MARTÍN OLMOS MEDINA

El asesino oportuno Jack Ruby

In La política, Reyes y caudillos on 6 de abril de 2013 at 13:32

Para redondear la verbena, un mafioso de cuarta escribió el epílogo del magnicidio de Kennedy

RUBY MATA A OSWALD

“Una vez que Jack Ruby hubo matado al presunto asesino de Kennedy, el asunto quedó cerrado”.
JAMES ELLROY.

De alguien que se llama Jack Ruby no se puede esperar nada bueno. Es como llamarse Johnny Diamond o Golden Lucky Bill.  Con un nombre así uno no puede ser contable, cirujano internista o registrador de la propiedad. Puede ser proxeneta, burlanga o, como mucho, jockey de hipódromo, un jockey ful que arregla carreras tonguistas, pero no puede aspirar a un empleo decente, uno como Dios manda del que presuma mamá. Además, Jack Ruby no solo ostentaba su nombre con alegre desenfado, sino que desterró el suyo de nacimiento, que era Jacob Rubinstein, un nombre hebraico, emigrante y formal, de hombre que madruga y se viste por los pies. De lo que se deduce que Jack Ruby tenía vocación de Jack Ruby. Vocación de gerente de cabaret y de amigo de los malos. Vocación de cabeza de turco. También tuvo la ambición soñadora de poner su nombre en el blasón de la vieja Texas, al lado del de los héroes del Álamo.

Nació en Chicago en 1911, dentro de una desordenada camada de ocho hermanos. Su padre era un gañán tremebundo, un borrachuzo con la mano muy larga y un canalla de los pies a la cabeza, y su madre era una loca de atar que se pasó la mitad de su vida entrando y saliendo de una camisa de fuerza. La otra mitad andaba esquivando la derecha pronta de su legítimo e ignorando con desdén la educación de su recua, que campaba a su albedrío con los mocos pegados al  morro y adquiriendo un punto de vista excéntrico de lo que era vivir en sociedad. A los once años, el que todavía era Jacob Rubinstein ya conocía el reformatorio y la clínica mental, en donde le metieron por llevar algún tornillo flojo, y donde algún lince con un exacerbado sentido de la JACK RUBY POLICIALobservación dedujo que carecía de la más elemental vigilancia parental y lo envió a recorrer un rosario de hogares sustitutos de los que le echaban a patadas a la semana de aguantar su índole montaraz. Cuando tuvo edad de ganarse la vida se enredó en trabajos que bordeaban la ley y en 1939 se sentó por primera vez delante de un juez al implicarse en el asesinato de León Cooke, que le había introducido en el sindicato de chatarreros y en las malas compañías. Ruby –ya había enterrado a Rubinstein- salió limpio por falta de evidencias y se trasladó a Dallas, Texas, con una carta de recomendación para los hermanos Campisi, soldados del clan de Carlos Marcello, el don de las familias del suroeste. El ejército le movilizó cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Ruby sirvió como soldado de Primera Clase en el cuerpo aéreo, pero no pisó Europa y se entregó a peleas y arrestos, aunque consiguió una baja honorable en 1946.

De vuelta a la vida civil se enredó en tramas que le venían grandes y testificó durante la Caza de Brujas del senador McCarthy, largando, obediente,  lo que le escribían y se libró de responder de sus relaciones con  la Cosa Nostra por la recomendación del F.B.I. de Hoover de que le dejasen en paz por ser miembro del equipo del congresista Richard Nixon, alias Dick el Embustero, futuro presidente de los Estados Unidos. Ruby se acostumbró a conducirse por un mundo extraño y a medio limpiar, en el que se mezclaban políticos de la ultraderecha y tíos malos de Sicilia, viajes a La Habana precastrista de los casinos de Santos Trafficante y turbios recados en la penumbra de un tugurio, un mundo en el que se bandeaba con comodidad pero del que nunca perteneció a la elite, y se quedó en mandadero del montón. Los barandas le permitían comer los canelloni, pero en la mesa de atrás, y no le dejaban untar el plato.

Ruby puso un cabaret, el Singapore, y su nombre empezó a sonar como enlace de las familias de Chicago con las bandas del Oeste. Después regentó el Club La Espuela de Plata y el Carrusel, en donde las chicas bailaban con el traje que les dio Dios y los rudos de segunda se hacían los chulos sacándole brillo a la barra con la manga de sus chaquetas de rayas y pagaban el champán de charco a las cigarreras. También iban todos los pasmas de Dallas a soplar de gorra y a escuchar chismes, y a coger un dólar de aquí y otro de allá.

Lo que los americanos tenían más parecido a una familia real eran los Kennedy, que habían hecho su fortuna durante la Prohibición, proporcionando consuelo al sediento. Al presidente John F. Kennedy le asesinaron el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, a tiros de fusil. A Lee Harvey Oswald le pescaron a la salida de un cine, le adjudicaron un pasado rojo y una puntería de escándalo y le colgaron el mochuelo. Le dejaron un ojo a la funerala y cara de perplejidad. Dijo, soy inocente. El asesinato de JFK tuvo algo de circo de tres pistas, televisado como un partido de hockey, en la ciudad de las pistolas y los bugas de un kilómetro con una cornamenta en el capó. Con la viuda bella reptando por el Ford Lincoln, huyendo de la balacera. Cuánta elegancia se pierde cuando se huye de la muerte. Dos días después, cuando trasladaban a Oswald a la cárcel del condado, Ruby se coló entre los polis y la prensa y le metió un tiro en el estómago. Oswald murió en la ambulancia diciendo soy inocente. Ruby dijo que había querido restituir el buen  nombre de la ciudad de Dallas, pero con su apellido de judío polaco era tan tejano como un párroco de Varsovia.

Murió de cáncer en prisión, en 1967. Dicen que ya sabía que estaba enfermo cuando disparó a Oswald, y así echó tierra sobre la implicación de la mafia en el asesinato del presidente, que andaba enredando en los negocios de Carlos Marcello y las Cinco Familias. También puede que quisiera, por una vez, ser el tío importante y no el recadista, y untar el plato en la mesa principal. Su sombrero, que era gris, se subastó en 2008. Pagaron por él 60.000 dólares.

MARTÍN OLMOS

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