MARTÍN OLMOS MEDINA

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Viernes sin samaritanos

In Vilezas on 30 de mayo de 2013 at 23:15

Alrededor de treinta testigos escucharon cómo asesinaban a una mujer en el distrito más poblado  de Nueva York y, sin embargo, cerraron las ventanas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Kitty es justamente un símbolo del sueño americano, y la espantosa manera en que murió (treinta y cinco minutos de verdadero suplicio), es una pesadilla”
DIDIER DECOIN. Escritor

Una noche de marzo de 1964, Catherine Susan Genovese, que le decían Kitty y tenía los ojos verdes, derramó su sangre siciliana por todos nosotros, que Dios la bendiga, en un callejón de los Kew Gardens, en el distrito de Queens, el más grande de los cinco que componen la ciudad de Nueva York. Fue un viernes que los samaritanos confundieron con un domingo y echaron pronto la persiana. Fue un día trece, que es jornada en la que se desaconsejan los casamientos y hacerse a la mar. Contando a  Jesucristo fueron trece los comensales de la Última Cena y después los acontecimientos se complicaron vertiginosamente hasta desembocar en la tragedia del Gólgota. Nadie quiere al trece, desde entonces, como nadie quiere a una mujer con bigote ni a un amigo que recita sus desgracias.

Los ojos mudos
Aquella noche Kitty Genovese ni se casó ni se embarcó y quería llegar a casa porque le dolían los pies. Había rendido la jornada al pie del cañón, detrás de la barra del Ev´s 11th Sports Bar, en la avenida Jamaica, sirviendo copas a la parroquia del viernes después de la oficina, que lleva menos prisa porque a la mañana siguiente no tiene que madrugar y encarga un trago más para el camino.  Acabó tarde, condujo hasta los Kew Gardens, quería quitarse los zapatos, eran las tres de la madrugada y aparcó a treinta metros de su apartamento. Había tenido mejores noches, llevaba la semana al hombro, que pesaba como un mes, y había reñido con su novia, Mary Ann Zielonko. Hacía frío, era el final del invierno, tenía treinta años y nunca volvió a casa. Winston Moseley había salido a cazar. Era un lobo negro que tenía una navaja que ya no era doncella. Trabajaba de maquinista, estaba casado y se despertó a las dos de la madrugada, besó a su  esposa, le dijo que la amaba y salió a matar a una mujer. Moseley asesinó a puñaladas a Kitty Genovese en tres secuencias separadas que se sucedieron en algo más de media hora. Primero la acuchilló en la espalda y en el vientre y se retiró al oír un grito. Después regresó y la degolló, le rasgó la falda y le cortó los genitales. Kitty fue dejando un corredor sangriento desde el aparcamiento hasta la entrada de un portal y pidió auxilio, pero nadie bajó. Unas treinta luces se encendieron en los apartamentos del complejo residencial de los Kew Gardens y detrás de sus ventanas no había samaritanos. Los pasmas de Nueva York recomiendan a las mujeres que en caso de violación no pidan socorro sino que griten ¡fuego!, para tener alguna posibilidad de que alguien se acerque a echar un vistazo para ver lo que se cuece. Moseley supo que nadie iba a bajar a la calle y remató a la mujer en el suelo, la intentó abusar mientras agonizaba pero se arrugó porque tenía la menstruación, se tumbó sobre ella, se hizo un solitario y le robó los cuarenta y nueve dólares de las propinas. Un vecino subió el volumen de la radio para mitigar los gritos, era el año de Pretty Woman de Roy Orbison y de Dancing in the Street, de Martha y las Vandellas. Estaban bailando en la calle el siniestro cancán de la muerte pero nadie fue a decir que los músicos desafinaban. De los treinta ciudadanos que cerraron sus ventanas había dos asistentes sociales y varios padres de hijas, había gente que, como usted y como yo, no  desconocía la compasión y, sin embargo, solo un hombre llamó a la policía cuando ya no había nadie a quien salvar. Se lo pensó largamente, estudiando sus propios perjuicios, llamó a un amigo  que vivía en el Condado de Nassau para pedirle consejo y, por si acaso, usó el teléfono de una vecina medio sorda que vivía en la otra punta del edificio. Hubiese sido más rápido el Correo del Zar. Dijo que no quería involucrarse. Kitty Genovese murió desangrada muy cerca de su casa, de su vaso de leche y de su pijama, y muy lejos de la misericordia, que se escondió detrás del frágil cantón de un palio de cretona y una canción de Roy Orbison. Aquella noche, poco propicia para el matrimonio y para las aventuras en la mar, ganó la vergüenza. Winston Moseley se fue por donde vino. Llevaba un sombrero tirolés, un puñal manchado y menos de cincuenta pavos de ganancia.

La estrategia del avestruz
Los hombres dicen que los elefantes no olvidan, que si tocas a un sapo te salen verrugas y que las avestruces entierran la cabeza en la tierra dando por sentado que si ellas no ven al diablo, el diablo no las ve a ellas. Ninguno de estos extremos es cierto, seguramente se los inventó Esopo, Samaniego o Walt Disney. Las avestruces saben que no creer en el demonio no te protege de él. A veces se tumban en el suelo, entre el jaral, con el cuello estirado, y procuran ocultarse del leopardo, pero nadie ha visto a una KITTY GENOVESEmetiendo su cabeza plana dentro de un agujero. Los hombres saben, sin embargo, que si los ojos no lo ven, el corazón no lo sufre. Norman Mailer decía que el miedo es una mano que te oprime el pecho y que si no la apartas lo pagas durante el resto de tu vida. El miedo es un conservador de pellejos de primera clase. ¿Hubiésemos bajado usted o yo? Todos tenemos una radio y unas cortinas de cretona, y a mano el interruptor que apaga la luz, y el valor solo se da por supuesto en la Legión y entre los valentones de tasca, a los que nadie vio jamás dudar pero tienen las posaderas soldadas al taburete y obligan a las camareras a alargar su jornada y a salir tarde para cruzar solas la selva. Bertolt Brecht escribió: “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era; enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mi no me importó porque yo tampoco lo era, después detuvieron a los sindicalistas, pero a mi no me importó porque yo no soy sindicalista; ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde”. Nadie fue Kitty Genovese aquella noche de marzo, y todos lo pudieron ser y se hizo tarde.

El síndrome Genovese
Una semana después del crimen, el periodista Martin Gansberg escribió en el New York Times el artículo “38 personas vieron un asesinato y no llamaron a la policía”. Los habitantes de los Kew Gardens dieron sus excusas y los psicólogos escribieron la parábola. La llamaron el Efecto Espectador o el Síndrome Genovese y concluyeron que no fue el miedo el que provocó la inacción de los testigos, sino que es menos probable que alguien intervenga en una situación de emergencia cuando hay más personas que cuando está solo. El grupo difumina la responsabilidad y el individuo deduce que otro se arremangará la camisa, así que cree que su ayuda es innecesaria. Apesta a la excusa de un mal pagador. Para mitigar el efecto recomiendan no pedir un auxilio general a una multitud sino dirigirse a una persona en concreto que forme parte de la misma, a la que grava con todo el peso de la obligación. En cualquier caso, la pobre Kitty Genovese duerme fría en un sepulcro de New Canaan, en Connecticut, enterrada por la tierra y por nuestra vergüenza. A Winston Moseley, el negro malo, le trincaron por otra causa y confesó el asesinato de Kitty y el de otras dos mujeres. Estaba como un cencerro, era necrófilo y depredador y le dieron la perpetua. En 1967 se metió una lata de sopa por el culo y en la enfermería dejó medio ciego a golpes a un guardián, tomó cinco rehenes, abusó de uno e intentó escapar abriéndose paso a golpes de estaca pensando que, otra vez, alguien iba a mirar para otro lado.

