MARTÍN OLMOS MEDINA

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El último bandido de Ronda

In Bandidos on 29 de abril de 2013 at 23:20

Nadie sabe cómo murió el furtivo Pasos Largos, el último rebelde de la sierra

PASOS LARGOS POR MARTIN OLMOS

“Pasos Largos, el último de los bandoleros andaluces, no podía vivir sin la sierra”.
MANUEL MORENO ALONSO. Historiador.

Los muertos, como las visitas, al tercer día apestan. Y al contrario que las visitas, los fiambres hablan poco y llenan la habitación de silencios incómodos. Juan Mingolla Gallardo, el Pasos Largos, era de los que hablaba lo justo hasta cuando estaba vivo. El 18 de marzo de 1934 le bajaron muerto de la montaña y le enseñaron en un carretón, le andaban rondando las moscas parias y estaba tieso como un difunto de anteayer. En el vientre llevaba un tiro y en el pecho otro más, y la cabeza partida que dijeron los guardias que se la abrió al caer. El Pasos Largos tenía gloria de bandido fiero y para darle la caza en la sierra había subido el tricornerío entero de cinco cuarteles con sus galas de matar: los capotes, los fusiles Mauser del 7,57 y las mulas de montar,  que ofrecen más confianza que las yeguas que no son buenas para montañear. Salieron los guardias de los cantones de Arriate, de Serrato, de Igualeja, de El Burgo y de las Cuevas del Becerro, nadie quiso faltar a la verbena. Fue mucha ley para un viejo que se iba quedando cegato, pero en la República no cabían los bandoleros de Merimée, que traen peteneras de guitarra y levantan las ganas de rebelión. Le encontraron en la cueva del Solpalmillo, en la Sierra de las Nieves, en el occidente de Málaga, el Pasos Largos tenía sesenta años de intemperie y tuberculosis, una manta y una escopeta lobera que había afanado en el cortijo de Paco Vela, en el camino de Lifa. Llevaba de poco ajuar perdigón, el justo, pan duro, la yesca de la lumbre, un puño de esparto para la alpargata y la petaca del lío negra de sobar. Llevaba las ganas de morir  a la serrana, que es que si no te matan hoy, te matan mañana. La cueva del Solpalmillo hoy está derrumbada y la frecuentan las cabras. Un cabo le avisó de que o se entregaba o le mataban y luego dijeron que el Pasos Largos respondió: “Pos máteme”, y salió con la escopeta. Recién se puso a tiro le acertaron el del pecho y el del vientre y murió callando y montañero, igual que como había vivido.

En El Burgo, a la sombra de la sierra, cerca de la ermita de San Sebastián, donde decía la autoridad el recado al toque de arrebato,  posaron el cuerpo del bandolero y el vecino Pepe Mora dijo que olía a muerto viejo. Un cabo le ordenó chitón y para que no fuese largando le dieron una fanega de pan. Juan Mingolla Gallardo era paisano y se dijo el rumor de que le finó de una pedrada en la cabeza un furtivo de cepo que le disputaba el campo, le decían el Arajillo, era rondeño y traicionero pero arrugó y corrió a los guardias, que pergeñaron carnaval para ofrecerlo en Madrid, en donde los flecos del bandidaje antiguo molestaban por cañís. Al par de días los guardias subieron a lo seguro y urdieron tiroteo, mataron al muerto quieto y ganaron la palma de implacables. El andaluz siempre ha observado el culto apasionado al contrabandista de la raya y a su bulto y al bandolero de calañés, percal en la bota y patilla rizada. El gobierno de Lerroux, por dar noticia de orden (estaba la sangre sin secar de la revuelta anarquista de Casas Viejas), prefirió la versión benemérita en vez de dejar ver que entre ceperos zanjaban sus leyes de trampería sin intermedio de la autoridad y se dio por bien gastada la fanega de pan, que es con la que se calla al pobre.

Juan Mingolla Gallardo nació en 1870 en la Venta de los Empedrados, a la entrada de El Burgo por el camino de Ronda, y lo único que heredó de la familia fue el nombre de Pasos Largos, que se lo pusieron a su padre por ganar buen trecho al zanquear. Creció sin letras y anduvo de jornalero de la mies y en el olivo, engañando al hambre, que como es vieja es difícil de despistar, con sopas de pan negro y pucheros de raspa. Por quitarse la carpanta se fue a perder una guerra a Cuba y regresó en 1898 con tuberculosis y pocas ganas de sociedad. De vuelta al pago se echó a la sierra a cazar en el furtivo y se aprendió las veredas del Puerto de los Vientos, se guindó una paralela de carga perdigonera y veló las noches en las cuevas del Clavelito, de Lifa y de Solpalmillo, hacía lumbre en las recogidas y bajaba a los corrales por hacer la permuta de unas liebres por tabaco, por pólvora negra y un capote. En Cuba le pellizcó el naipe y a veces iba a Ronda, al café Sibajas, en la calle de la Bola, a timbear al guiñote o al truco y generalmente a palmar y a coger trampa y en esas noches se hizo peleón de navaja y transeúnte de la reja. Le prendieron los civiles cuando andaba en el furtivo en el cortijo de El Chopo; el capataz, que le decían el Tribunero, largó el soplo a los mosquetones y el Pasos Largos penó condena. Salió en 1910 con hambre de sierra y desquite. Se cruzó con el hijo del Tribunero, que se iba a la mies, le pegó dos tiros y le remató con una hoz de segar, que abajo le dicen calabozo, y se fue a por el padre. Le mató en el campo con la hoz del hijo y encaminó el monte con cuentas de sangre y la vida sin remediar. Se hizo bandido secuestrador y sacó los 10.000 reales por el rescate del cortijero Diego Villarejo, de las Cuevas del Becerro, y jaqueó al mismo alcalde de Ronda, don Juan Peinado Vallejo, al que limpió de duros para burlárselos en el naipe del mesón. En agosto de 1916 le acertaron los civiles con un tiro de mosquetón pero huyó desbarrancándose en una torrentera. Se acercó a Ronda herido y se entregó a la autoridad en el café Sibajas, la parroquia le hizo el jaleo y salió con los grillos puestos y las palmas de la concurrencia. Le dieron la perpetua en el penal de Figueras, en donde se le puso brava la tuberculosis, y en 1932 le mandaron a morir al presidio del Puerto de Santa María.

