MARTÍN OLMOS MEDINA

La realidad inevitable

In Hazañas bélicas, Vilezas on 18 de abril de 2013 at 13:50

Ningún ejército luce un historial virgen de agresiones sexuales, que en ocasiones se han llegado a considerar como armas de guerra

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En ninguna otra área nuestro fracaso para defender a los civiles parece más evidente que en las masas de mujeres y niñas cuyas vidas son destruidas cada año por la violencia sexual que se perpetra en los conflictos armados”
BAN KI-MOON. Secretario General de las Naciones Unidas.

Decía Napoleón que la guerra es para el hombre su estado natural. A la guerra iban antes los caballeros y dejaban a los gañanes agachándose en la huerta, pero iban a caballo y con el servicio y la infantería del pinrel la formaban los de siempre. Iban los caballeros a entretenerse al campo de batalla y a charlar de sus cosas y así se libraban de la parienta y de madrugar, que es de pobres. No es de caballeros la guerra, sin embargo; de caballeros es el polo y pelar las gambas con cuchillo y tenedor. Aunque les pese a Kipling y a Tennyson. Y tampoco es de señoras, ya lo dijo el poeta Horacio: las guerras son el espanto de las madres. “Bella matribus detestata”, que a Horacio hay que decirle en latines, que suena doctor, y si es posible fumando en pipa para darle a la sentencia valor de inapelable. Las cosas de la guerra, sin embargo, hay que decirlas en el alemán bronco de adiestrar perros, en la lengua imperativa del “fuss” y del “platz”, que pone firmes a los dobermanes. Por eso la han disertado tanto los prusianos. El mariscal Helmut von Moltke escribió que  la guerra forma parte del orden creado por Dios y que en ella se manifiestan las virtudes más nobles del hombre: el valor y la abnegación, el espíritu del deber y el sacrificio de sí mismo. La definición de Moltke se acerca más a la arenga del entrenador de baloncesto de un instituto de pueblo que a la opinión de un tío que sabe de lo que está hablando. Moltke no fregó mucho, según parece, y se murió con noventa abriles y un sobrino suyo hizo el ridículo en la batalla de Marne. Carl von Clausewitz se manejó con un poco más de criterio y dejó a Dios fuera de los asuntos de los hombres. La finalidad principal de la guerra, escribió, es la destrucción de las fuerzas enemigas, pero observó que no había que limitar este concepto a las fuerzas físicas sino que, por el contrario, debían comprenderse en ellas, necesariamente, las morales.

Las guerras de otros
La guerra solo les divierte a los idiotas y a los extranjeros. Con los idiotas no hay nada que hacer porque cualquier cosa les saca la risa: una pared y una tiza, una bizca o un señor que se cae. Lo malo del idiota es que cuenta a efectos de la administración y ejerce su derecho de voto con solemnidad, que vale lo mismo que el de los demás. Esta perversidad se manifiesta porque el idiota es manejable, sobre todo si camina en grupo, o porque es mimético con el entorno, como el insecto palo, y solo le sospechan en el círculo íntimo, que no le tira al río porque es de la familia. El extranjero va a la guerra como si fuese a una merienda porque la guerra es la del vecino y él dejó a la parentela en casa con la calefacción encendida. El contingente extranjero no tiene la distracción del combatiente local, que pone un ojo en salvar el pelaje y otro en preocuparse de que un regimiento de soldados, exhibiendo las nobles virtudes del hombre de las que hablaba el mariscal  Moltke, ocupe su aldea y le viole a la hija. El caballero de la guerra ha venido ultrajando al mujerío que se ha encontrado en el camino desde que se inventaron las batallas a pedradas. Unas veces lo ha considerado un derecho de pillaje, parte del botín de guerra del vencedor, como los dientes de oro de los muertos o los retablos de las ermitas. El redondeo a comisión de la estrecha paga del soldado. Otras veces ha sido la consecuencia del proceso de erosión, gradual primero y definitivo después, de los principios morales del hombre en combate. Y otras veces ha sido la interpretación perversa de la doctrina, que también se dice en latines como las sentencias de Horacio, del “respondeat superior”, la obediencia debida al Estado Mayor, que decidió aniquilar, además de los cañones, las fuerzas morales de las que escribió Clausewitz.

