MARTÍN OLMOS MEDINA

Que se mueran los feos

In Vilezas on 5 de mayo de 2013 at 23:23

El psiquiatra Cesare Lombroso sostenía que el criminal nato mostraba estigmas físicos regresivos que le acercaban al mono

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Que se mueran los feos,/ que se mueran los feos,/que no quede ninguno, ninguno, ninguno, ninguno.”
LOS SIREX.

A la fea del pueblo la llaman el Susto y los mozos no la sacan a bailar en la verbena del santo, aunque se deje arrimar. Y al feo del regimiento, que para la trinchera sirve lo mismo que el guapo, no le dejan desfilar el Día de la Bandera para que no estropee la formación, a no ser que sea de la Legión, en donde le ponen a pasear a la cabra. De los feos se hacen chistes, como de los calvos y de los curas, que son generalmente malos. Nació un niño tan feo que la comadrona le dijo a su madre: hicimos lo que pudimos, pero nació vivo. Y así.  Tampoco ser guapo es un chollo, que decía Umbral que  España, país de hombres machos y con barba cerrada, no está preparada para ciudadanos demasiado guapos y la gente les mira por la calle de manera torva. Pero en términos generales el guapo nace con una parte del camino hecho, porque adorna la oficina, mientras que un tío malacara tiene más posibilidades de acabar echando a los borrachos en una whisquería. En términos comparativos, los ricos tienen a Midas, los altos a las jirafas y los feos a Picio, que dice la leyenda que fue un zapatero granadino, del municipio de Alhendín, que fue condenado a muerte e indultado, y tanta impresión le dio que le salieron bultos en la jeta, se le cayeron las pestañas y tuvo que cubrirse con un sombrero de alón para que los niños no le tiraran piedras. Picio fue a darse las aguas a Lanjarón, pero no le arreglaron, y dicen que cuando la  estaba entregando, el cura le dio la extremaunción con una vara de medio metro.

Cráneos difíciles
La maldad humana se ha asociado tradicionalmente a la fealdad física y los pintores clásicos han retratado a Judas mirando de reojo, contrahecho de corcova y encima besucón, cuando nadie ha demostrado que no fuese un tío resultón que se las llevase de calle en donde fuera que bailasen en Jerusalén. Antiguamente, el Edicto de Valerio recomendaba que en caso de duda se condenase al más feo, pero asesinos guapos han sido Ted Bundy, que mataba universitarias, y Jeffrey Dahmer, el Carnicero de Milwaukee, que era hermoso y rubio como el marinero de la copla de Rafael de León. Sin embrago, a un guapo se le compra un coche usado y a un feo no se le abre la puerta cuando va a leer el contador de la luz. A partir del siglo XIX se le quiso dar refrendo científico a la desconfianza hacia el tipo que es difícil de mirar dándole una vuelta a la frenología (o craneoscopia) fundada por Franz Joseph Gall, una teoría que sostenía que la forma de la cabeza determinaba el carácter de su dueño. El primero que llevó a cabo un estudio minucioso acerca del aspecto físico de los delincuentes fue el médico francés Humbert Lauvergne (1796-1859), pero fue el psiquiatra Cesare Lombroso el que desarrolló la escuela del positivismo criminológico, que mantenía que el delito provenía de un orden genético anormal que se podía observar en ciertos rasgos físicos acentuados. Para Lombroso, los delincuentes eran feos, orejudos, pilosos y generalmente zurdos.

