MARTÍN OLMOS MEDINA

El tango del Ringo

In Las doce cuerdas on 15 de mayo de 2013 at 23:31

Al boxeador Oscar Ringo Bonavena, quinto en el ranking mundial de los pesos pesados,  le mataron a la salida de un burdel de Nevada

ILUSTRACION BONAVENA

“Bonavena se desplomó espatarrado sobre la lona. Como una casa que se derrumba”.
NORMAN MAILER

El tango nació criollo en los conventos morenos de infame puterío y pendencias de facón, pero después se lo arrimaron los ilustres y se lo llevaron a la Recoleta para que lo bailaran las petimetras que se querían hacer las canallas. Los campeones del boxeo salen del hambre, y cuando se la quitan y ganan dos gordas se les juntan los aseñorados para enseñarlos en las fiestas y los campeones se hacen un lío porque sus manos de pelear no se apañan para pelar gambas. Al tango lo asesinaron Plácido Domingo y Serrat y lo intentó resucitar Antonio Bartrina pero el tiempo le ha ido arrinconando en el gramófono y en los cedeses de las gasolineras. Los boxeadores se arrinconan solos cuando al final del camino se miran la petaca y se la encuentran seca porque los promotores les trampearon la bolsa y ellos no se apiolaron porque en su oficio les basta contar nomás hasta diez. Cuando acaban esquilaos ya no les llevan al ágape porque dan follón cuando se esquinan y al Poli Díaz ya no se le arriman los Sarasolas porque anda a puñaladas por un cañón de cinco mangos y Urtain se tiró por el balcón cuando nadie se acordaba de que un día anunció el brandy Soberano. El tango se baila violento y el boxeo se riñe bailando y a Oscar “Ringo” Bonavena le pudo escribir la vida Discépolo con compás de milonga para que se la cantasen una noche en el Luna Park. Oscar “Ringo” Bonavena nació en la estirpe del hambre, se abrió paso peleando y lo acabaron jodiendo de un tiro traidor a la salida de un quilombo del gringo por andarle a la percanta del bacán, como en un tango sórdido. La bacana era vieja y coja de un jamón, al menos debió ser tórrida, pero difuntear al Ringo no tuvo mérito porque le balacearon a distancia, con un rifle de precisión, y Bonavena, aún de noche, ofrecía una gran superficie de blanco. Bonavena dijo una vez que cuando suena la campana te quedas tan solo que te quitan hasta la banqueta.

El pibe de La Quema
Oscar Natalio Bonavena nació el 25 de septiembre de 1942 en el barrio de Boedo de Buenos Aires, que sale en el tango “Sur” de Homero Manzi, pero creció en el Parque Patricios, que le decían el barrio de La Quema porque en el antaño se incineraba allí la basura de Buenos Aires. Su madre, Dominga Grillo, había alumbrado siete hijos pero la sudó para despachar a Oscar, que le salió res de cuatro kilos. Medró en la pobreza y se tuvo que sacar los mocos con la manga y siendo apenas pibe acaso intuyó su porvenir cuando le sacaron en un carnaval vestidito de boxeador porque era el traje más barato. Se lo apañó Dominga con unos calzones y un par de guantes prestados. Le pudo disfrazar también de Tarzán o de Adán. Le cogió querencia al curso sexto de primaria y más adelante reconoció que de tanto repetirlo casi se casa con la maestra. Salió chaval peleador y callejudo y se hizo hincha del Atlético Huracán. Al estadio del Huracán le dicen El Palacio y hoy la grada popular local, la que da a la calle Luna,  lleva el nombre de Bonavena.  En el Parque Patricios todavía se practica el culto al barrio y la barra del Huracán vocea en los partidos: “Somos del barrio/ del barrio de La Quema/ somos del barrio/ de Ringo Bonavena”. Bonavena empezó a pelear en el club San Lorenzo de Almagro cuando tenía 16 años a pesar de que no se lo recomendaron, porque era fuerte como un toro pero medio chueco porque tenía los pies planos. Sin embargo hizo carrera en el amateur hasta que en los juegos panamericanos de 1963 le retiraron la licencia por morderle en la tetilla al púgil brasileño Lee Carr porque estaba cogiendo y no le gustó. Como no podía reñir en Argentina emigró a los Estados Unidos y debutó en el Madison mítico el 3 de enero de 1964 derrotando por K.O. en el primer asalto a Ron Hicks. Ganó otros siete combates contra peleadores de segunda y descubrió que guapear en la tele en el preámbulo le acreditaba. Ya le llamaban Ringo porque se peinaba como el batería de los Beatles. Volvió a Argentina cuando Zora Folley le zumbó una leñada que lo barajó.

