MARTÍN OLMOS MEDINA

El fusil y la sotana

In El cañí, La cruz y la media luna on 24 de marzo de 2013 at 22:46

España ha criado curas follones de mano larga y trabuco de gatillo fácil

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El padre Juan Galán Bermejo, con su pelo engominado, su bastón y su pistola, empezaba a ser famoso por su crueldad”
PAUL PRESTON.

En Mateo 10, 34 Jesucristo dice: “no he venido a traer la paz, sino la espada”, y en Juan 2, 13 trenza con cuerdas un azote y larga a trallazos a los mercaderes del templo de Jerusalén. En Lucas 22, 36 ordena a sus discípulos que vendan sus túnicas para comprarse espadas y conocemos que San Pedro atendió a la recomendación y llevaba una en el Huerto de los Olivos con la que le cortó una oreja a Malco, el criado del sumo pontífice Caifás. Por acá, cuando a un tío le cae mal un traje, decimos que le sienta como a Cristo dos pistolas, pero también decimos que a Dios rogando y con el mazo dando y no hemos andado cortos de curas pendencieros que repartían  la comunión con las hostias de la germanía. Napoleón decía que España es una chusma de aldeanos guiados por una chusma de curas. Tradicionalmente, el clero español ha sido silvestre y poco leído, de sombrero de teja y sotana con lamparón, de liar pitillos de picadura, beber del porrón y comer de gorra y ha sacado una mano larga por lo docente y por lo castrense. Las zurras de los frailes son un clásico de los recuerdos de infancia que se dicen en el postre de una cena, con la copa, el puro y las historias de la mili (“me tocó un sargento que era de Logroño…”). Ahora ya no se llevan porque ya no hay mili ni se desasna a trompazos y los chavales se han puesto contestones, paganos y librepensadores. Y curas de reñir batallas los ha habido siempre desde el papa Julio II, las órdenes de los monjes guerreros del Temple, de Calatrava y de los Hospitalarios de San Juan y el fraile Tuck de las baladas de Robin Hood.

Curas de trabuco y navaja
Los curas del trabuco proliferaron en España peleándole al francés y como le cogieron oficio al monte continuaron su ministerio durante las Guerras Carlistas. El cura Jerónimo Merino, burgalés de Villoviado, en el municipio de Lerma, se saltó la parte del discurso de la Montaña en la que Jesucristo recomienda poner la otra mejilla y en cambio decía que Dios había creado al hombre derecho y, por lo tanto, no debía humillarse ante nadie. El cura Merino era flaco, nervioso y no dormía nunca, mandó degollar a ciento diez lanceros polacos al servicio de Napoleón en Hontoria de Valdearados, a un tiro de piedra de Aranda, y fundó el regimiento de infantería de Arlanza y el de los  húsares voluntarios de Burgos. Cuando los franceses se fueron a su casa, le alineó con el pretendiente don Carlos y combatió a los liberales del Empecinado, participó en los sitios de Bilbao y del castillo de Morella y en Cataluña mandó descuartizar a un pelotón de soldados vencidos después de hacerlos fusilar. El mosén Benet Tristany llegó a general del ejército carlista y en una sola tarde fusiló a trescientos liberales en La Pandella de Cervera, en la provincia de Lérida, y acabó ejecutado en Solsona. A Lucio Dueñas,  párroco de Torrijos, le llamaban el Cura Matón y se libró de tres penas de muerte y del padre Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi escribió Baroja que era un pobre diablo histérico y sanguinario. El cura Santa Cruz combatió a los liberales capitaneando la partida de la Guardia Negra, que peleaba debajo de una bandera negra sobre la que las EL CURA SANTA CRUZmonjitas de   Elorrio habían bordado dos tibias y una calavera. El cura Santa Cruz fusilaba a sus enemigos negándoles la confesión. El 4 de junio de 1873, en el puente de Endarlaza, sobre el río Bidasoa, bombardeó con artillería un puesto de carabineros que se rindieron asomando una bandera blanca. El cura Santa Cruz dijo que solo vio un mantel manchado de vino y fusiló a los treinta y cinco supervivientes negándoles el sacramento de la absolución a pesar de los ruegos del párroco de Biriatou. El cura Santa Cruz alardeaba virtud y se vanagloriaba de no ultrajar a las mujeres durante los saqueos y se hacía acompañar por un lugarteniente para que atestiguase que observaba el voto de castidad. Al final le acabaron abandonando los suyos y murió en el exilio colombiano en 1926, oficiando de misionero por las mañanas y enseñando tácticas guerrilleras al ejército por las tardes. A la reina Isabel II, la que no querían los carlistas, le pegó una puñalada el cura Martín Merino el dos de febrero de 1852 con una navaja que se compró en el Rastro. Martín Merino era riojano de Arnedo y era franciscano y capellán de parroquia. A la reina Isabel II le atenuó la cuchillada la faja que llevaba por estar recién parida y salió viva y al cura Martín Merino le dieron el garrote una semana después en el penal de El Saladero, donde había estado preso Luis Candelas, después de despojarle del hábito y de que le rajasen las yemas de los dedos para que no pudiese bendecir.

La Guerra Civil Española fue otra carlistada pero con más follón y tuvo su cura bárbaro en el padre Juan Galán Bermejo, cacereño de Montánchez que nació en 1903, estudió en el Seminario de Astorga y dijo su primera misa a las once de la mañana del 9 de julio de 1928 en la parroquia de Santiago de Cáceres. Cuando en agosto de 1936 los legionarios de la columna del teniente coronel Castejón, a las órdenes de Yagüe, ocuparon Zafra, Juan Galán era coadjutor de la Iglesia de la Candelaria (de la que era titular el padre Daniel Gómez) y decidió unirse a los rebeldes en su marcha hacia Badajoz como capellán castrense. Juan Galán cambió la sotana por las cartucheras, se hizo con una pistola y un bastón y participó en las salvajes puniciones de la Columna de la Muerte. En la carretera de Azuaga obligó a cuatro hombres y a una mujer a cavar sus propias tumbas y los enterró vivos y en la toma de Badajoz no respetó el asilo en sagrado y mató de un tiro a un miliciano que se escondió en un confesionario de la catedral. Después de la guerra fue capellán del Cuerpo de Mutilados, maestro de los hijos de los ferroviarios de la RENFE  y párroco de la Asunción de Badajoz, donde murió en febrero de 1973 de un colapso circulatorio.

MARTÍN OLMOS

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  1. Los jóvenes no saben ni lo que quieren, que en esta bendita paz que disfrutamos les ha resultado todo demasiado fácil, una guerra les daba yo, tú me dirás, que nunca han vivido como viven hoy, que a nadie le faltan cinco pavos en el bolsillo, que es lo que yo pienso, que el tener les hace orgullosos.

    Miguel Delibes. Los santos inocentes, 1961

  2. Antes de escribir sobre el Cura Santa Cruz, como mínimo debería leer los diferentes puntos de vista sobre su biografía. Así es partidista y carece de todo interés.

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