MARTÍN OLMOS

El asesino pelón

In Lunáticos on 23 de mayo de 2013 at 23:45

Higinio Sobera, asesino necrófilo, se rapaba la cabeza porque creía que el crecimiento del pelo le producía jaquecas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“El aliento de Higinio Sobera era fétido, dado que la materia fecal no solo se la untaba, sino que era  alimento para él”
ALFONSO QUIROZ CUARÓN. Psiquiatra

A Higinio Sobera le decían el Pelón porque se mondaba el tiesto y se pasaba la vida de parranda. Su padre le dejó una fortuna que él empleó en labrarse una rutina concienzuda de curdas, putas y cochazos y se le fue arruinando el juicio primero progresivamente y después del todo. A Higinio Sobera le gustaban las pistolas, las chavalas del club Waikiki y las gorras de cuadros y no le gustaba trabajar, que le mentasen a la vieja y que le llevasen la contraria. De niño ya apuntó chifladuras de demente y hacía ruidos con la garganta, gesticulaba como un lunático y crió un natural susceptible que le inclinaba a interpretar ofensas, pero su madre, Zoila de la Flor, decía que no podía ser malo porque le gustaban los gatos. Zoila de la Flor era la viuda de José Sobera, comerciante español que había hecho pesos en México y tenía una hacienda en Villahermosa, en el estado de Tabasco, y ya tenía otro hijo loco, por lo que prefirió hacerse la ilusión de que Higinio era un excéntrico y no un orate. Zoila de la Flor practicó la devoción materna y la interpretación laxa de la ropa manchada de sangre que a veces traía su hijo de sus noches de cabaret y le decía a la criada María López, que era de Pichucalco de Chiapas, que los meros pinches del vecindario le miraban al chaval con mala sombra. A María López, que era de Pichucalco de Chiapas, le daba miedo el joven Higinio porque se pelaba el melón porque decía que cuando le crecía el pelo le salía la jaqueca. Tenía prohibido mirarle el ropero.

Higinio Sobera nació en Ciudad de México en 1928, cursó parte del bachillerato en Los Ángeles de California y estudió contabilidad en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero nunca ejerció más que de garufa y escribió blasón en las noches de la capital rindiéndolas generalmente en el club Waikiki, en el Paseo de la Reforma,  con chavalas del mercantil. Una vez tiró a una desde un coche en marcha porque se conoce que no le cumplió el servicio y la dejó en la vía raspada de alquitrán. A Higinio le decían el Pelón por el corte de pelo y la bofia le tenía en el catálogo de juerguista y peleón, pero le hacía la vista gorda cuando arrugaba un coche contra una farola. Se las pescaba tremendas y armaba escándalos, frecuentaba la marihuana y el gin  y tenía cartel de esperar al sol de zambra en los burdeles de Tampico y de Veracruz. Le gustaban las de pago, que no enredan, porque tenía la petaca rumbosa con los pesos de papá, la mano ligera y la precaución de llevar pistola por si salía desacuerdo. Alguna vez la enseñó por charrear en alguna pendencia y en una ocasión despeñó un Ford Mercury por una  barranca para demostrar a sus compañeros de farra, que eran pilotos, que él también sabía volar. Quedaron todos a tres cuartas de diñarla. Mediando lo de untar la ley le obvió el contratiempo. La ley en México, como la de todos los pueblos con campanario, es maleable como un pellejo de vino y se arruga o se tersa según el riego.

Tres días de furia
El Pelón Sobera podría haber dejado nada más que biografía de rentista juergón y roto de mano, alborotador según lo que acarrease comulgado, si no se le llega a esquinar la tarde del sábado 10 de marzo de 1952, que le salió de litigar. La empezó buscándole la pendencia a una chica que atendía la tienda de perfumes de un hotel, a la que le encañonó con su pistola porque no le gustó la calidad de un frasco de colonia y después se sentó en el vestíbulo hablando solo y diciendo que tenía que matar a HIGINIO SOBERA EL PELÓNalguien. Cuando se aburrió de perorar se fue a un bar de la Avenida Juárez y ordenó un trago de gin. El camarero le pidió que se quitase su gorra de cuadros y el Pelón Sobera le sacó el pistolón, se lo acercó a la jeta y le dijo: “Tu mejor te callas, meserito hijo de la chingada”, y el meserito se calló porque entendió que la vaina no andaba para nerviosear. El Pelón se atizó el trago de una sola buchada y salió de la tasca corriendo como un lunático. Rindió la víspera violenta sin bajas, de milagro, y al día siguiente, el domingo 11 de marzo, cogió el coche para acercarse al club Waikiki para procurarse una doña. Sobre la una de la tarde tuvo un incidente de tráfico en la esquina de la Avenida Insurgentes con Yucatán cuando el Buick que conducía el capitán Armando Lepe Ruiz le cortó el paso en un semáforo. No se rozaron la chapa pero el capitán le dijo que le estaba pidiendo vía, le llamó payaso y le gritó que chingase a su vieja. El Pelón se bajó del coche y le acribilló a tiros dejándolo  seco en el acto. En el tiroteo hirió en un dedo a la novia del capitán Lepe, María Guadalupe Manzano, que más tarde describió al asesino como un loco con una gorra de cuadros. El Pelón volvió a casa y le contó a su madre que acababa de finar a un macho que la mentó, se negó a comer y pasó la jornada riéndose a carcajadas. Doña Zoila le sugirió que durmiese en un hotel y empezó a prepararle un exilio en España. A la mañana siguiente salió el Pelón a buscar mujer y encontró a Hortensia López Gómez esperando a un autobús. La cortejó sin éxito y por no perder la metió en un taxi a la fuerza, la intentó besar y cuando recibió las calabazas la pegó tres tiros a quemarropa y la mató. Robó el taxi, que era un Plymounth del 46, y llevó a la muerta a hombros al hotel Palo Alto diciendo en la recepción que era su novia que se había pescado una trompa. En la habitación la disfrutó en frío, durmió abrazado a ella y al amanecer la reiteró. Después tiró el cadáver en una cuneta de la carretera de Cuajimalpa.

Al Pelón Sobera le trincaron los federales al día siguiente, en la habitación 108 del hotel Montejo, en la Avenida de la Reforma. Llevaba puesta la gorra de cuadros y tenía una pistola del nueve corto y cuarenta balas. Le metieron en la cárcel del Palacio Negro de Lecumberri, en la celda 21 del pabellón H, donde ensayó una huelga de hambre con postre y zurró a un fotógrafo. El psiquiatra Alfonso Quiroz Cuarón determinó que estaba loco, le diagnosticó esquizofrenia y concluyó su irresponsabilidad penal, por lo que le encerraron en el manicomio de la Castañeda. Al Pelón se le acabó derrumbando el tiesto sin remedio, adelgazó veinte kilos en un año y se quedó en la raspa, empezó a beber su propio pis y a merendarse las  heces. De tanto comer mierda crió aliento de hiena y el doctor Quiroz Cuarón tuvo que interrumpir sus visitas porque no le aguantaba el olor. Apestaba a almizcle de tanto cerdear, cochineaba sus horas largas harinándose en su propio caldo. Pasó treinta años en el asilo, loco y hediondo, y en 1982 le sacaron viejito y en una silla de ruedas. Vivió tres años más y se le veía dando de comer a los patos del estanque del parque de Chapultepec. Con su gorrita de cuadros y su mirada vacía. Ya no estaba doña Zoila para decir que malo no podía ser, si le gustaban los patos.