Por moribundo y por manso, el gobierno de la República le perdonó la pena y con más de los sesenta regresó a El Burgo, en donde le dieron tajo de guardés de una finca, pero el Pasos Largos miraba a la sierra y una tarde cogió la escopeta de Paco Vela y se echó a la montaña. Robó lo justo para tirar, cabos de vela y picadura de fumar, y cazó al cepo porque estaba cegato para afinar con el cartucho. Prefirió vivir perseguido que madrugando y a jornal.  Se le vio en el pueblo por última vez la semana antes de morir, bajó en la sombra  por echar café con los paisanos, invitó a tabaco y le regaló ocho cepos a Joaquín Mora, el hermano pequeño de Pepe Mora, el que se calló el olor  a muerto viejo por una fanega de pan. A la boca de la cueva del Solpalmillo hace tiempo que la calló el viento serrano y en sus afueras hoy rumian las cabras. El rumor de la muerte incierta del bandido Pasos Largos no lo pudo callar nadie, ni el viento ni el tiempo ni la fanega de pan.

MARTÍN OLMOS

La vida de gorra de Adolf Hitler

In Hazañas bélicas on 25 de abril de 2013 at 17:35

El soldado inglés más condecorado de la Primera Guerra Mundial pudo haber matado a Hitler

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Sigo el camino que me marca la Providencia”
ADOLF HITLER

Un proverbio dice que por la caridad entra la peste. Henry Miller decía que los proverbios son el último refugio de los retrasados mentales. Los proverbios, los refranes y los decires de la abuela sirven para manejarse con una tenue referencia meteorológica y no quitarse el sayo hasta el cuarenta de mayo y para darte cuenta de que no tienen sentido cuando te muerde un perro ladrador. Otro refrán dice que si sale con barba es San Antón, y si no la Purísima Concepción, y eso es lo que pasa con los dichos, que si no te calza uno, te calza otro, como los principios de Groucho Marx. Dice uno que al que madruga Dios le ayuda y dice otro que uno que madrugó se encontró un costal de harina, pero que más madrugó el que lo perdió. Así uno se adapta al que más le conviene, pero lo mejor es quedarse en la cama. Un refrán dice que por la caridad entra la peste. San Camilo de Lelis decía, en cambio, que haciendo la caridad, uno no se equivoca nunca, pero el soldado Henry Tandey se equivocó practicando la indulgencia y su virtud costó cincuenta millones de muertes. La piedad de Henry Tandey le honró de soldado gallardo, como de poema de Tennyson, pero le  dejó la puerta de Europa abierta al jinete del Apocalipsis (6, 4) que montaba el caballo bermejo y tenía el poder de desterrar la paz de la tierra.

Henry Tandey era un soldado británico con empacho de Kipling y de valor. Nació en agosto de 1891 en Leamington, en los Warwicks, y trabajó de calderero en un balneario antes de alistarse en 1910 en el regimiento de los Green Howards, con el que fue destinado a un cantón en Sudáfrica. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el soldado raso Tandey y los Green Howards participaron en la Batalla de Ypres, en Bélgica, en octubre de 1914, en la que se usó por primera vez el gas venenoso como arma química. Tandey fue herido en la Batalla del Somme en octubre de 1916 y en la de Passchendaele en noviembre de 1917. Después fue transferido al regimiento Duque de Wellington y fue el soldado de tropa más condecorado durante la Primera Guerra Mundial. Obtuvo la Medalla de Conducta Distinguida en la batalla de Cambrai en agosto de 1918 por destruir una trinchera alemana y capturar una veintena de prisioneros, la Medalla Militar en Havrincourt un mes después por volar un nido de ametralladoras y la Cruz Victoria por defender la posición en la toma de Marcoing con una ametralladora Lewis del 303 y dirigir una carga de bayoneta, en la que fue herido por tercera vez. Además, fue mencionado por sus superiores en cinco despachos y distinguido con la Estrella de 1914, la condecoración de la Fuerza Territorial y las medallas Victoria y  Británica de la Guerra.