La promesa de mujeres blancas
Antes de la Convención de Ginebra, la violación era considerada “una realidad inevitable en tiempo de conflicto armado”, es decir, lo que conocían los coroneles pero evitaban mencionarlo en las tertulias del Club de Oficiales. El verso que no incluía Tennyson en sus poemas épicos. En el Antiguo Testamento hasta las madres tenían en cuenta la diversión de sus hijos tras el combate; en el Libro de los Jueces (5, 28-30), el comandante cananeo Sísara, que está en la guerra contra Israel, tarda en regresar y su madre baraja entre las posibilidades de su demora el reparto de los despojos de la batalla o “una joven o dos jóvenes para cada uno”.  Desde el medio millón de mujeres tutsi violadas en Ruanda, desde la estrategia de limpieza étnica de la guerra sin frentes de los Balcanes con la colonización de los vientres enemigos y desde las pastillas de Viagra que llevaban en las mochilas los leales a Gadafi en la última rebelión libia, la realidad inevitable ha acabado por  contemplarse como un arma de guerra, como una alabarda infame. Y sin embargo no es nada nuevo.

Espartaco consideraba la violación de las mujeres romanas de las villas que conquistaba como un elemento de cohesión  del desordenado Babel que era su ejército de gladiadores, formado por tracios, galos, germanos y nubios que solo tenían en común querer huir del circo. Durante la guerra civil española, el general Mohamed el Mizzian, que le decían el Moro de Franco, prometió a su hueste rifeña mujeres blancas si tomaban Madrid, y para que comprobaran  la seriedad del premio les ofreció a cuarenta de sus hombres el aperitivo de dos prisioneras sindicalistas en Navalcarnero. Las desgraciadas duraron dos horas vivas, cada una tocó a tres minutos por barba mora. Mientras tanto, el general Queipo de Llano decía en Unión Radio Sevilla que sus legionarios habían enseñado a los rojos lo que es ser hombres, “y de paso también a sus mujeres que ahora han conocido hombres de verdad y no milicianos castrados. Dar patadas y berrear no las salvará”. En la masacre de Nanking de 1937, durante la segunda guerra chino-japonesa, las tropas de Hiroito sometieron al ultraje a más de ochenta mil mujeres, a las que mutilaron a bayonetazos después de disfrutarlas a la vista de sus maridos. Es difícil entender el orden creado por Dios del mariscal  Moltke. A no ser que sea el Dios implacable de los libros antiguos: “Y yo reuniré todas las naciones para que vayan a pelear contra Jerusalén, y la ciudad será tomada, y derribadas las casas, y violadas las mujeres” (Zacarías 14, 2). Pero esos libros antiguos también los escribieron los hombres. Y ninguno de ellos está libre de la barbarie, ni de sufrirla ni de otorgarla. Eran soldados de Berlín los que violaron a las mujeres de Leningrado (o lo que quedaba de ellas después de haberlas matado de hambre) y fueron las berlinesas las que fueron tomadas por los combatientes soviéticos cuando entraron en la ciudad. La madre de Günter Grass estaba entre ellas.

Durante la guerra de Vietnam, el teniente Rusty Calley, que fue acusado de ordenar la matanza de My Lay, reconoció que las violaciones eran comunes pero suponía que “montones de muchachas preferirían que las violasen a que las mataran en cualquier caso”. Él era un puritano del sur en ese aspecto y una vez recriminó al soldado Dennis Conti que forzase a una madre que sostenía a un niño a practicarle una felación. Le ordenó que se subiese los pantalones y después mató a la mujer y al niño a tiros de M-16. Dice un proverbio africano que cuando dos elefantes luchan, la que sufre es la hierba.

MARTÍN OLMOS

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