MARTÍN OLMOS MEDINA

Golazos del 38

In Vilezas on 2 de mayo de 2013 at 13:42

El autogol del defensa colombiano Andrés Escobar en los octavos del Mundial del 94 le costó la vida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El fútbol es la religión diseñada en el siglo XX más extendida del planeta”
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Si uno llega a cierta edad y sigue disfrazándose de enano de la Tierra Media se le considera un friqui (neologismo que declina del inglés Freak, que quiere decir fenómeno y lleva implícita la feria) y debe desistir de ser considerado un hombre que se viste por los pies. Si con la misma edad se embucha, como un morcón en una tripa, dentro de la elástica de su equipo de balompié, se pone una bufanda en verano y toca un bombo como de tío que anuncia el circo, entonces es un hincha, que es un hombre de una pieza que sufre episodios de histeria los domingos pero al que nadie le pone en duda su derecho a votar. En la escala social el hincha está mejor visto que el que se viste del doctor Spock pero en realidad ambas especies practican ritos similares, porque es lo mismo pasar la noche al sereno para comprar el último chisme de Apple que para conseguir una de preferente en la semifinal de la Copa. La diferencia entre un hincha y un friqui es de orden público. Si ponen un maratón de la trilogía de El Señor de los Anillos en el cine del pueblo, el ministro del interior no tiene la necesidad de movilizar las tropas como si fuese la Noche de los Cuchillos Largos. En un partido de juveniles, en cambio, es tradicional abrirle la cabeza al arbitro y en uno de máxima rivalidad se requiere más pasma que en la frontera de Tijuana. Cuando pierde su equipo, el hincha decapita a la Cibeles, se muestra en cueros ante el compadraje, que le vitorea, y acuchilla a un semejante. Asimismo, cuando gana, el hincha decapita a la Cibeles, se muestra en cueros ante el compadraje, que le vitorea, y acuchilla a un semejante. El hincha propende al rebaño, al sudor comunitario y macho y a olvidarse del cumpleaños del hijo primogénito pero no de la alineación mítica del gol de Maracaná. El hincha propende a la violencia conmemorativa y a beber sin cuartel el vino peleón de la amistad tenue, a comulgar con ruedas de molino, a morderse las uñas de las manos y de los pies y a ser más listo que el entrenador. El hincha, el pobre, se hace en el estadio la ilusión de la democracia y piensa que grita al mismo tiempo el señor y el gañán. El fútbol, como el sufragio universal, está sobrevalorado y se juega con los pies, lo que no dice mucho de él. Y si usas las manos es falta. Borges decía que el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Borges no era del River. También decía que es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida. Pero si un hincha entra en el bar que no debe con la bufanda equivocada se juega los dientes, en el mejor de los casos, y en el peor convertirse en el tema de una tertulia de sociólogos.

En propia puerta
Los futbolistas también se equivocan, generalmente de pierna, porque tienen una buena y otra regular, como los actores el perfil. A veces equivocan el punto cardinal y chutan contra su propia portería. Es una especie de dislexia, con perdón. En el Mundial de Fútbol de 1994 que se disputó en los Estados Unidos a Maradona le mandaron a casa por mear efedrina. Pelé declaró que su selección favorita era la colombiana, que estaba formada por la generación mágica del Pibe Carlos  Valderrama, Freddy Rincón, Hermán Gaviria,  el Tren Adolfo Valencia y el Caballero Andrés Escobar. Sin embargo palmaron tres a uno en el primer partido ANDRÉS ESCOBARcontra Rumanía y en el segundo, contra la selección anfitriona, el defensa Andrés Escobar, que le decían el Caballero,  metió un gol en su propia portería al intentar impedir que el centrocampista norteamericano John Harkes rematase un pase desde la banda izquierda. Fue en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, el 22 de junio de 1994, trece minutos después de empezar el partido. En el minuto 52 metió el dos a cero Earnie Stewart y en el noventa marcó el que dicen de la honra el Tren Valencia, pero fue tarde para enderezar el marcador. Colombia ganó a Suiza en el tercer partido de la primera ronda (dos a cero, goles de Gaviria y Lozano) pero quedó la última de su grupo y fue eliminada del campeonato. La generación mágica regresó a casa con sus camisetas del perro Striker, la mascota del mundial que había diseñado la Warner Brothers y que se parecía a Canuto, el chucho de los dibujos animados de Hanna-Barbera. Andrés Escobar recibió amenazas de muerte por el autogol. Tenía 27 años cuando lo metió y le quedaban diez días de vida.

