MARTÍN OLMOS MEDINA

El último bandido de Ronda

In Bandidos on 29 de abril de 2013 at 23:20

Nadie sabe cómo murió el furtivo Pasos Largos, el último rebelde de la sierra

PASOS LARGOS POR MARTIN OLMOS

“Pasos Largos, el último de los bandoleros andaluces, no podía vivir sin la sierra”.
MANUEL MORENO ALONSO. Historiador.

Los muertos, como las visitas, al tercer día apestan. Y al contrario que las visitas, los fiambres hablan poco y llenan la habitación de silencios incómodos. Juan Mingolla Gallardo, el Pasos Largos, era de los que hablaba lo justo hasta cuando estaba vivo. El 18 de marzo de 1934 le bajaron muerto de la montaña y le enseñaron en un carretón, le andaban rondando las moscas parias y estaba tieso como un difunto de anteayer. En el vientre llevaba un tiro y en el pecho otro más, y la cabeza partida que dijeron los guardias que se la abrió al caer. El Pasos Largos tenía gloria de bandido fiero y para darle la caza en la sierra había subido el tricornerío entero de cinco cuarteles con sus galas de matar: los capotes, los fusiles Mauser del 7,57 y las mulas de montar,  que ofrecen más confianza que las yeguas que no son buenas para montañear. Salieron los guardias de los cantones de Arriate, de Serrato, de Igualeja, de El Burgo y de las Cuevas del Becerro, nadie quiso faltar a la verbena. Fue mucha ley para un viejo que se iba quedando cegato, pero en la República no cabían los bandoleros de Merimée, que traen peteneras de guitarra y levantan las ganas de rebelión. Le encontraron en la cueva del Solpalmillo, en la Sierra de las Nieves, en el occidente de Málaga, el Pasos Largos tenía sesenta años de intemperie y tuberculosis, una manta y una escopeta lobera que había afanado en el cortijo de Paco Vela, en el camino de Lifa. Llevaba de poco ajuar perdigón, el justo, pan duro, la yesca de la lumbre, un puño de esparto para la alpargata y la petaca del lío negra de sobar. Llevaba las ganas de morir  a la serrana, que es que si no te matan hoy, te matan mañana. La cueva del Solpalmillo hoy está derrumbada y la frecuentan las cabras. Un cabo le avisó de que o se entregaba o le mataban y luego dijeron que el Pasos Largos respondió: “Pos máteme”, y salió con la escopeta. Recién se puso a tiro le acertaron el del pecho y el del vientre y murió callando y montañero, igual que como había vivido.

En El Burgo, a la sombra de la sierra, cerca de la ermita de San Sebastián, donde decía la autoridad el recado al toque de arrebato,  posaron el cuerpo del bandolero y el vecino Pepe Mora dijo que olía a muerto viejo. Un cabo le ordenó chitón y para que no fuese largando le dieron una fanega de pan. Juan Mingolla Gallardo era paisano y se dijo el rumor de que le finó de una pedrada en la cabeza un furtivo de cepo que le disputaba el campo, le decían el Arajillo, era rondeño y traicionero pero arrugó y corrió a los guardias, que pergeñaron carnaval para ofrecerlo en Madrid, en donde los flecos del bandidaje antiguo molestaban por cañís. Al par de días los guardias subieron a lo seguro y urdieron tiroteo, mataron al muerto quieto y ganaron la palma de implacables. El andaluz siempre ha observado el culto apasionado al contrabandista de la raya y a su bulto y al bandolero de calañés, percal en la bota y patilla rizada. El gobierno de Lerroux, por dar noticia de orden (estaba la sangre sin secar de la revuelta anarquista de Casas Viejas), prefirió la versión benemérita en vez de dejar ver que entre ceperos zanjaban sus leyes de trampería sin intermedio de la autoridad y se dio por bien gastada la fanega de pan, que es con la que se calla al pobre.

Juan Mingolla Gallardo nació en 1870 en la Venta de los Empedrados, a la entrada de El Burgo por el camino de Ronda, y lo único que heredó de la familia fue el nombre de Pasos Largos, que se lo pusieron a su padre por ganar buen trecho al zanquear. Creció sin letras y anduvo de jornalero de la mies y en el olivo, engañando al hambre, que como es vieja es difícil de despistar, con sopas de pan negro y pucheros de raspa. Por quitarse la carpanta se fue a perder una guerra a Cuba y regresó en 1898 con tuberculosis y pocas ganas de sociedad. De vuelta al pago se echó a la sierra a cazar en el furtivo y se aprendió las veredas del Puerto de los Vientos, se guindó una paralela de carga perdigonera y veló las noches en las cuevas del Clavelito, de Lifa y de Solpalmillo, hacía lumbre en las recogidas y bajaba a los corrales por hacer la permuta de unas liebres por tabaco, por pólvora negra y un capote. En Cuba le pellizcó el naipe y a veces iba a Ronda, al café Sibajas, en la calle de la Bola, a timbear al guiñote o al truco y generalmente a palmar y a coger trampa y en esas noches se hizo peleón de navaja y transeúnte de la reja. Le prendieron los civiles cuando andaba en el furtivo en el cortijo de El Chopo; el capataz, que le decían el Tribunero, largó el soplo a los mosquetones y el Pasos Largos penó condena. Salió en 1910 con hambre de sierra y desquite. Se cruzó con el hijo del Tribunero, que se iba a la mies, le pegó dos tiros y le remató con una hoz de segar, que abajo le dicen calabozo, y se fue a por el padre. Le mató en el campo con la hoz del hijo y encaminó el monte con cuentas de sangre y la vida sin remediar. Se hizo bandido secuestrador y sacó los 10.000 reales por el rescate del cortijero Diego Villarejo, de las Cuevas del Becerro, y jaqueó al mismo alcalde de Ronda, don Juan Peinado Vallejo, al que limpió de duros para burlárselos en el naipe del mesón. En agosto de 1916 le acertaron los civiles con un tiro de mosquetón pero huyó desbarrancándose en una torrentera. Se acercó a Ronda herido y se entregó a la autoridad en el café Sibajas, la parroquia le hizo el jaleo y salió con los grillos puestos y las palmas de la concurrencia. Le dieron la perpetua en el penal de Figueras, en donde se le puso brava la tuberculosis, y en 1932 le mandaron a morir al presidio del Puerto de Santa María.

Por moribundo y por manso, el gobierno de la República le perdonó la pena y con más de los sesenta regresó a El Burgo, en donde le dieron tajo de guardés de una finca, pero el Pasos Largos miraba a la sierra y una tarde cogió la escopeta de Paco Vela y se echó a la montaña. Robó lo justo para tirar, cabos de vela y picadura de fumar, y cazó al cepo porque estaba cegato para afinar con el cartucho. Prefirió vivir perseguido que madrugando y a jornal.  Se le vio en el pueblo por última vez la semana antes de morir, bajó en la sombra  por echar café con los paisanos, invitó a tabaco y le regaló ocho cepos a Joaquín Mora, el hermano pequeño de Pepe Mora, el que se calló el olor  a muerto viejo por una fanega de pan. A la boca de la cueva del Solpalmillo hace tiempo que la calló el viento serrano y en sus afueras hoy rumian las cabras. El rumor de la muerte incierta del bandido Pasos Largos no lo pudo callar nadie, ni el viento ni el tiempo ni la fanega de pan.

MARTÍN OLMOS

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