La segunda oportunidad
De toda la quincalla que le fueron prendiendo en el pecho, la medalla que representa una acción de más valor frente al enemigo es la Cruz Victoria, que está tallada con el bronce de los cañones capturados en Sebastopol durante la Guerra de Crimea. Tandey consiguió su Cruz el 28 de septiembre de 1918, combatiendo en los alrededores de Marcoing, en la región Norte-Paso de Calais, en el frente francés,  cuando su pelotón fue detenido en mitad de un fuego de balas trazadoras alemanas. Tandey consiguió localizar el nido y lo neutralizó con una ametralladora Lewis del calibre o.303. Después  reparó el puente que atravesaba el canal de San Quintín, dejando el paso franco a las unidades británicas, y al anochecer cayó en una emboscada junto a media docena de camaradas. Los alemanes eran superiores en número y Tandey estaba herido, pero se defendió dirigiendo una carga feroz a bayoneta calada que rindió a treinta y siete enemigos. Al final de la jornada, encaró su fusil Lee-Enfield y tuvo a tiro a un cabo de primera del 16º regimiento de infantería bávaro. El soldado era bigotudo y estaba herido. Tandey bajó el arma y dejó que el soldado alcanzase sus líneas. Tandey no era un oficial pero se conducía como un caballero y observaba el lujo de no disparar contra un enemigo herido, preso o en retirada. El cabo de primera del 16º regimiento de infantería bávaro no era ni oficial ni caballero, le gustaba pintar paisajes, había recibido dos Cruces de Hierro, de primera y segunda clase,  se llamaba Adolf Hitler y años más tarde se le metió en la cabeza hacerse un trastero en Polonia.

El soldado Henry Tandey salió en el London Gazette junto al rey Jorge, el día que éste le prendió la Cruz Victoria en el Palacio de Buckingham, y el pintor italiano Fortunio Matania le utilizó de modelo para la figura del soldado que lleva en los hombros a un herido en el cuadro “El regimiento Green Howards en el cruce de Menin”. Cuando Hitler fue elegido canciller de Alemania, vio el cuadro en una revista y pidió al regimiento Green Howards una reproducción de la pintura y la colgó en la pared de su mansión de Berchtesgaden, en los Alpes bávaros. Luego le crecieron los colmillos y en Europa empezaron a esconder latas en el colchón. El primer ministro inglés Neville Chamberlain quiso apaciguar a la bestia y se entrevistó con él en Berchtesgaden en 1938, y en unaHENRY TANDEY pausa para el café reparó en el cuadro. Hitler le explicó que el soldado del primer plano estuvo a punto de matarle en Marcoing, pero que se apiadó de él y le perdonó la vida. Chamberlain le dijo que aquel soldado era el famoso Henry Tandey, que se acabó licenciando de sargento, y Hitler ordenó a su asistente, el capitán Weidmann,  que le mandase una nota de agradecimiento por continuar vivo. Entre jerez y galletitas la guerra volvió a parecerse a un juego de caballeros. Henry Tandey aseguró recordar el episodio pero dos años después, durante el Blitz, estaba trabajando de vigilante en la factoría de coches Triumph en Coventry mientras la ciudad se convertía en el blanco de las bombas de la Luftwaffe. Quiso alistarse de nuevo para acabar lo que dejó a medias, pero tenía cincuenta años y el Estado Mayor le puso a dar conferencias cuya moraleja era la de que había que dejar los buenos modales para el criquet con el vicario.

La historia de la vida de gorra de Adolf Hitler tiene sus cabos sueltos. Parece que el cabo de primera Hitler estaba en tránsito en la época en la que Tandey combatió en Marcoing y es más probable, en cambio, que ambos hombres coincidiesen en la Batalla de Ypres, cuatro años antes. Es improbable que un soldado herido que trata de poner su piel a buen recaudo sea capaz de identificar un rostro que apenas ve un segundo y años más tarde reconocerlo en una pintura, pero la veracidad de la historia la mantuvieron los dos protagonistas, cada uno por sus razones. Tandey porque dibujó la hidalguía del guerrero inglés y Hitler porque se creía un nibelungo y su salvación milagrosa le confería la estampa del hombre predestinado, al fin y al cabo era un místico que buscó la lanza con la que el soldado Longinos atravesó el costado de Cristo y escuchaba los consejos del astrólogo Wilhelm Wulff y del zahorí Ludwig Straniak. Ninguno de los dos hombres pareció lo que fue: Hitler no se parecía a Satanás y tenía la pinta de un chupatintas con un mal peluquero y Tandey podía pasar mejor por un inglés rosa de Mallorca que toma el sol en sandalias con calcetines que por un héroe. Un proverbio dice que el hábito no hace al monje. Henry Miller decía que los proverbios son el último refugio de los retrasados mentales.

MARTÍN OLMOS

La realidad inevitable

In Hazañas bélicas, Vilezas on 18 de abril de 2013 at 13:50

Ningún ejército luce un historial virgen de agresiones sexuales, que en ocasiones se han llegado a considerar como armas de guerra

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En ninguna otra área nuestro fracaso para defender a los civiles parece más evidente que en las masas de mujeres y niñas cuyas vidas son destruidas cada año por la violencia sexual que se perpetra en los conflictos armados”
BAN KI-MOON. Secretario General de las Naciones Unidas.