MARTÍN OLMOS

El asesino legal Wyatt Earp

In El Far West on 23 de mayo de 2013 at 23:30

El legendario Sheriff de Dodge City era un arribista con una acentuada tendencia hacia el tapete

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Yo conocí a Wyatt Earp, en los primeros días del cine mudo, le daba una silla y una taza de café y él me contaba el combate del Corral O.K.”
JOHN FORD

Wyatt Earp tuvo negocios en Alaska, tan lejos del suroeste de su leyenda, en donde se llevaban más los gorros de pelo de nutria para calentar las orejas que los sombrerotes de alas anchas para ocultar los ojos fríos del que se dispone a matar con el sol de cara. Se puede decir que llevó La Belle Époque al Gran Norte, cuando en 1900 regentó en Nome el Dexter Saloon, que tenía mesas de billar y timbas, tarima para el can-can, lámparas de araña y moqueta en las alcobas de las chicas más sociables. Javier Reverte cuenta que en un bar de Juneau, en Alaska, hay un cartel que dice: “El sheriff Wyatt Earp estuvo una vez en este saloon, pero ese día no mató a nadie”. Es el rédito del duelo del Corral O.K., el combate legendario que en realidad fue una riña de bellacos que se dispararon a bocajarro por ver quién meaba más lejos.

El sheriff de la frontera
A pesar de que se pasó la vida tentándolas, Wyatt Earp jamás se cruzó con su última bala y murió de viejo, en 1929, con 81 primaveras, en la soleada California, en donde solía ir a beber de gorra a las fiestas de los comediantes de Hollywood, que le pasaban la mano por el lomo y le recordaban lo bravo que fue. Su longevidad le libró de los testigos y así pudo contar la historia desde el punto de vista del superviviente, que como no tiene quien le contradiga, la puede disfrazar al gusto del consumidor. Sin embargo, Wyatt Earp ni siquiera fue  un tipo medio decente. Fue un arribista con ganas de medrar y fumar cigarros buenos. Su fama como hombre de la ley es desmesurada si se tiene en cuenta lo poco que se puso detrás de una estrella de latón y lo mucho que se condujo alrededor del tapete verde. Fue sobre todo proxeneta, burlanga y hostelero, y casi siempre disparó por conservar su interés, aunque guardando la precaución de hacerlo desde el lado bueno de la ley. Ese fue su merito principal, el de usar el revólver como se usa una prebenda municipal, matando a los prójimos por conveniencia, de cerca y apuntando cuidadosamente, y librarse de la cuerda de cáñamo y el árbol más cercano por llevar una orden timbrada en el bolsillo del pantalón.

El duelo del O.K. Corral
Wyatt Earp nació en Monmouth, Illinois, en 1848, y cuando era niño vio como sus hermanos se iban a la guerra. La juventud le salió nerviosa y se dedicó a cazar búfalos, guiar carretas y a arbitrar combates del pugilismo primitivo en el que se zurraban a puño desnudo. Si el resultado no gustaba le zurraban a él, así que comprendió las ventajas de tener el viento a favor dejando la justicia de las decisiones para mejor ocasión. Empezó a ejercer la ley en Wichita como asistente del sheriff local y aprendió que los WYATT EARPvaqueros que armaban jaleo, dependiendo de la intensidad de la curda que acarreasen, eran incapaces de meter una bala dentro del arco iris, por lo que si se mantenía razonablemente sereno y se acercaba lo suficiente, los dejaba secos a la vez que iba haciéndose una reputación. También supo que el sueldo no daba para lujos pero el cargo permitía poner el sombrero, al final de la semana, en los tinglados de apostar. Wyatt Earp afianzó su prestigio matón en Dodge City, Lamar y Daeadwood, hasta que llegó a Tombstone, en Arizona, en donde la plata brotaba hasta en los segundos pisos. Allí se hizo con las mesas de póquer del saloon Oriental y se unió a sus hermanos Virgil y Morgan y al pistolero tísico John “Doc” Holliday, un dentista jugador y alcohólico  que estaba en la última vuelta del camino. Representaban una especie de mafia urbana que se amparaba detrás de la estrella de sheriff que se oponía a otra mafia más rural formada por la familia ganadera de los Clanton y McLawry. No había tajada para todos y acabaron a tiros en el Corral O.K. No fue un desafío épico, con los contendientes recorriendo la calle como toreros en el paseíllo, sino una bronca marrullera que torció en matanza. La mañana del 26 de octubre de 1881, los hermanos Earp y “Doc” Holliday se fueron a buscar a los Clanton al Corral O.K., en donde éstos descansaban una noche de farra y estaban mal dormidos, resacosos y alguno de ellos desarmado.  Se mentaron a las madres como los perros rabiosos y se echaron a las armas para liarse a tiros a una distancia de apenas dos pasos. El tiroteo duró treinta segundos y se dispararon treinta balas. Ike Clanton salió pitando y Wyatt le acertó a Frank McLawry en el estómago. Su hermano Morgan le dio dos veces a Billy Clanton y “Doc” Holliday  acribilló a Tom McLawry. Virgil Earp no hizo ni un solo disparo, pero recibió una herida en la pierna, Billy Clanton, moribundo, le atinó en el hombro a Morgan y Wyatt le remató. A la mañana siguiente, los cadáveres  vestidos de domingo  de Frank y Tom McLawry y de Billy Clanton se expusieron en el escaparate de una ferretería. Los ciudadanos de Tombstone respiraron cuando los Earp, a los que miraban como a una cuadrilla de chulos con placa, dejaron la comarca. A Holliday le enterró la tisis y Morgan murió sobre una mesa de billar, de un tiro en la columna. Virgil se quedó manco en una pelea y a los Clanton les colgaron en México por robar caballos, con lo que Wyatt fue el único que sobrevivió de una pieza y pudo contar a  la posteridad los pormenores del tiroteo. Y le aprovechó de largo. Abrió, con suerte irregular, salas de timbas y casas de placer a lo largo de todo el país, desde Texas  hasta el Dexter Saloon, en Alaska.

Acabó sacándole tajada a su prestigio en el cine, asesorando a los directores de los westerns mudos de Hollywood, engordando la cuenta de los hombres a los que mató y hermoseando a su favor los combates, obviando mencionar que más bien fue el hombre del naipe en la manga y un porcentaje de las rameras. Cuando murió, su féretro lo cargaron las estrellas Tom Mix y William S. Hart.