Tatuajes y hombres lobo
Cesare Lombroso nació en Verona en 1835 y estudió medicina en la universidad de Pavía. Siendo médico militar en el ejército del Piamonte realizó un estudio de campo sobre los tatuajes de la soldadesca, copiosos de puñales, calaveras, y ragazzas añoradas que se quedaron en la aldea, generosas de busto, exageradas como Venus prehistóricas por un artista canalla en la cantina del cuartel, una noche de aguardientes. Después fue director de un manicomio en Pésaro y profundizó en el estudio de la pelagra, una CESARE LOMBROSOenfermedad que en la Edad Media solía confundirse con la licantropía.  En 1871 empezó a desarrollar su teoría de que un criminal lo es por sus deformaciones craneales cuando hizo una mala digestión de la doctrina evolucionista de Darwin y observó anormalidades morfológicas en la cabeza de un bandido llamado Villella, que interpretó que eran semejantes a las de los mamíferos inferiores.  Haciendo mediciones de las almendras de los reos llegó a la conclusión de que el delincuente común era un atavismo más cercano al medio mono que hacía fuego frotando un palo que al ser humano moliente que se viste por los pies con ropa relativamente limpia. Expuso su teoría presentando la calavera de Charlotte Corday, la célebre asesina del revolucionario Marat, en la que señaló asimetrías difusas producidas por el aplastamiento de su cráneo (platicefalia), caracteres viriloides y cavidades orbitales demasiado grandes, rasgos que le discutió el antropólogo francés Paul Topinard por considerarlos variaciones individuales normales en cualquier ciudadano sin ficha policial.  Lombroso diseccionó alrededor de cuatrocientos cadáveres de criminales y observó a más de seis mil delincuentes vivos y coleantes en los que reconoció lo que él llamó estigmas de regresión atávica que les convertía en híbridos entre hombres y bestias salvajes. Los delincuentes natos, a los que diferenciaba de los ocasionales, eran un accidente de Dios a los que traicionaban sus rasgos regresivos de una época sombría en la que el hombre apenas se diferenciaba del animal.

Bizcos, zurdos y orejudos
Los criminales de Lombroso eran tan reconocibles como los Golfos Apandadores que robaban al Tío Gilito; solo les faltaba el antifaz. Los estigmas que exhibían eran numerosos pero poco precisos, recordaban a la fisonomía antropoide y no se manifestaban en su totalidad, porque en ese caso el criminal no hubiese necesitado el delito y se hubiese hecho rico en un circo. Tenían la frente baja y huidiza, una acusada prominencia de los arcos ciliares que recordaba la turgencia suborbital de los simios, gran desarrollo de los maxilares y de los pómulos, el dedo gordo del pie separado de sus hermanos pequeños y prensil, las orejas en forma de asa, arrugas precoces y pilosidad anormal. Además solían ser zurdos o ambidextros, estrábicos  y poco sensibles al dolor pero en cambio propensos a las influencias de los imanes y de las variaciones atmosféricas, apegados a los tatuajes obscenos y a las orgías y entregados a la superstición. Los asesinos, siempre según Lombroso, tenían la mirada apagada, fría y fija, y los chorizos inquieta, oblicua y errante y el criminal nato o bien tenía un cráneo anormalmente pequeño o, al contrario,  desmedidamente grande. A Lombroso le podía discutir cualquier tipo con un poco de sentido común, un cuñado con pinta de chimpancé  (¿quién no tiene uno?) y un par de datos contrastados. Sus teorías eran poco concluyentes y el asesino Le Pelley compartía una capacidad craneana de 1.945 centímetros cúbicos con el fabulista La Fontaine, que jamás mató a un semejante, y sin embargo su doctrina fue abrazada por Enrico Ferri, profesor de derecho penal y socialista que acabó acercándose al fascismo de Mussolinni, por el jurista Raffaelle Garofalo, que acuñó el término “criminología” y por el profesor Franz von Liszt, diputado del Reichstag. Lombroso murió en 1909 y sus hijas divulgaron su obra, pero su pensamiento hace tiempo que no se sostiene. Hoy los feos corren el riesgo de quedarse para vestir santos, como siempre,  pero no los detienen por bizcos y se sabe por Walt Disney que la belleza está en el interior (aunque sostuvo este teorema en una película en la que hablaban las tazas). Otra cosa son las fotos de la ficha policial, en las que siempre te cogen cuando parece que has dormido con el traje puesto.

MARTÍN OLMOS

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