Decía Napoleón que la guerra es para el hombre su estado natural. A la guerra iban antes los caballeros y dejaban a los gañanes agachándose en la huerta, pero iban a caballo y con el servicio y la infantería del pinrel la formaban los de siempre. Iban los caballeros a entretenerse al campo de batalla y a charlar de sus cosas y así se libraban de la parienta y de madrugar, que es de pobres. No es de caballeros la guerra, sin embargo; de caballeros es el polo y pelar las gambas con cuchillo y tenedor. Aunque les pese a Kipling y a Tennyson. Y tampoco es de señoras, ya lo dijo el poeta Horacio: las guerras son el espanto de las madres. “Bella matribus detestata”, que a Horacio hay que decirle en latines, que suena doctor, y si es posible fumando en pipa para darle a la sentencia valor de inapelable. Las cosas de la guerra, sin embargo, hay que decirlas en el alemán bronco de adiestrar perros, en la lengua imperativa del “fuss” y del “platz”, que pone firmes a los dobermanes. Por eso la han disertado tanto los prusianos. El mariscal Helmut von Moltke escribió que  la guerra forma parte del orden creado por Dios y que en ella se manifiestan las virtudes más nobles del hombre: el valor y la abnegación, el espíritu del deber y el sacrificio de sí mismo. La definición de Moltke se acerca más a la arenga del entrenador de baloncesto de un instituto de pueblo que a la opinión de un tío que sabe de lo que está hablando. Moltke no fregó mucho, según parece, y se murió con noventa abriles y un sobrino suyo hizo el ridículo en la batalla de Marne. Carl von Clausewitz se manejó con un poco más de criterio y dejó a Dios fuera de los asuntos de los hombres. La finalidad principal de la guerra, escribió, es la destrucción de las fuerzas enemigas, pero observó que no había que limitar este concepto a las fuerzas físicas sino que, por el contrario, debían comprenderse en ellas, necesariamente, las morales.

Las guerras de otros
La guerra solo les divierte a los idiotas y a los extranjeros. Con los idiotas no hay nada que hacer porque cualquier cosa les saca la risa: una pared y una tiza, una bizca o un señor que se cae. Lo malo del idiota es que cuenta a efectos de la administración y ejerce su derecho de voto con solemnidad, que vale lo mismo que el de los demás. Esta perversidad se manifiesta porque el idiota es manejable, sobre todo si camina en grupo, o porque es mimético con el entorno, como el insecto palo, y solo le sospechan en el círculo íntimo, que no le tira al río porque es de la familia. El extranjero va a la guerra como si fuese a una merienda porque la guerra es la del vecino y él dejó a la parentela en casa con la calefacción encendida. El contingente extranjero no tiene la distracción del combatiente local, que pone un ojo en salvar el pelaje y otro en preocuparse de que un regimiento de soldados, exhibiendo las nobles virtudes del hombre de las que hablaba el mariscal  Moltke, ocupe su aldea y le viole a la hija. El caballero de la guerra ha venido ultrajando al mujerío que se ha encontrado en el camino desde que se inventaron las batallas a pedradas. Unas veces lo ha considerado un derecho de pillaje, parte del botín de guerra del vencedor, como los dientes de oro de los muertos o los retablos de las ermitas. El redondeo a comisión de la estrecha paga del soldado. Otras veces ha sido la consecuencia del proceso de erosión, gradual primero y definitivo después, de los principios morales del hombre en combate. Y otras veces ha sido la interpretación perversa de la doctrina, que también se dice en latines como las sentencias de Horacio, del “respondeat superior”, la obediencia debida al Estado Mayor, que decidió aniquilar, además de los cañones, las fuerzas morales de las que escribió Clausewitz.

La promesa de mujeres blancas
Antes de la Convención de Ginebra, la violación era considerada “una realidad inevitable en tiempo de conflicto armado”, es decir, lo que conocían los coroneles pero evitaban mencionarlo en las tertulias del Club de Oficiales. El verso que no incluía Tennyson en sus poemas épicos. En el Antiguo Testamento hasta las madres tenían en cuenta la diversión de sus hijos tras el combate; en el Libro de los Jueces (5, 28-30), el comandante cananeo Sísara, que está en la guerra contra Israel, tarda en regresar y su madre baraja entre las posibilidades de su demora el reparto de los despojos de la batalla o “una joven o dos jóvenes para cada uno”.  Desde el medio millón de mujeres tutsi violadas en Ruanda, desde la estrategia de limpieza étnica de la guerra sin frentes de los Balcanes con la colonización de los vientres enemigos y desde las pastillas de Viagra que llevaban en las mochilas los leales a Gadafi en la última rebelión libia, la realidad inevitable ha acabado por  contemplarse como un arma de guerra, como una alabarda infame. Y sin embargo no es nada nuevo.

Espartaco consideraba la violación de las mujeres romanas de las villas que conquistaba como un elemento de cohesión  del desordenado Babel que era su ejército de gladiadores, formado por tracios, galos, germanos y nubios que solo tenían en común querer huir del circo. Durante la guerra civil española, el general Mohamed el Mizzian, que le decían el Moro de Franco, prometió a su hueste rifeña mujeres blancas si tomaban Madrid, y para que comprobaran  la seriedad del premio les ofreció a cuarenta de sus hombres el aperitivo de dos prisioneras sindicalistas en Navalcarnero. Las desgraciadas duraron dos horas vivas, cada una tocó a tres minutos por barba mora. Mientras tanto, el general Queipo de Llano decía en Unión Radio Sevilla que sus legionarios habían enseñado a los rojos lo que es ser hombres, “y de paso también a sus mujeres que ahora han conocido hombres de verdad y no milicianos castrados. Dar patadas y berrear no las salvará”. En la masacre de Nanking de 1937, durante la segunda guerra chino-japonesa, las tropas de Hiroito sometieron al ultraje a más de ochenta mil mujeres, a las que mutilaron a bayonetazos después de disfrutarlas a la vista de sus maridos. Es difícil entender el orden creado por Dios del mariscal  Moltke. A no ser que sea el Dios implacable de los libros antiguos: “Y yo reuniré todas las naciones para que vayan a pelear contra Jerusalén, y la ciudad será tomada, y derribadas las casas, y violadas las mujeres” (Zacarías 14, 2). Pero esos libros antiguos también los escribieron los hombres. Y ninguno de ellos está libre de la barbarie, ni de sufrirla ni de otorgarla. Eran soldados de Berlín los que violaron a las mujeres de Leningrado (o lo que quedaba de ellas después de haberlas matado de hambre) y fueron las berlinesas las que fueron tomadas por los combatientes soviéticos cuando entraron en la ciudad. La madre de Günter Grass estaba entre ellas.

