MARTÍN OLMOS MEDINA

Algo personal

In Esto es Hollywood, La Cosa Nostra on 14 de abril de 2013 at 14:58

A pesar de lo que sale en el cine, la mafia italiana practica la violencia por lo empresarial y por lo doméstico

ILUSTRACION de martin olmos

“Lo más gracioso es que la mafia nunca me ha interesado mucho”
FRANCIS FORD COPPOLA.

Tenía escrito Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte y la mafia italiana de Nueva York hizo de la película “El Padrino” (Francis Ford Coppola, 1972) su catecismo cultural. A partir de ella, los gángsteres del macarrón empezaron a besarle el anillo al Don, a cortar las cabezas de los caballos y a pedir la música de Nino Rota en la boda de la hija. Los mafiosos italianos son propensos a la obesidad, a la ronquera y a la mixtificación de su industria y acaban organizando sus partidas de matones como si fueran legiones romanas, escuchando la misa en latín y gesticulando como las estrellas de Hollywood. El Loco Joey Gallo, pistolero de la familia Profaci, imitaba a Richard Widmark en la película “El Beso de la Muerte” (Henry Hathaway, 1947) y era capaz de  recitar sus diálogos de memoria. En “El Beso de la Muerte” Richard Widmark interpretaba a Tommy Udo, un asesino por encargo que amaba su trabajo y se partía de risa cuando tiraba a una vieja inválida por unas escaleras atada a una silla de ruedas. El Loco Joey Gallo fue a su manera un reformador y pretendió que los negros de Harlem que oficiaban de camellos entrasen en la mafia como si fueran sicilianos. También copiaba la mímica de James Cagney y de Edward G. Robinson. Con el tiempo, Joey Gallo se hizo ambicioso y quiso zamparse la tajada del clan de los Colombo y en 1972 le mataron en la marisquería Umberto de la calle Mulberry, en la Pequeña Italia de Manhattan. Cuatro torpedos le pegaron un tiro en la rodilla, otro en el estómago y le remataron disparándole en la nuca a quemarropa.

El evangelio
Mario Puzo escribió “El Padrino” porque le debía once de los grandes a un corredor de apuestas. Era un gordo que fumaba puros, jugaba al tenis y no tenía talento para las apuestas. Durante un tiempo pretendió ser un escritor artístico pero se le acabaron las ganas de esquivar los pleonasmos cuando los usureros de Las Vegas le amenazaron con romperle los brazos. Puzo acabó “El Padrino” casi por encargo del productor Robert Evans y a los mafiosos les gustó tanto que le perdonaron los cañones del tapete. El género de gángsteres le interesaba lo justo y a Francis Ford Coppola aún menos, porque quería hacer películas de la “nouvelle vague”, como los franchutes. Sin embargo convirtió “El Padrino” en “El Rey Lear” con macarrones y los rufianes que planeaban sus infamias en las pizzerías adoptaron la película como su evangelio de conducta y llenaron sus discursos con las frases de Marlon Brando. En la época del estreno, el célebre alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani era fiscal federal del estado y comprobó la diferencia verbal que se apreciaba en las cintas de vigilancia grabadas antes y después de que saliera la película. Los mafiosos empezaron a llamar Padrino a su jefe de clan, cuando este término nunca lo habían utilizado, recuperaron la ancestral costumbre de besar el anillo del Don y un hijo de Joe Adonis, que fue pistolero de Lucky Luciano, exigió al dueño de su restaurante favorito que pusiese la banda sonora de Nino Rota cada vez que iba a almorzar. En el coche de un contratista de Palermo se encontró la cabeza cortada de un caballo. “El Padrino” idealizó la mafia como Kipling idealizó al inglés de las colonias y James Barrie la infancia y consolidó las leyendas arteras de que no se mezclaban con las drogas y que sus acciones respondían a un propósito empresarial sin implicaciones sentimentales. “No es nada personal, son solo negocios”, dice Michael Corleone (Al Pacino) al consiglieri Tom Hagen, pero los mafiosos se acaban llevando el trabajo a casa y contradicen el axioma cada vez que tienen una riña en la cocina.