MARTÍN OLMOS

El tango del Ringo

In Las doce cuerdas on 15 de mayo de 2013 at 23:31

Al boxeador Oscar Ringo Bonavena, quinto en el ranking mundial de los pesos pesados,  le mataron a la salida de un burdel de Nevada

ILUSTRACION BONAVENA

“Bonavena se desplomó espatarrado sobre la lona. Como una casa que se derrumba”.
NORMAN MAILER

El tango nació criollo en los conventos morenos de infame puterío y pendencias de facón, pero después se lo arrimaron los ilustres y se lo llevaron a la Recoleta para que lo bailaran las petimetras que se querían hacer las canallas. Los campeones del boxeo salen del hambre, y cuando se la quitan y ganan dos gordas se les juntan los aseñorados para enseñarlos en las fiestas y los campeones se hacen un lío porque sus manos de pelear no se apañan para pelar gambas. Al tango lo asesinaron Plácido Domingo y Serrat y lo intentó resucitar Antonio Bartrina pero el tiempo le ha ido arrinconando en el gramófono y en los cedeses de las gasolineras. Los boxeadores se arrinconan solos cuando al final del camino se miran la petaca y se la encuentran seca porque los promotores les trampearon la bolsa y ellos no se apiolaron porque en su oficio les basta contar nomás hasta diez. Cuando acaban esquilaos ya no les llevan al ágape porque dan follón cuando se esquinan y al Poli Díaz ya no se le arriman los Sarasolas porque anda a puñaladas por un cañón de cinco mangos y Urtain se tiró por el balcón cuando nadie se acordaba de que un día anunció el brandy Soberano. El tango se baila violento y el boxeo se riñe bailando y a Oscar “Ringo” Bonavena le pudo escribir la vida Discépolo con compás de milonga para que se la cantasen una noche en el Luna Park. Oscar “Ringo” Bonavena nació en la estirpe del hambre, se abrió paso peleando y lo acabaron jodiendo de un tiro traidor a la salida de un quilombo del gringo por andarle a la percanta del bacán, como en un tango sórdido. La bacana era vieja y coja de un jamón, al menos debió ser tórrida, pero difuntear al Ringo no tuvo mérito porque le balacearon a distancia, con un rifle de precisión, y Bonavena, aún de noche, ofrecía una gran superficie de blanco. Bonavena dijo una vez que cuando suena la campana te quedas tan solo que te quitan hasta la banqueta.

El pibe de La Quema
Oscar Natalio Bonavena nació el 25 de septiembre de 1942 en el barrio de Boedo de Buenos Aires, que sale en el tango “Sur” de Homero Manzi, pero creció en el Parque Patricios, que le decían el barrio de La Quema porque en el antaño se incineraba allí la basura de Buenos Aires. Su madre, Dominga Grillo, había alumbrado siete hijos pero la sudó para despachar a Oscar, que le salió res de cuatro kilos. Medró en la pobreza y se tuvo que sacar los mocos con la manga y siendo apenas pibe acaso intuyó su porvenir cuando le sacaron en un carnaval vestidito de boxeador porque era el traje más barato. Se lo apañó Dominga con unos calzones y un par de guantes prestados. Le pudo disfrazar también de Tarzán o de Adán. Le cogió querencia al curso sexto de primaria y más adelante reconoció que de tanto repetirlo casi se casa con la maestra. Salió chaval peleador y callejudo y se hizo hincha del Atlético Huracán. Al estadio del Huracán le dicen El Palacio y hoy la grada popular local, la que da a la calle Luna,  lleva el nombre de Bonavena.  En el Parque Patricios todavía se practica el culto al barrio y la barra del Huracán vocea en los partidos: “Somos del barrio/ del barrio de La Quema/ somos del barrio/ de Ringo Bonavena”. Bonavena empezó a pelear en el club San Lorenzo de Almagro cuando tenía 16 años a pesar de que no se lo recomendaron, porque era fuerte como un toro pero medio chueco porque tenía los pies planos. Sin embargo hizo carrera en el amateur hasta que en los juegos panamericanos de 1963 le retiraron la licencia por morderle en la tetilla al púgil brasileño Lee Carr porque estaba cogiendo y no le gustó. Como no podía reñir en Argentina emigró a los Estados Unidos y debutó en el Madison mítico el 3 de enero de 1964 derrotando por K.O. en el primer asalto a Ron Hicks. Ganó otros siete combates contra peleadores de segunda y descubrió que guapear en la tele en el preámbulo le acreditaba. Ya le llamaban Ringo porque se peinaba como el batería de los Beatles. Volvió a Argentina cuando Zora Folley le zumbó una leñada que lo barajó.

De vuelta en el pago fardó de cartel de boxer del Madison y ganó el título argentino de los pesados cuando derrotó a Goyo Peralta en el Luna Park. Cultivó su imagen de macho porteño, entre chuleta y naif, garufa y yegüero,  y encendía puros toscanos con billetes de cien pesos, salió en tres películas y grabó una canción que le compuso Palito Ortega que se titulaba “Pío, Pió, Pa” cuyo estribillo decía: “Pío, pío, pío/ pío, pío, pa/ siete primaveras/ hay felicidad”. Con todo lo muchachón que tallaba tenía la voz de pito. Se metió a la compadrada en el bolsillo pero comprendió que los mangos corrían en los reñideros del gringo y se fue allá a pelear a George Chuvalo y a Joe Frazier. En 1970 disputó contra Muhammad Ali el título de la NABF y palmó por K.O. técnico en el último asalto, pero le ganó en las preliminares de la prensa, que eran el predio del moreno. Ali venía de tres años de OSCAR RINGO BONAVENAinhabilitación por haberse negado a ir a Vietnam y Ringo le llamó gallina y dijo que pelearle era incómodo porque los negros olían mal. Ali no estaba acostumbrado a que le robasen los chistes en la antesala (Julio Cortázar, que dijo que el boxeo murió con Sugar Ray Robinson, le llamó “triste mamarracho que hasta escribe versos”). El Ku Klux Klan manifestó sus simpatías por Ringo y los Panteras Negras apoyaron a Ali. Tras la derrota, Ringo preguntó a sus paisanos: “¿guapeé?”, y le dijeron que sí. Siempre guapeaba el Ringo porque era el más bravo de la barra bullanguera. Sin embargo, a partir de ahí empezó la cuesta abajo y en 1976 se acabó mezclando con Joe Conforte, un patrón de rameras siciliano que no tenía licencia de promotor porque había merendado trullo por intentar sobornar a un fiscal y por evadir impuestos. Conforte era dueño del Mustang Ranch, un burdel de Reno, Nevada, en el que Ringo peleó contra un paquete llamado Billy Joiner mientras la parroquia atendía a sus asuntos. Hubiesen prestado más atención a dos chavalas zumbándose en una pileta de fango. Ringo se deprimió y frecuentó a la mujer de Conforte, Sally Burguess, que era una pelleja de 65 años, rubia de brocha, algo gorda y coja de una pierna. Sally no dormía con su marido y Ringo le hacía reír, pero el Mustang Ranch estaba a nombre de la mujer y Conforte y Ringo riñeron. El sábado 15 de mayo de 1976 Ringo se lió a puñetazos con el guardaespaldas de Conforte, William Ross Brymer, un gorila canchereador tuerto del ojo derecho con un historial de robos a mano armada. Conforte le prohibió la entrada en el Mustang Ranch. Ringo apalabró con Martín Berrocal un combate contra Urtain en España y el sábado 22 de mayo se llegó al Mustang Ranch para liquidar el contrato con Conforte. Recién se bajó del coche, William Ross Brymer le pegó un tiro a treinta metros con una carabina Remington 30-06 cargada con balas de punta blanda de plomo. Le acertó en el corazón y lo despachó frío en la vía y después se fue a zampar unos cereales con leche. Jodieron al Ringo en el aparcadero del quilombo gringo, puede que por hacerse el vivo, y le lloró la muchachada en su funeral en el Luna Park, donde lloró también a Gardel. Luego le pusieron una estatua en el Parque Patricios. A Brymer le metieron dos años de trullo pero salió con una fianza de doscientos grandes. Sally Burguess murió en 1992 y lo último que se supo de Conforte es que tenía negocios en el Brasil de la samba. El Ringo vivió en samba y murió en tango, porque era un compadrito porteño,  y una vez dijo que la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedás pelón.