Durante la guerra de Vietnam, el teniente Rusty Calley, que fue acusado de ordenar la matanza de My Lay, reconoció que las violaciones eran comunes pero suponía que “montones de muchachas preferirían que las violasen a que las mataran en cualquier caso”. Él era un puritano del sur en ese aspecto y una vez recriminó al soldado Dennis Conti que forzase a una madre que sostenía a un niño a practicarle una felación. Le ordenó que se subiese los pantalones y después mató a la mujer y al niño a tiros de M-16. Dice un proverbio africano que cuando dos elefantes luchan, la que sufre es la hierba.

MARTÍN OLMOS

Algo personal

In Esto es Hollywood, La Cosa Nostra on 14 de abril de 2013 at 14:58

A pesar de lo que sale en el cine, la mafia italiana practica la violencia por lo empresarial y por lo doméstico

ILUSTRACION de martin olmos

“Lo más gracioso es que la mafia nunca me ha interesado mucho”
FRANCIS FORD COPPOLA.

Tenía escrito Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte y la mafia italiana de Nueva York hizo de la película “El Padrino” (Francis Ford Coppola, 1972) su catecismo cultural. A partir de ella, los gángsteres del macarrón empezaron a besarle el anillo al Don, a cortar las cabezas de los caballos y a pedir la música de Nino Rota en la boda de la hija. Los mafiosos italianos son propensos a la obesidad, a la ronquera y a la mixtificación de su industria y acaban organizando sus partidas de matones como si fueran legiones romanas, escuchando la misa en latín y gesticulando como las estrellas de Hollywood. El Loco Joey Gallo, pistolero de la familia Profaci, imitaba a Richard Widmark en la película “El Beso de la Muerte” (Henry Hathaway, 1947) y era capaz de  recitar sus diálogos de memoria. En “El Beso de la Muerte” Richard Widmark interpretaba a Tommy Udo, un asesino por encargo que amaba su trabajo y se partía de risa cuando tiraba a una vieja inválida por unas escaleras atada a una silla de ruedas. El Loco Joey Gallo fue a su manera un reformador y pretendió que los negros de Harlem que oficiaban de camellos entrasen en la mafia como si fueran sicilianos. También copiaba la mímica de James Cagney y de Edward G. Robinson. Con el tiempo, Joey Gallo se hizo ambicioso y quiso zamparse la tajada del clan de los Colombo y en 1972 le mataron en la marisquería Umberto de la calle Mulberry, en la Pequeña Italia de Manhattan. Cuatro torpedos le pegaron un tiro en la rodilla, otro en el estómago y le remataron disparándole en la nuca a quemarropa.

El evangelio
Mario Puzo escribió “El Padrino” porque le debía once de los grandes a un corredor de apuestas. Era un gordo que fumaba puros, jugaba al tenis y no tenía talento para las apuestas. Durante un tiempo pretendió ser un escritor artístico pero se le acabaron las ganas de esquivar los pleonasmos cuando los usureros de Las Vegas le amenazaron con romperle los brazos. Puzo acabó “El Padrino” casi por encargo del productor Robert Evans y a los mafiosos les gustó tanto que le perdonaron los cañones del tapete. El género de gángsteres le interesaba lo justo y a Francis Ford Coppola aún menos, porque quería hacer películas de la “nouvelle vague”, como los franchutes. Sin embargo convirtió “El Padrino” en “El Rey Lear” con macarrones y los rufianes que planeaban sus infamias en las pizzerías adoptaron la película como su evangelio de conducta y llenaron sus discursos con las frases de Marlon Brando. En la época del estreno, el célebre alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani era fiscal federal del estado y comprobó la diferencia verbal que se apreciaba en las cintas de vigilancia grabadas antes y después de que saliera la película. Los mafiosos empezaron a llamar Padrino a su jefe de clan, cuando este término nunca lo habían utilizado, recuperaron la ancestral costumbre de besar el anillo del Don y un hijo de Joe Adonis, que fue pistolero de Lucky Luciano, exigió al dueño de su restaurante favorito que pusiese la banda sonora de Nino Rota cada vez que iba a almorzar. En el coche de un contratista de Palermo se encontró la cabeza cortada de un caballo. “El Padrino” idealizó la mafia como Kipling idealizó al inglés de las colonias y James Barrie la infancia y consolidó las leyendas arteras de que no se mezclaban con las drogas y que sus acciones respondían a un propósito empresarial sin implicaciones sentimentales. “No es nada personal, son solo negocios”, dice Michael Corleone (Al Pacino) al consiglieri Tom Hagen, pero los mafiosos se acaban llevando el trabajo a casa y contradicen el axioma cada vez que tienen una riña en la cocina.