De vuelta en el pago fardó de cartel de boxer del Madison y ganó el título argentino de los pesados cuando derrotó a Goyo Peralta en el Luna Park. Cultivó su imagen de macho porteño, entre chuleta y naif, garufa y yegüero,  y encendía puros toscanos con billetes de cien pesos, salió en tres películas y grabó una canción que le compuso Palito Ortega que se titulaba “Pío, Pió, Pa” cuyo estribillo decía: “Pío, pío, pío/ pío, pío, pa/ siete primaveras/ hay felicidad”. Con todo lo muchachón que tallaba tenía la voz de pito. Se metió a la compadrada en el bolsillo pero comprendió que los mangos corrían en los reñideros del gringo y se fue allá a pelear a George Chuvalo y a Joe Frazier. En 1970 disputó contra Muhammad Ali el título de la NABF y palmó por K.O. técnico en el último asalto, pero le ganó en las preliminares de la prensa, que eran el predio del moreno. Ali venía de tres años de OSCAR RINGO BONAVENAinhabilitación por haberse negado a ir a Vietnam y Ringo le llamó gallina y dijo que pelearle era incómodo porque los negros olían mal. Ali no estaba acostumbrado a que le robasen los chistes en la antesala (Julio Cortázar, que dijo que el boxeo murió con Sugar Ray Robinson, le llamó “triste mamarracho que hasta escribe versos”). El Ku Klux Klan manifestó sus simpatías por Ringo y los Panteras Negras apoyaron a Ali. Tras la derrota, Ringo preguntó a sus paisanos: “¿guapeé?”, y le dijeron que sí. Siempre guapeaba el Ringo porque era el más bravo de la barra bullanguera. Sin embargo, a partir de ahí empezó la cuesta abajo y en 1976 se acabó mezclando con Joe Conforte, un patrón de rameras siciliano que no tenía licencia de promotor porque había merendado trullo por intentar sobornar a un fiscal y por evadir impuestos. Conforte era dueño del Mustang Ranch, un burdel de Reno, Nevada, en el que Ringo peleó contra un paquete llamado Billy Joiner mientras la parroquia atendía a sus asuntos. Hubiesen prestado más atención a dos chavalas zumbándose en una pileta de fango. Ringo se deprimió y frecuentó a la mujer de Conforte, Sally Burguess, que era una pelleja de 65 años, rubia de brocha, algo gorda y coja de una pierna. Sally no dormía con su marido y Ringo le hacía reír, pero el Mustang Ranch estaba a nombre de la mujer y Conforte y Ringo riñeron. El sábado 15 de mayo de 1976 Ringo se lió a puñetazos con el guardaespaldas de Conforte, William Ross Brymer, un gorila canchereador tuerto del ojo derecho con un historial de robos a mano armada. Conforte le prohibió la entrada en el Mustang Ranch. Ringo apalabró con Martín Berrocal un combate contra Urtain en España y el sábado 22 de mayo se llegó al Mustang Ranch para liquidar el contrato con Conforte. Recién se bajó del coche, William Ross Brymer le pegó un tiro a treinta metros con una carabina Remington 30-06 cargada con balas de punta blanda de plomo. Le acertó en el corazón y lo despachó frío en la vía y después se fue a zampar unos cereales con leche. Jodieron al Ringo en el aparcadero del quilombo gringo, puede que por hacerse el vivo, y le lloró la muchachada en su funeral en el Luna Park, donde lloró también a Gardel. Luego le pusieron una estatua en el Parque Patricios. A Brymer le metieron dos años de trullo pero salió con una fianza de doscientos grandes. Sally Burguess murió en 1992 y lo último que se supo de Conforte es que tenía negocios en el Brasil de la samba. El Ringo vivió en samba y murió en tango, porque era un compadrito porteño,  y una vez dijo que la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedás pelón.

MARTÍN OLMOS

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  1. El barrio será Boedo, no “Beodo”…
    Por lo demás, buenísima serie. Curiosamente este sobre Ringo es el que menos me ha gustado de los últimos. Pero con la mayoría he disfrutado mucho mucho leyéndolos… Gracias.

  2. Admirado Martín: acuso recibo de tu cortés correo y aprovecho para, tras haber releído mi comentario anterior (el que supongo se verá encima de este), extenderme diciendo que las historias que aquí cuentas me interesan y entretienen mucho por su argumento (¿seré un morboso?) y por cómo lo despliegas. Además su ejecución en el aspecto literario -su prosa- me parece soberbia para mi gusto (aunque lingüísticamente, y con perdón, algún leísmo o laísmo suelto). Estoy enganchado, la verdad.

    No sé si pretendías ir compilando una moderna “Historia universal de la infamia”, pero me recuerda meliorativamente a aquella borgiana obra.

    Gracias por haberlos escrito, y por seguir escribiéndolos.

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