MARTÍN OLMOS

El villano de limón

In Fuera de carta on 15 de mayo de 2013 at 23:23

El doctor Fu Manchú, creado por el escritor Sax Rohmer, cumple cien años

CHRISTOPHER LEE COMO FU MANCHÚ

“Donde la mitificación del mal encuentra su más alto representante es en el doctor Fu Manchú”
SALVADOR VÁZQUEZ DE PARGA

“Fu Manchú viene a ser un equivalente de Hitler”
FEREYDOUN HOVEYDA

“Fu Manchú debe haber exterminado una población equivalente a la de un país como Bélgica o Suiza; y, sin embargo, no nos resulta antipático”
JACQUES BERGIER

“Fu Manchú pertenece a la ilustre cofradía de Mabuse, Fantomas, Moriarty y restantes genios del mal, como suelen decir los cómics”
FERNANDO SAVATER

“Las historias de Fu Manchú son, para decirlo sin paliativos, absolutamente basura”
JULIAN SYMONS

“Rohmer creó a Fu Manchú, tan misterioso como Bin Laden, un adversario ideal, siempre presente, nunca hallable, diabólico en sus intenciones. Los enemigos de Occidente, hoy, preservan esa versatilidad”
BENGT OLDENBURG

“Imaginad que tiene la cruel inteligencia de Asia entera acumulada en su poderoso cerebro modelado con todos los conocimientos de la ciencia antigua y moderna”
SAX ROHMER

Fu Manchú es amarillo como la ictericia, doctor en filosofía, experto lingüista y químico genial, jamás se corta las uñas de las manos (por razones prácticas hay que suponer que sí las de los pies) y dirige con mesianismo la siniestra sociedad Si-Fan, un contubernio con sabor de limón que persigue dominar el mundo. Fu Manchú es místico y pragmático, “tiene la frente de Shakespeare y el rostro de Satanás”, y posee el dominio de la alquimia, una provisión de fondos inagotable, un odio eterno hacia el blanco anglosajón y una legión de estranguladores Tongs ciegos de opio que hablan poco, preguntan menos y son aniquilados con frecuencia para ser inmediatamente reemplazados confirmando el rigor de la infinita camada mandarina. Fu Manchú desciende de Fantomas, el archimalvado de los folletines de Marcel Allain y Pierre Souvestre, pertenece a la estirpe de villanos con grandes expectativas como el profesor Moriarty y el Doctor No y es el precedente de Bin Laden como genio del mal, con el que tuvo en común la cueva ignota, el discurso místico y la intangibilidad. En “La Pequeña Historia de los Grandes Criminales”, Jacques Bergier calcula que a lo largo de sus trece aventuras Fu Manchú ha exterminado a una población equivalente a la de un país como Bélgica y sin embargo, sus planes para instalar en el mundo la era del jade y del marfil son desbaratados por su enemigo Denis Nayland-Smith, alto comisario de Birmania, diplomático y agente secreto, y su fiel compañero el doctor Petrie, que son como Sherlock Holmes y Watson pero con una cuarta parte de su carisma.

El peligro amarillo
Las novelas de Fu Manchú hicieron rico a su autor, Sax Rohmer, un escritor mediocre que se las daba de egiptólogo porque echó una tarde leyendo un par de libros de momias, creía en el más allá y tenía mala suerte en el naipe. Sax Rohmer nació en Birmingham en 1883 y se llamaba en realidad Arthur Henry Ward, pero añadió por su cuenta el apellido Sarsfield porque se le antojó descender del general irlandés Patrick Sarsfield, primer Conde de Lucan y mariscal de campo de Luis XIV que murió en 1693 en la batalla de Landen, durante la Guerra de los Nueve Años. Rohmer fue la segunda prioridad de su madre después de la ginebra y hasta los diez años no pisó una escuela. Antes de cumplir los veinte había sido mozo de una compañía de gas, recadista en un periódico y empleado de banca y en 1903 vendió el relato “La Momia Misteriosa” a la revista semanal Pearson, en la que colaboraban Gorki y George Bernard Shaw. A partir de entonces se dedicó a escribir seriales para los periódicos y chistes para el cabaret y en 1909 se casó con Rose Elizabeth Knox, malabarista de circo y artista clarividente que le inició en el juego de la ouija y en las tertulias con los fantasmas. Recogió una colección de monólogos cómicos que publicó anónimamente, le escribió las memorias al comediante Harry Relph, un bailarín de music hall que se hacía llamar El Pequeño Tich y medía un metro cuarenta, y en 1913 publicó su primera novela de Fu Manchú basándose, según él, en la figura de Mister King, el jefe de una triada del barrio londinense de Limehouse que controlaba las timbas chinas y el tráfico de opio. Fu Manchú le hizo rico y exacerbó en Inglaterra el terror al Peligro Amarillo del que ya había avisado Napoleón cuando dijo: “Cuando China despierte el mundo temblará”. En realidad, desde 1900 hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la población china del barrio del East End estaba formada por unos pocos cientos de limones que se mataban de sol a sol en las lavanderías y casi todo el tráfico de cocaína venía de Alemania, donde se comercializaba sin restricciones. Sin embargo, los londinenses acabaron convencidos de que todos los chinos eran miembros de una triada o contrabandistas de opio.

SAX RHOMER

El doctor Fu Manchú es un personaje excesivo mirándolo desde cualquier esquina y fabrica oro con sus conocimientos de alquimia, tiene más de cien años y cuando presencia sus masacres exclama (porque Fu Manchú no dice, exclama): “¡Soy el dios de la destrucción!”. Sin embargo no tiene ningún fundamento lingüístico, botánico ni médico: los dos términos de su nombre, Fu y Manchú, son incompatibles en la nomenclatura oriental; en su primera aventura crea unas setas antropófagas que se zampan a una dotación de detectives y Sax Rohmer le añade la circunstancia fisiológica de tener velado el globo del ojo por la membrana nictitante, el tercer párpado de los animales. Tampoco se sostiene desde el punto de vista del London Detection Club, la asociación británica de escritores de novelas policíacas a la que pertenecieron Agatha Christie, Dorothy Sayers y Chesterton, cuya cuarta regla advertía de no usar en las tramas venenos imposibles, pasadizos secretos ni casualidades afortunadas. Las novelas de Fu Manchú no se levantan sobre la verosimilitud, que brilla por su ausencia, ni sobre sus cualidades literarias (Julian Symons escribió que eran “horrores de a penique  vestidos con tapas duras”) sino sobre el carisma de su villano misterioso, que desdibuja a los héroes de la función, Nayland-Smith y Petrie, y termina por dar igual que estén armadas a base de vigas de cartón. Con el tiempo, a Fu Manchú le salió un primo, que fue el emperador Ming de los tebeos de Flash Gordon de Alex Raymond, y Sax Rohmer se inició en la orden de los rosacruces, habló con ectoplasmas, viajó a Egipto y se arruinó en Montecarlo jugando al bacarrá. Se recuperó vendiendo los derechos de sus novelas al cine por cuatro millones de dólares y murió el uno de junio de 1959 de gripe aviar.

Hoy ya casi nadie se acuerda de Fu Manchú pero el miedo al chino sobrevive con salud porque aunque es pequeñajo sabe llaves de kung-fú. Ahora no acomete en triadas sino en bazares en los que libera móviles y vende gatos dorados que mueven el brazo compulsivamente, como un metrónomo, pero para combatirle no hace falta el viejo y soso Nayland-Smith sino enseñarle a disfrutar del fin de semana de paellas de merendero, vino con gaseosa en el porrón y fútbol en el transistor.