A Albert Anastasia le llamaban “El Sombrerero Loco” y fue el gestor de prejubilaciones de la familia Gambino, fue responsable de más de un centenar de asesinatos y estaba considerado un tipo violento incluso dentro de los parámetros comparativos de sus colegas de profesión. “El Sombrerero Loco” odiaba a los soplones y una vez vio en la tele una entrevista con Arnold Schuster, el dependiente de una sastrería de Brooklyn que denunció al atracador de bancos Willie Sutton porque le reconoció por la calle. Schuster tuvo su blasón en los informativos, como el tío que saca a un gato de una acequia, fue famoso cinco minutos y firmó su sentencia de muerte. Ni Sutton ni Schuster tenían nada que ver con los negocios de la Cosa Nostra, pero Anastasia ordenó la ejecución del delator simplemente porque le cayó mal y una semana después el pistolero Fred “Chappy” Tenuto le apioló de un tiro en la nuca. En 1937 Vito Genovese, el sucesor de Lucky Luciano, tuvo que poner el Atlántico entre su trasero y el F.B.I. y se tomó unas vacaciones en Italia dejando a sus lugartenientes echando un ojo a sus negocios y a un alcahuete poniéndole otro a su parienta, que era propensa a hacer vida social. Cuando regresó a los Estados Unidos tuvo que mandar su sombrero a la horma y concluyó que o bien le había crecido la cabeza o le habían salido un par de percheros en la frente. Durante su ausencia, a Anna Genovese le había hecho el rodaje Steve Franse, un matón de zapatos lustrosos y poco sentido común. Genovese encargó a Tony Bender y a los ejecutores Pat Pagano y Fiore Sano que le hicieran a Franse un trabajo de “trigo negro”, un recado feo. Le rompieron las costillas a patadas, le sacaron los ojos con un estilete y le estrangularon con un cable de acero. A John Gotti le llamaban el Don de Teflón porque las causas por las que le juzgaban le resbalaban coincidiendo con súbitas epidemias de amnesia de los testigos principales. Gotti fue el último capo a la clásica y con lo que se gastaba en una corbata comía un mes una familia de tres hijos y aún le quedaba dinero para el cine. A mediados de los ochenta asumió la jefatura del clan de los Gambino después de ordenar el asesinato de Big Paul Castellano. Gotti era un gorila aunque se vistiese de seda y en marzo de 1980 su hijo Frank, de doce años, hizo un giro brusco con su bici saliendo del jardín de su casa de Howard Beach, en el barrio de Queens, y murió al ser atropellado involuntariamente por su vecino Charles Favara. Los peritos del seguro y la justicia de los hombres exoneraron a Favara al considerar, después de la investigación, que el accidente lo provocó la imprudencia del chaval. Favara se puso un traje negro y fue a presentarle sus condolencias a la madre, que le contestó intentándole abrir la cabeza con un bate metálico. Cinco meses después desapareció. Charlie Carneglia y un escuadrón de la infantería de Gotti le secuestraron, le frieron a tiros y disolvieron su cuerpo en un barril de ácido.

A Anastasia le asesinó el Loco Joey Gallo, el matón que quería ser Richard Widmark, en la barbería del Hotel Sheraton de Nueva York en octubre de 1957. Se fue a ver a San Pedro recién afeitado, que ya se sabe que como te ven te tratan. Genovese murió en la cárcel de Springfield, en Missouri, en 1969, cumpliendo una sentencia por tráfico de heroína. A John Gotti le vendió su lugarteniente Sam Gravano el Toro y la diñó en el trullo en junio de 2002, de cáncer de pulmón. Descubrió que en el talego había tíos más duros que él y se guardó las espaldas financiando los porros a la Hermandad Aria, la mafia carcelaria de los cabezas rapadas.

MARTÍN OLMOS

El asesino oportuno Jack Ruby

In La política, Reyes y caudillos on 6 de abril de 2013 at 13:32

Para redondear la verbena, un mafioso de cuarta escribió el epílogo del magnicidio de Kennedy

RUBY MATA A OSWALD

“Una vez que Jack Ruby hubo matado al presunto asesino de Kennedy, el asunto quedó cerrado”.
JAMES ELLROY.

De alguien que se llama Jack Ruby no se puede esperar nada bueno. Es como llamarse Johnny Diamond o Golden Lucky Bill.  Con un nombre así uno no puede ser contable, cirujano internista o registrador de la propiedad. Puede ser proxeneta, burlanga o, como mucho, jockey de hipódromo, un jockey ful que arregla carreras tonguistas, pero no puede aspirar a un empleo decente, uno como Dios manda del que presuma mamá. Además, Jack Ruby no solo ostentaba su nombre con alegre desenfado, sino que desterró el suyo de nacimiento, que era Jacob Rubinstein, un nombre hebraico, emigrante y formal, de hombre que madruga y se viste por los pies. De lo que se deduce que Jack Ruby tenía vocación de Jack Ruby. Vocación de gerente de cabaret y de amigo de los malos. Vocación de cabeza de turco. También tuvo la ambición soñadora de poner su nombre en el blasón de la vieja Texas, al lado del de los héroes del Álamo.

Nació en Chicago en 1911, dentro de una desordenada camada de ocho hermanos. Su padre era un gañán tremebundo, un borrachuzo con la mano muy larga y un canalla de los pies a la cabeza, y su madre era una loca de atar que se pasó la mitad de su vida entrando y saliendo de una camisa de fuerza. La otra mitad andaba esquivando la derecha pronta de su legítimo e ignorando con desdén la educación de su recua, que campaba a su albedrío con los mocos pegados al  morro y adquiriendo un punto de vista excéntrico de lo que era vivir en sociedad. A los once años, el que todavía era Jacob Rubinstein ya conocía el reformatorio y la clínica mental, en donde le metieron por llevar algún tornillo flojo, y donde algún lince con un exacerbado sentido de la JACK RUBY POLICIALobservación dedujo que carecía de la más elemental vigilancia parental y lo envió a recorrer un rosario de hogares sustitutos de los que le echaban a patadas a la semana de aguantar su índole montaraz. Cuando tuvo edad de ganarse la vida se enredó en trabajos que bordeaban la ley y en 1939 se sentó por primera vez delante de un juez al implicarse en el asesinato de León Cooke, que le había introducido en el sindicato de chatarreros y en las malas compañías. Ruby –ya había enterrado a Rubinstein- salió limpio por falta de evidencias y se trasladó a Dallas, Texas, con una carta de recomendación para los hermanos Campisi, soldados del clan de Carlos Marcello, el don de las familias del suroeste. El ejército le movilizó cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Ruby sirvió como soldado de Primera Clase en el cuerpo aéreo, pero no pisó Europa y se entregó a peleas y arrestos, aunque consiguió una baja honorable en 1946.

