MARTÍN OLMOS MEDINA

La vida de gorra de Adolf Hitler

In Hazañas bélicas on 25 de abril de 2013 at 17:35

El soldado inglés más condecorado de la Primera Guerra Mundial pudo haber matado a Hitler

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Sigo el camino que me marca la Providencia”
ADOLF HITLER

Un proverbio dice que por la caridad entra la peste. Henry Miller decía que los proverbios son el último refugio de los retrasados mentales. Los proverbios, los refranes y los decires de la abuela sirven para manejarse con una tenue referencia meteorológica y no quitarse el sayo hasta el cuarenta de mayo y para darte cuenta de que no tienen sentido cuando te muerde un perro ladrador. Otro refrán dice que si sale con barba es San Antón, y si no la Purísima Concepción, y eso es lo que pasa con los dichos, que si no te calza uno, te calza otro, como los principios de Groucho Marx. Dice uno que al que madruga Dios le ayuda y dice otro que uno que madrugó se encontró un costal de harina, pero que más madrugó el que lo perdió. Así uno se adapta al que más le conviene, pero lo mejor es quedarse en la cama. Un refrán dice que por la caridad entra la peste. San Camilo de Lelis decía, en cambio, que haciendo la caridad, uno no se equivoca nunca, pero el soldado Henry Tandey se equivocó practicando la indulgencia y su virtud costó cincuenta millones de muertes. La piedad de Henry Tandey le honró de soldado gallardo, como de poema de Tennyson, pero le  dejó la puerta de Europa abierta al jinete del Apocalipsis (6, 4) que montaba el caballo bermejo y tenía el poder de desterrar la paz de la tierra.

Henry Tandey era un soldado británico con empacho de Kipling y de valor. Nació en agosto de 1891 en Leamington, en los Warwicks, y trabajó de calderero en un balneario antes de alistarse en 1910 en el regimiento de los Green Howards, con el que fue destinado a un cantón en Sudáfrica. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el soldado raso Tandey y los Green Howards participaron en la Batalla de Ypres, en Bélgica, en octubre de 1914, en la que se usó por primera vez el gas venenoso como arma química. Tandey fue herido en la Batalla del Somme en octubre de 1916 y en la de Passchendaele en noviembre de 1917. Después fue transferido al regimiento Duque de Wellington y fue el soldado de tropa más condecorado durante la Primera Guerra Mundial. Obtuvo la Medalla de Conducta Distinguida en la batalla de Cambrai en agosto de 1918 por destruir una trinchera alemana y capturar una veintena de prisioneros, la Medalla Militar en Havrincourt un mes después por volar un nido de ametralladoras y la Cruz Victoria por defender la posición en la toma de Marcoing con una ametralladora Lewis del 303 y dirigir una carga de bayoneta, en la que fue herido por tercera vez. Además, fue mencionado por sus superiores en cinco despachos y distinguido con la Estrella de 1914, la condecoración de la Fuerza Territorial y las medallas Victoria y  Británica de la Guerra.

La segunda oportunidad
De toda la quincalla que le fueron prendiendo en el pecho, la medalla que representa una acción de más valor frente al enemigo es la Cruz Victoria, que está tallada con el bronce de los cañones capturados en Sebastopol durante la Guerra de Crimea. Tandey consiguió su Cruz el 28 de septiembre de 1918, combatiendo en los alrededores de Marcoing, en la región Norte-Paso de Calais, en el frente francés,  cuando su pelotón fue detenido en mitad de un fuego de balas trazadoras alemanas. Tandey consiguió localizar el nido y lo neutralizó con una ametralladora Lewis del calibre o.303. Después  reparó el puente que atravesaba el canal de San Quintín, dejando el paso franco a las unidades británicas, y al anochecer cayó en una emboscada junto a media docena de camaradas. Los alemanes eran superiores en número y Tandey estaba herido, pero se defendió dirigiendo una carga feroz a bayoneta calada que rindió a treinta y siete enemigos. Al final de la jornada, encaró su fusil Lee-Enfield y tuvo a tiro a un cabo de primera del 16º regimiento de infantería bávaro. El soldado era bigotudo y estaba herido. Tandey bajó el arma y dejó que el soldado alcanzase sus líneas. Tandey no era un oficial pero se conducía como un caballero y observaba el lujo de no disparar contra un enemigo herido, preso o en retirada. El cabo de primera del 16º regimiento de infantería bávaro no era ni oficial ni caballero, le gustaba pintar paisajes, había recibido dos Cruces de Hierro, de primera y segunda clase,  se llamaba Adolf Hitler y años más tarde se le metió en la cabeza hacerse un trastero en Polonia.