MARTÍN OLMOS (PUBLICADO EN EL CORREO EL 28-03-2013)

Lobos, zorras y tinajas

In El cañí on 11 de mayo de 2013 at 0:03

El semanario “El Caso” consideró el crimen de la tinaja entre los siete enigmas más destacados de los que recogió en sus páginas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En el agua hay solo peces;
y, para que más te corras,
en vino hay lobos y zorras
y aves, como yo, a las veces.
Dijo a la rana el mosquito
desde una tinaja:
mejor es morir en el vino
que vivir en el agua”.
FRANCISCO DE QUEVEDO

Los lunes ingratos sueñan los oficinistas con una de catorce y las putas con un señor que las retire del neón y les ponga un piso con lavadora, calendario de la caja de ahorros encima de la nevera y criada con cofia que les diga señora. Sueñan las putas tardes burguesas de telenovelas y maridos en la oficina que no gasten tacón cubano ni mano larga ni diente de oro y sueñen con quinielas y balandros. Natividad Romero Rodríguez, que era puta y de Jaén, soñaba, en cambio, porvenires de dólares gringos, soldados negros y cuerpos de niñas sin menstruar que le atenuasen los amaneceres fríos que suceden a las noches de luna lunera y mientras soñaba, vivía una farsa de rubia americana que no se la creía ni ella. Natividad Romero Rodríguez nació en Siles el 15 de julio de 1941 y cuando la vida no respondió a sus expectativas grandilocuentes se tiró desde un cuarto piso y pasó la convalecencia internada en el psiquiátrico de Los Prados. De moza se fue a hacer los madriles y ejerció el oficio antiguo en las whiskerías aledañas a la base de Torrejón toreando con los negrazos de Alabama, se puso de nombre Tania y se casó con un cabo primero de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que más tarde desapareció en Vietnam. Natividad Romero pasó a ser la viuda de Leonard Payne y recibió los cheques gringos con la paga del soldado pero siguió frecuentando a los quintos morenos que siempre se llamaban Joe. Sin embargo prefería despertarse al lado de chicas sin madurar y la metieron ocho meses en la cárcel de Ventas por drogar a una menor para abusarla. Cumplió un trullo bravío de peleas y cuando salió se puso de rubia de Nebraska, se dio a la cleptomanía y compartió un piso en la calle de Ardemans con Lucía López, la novia de un sereno, a la que robó un colgante de oro. Tenía delirios de grandeza, manejaba documentación falsa para pasar por americana, cambiaba de aspecto tres veces por semana, estafó a un taxista, se pescó curdas de whisky que acabaron en bronca y le zurraron una paliza en el parque del Retiro que tuvo la pinta de ir por cuenta de la chulería. Escribió Quevedo que le dijo un mosquito a una rana desde una tinaja: “Mejor es morir en el vino que vivir en el agua”. Vivió Natividad Romero en el vino y en su pantomima de rubia gringa en donde había una morena de Siles de Jaén que era medio retrasada mental y fina para fregar, por lo que en vez de hacerse escaleras se hizo negros de Torrejón pensando que Alcalá era Jolibud y acabó estrangulada en una tinaja vieja en el antiguo olivar de la Hinojosa, en Hortaleza, el 13 de agosto de 1969. Le dijo el mosquito a la rana desde una tinaja que prefería morir en el vino que vivir en el agua porque “en el agua hay solo peces y en el vino hay lobos y zorras”.

La muerta de la tinaja
A la vieja casa de labor de la Hinojosa, que se levantaba en la carretera de la Hortaleza, en el medio del que llamaban el Olivar del Ladrón porque lo parceló un antiguo tesorero de Felipe V que le hacía al rey las cuentas con llevadas, iban las parejas al furtivo y los pastores a hacer la lumbre. Allí encontraron a Natividad dentro de una tinaja, con el cuello roto, la ropa arrinconada alrededor de la cabeza y las uñas pintadas de plata metalizada. El forense concluyó que la había estrangulado un hombre diestro lo suficientemente fuerte como para ahogarla con la mano buena y sujetarla en el suelo con la otra. La policía la identificó primero como Kerry Payne, nacida en Venecia y con pasaporte americano, pero después determinó que era Natividad Romero, notoria camorrista, borrachuza, menorera y furcia de los jenízaros mandingas de la base de Torrejón. Sus padres llegaron desde Siles y reconocieron el cadáver por una cicatriz en el brazo. El padre se llamaba Valentín y aún tenía la ilusión de que su hija era doncella y la madre se llamaba Eusebia y dijo que quien mal anda mal acaba. La enterraron en el cementerio de la Almudena el 18 de agosto de 1969 y se dio el crimen por industria de rufianas y de chulos.

Año y medio después hubo riña de chairas en un bodegón de la calle Barbieri en la que le mojaron de muerte al chulo Pepe el Guapo, germano de putas del barrio de Lavapiés. La pasma trincó a los de rigor, entre los que estaba Gregorio Ávila Sotoca, que le decían el Goyo, y era rufián de rameras, peleador de navaja y conocido maltratador de lumias. En el tercer grado, el inspector Manuel Lista le dio las de rutina y el Goyo aflojó y confesó, para que no le estropeasen  el perfil, que él era el asesino de la chica de la tinaja. Dijo que la había conocido en el club Yulia, que alternaron copas y que en la casa de la Hinojosa riñeron y la mató. El Goyo era un hombre violento y unos meses antes había tirado por la ventana a Lola Montero Rodríguez, que hacía para él el farol. La fiscalía pidió veinte años pero el Goyo se desdijo en el tribunal y declaró que había hecho la confesión para que no le siguiesen zurrando. El juez determinó que era inocente pero le endosó un lustro por proxenetismo. El Crimen de la Tinaja tuvo los mimbres que consolidan la afición y fue blasonado en los semanarios. Fue suceso misterioso y canalla con pendanga rubia de tinte que se hacía la gringa y estaba medio loca, con negrotes del séptimo de caballería, viudas del Vietnam, clubes ingratos y macarrerío violento. Con lobos, zorras y tinajas. El semanario “El Caso” le sospechó la muerta al infame Arropiero, asesino itinerante, pero nunca se supo quién estranguló a Natividad Romero y el popular lo comentó con desahogo en las barberías y le sacó la conclusión de que el culpable fue un soldado negro de la base de Torrejón, un duro masai de la USAF con manos de una hectárea, pero que la policía del Régimen no hizo mucho por capturarlo para no estropear las negociaciones para renovar los acuerdos por los que España arrendaba a los Estados Unidos el uso de las bases militares a cambio de ayuda económica. Un año después, Richard Nixon cenó con Franco en el Palacio de Oriente. A Nixon le llamaron Dick el Mentiroso y es de suponer que un negro arriba o un negro abajo le daba más bien igual porque los estaba enterrando a quintales en la selva de Vietnam. Al final parece que tampoco importó la zorra, fuera de las hablillas del lavadero, y el lobo siguió aullando a la luna.

MARTÍN OLMOS

Que se mueran los feos

In Vilezas on 5 de mayo de 2013 at 23:23

El psiquiatra Cesare Lombroso sostenía que el criminal nato mostraba estigmas físicos regresivos que le acercaban al mono

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Que se mueran los feos,/ que se mueran los feos,/que no quede ninguno, ninguno, ninguno, ninguno.”
LOS SIREX.