De vuelta a la vida civil se enredó en tramas que le venían grandes y testificó durante la Caza de Brujas del senador McCarthy, largando, obediente,  lo que le escribían y se libró de responder de sus relaciones con  la Cosa Nostra por la recomendación del F.B.I. de Hoover de que le dejasen en paz por ser miembro del equipo del congresista Richard Nixon, alias Dick el Embustero, futuro presidente de los Estados Unidos. Ruby se acostumbró a conducirse por un mundo extraño y a medio limpiar, en el que se mezclaban políticos de la ultraderecha y tíos malos de Sicilia, viajes a La Habana precastrista de los casinos de Santos Trafficante y turbios recados en la penumbra de un tugurio, un mundo en el que se bandeaba con comodidad pero del que nunca perteneció a la elite, y se quedó en mandadero del montón. Los barandas le permitían comer los canelloni, pero en la mesa de atrás, y no le dejaban untar el plato.

Ruby puso un cabaret, el Singapore, y su nombre empezó a sonar como enlace de las familias de Chicago con las bandas del Oeste. Después regentó el Club La Espuela de Plata y el Carrusel, en donde las chicas bailaban con el traje que les dio Dios y los rudos de segunda se hacían los chulos sacándole brillo a la barra con la manga de sus chaquetas de rayas y pagaban el champán de charco a las cigarreras. También iban todos los pasmas de Dallas a soplar de gorra y a escuchar chismes, y a coger un dólar de aquí y otro de allá.

Lo que los americanos tenían más parecido a una familia real eran los Kennedy, que habían hecho su fortuna durante la Prohibición, proporcionando consuelo al sediento. Al presidente John F. Kennedy le asesinaron el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, a tiros de fusil. A Lee Harvey Oswald le pescaron a la salida de un cine, le adjudicaron un pasado rojo y una puntería de escándalo y le colgaron el mochuelo. Le dejaron un ojo a la funerala y cara de perplejidad. Dijo, soy inocente. El asesinato de JFK tuvo algo de circo de tres pistas, televisado como un partido de hockey, en la ciudad de las pistolas y los bugas de un kilómetro con una cornamenta en el capó. Con la viuda bella reptando por el Ford Lincoln, huyendo de la balacera. Cuánta elegancia se pierde cuando se huye de la muerte. Dos días después, cuando trasladaban a Oswald a la cárcel del condado, Ruby se coló entre los polis y la prensa y le metió un tiro en el estómago. Oswald murió en la ambulancia diciendo soy inocente. Ruby dijo que había querido restituir el buen  nombre de la ciudad de Dallas, pero con su apellido de judío polaco era tan tejano como un párroco de Varsovia.

Murió de cáncer en prisión, en 1967. Dicen que ya sabía que estaba enfermo cuando disparó a Oswald, y así echó tierra sobre la implicación de la mafia en el asesinato del presidente, que andaba enredando en los negocios de Carlos Marcello y las Cinco Familias. También puede que quisiera, por una vez, ser el tío importante y no el recadista, y untar el plato en la mesa principal. Su sombrero, que era gris, se subastó en 2008. Pagaron por él 60.000 dólares.

MARTÍN OLMOS

Réquiem demagógico por Bruce Reynolds, Q.E.P.D.

In Los chorizos on 6 de abril de 2013 at 13:24

En estos tiempos en los que nada es lo que parece, da gusto encontrar a alguien orgulloso de su oficio

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Mi padre eligió el sendero lunático y pagó por ello”
NICK REYNOLDS, hijo de Bruce Reynolds.

El final del invierno de este año en curso ha sido raro como un agosto con nieve y a la mano derecha de Dios se le puso cuesta arriba gobernar al rebaño y le han cambiado por un Papa porteño y tanguista,  cuando es por aquí donde mejor se canta la última estrofa de Cambalache, que dice: “¡El que no llora no mama/ y el que no afana es un gil!” Por aquí se está llorando largamente un llanto que no garantiza la lactancia y en cambio nadie quiere pasar por gil y afana todo Cristo cuando se le presenta la ocasión. En este final de invierno raro se ha muerto, por los achaques de la edad que no perdona, Bruce Reynolds, el cerebro del Asalto al Tren de Glasgow, que era un ladrón de los de plan, embozo y perista, un chorizo fino de los de antes. Bruce Reynolds murió sin sufrimiento, mientras dormía (que es como que se te alargue el sueño), la madrugada del jueves 28 de febrero, a los 81 abriles, después de que se le complicase un catarro. A depende qué edad un catarro complicado te deja para el cura.