Andrés Escobar el Caballero era antioqueño de Medellín, del barrio Calasanz, nació el 13 de marzo de 1967 y jugó toda su carrera en la defensa del Club Atlético Nacional, con el que ganó la Copa Libertadores en 1989. Don Pablo Escobar el Patrón, el Zar de la Coca del cartel de Medellín, era hincha del Atlético Nacional y del Deportivo Independiente y colocó a gente de su confianza en la directiva de ambos clubes. Se sospechaba que mandó asesinar al juez de línea Álvaro Ortega al no compartir su juicio en un partido que perdió el Independiente contra el América de Cali. Pablo Escobar y Andrés Escobar compartían apellido pero no tenían vínculos de sangre. Andrés Escobar llegó a capitanear el Atlético Nacional y diez días después del autogol del mundial se fue a bailar la cumbia al restaurante El Indio, en la Vía de las Palmas, en el alrededor de Medellín, y a las tres de la madrugada le buscaron la madre los hermanos Gallón Henao, criadores de pencos de pura sangre, apostadores del fullero y adyacentes a la mafia paramilitar. Andrés Escobar rehuyó la riña y abandonó el bailón. El guardaespaldas de los Gallón, Humberto Muñoz Castro, tenía noche de bronca y  de presumirles a los amos y le siguió al aparcamiento, le insultó y cuando Escobar le pidió respeto le pegó doce tiros del calibre 38. El bocón valiente acompañó cada disparo gritándole al moribundo “¡golazo!”. A los pistoleros ventajistas de los bailaderos de cumbia les sale la mala digestión de las películas de Al Pacino y ensayan frases chulas. Andrés Escobar no llegó vivo al hospital y le identificaron en la morgue sus compañeros Chicho Serna y René Higuita el Escorpión. René Higuita el Escorpión tenía que haber sido el portero de la selección colombiana pero se perdió el Mundial porque estaba en el trullo por mediar en un secuestro.

El Mundial del 94 lo ganó el Brasil de Romario. En el Mundial del 94 el defensa italiano Mauro Tassotti le rompió la nariz a Luis Enrique y casi llaman a consultas a los embajadores. Adolfo el Tren Valencia acabó jugando en el Atlético de Madrid pero no se acostumbró al fresco serrano y el presidente del club, Jesús Gil, dijo que “al negro había que cortarle el cuello”. René Higuita el Escorpión, que había exhibido su amistad con el Patrón Pablo Escobar, el Zar de la Coca,  acabó haciéndose una liposucción y saliendo en “La Isla de los Famosos”. El Patrón Pablo Escobar, hincha del Atlético Nacional, no llegó a ver el Mundial porque un año antes  le mató la policía en un tejado de Medellín. El centrocampista Hermán Gaviria murió en 2002 cuando le fulminó un rayo durante un entrenamiento con el Deportivo de Cali. Al bravo Muñoz Castro, peleador de ventaja, le condenaron a 43 años de prisión, pero solo rindió once y cuando le fueron a anunciar su liberación no estaba en la celda porque disfrutaba de un permiso y le tuvieron que buscar en un boliche, donde andaba tomando roncitos. Vivió de lujo en el caldero por cuenta de los hermanos Gallón, que tenían una hacienda en las Guacharacas donde entrenaba la guerrilla paramilitar. En 2002, la alcaldía de Medellín encargó al escultor Alejandro Hernández una estatua de Andrés Escobar que se levantó en el Complejo Deportivo de Belén.

MARTÍN OLMOS

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