A la fea del pueblo la llaman el Susto y los mozos no la sacan a bailar en la verbena del santo, aunque se deje arrimar. Y al feo del regimiento, que para la trinchera sirve lo mismo que el guapo, no le dejan desfilar el Día de la Bandera para que no estropee la formación, a no ser que sea de la Legión, en donde le ponen a pasear a la cabra. De los feos se hacen chistes, como de los calvos y de los curas, que son generalmente malos. Nació un niño tan feo que la comadrona le dijo a su madre: hicimos lo que pudimos, pero nació vivo. Y así.  Tampoco ser guapo es un chollo, que decía Umbral que  España, país de hombres machos y con barba cerrada, no está preparada para ciudadanos demasiado guapos y la gente les mira por la calle de manera torva. Pero en términos generales el guapo nace con una parte del camino hecho, porque adorna la oficina, mientras que un tío malacara tiene más posibilidades de acabar echando a los borrachos en una whisquería. En términos comparativos, los ricos tienen a Midas, los altos a las jirafas y los feos a Picio, que dice la leyenda que fue un zapatero granadino, del municipio de Alhendín, que fue condenado a muerte e indultado, y tanta impresión le dio que le salieron bultos en la jeta, se le cayeron las pestañas y tuvo que cubrirse con un sombrero de alón para que los niños no le tiraran piedras. Picio fue a darse las aguas a Lanjarón, pero no le arreglaron, y dicen que cuando la  estaba entregando, el cura le dio la extremaunción con una vara de medio metro.

Cráneos difíciles
La maldad humana se ha asociado tradicionalmente a la fealdad física y los pintores clásicos han retratado a Judas mirando de reojo, contrahecho de corcova y encima besucón, cuando nadie ha demostrado que no fuese un tío resultón que se las llevase de calle en donde fuera que bailasen en Jerusalén. Antiguamente, el Edicto de Valerio recomendaba que en caso de duda se condenase al más feo, pero asesinos guapos han sido Ted Bundy, que mataba universitarias, y Jeffrey Dahmer, el Carnicero de Milwaukee, que era hermoso y rubio como el marinero de la copla de Rafael de León. Sin embrago, a un guapo se le compra un coche usado y a un feo no se le abre la puerta cuando va a leer el contador de la luz. A partir del siglo XIX se le quiso dar refrendo científico a la desconfianza hacia el tipo que es difícil de mirar dándole una vuelta a la frenología (o craneoscopia) fundada por Franz Joseph Gall, una teoría que sostenía que la forma de la cabeza determinaba el carácter de su dueño. El primero que llevó a cabo un estudio minucioso acerca del aspecto físico de los delincuentes fue el médico francés Humbert Lauvergne (1796-1859), pero fue el psiquiatra Cesare Lombroso el que desarrolló la escuela del positivismo criminológico, que mantenía que el delito provenía de un orden genético anormal que se podía observar en ciertos rasgos físicos acentuados. Para Lombroso, los delincuentes eran feos, orejudos, pilosos y generalmente zurdos.

Tatuajes y hombres lobo
Cesare Lombroso nació en Verona en 1835 y estudió medicina en la universidad de Pavía. Siendo médico militar en el ejército del Piamonte realizó un estudio de campo sobre los tatuajes de la soldadesca, copiosos de puñales, calaveras, y ragazzas añoradas que se quedaron en la aldea, generosas de busto, exageradas como Venus prehistóricas por un artista canalla en la cantina del cuartel, una noche de aguardientes. Después fue director de un manicomio en Pésaro y profundizó en el estudio de la pelagra, una CESARE LOMBROSOenfermedad que en la Edad Media solía confundirse con la licantropía.  En 1871 empezó a desarrollar su teoría de que un criminal lo es por sus deformaciones craneales cuando hizo una mala digestión de la doctrina evolucionista de Darwin y observó anormalidades morfológicas en la cabeza de un bandido llamado Villella, que interpretó que eran semejantes a las de los mamíferos inferiores.  Haciendo mediciones de las almendras de los reos llegó a la conclusión de que el delincuente común era un atavismo más cercano al medio mono que hacía fuego frotando un palo que al ser humano moliente que se viste por los pies con ropa relativamente limpia. Expuso su teoría presentando la calavera de Charlotte Corday, la célebre asesina del revolucionario Marat, en la que señaló asimetrías difusas producidas por el aplastamiento de su cráneo (platicefalia), caracteres viriloides y cavidades orbitales demasiado grandes, rasgos que le discutió el antropólogo francés Paul Topinard por considerarlos variaciones individuales normales en cualquier ciudadano sin ficha policial.  Lombroso diseccionó alrededor de cuatrocientos cadáveres de criminales y observó a más de seis mil delincuentes vivos y coleantes en los que reconoció lo que él llamó estigmas de regresión atávica que les convertía en híbridos entre hombres y bestias salvajes. Los delincuentes natos, a los que diferenciaba de los ocasionales, eran un accidente de Dios a los que traicionaban sus rasgos regresivos de una época sombría en la que el hombre apenas se diferenciaba del animal.

Bizcos, zurdos y orejudos
Los criminales de Lombroso eran tan reconocibles como los Golfos Apandadores que robaban al Tío Gilito; solo les faltaba el antifaz. Los estigmas que exhibían eran numerosos pero poco precisos, recordaban a la fisonomía antropoide y no se manifestaban en su totalidad, porque en ese caso el criminal no hubiese necesitado el delito y se hubiese hecho rico en un circo. Tenían la frente baja y huidiza, una acusada prominencia de los arcos ciliares que recordaba la turgencia suborbital de los simios, gran desarrollo de los maxilares y de los pómulos, el dedo gordo del pie separado de sus hermanos pequeños y prensil, las orejas en forma de asa, arrugas precoces y pilosidad anormal. Además solían ser zurdos o ambidextros, estrábicos  y poco sensibles al dolor pero en cambio propensos a las influencias de los imanes y de las variaciones atmosféricas, apegados a los tatuajes obscenos y a las orgías y entregados a la superstición. Los asesinos, siempre según Lombroso, tenían la mirada apagada, fría y fija, y los chorizos inquieta, oblicua y errante y el criminal nato o bien tenía un cráneo anormalmente pequeño o, al contrario,  desmedidamente grande. A Lombroso le podía discutir cualquier tipo con un poco de sentido común, un cuñado con pinta de chimpancé  (¿quién no tiene uno?) y un par de datos contrastados. Sus teorías eran poco concluyentes y el asesino Le Pelley compartía una capacidad craneana de 1.945 centímetros cúbicos con el fabulista La Fontaine, que jamás mató a un semejante, y sin embargo su doctrina fue abrazada por Enrico Ferri, profesor de derecho penal y socialista que acabó acercándose al fascismo de Mussolinni, por el jurista Raffaelle Garofalo, que acuñó el término “criminología” y por el profesor Franz von Liszt, diputado del Reichstag. Lombroso murió en 1909 y sus hijas divulgaron su obra, pero su pensamiento hace tiempo que no se sostiene. Hoy los feos corren el riesgo de quedarse para vestir santos, como siempre,  pero no los detienen por bizcos y se sabe por Walt Disney que la belleza está en el interior (aunque sostuvo este teorema en una película en la que hablaban las tazas). Otra cosa son las fotos de la ficha policial, en las que siempre te cogen cuando parece que has dormido con el traje puesto.

