dejar descendencia. Se hacían llamar los Hijos de Dios y se hicieron con el monopolio del negocio de los coches de caballos en Bucarest. El capitán Ionescu Dobrodgea presenció uno de sus rituales y observó que el neófito acudía al sacrificio completamente borracho y era mutilado de un navajazo, sobre un tocón de madera. San Epifamio de Salamina, obispo de Chipre, pensaba que la castración voluntaria imposibilitaba el camino natural de la santidad porque anulaba el principio del libre albedrío.

El capón de harén era discreto y el de iglesia cantarín. En el siglo XVI el papa Paulo IV dictó una bula que prohibió la participación de las mujeres en los coros de los templos católicos y la voz de falsete la pusieron los castrati, que sustituyeron a los niños que se les ponía voz de afilador cuando echaban el bozo. Les mutilaban antes de que tuvieran doce años y generalmente después de los siete, antes de que la función glandular de los testículos ocasionase el cambio de voz. Les tajaba un barbero, remojándoles las pelotas en agua caliente y durmiéndoles con opio. Los castrados cantaron en el Vaticano hasta que el papa León XIII los prohibió definitivamente en 1902. Los papas son hijos de Dios pero cada uno de su madre y los ha habido de todas las calañas: Sergio III tuvo un hijo con una prostituta llamada La Marozia y a Juan XII, que se acostaba con sus hermanas, le desnucó de un martillazo el marido de una de sus queridas. Sixto IV tuvo media docena de bastardos, uno de ellos con su hermana, y Julio II pescó la sífilis confesando putas francesas y se pasó la mayor parte de su pontificado riñendo guerras. Pío IX era epiléptico y se sentó en la silla de San Pedro durante más de treinta años, desde 1846 hasta 1878, repartió excomuniones con entusiasmo, proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción y definió la infalibilidad papal. Condenó el comunismo, el socialismo y la libertad de prensa y, cuando murió,  los masones apedrearon el cortejo fúnebre y casi tiraron su féretro al río Tíber a la altura del puente de Sant´Angelo. Pío IX no anda escaso de mala reputación para que se la adornen aún más y, sin embargo, desde no hace mucho tiempo pasa también por el papa castrador porque le han hecho responsable erróneamente de la mutilación genital de las estatuas del Vaticano, que destrozó por indecentes a martillazos. La historia de la castración de Pío IX es un invento del novelista Dan Brown que pone en boca de su personaje Robert Langdon en “Ángeles y demonios”, la continuación de “El código Da Vinci”, y que los guías del PIO IX, EL FALSO CASTRADORVaticano se están hartando de desmentir. El superventas ha desplazado a la Guía del Trotamundos. Fue un Pío anterior el que no entendió lo que expresó San Clemente de Alejandría cuando afirmó que no es vergonzoso nombrar los órganos sexuales que Dios no se avergonzó en crear. En 1564 el papa Pío V, que fue comisario de la Inquisición en Roma, encargó a Daniele de Volterra que cubriese las desnudeces de las figuras del mural de El Juicio Final de Miguel Ángel. Pío V también prohibió la tauromaquia promulgando la bula “De salutis gregi Dominici” y a Daniele de Volterra le acabaron llamando el Braghettone, el pintor de calzones.

MARTÍN OLMOS

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