A Albert Anastasia le llamaban “El Sombrerero Loco” y fue el gestor de prejubilaciones de la familia Gambino, fue responsable de más de un centenar de asesinatos y estaba considerado un tipo violento incluso dentro de los parámetros comparativos de sus colegas de profesión. “El Sombrerero Loco” odiaba a los soplones y una vez vio en la tele una entrevista con Arnold Schuster, el dependiente de una sastrería de Brooklyn que denunció al atracador de bancos Willie Sutton porque le reconoció por la calle. Schuster tuvo su blasón en los informativos, como el tío que saca a un gato de una acequia, fue famoso cinco minutos y firmó su sentencia de muerte. Ni Sutton ni Schuster tenían nada que ver con los negocios de la Cosa Nostra, pero Anastasia ordenó la ejecución del delator simplemente porque le cayó mal y una semana después el pistolero Fred “Chappy” Tenuto le apioló de un tiro en la nuca. En 1937 Vito Genovese, el sucesor de Lucky Luciano, tuvo que poner el Atlántico entre su trasero y el F.B.I. y se tomó unas vacaciones en Italia dejando a sus lugartenientes echando un ojo a sus negocios y a un alcahuete poniéndole otro a su parienta, que era propensa a hacer vida social. Cuando regresó a los Estados Unidos tuvo que mandar su sombrero a la horma y concluyó que o bien le había crecido la cabeza o le habían salido un par de percheros en la frente. Durante su ausencia, a Anna Genovese le había hecho el rodaje Steve Franse, un matón de zapatos lustrosos y poco sentido común. Genovese encargó a Tony Bender y a los ejecutores Pat Pagano y Fiore Sano que le hicieran a Franse un trabajo de “trigo negro”, un recado feo. Le rompieron las costillas a patadas, le sacaron los ojos con un estilete y le estrangularon con un cable de acero. A John Gotti le llamaban el Don de Teflón porque las causas por las que le juzgaban le resbalaban coincidiendo con súbitas epidemias de amnesia de los testigos principales. Gotti fue el último capo a la clásica y con lo que se gastaba en una corbata comía un mes una familia de tres hijos y aún le quedaba dinero para el cine. A mediados de los ochenta asumió la jefatura del clan de los Gambino después de ordenar el asesinato de Big Paul Castellano. Gotti era un gorila aunque se vistiese de seda y en marzo de 1980 su hijo Frank, de doce años, hizo un giro brusco con su bici saliendo del jardín de su casa de Howard Beach, en el barrio de Queens, y murió al ser atropellado involuntariamente por su vecino Charles Favara. Los peritos del seguro y la justicia de los hombres exoneraron a Favara al considerar, después de la investigación, que el accidente lo provocó la imprudencia del chaval. Favara se puso un traje negro y fue a presentarle sus condolencias a la madre, que le contestó intentándole abrir la cabeza con un bate metálico. Cinco meses después desapareció. Charlie Carneglia y un escuadrón de la infantería de Gotti le secuestraron, le frieron a tiros y disolvieron su cuerpo en un barril de ácido.

A Anastasia le asesinó el Loco Joey Gallo, el matón que quería ser Richard Widmark, en la barbería del Hotel Sheraton de Nueva York en octubre de 1957. Se fue a ver a San Pedro recién afeitado, que ya se sabe que como te ven te tratan. Genovese murió en la cárcel de Springfield, en Missouri, en 1969, cumpliendo una sentencia por tráfico de heroína. A John Gotti le vendió su lugarteniente Sam Gravano el Toro y la diñó en el trullo en junio de 2002, de cáncer de pulmón. Descubrió que en el talego había tíos más duros que él y se guardó las espaldas financiando los porros a la Hermandad Aria, la mafia carcelaria de los cabezas rapadas.

MARTÍN OLMOS

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