MARTÍN OLMOS

Golazos del 38

In Vilezas on 2 de mayo de 2013 at 13:42

El autogol del defensa colombiano Andrés Escobar en los octavos del Mundial del 94 le costó la vida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El fútbol es la religión diseñada en el siglo XX más extendida del planeta”
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Si uno llega a cierta edad y sigue disfrazándose de enano de la Tierra Media se le considera un friqui (neologismo que declina del inglés Freak, que quiere decir fenómeno y lleva implícita la feria) y debe desistir de ser considerado un hombre que se viste por los pies. Si con la misma edad se embucha, como un morcón en una tripa, dentro de la elástica de su equipo de balompié, se pone una bufanda en verano y toca un bombo como de tío que anuncia el circo, entonces es un hincha, que es un hombre de una pieza que sufre episodios de histeria los domingos pero al que nadie le pone en duda su derecho a votar. En la escala social el hincha está mejor visto que el que se viste del doctor Spock pero en realidad ambas especies practican ritos similares, porque es lo mismo pasar la noche al sereno para comprar el último chisme de Apple que para conseguir una de preferente en la semifinal de la Copa. La diferencia entre un hincha y un friqui es de orden público. Si ponen un maratón de la trilogía de El Señor de los Anillos en el cine del pueblo, el ministro del interior no tiene la necesidad de movilizar las tropas como si fuese la Noche de los Cuchillos Largos. En un partido de juveniles, en cambio, es tradicional abrirle la cabeza al arbitro y en uno de máxima rivalidad se requiere más pasma que en la frontera de Tijuana. Cuando pierde su equipo, el hincha decapita a la Cibeles, se muestra en cueros ante el compadraje, que le vitorea, y acuchilla a un semejante. Asimismo, cuando gana, el hincha decapita a la Cibeles, se muestra en cueros ante el compadraje, que le vitorea, y acuchilla a un semejante. El hincha propende al rebaño, al sudor comunitario y macho y a olvidarse del cumpleaños del hijo primogénito pero no de la alineación mítica del gol de Maracaná. El hincha propende a la violencia conmemorativa y a beber sin cuartel el vino peleón de la amistad tenue, a comulgar con ruedas de molino, a morderse las uñas de las manos y de los pies y a ser más listo que el entrenador. El hincha, el pobre, se hace en el estadio la ilusión de la democracia y piensa que grita al mismo tiempo el señor y el gañán. El fútbol, como el sufragio universal, está sobrevalorado y se juega con los pies, lo que no dice mucho de él. Y si usas las manos es falta. Borges decía que el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Borges no era del River. También decía que es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida. Pero si un hincha entra en el bar que no debe con la bufanda equivocada se juega los dientes, en el mejor de los casos, y en el peor convertirse en el tema de una tertulia de sociólogos.

En propia puerta
Los futbolistas también se equivocan, generalmente de pierna, porque tienen una buena y otra regular, como los actores el perfil. A veces equivocan el punto cardinal y chutan contra su propia portería. Es una especie de dislexia, con perdón. En el Mundial de Fútbol de 1994 que se disputó en los Estados Unidos a Maradona le mandaron a casa por mear efedrina. Pelé declaró que su selección favorita era la colombiana, que estaba formada por la generación mágica del Pibe Carlos  Valderrama, Freddy Rincón, Hermán Gaviria,  el Tren Adolfo Valencia y el Caballero Andrés Escobar. Sin embargo palmaron tres a uno en el primer partido ANDRÉS ESCOBARcontra Rumanía y en el segundo, contra la selección anfitriona, el defensa Andrés Escobar, que le decían el Caballero,  metió un gol en su propia portería al intentar impedir que el centrocampista norteamericano John Harkes rematase un pase desde la banda izquierda. Fue en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, el 22 de junio de 1994, trece minutos después de empezar el partido. En el minuto 52 metió el dos a cero Earnie Stewart y en el noventa marcó el que dicen de la honra el Tren Valencia, pero fue tarde para enderezar el marcador. Colombia ganó a Suiza en el tercer partido de la primera ronda (dos a cero, goles de Gaviria y Lozano) pero quedó la última de su grupo y fue eliminada del campeonato. La generación mágica regresó a casa con sus camisetas del perro Striker, la mascota del mundial que había diseñado la Warner Brothers y que se parecía a Canuto, el chucho de los dibujos animados de Hanna-Barbera. Andrés Escobar recibió amenazas de muerte por el autogol. Tenía 27 años cuando lo metió y le quedaban diez días de vida.

Andrés Escobar el Caballero era antioqueño de Medellín, del barrio Calasanz, nació el 13 de marzo de 1967 y jugó toda su carrera en la defensa del Club Atlético Nacional, con el que ganó la Copa Libertadores en 1989. Don Pablo Escobar el Patrón, el Zar de la Coca del cartel de Medellín, era hincha del Atlético Nacional y del Deportivo Independiente y colocó a gente de su confianza en la directiva de ambos clubes. Se sospechaba que mandó asesinar al juez de línea Álvaro Ortega al no compartir su juicio en un partido que perdió el Independiente contra el América de Cali. Pablo Escobar y Andrés Escobar compartían apellido pero no tenían vínculos de sangre. Andrés Escobar llegó a capitanear el Atlético Nacional y diez días después del autogol del mundial se fue a bailar la cumbia al restaurante El Indio, en la Vía de las Palmas, en el alrededor de Medellín, y a las tres de la madrugada le buscaron la madre los hermanos Gallón Henao, criadores de pencos de pura sangre, apostadores del fullero y adyacentes a la mafia paramilitar. Andrés Escobar rehuyó la riña y abandonó el bailón. El guardaespaldas de los Gallón, Humberto Muñoz Castro, tenía noche de bronca y  de presumirles a los amos y le siguió al aparcamiento, le insultó y cuando Escobar le pidió respeto le pegó doce tiros del calibre 38. El bocón valiente acompañó cada disparo gritándole al moribundo “¡golazo!”. A los pistoleros ventajistas de los bailaderos de cumbia les sale la mala digestión de las películas de Al Pacino y ensayan frases chulas. Andrés Escobar no llegó vivo al hospital y le identificaron en la morgue sus compañeros Chicho Serna y René Higuita el Escorpión. René Higuita el Escorpión tenía que haber sido el portero de la selección colombiana pero se perdió el Mundial porque estaba en el trullo por mediar en un secuestro.

El Mundial del 94 lo ganó el Brasil de Romario. En el Mundial del 94 el defensa italiano Mauro Tassotti le rompió la nariz a Luis Enrique y casi llaman a consultas a los embajadores. Adolfo el Tren Valencia acabó jugando en el Atlético de Madrid pero no se acostumbró al fresco serrano y el presidente del club, Jesús Gil, dijo que “al negro había que cortarle el cuello”. René Higuita el Escorpión, que había exhibido su amistad con el Patrón Pablo Escobar, el Zar de la Coca,  acabó haciéndose una liposucción y saliendo en “La Isla de los Famosos”. El Patrón Pablo Escobar, hincha del Atlético Nacional, no llegó a ver el Mundial porque un año antes  le mató la policía en un tejado de Medellín. El centrocampista Hermán Gaviria murió en 2002 cuando le fulminó un rayo durante un entrenamiento con el Deportivo de Cali. Al bravo Muñoz Castro, peleador de ventaja, le condenaron a 43 años de prisión, pero solo rindió once y cuando le fueron a anunciar su liberación no estaba en la celda porque disfrutaba de un permiso y le tuvieron que buscar en un boliche, donde andaba tomando roncitos. Vivió de lujo en el caldero por cuenta de los hermanos Gallón, que tenían una hacienda en las Guacharacas donde entrenaba la guerrilla paramilitar. En 2002, la alcaldía de Medellín encargó al escultor Alejandro Hernández una estatua de Andrés Escobar que se levantó en el Complejo Deportivo de Belén.

MARTÍN OLMOS

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