El soldado Henry Tandey salió en el London Gazette junto al rey Jorge, el día que éste le prendió la Cruz Victoria en el Palacio de Buckingham, y el pintor italiano Fortunio Matania le utilizó de modelo para la figura del soldado que lleva en los hombros a un herido en el cuadro “El regimiento Green Howards en el cruce de Menin”. Cuando Hitler fue elegido canciller de Alemania, vio el cuadro en una revista y pidió al regimiento Green Howards una reproducción de la pintura y la colgó en la pared de su mansión de Berchtesgaden, en los Alpes bávaros. Luego le crecieron los colmillos y en Europa empezaron a esconder latas en el colchón. El primer ministro inglés Neville Chamberlain quiso apaciguar a la bestia y se entrevistó con él en Berchtesgaden en 1938, y en unaHENRY TANDEY pausa para el café reparó en el cuadro. Hitler le explicó que el soldado del primer plano estuvo a punto de matarle en Marcoing, pero que se apiadó de él y le perdonó la vida. Chamberlain le dijo que aquel soldado era el famoso Henry Tandey, que se acabó licenciando de sargento, y Hitler ordenó a su asistente, el capitán Weidmann,  que le mandase una nota de agradecimiento por continuar vivo. Entre jerez y galletitas la guerra volvió a parecerse a un juego de caballeros. Henry Tandey aseguró recordar el episodio pero dos años después, durante el Blitz, estaba trabajando de vigilante en la factoría de coches Triumph en Coventry mientras la ciudad se convertía en el blanco de las bombas de la Luftwaffe. Quiso alistarse de nuevo para acabar lo que dejó a medias, pero tenía cincuenta años y el Estado Mayor le puso a dar conferencias cuya moraleja era la de que había que dejar los buenos modales para el criquet con el vicario.

La historia de la vida de gorra de Adolf Hitler tiene sus cabos sueltos. Parece que el cabo de primera Hitler estaba en tránsito en la época en la que Tandey combatió en Marcoing y es más probable, en cambio, que ambos hombres coincidiesen en la Batalla de Ypres, cuatro años antes. Es improbable que un soldado herido que trata de poner su piel a buen recaudo sea capaz de identificar un rostro que apenas ve un segundo y años más tarde reconocerlo en una pintura, pero la veracidad de la historia la mantuvieron los dos protagonistas, cada uno por sus razones. Tandey porque dibujó la hidalguía del guerrero inglés y Hitler porque se creía un nibelungo y su salvación milagrosa le confería la estampa del hombre predestinado, al fin y al cabo era un místico que buscó la lanza con la que el soldado Longinos atravesó el costado de Cristo y escuchaba los consejos del astrólogo Wilhelm Wulff y del zahorí Ludwig Straniak. Ninguno de los dos hombres pareció lo que fue: Hitler no se parecía a Satanás y tenía la pinta de un chupatintas con un mal peluquero y Tandey podía pasar mejor por un inglés rosa de Mallorca que toma el sol en sandalias con calcetines que por un héroe. Un proverbio dice que el hábito no hace al monje. Henry Miller decía que los proverbios son el último refugio de los retrasados mentales.

MARTÍN OLMOS

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  1. Me encanta todo lo que escribe
    !

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