Bruce Reynolds nació en el Hospital de Charing Cross, en el Strand de Londres, en 1931. Su madre era enfermera y su padre un sindicalista de las barricadas de la factoría Ford de Dagenham que se volvió a casar cuando enviudó y metió en casa a una madrastra con la que su hijo no congenió. Bruce dejó de estudiar a los catorce años y fue primero recadista de un periódico, después ciclista semiprofesional, más tarde traficante de antigüedades y al final le metieron en el trullo por limpiarle la ganancia a un corredor de apuestas. En el penal de Wormwood Scrubs compartió celda con Ronnie Biggs, un mangante epiléptico y desertor de la Fuerza Aérea Real con el que gastó las noches hablando de chavalas y de dar el golpe definitivo. Lo dieron el 8 de agosto de 1963 cuando asaltaron el tren postal de la Royal Mail que hacía el trayecto de Glasgow a Londres transportando cartas de amor impregnadas de jazmín y el dinero de los bancos escoceses. Bruce Reynolds urdió el plan y Biggs reunió un grupo de quince BRUCE REYNOLDSrufianes que fueron conocidos como la Banda del Suroeste. Por medio de una pila de seis voltios consiguieron detener el convoy de doce vagones en el cruce de Sears, en Cheddington, a cincuenta kilómetros de Londres, y desengancharon la locomotora eléctrica DR326 y los dos primeros coches, en los que sabían que viajaba el dinero. Al maquinista Jack Mills le abrieron la crisma con el mango de un hacha y le obligaron a conducir la cabeza del convoy hasta el puente Bridego, a dos kilómetros del cruce, en donde las vías casi se juntaban con la carretera y tenían aparcado un camión. Maniataron a los cuatro funcionarios que custodiaban el botín amenazándoles con barras de hierro y cargaron en el camión los 120 sacos que contenían más de dos millones y medio de libras improvisando una cadena humana. Dieron el golpe en apenas media hora, sin usar armas de fuego, disfrazados de soldados y les trincaron porque dejaron sus huellas en las fichas de un Monopoly con el que entretuvieron el tiempo mientras zanjaban el reparto en una granja que habían alquilado como refugio en Buckinghamshire, a media hora del puente Bridego. El tablero del Monopoly se conserva en el Thames Valley Police Museum del condado de Berkshire, junto con un billete de cinco libras que se les olvidó meterse en el bolsillo. Los miembros de la Banda del Suroeste cayeron como las fichas de un dominó. Ronnie Biggs cogió las de Villadiego, se hizo una operación estética en París y se pasó tres décadas bailando la samba en Río con las mulatas del carnaval. Bruce Reynolds se pasó cinco años escondido en Canadá, pero volvió a Inglaterra y le metieron diez años a la sombra. Cumplió la condena, salió y reincidió traficando con cocaína, después dio entrevistas en la tele con su aire de Michael Caine, escribió sus memorias, tituladas “Autobiografía de un Ladrón”, expresó con orgullo que el asalto al tren de Glasgow fue la Capilla Sixtina del birle, hizo coros en el grupo de rock Alabama 3, en el que tocaba su hijo Nick, y vivió en un piso en el sur de Londres que se lo pagaba la asistencia social.

La tentación demagógica
Bruce Reynolds, Q.E.P.D., conocía su lugar en la cadena alimenticia y guapeó de ladrón sin acomplejarse, lo que se agradece, y no le buscó el eufemismo al título de sus memorias. Este siglo veintiuno es como el anterior que decía Discépolo: “cambalache, problemático y febril…¡el que no llora no mama y el que no afana es un gil!” Solo que a nadie le gusta pasar por jaque y timador y se busca las justificaciones. Cuando el Lute dejó de ser quinqui quiso pasar por doctor y el Solitario Jaime Giménez Arbe dice al que tenga un minuto para escucharle que fue un expropiador de bancos que intentaba liberar al pueblo español de los atracos financieros. Este siglo veintiuno es también el de la demagogia, que es el atajo político que consiste en decirle al auditorio lo que quiere oír. Al español le ha convertido la tauromaquia en un pueblo de partidarios y la enseñanza obligatoria le ha librado del analfabetismo, con lo que ha concluído que por saber leer es dueño de una opinión para todo. Y entonces nos cae bien Bruce Reynolds por chorizo y robinhood (que se sepa no compartió ni un chelín con nadie y casi se llevó por delante al maquinista Jack Mills de un trompazo con un palo) porque le hacemos la comparación, que siempre es odiosa, con los urdangarines y los bárcenas, que jamás titularían sus memorias “Autobiografía de un ladrón”. Este razonamiento es tan fácil como robar a una borracha pero es que la demagogia es divertida de practicar, como un chiste con truco, y generalmente da resultado. Bárcenas y Urdangarín disfrutan de momento de la presunción de inocencia, que es un concepto jurídico indiscutible, pero no le calza bien a la política, en la que la mujer del César tiene que serlo y parecerlo y si sale a pasear con medias de rejilla no puede quejarse después de que le pregunten la tarifa. Bruce Reynolds buscó la pasta fácil pero no perdió un segundo en buscar una coartada moral. A Urdangarín se le han comido las mejillas los disgustos, le han salido canas y sus ojos azules como el mar se le van pegando a la nuca. Ya no es guapo.  Él no quiso hacerlo y todo tiene una explicación, que esto no es lo que parece, como le dijo mamá a papá mientras el butanero salía por la ventana. Bárcenas es otra cosa, con su abrigo Chesterfield, sus canas a lo Stewart Granger y su parienta con sombrerito. Con su mímica dactilar de macarra de merendero. Se jugará su prestigio en el título de sus memorias.

MARTÍN OLMOS

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