MARTÍN OLMOS MEDINA

El asesino legal Wyatt Earp

In El Far West on 23 de mayo de 2013 at 23:30

El legendario Sheriff de Dodge City era un arribista con una acentuada tendencia hacia el tapete

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Yo conocí a Wyatt Earp, en los primeros días del cine mudo, le daba una silla y una taza de café y él me contaba el combate del Corral O.K.”
JOHN FORD

Wyatt Earp tuvo negocios en Alaska, tan lejos del suroeste de su leyenda, en donde se llevaban más los gorros de pelo de nutria para calentar las orejas que los sombrerotes de alas anchas para ocultar los ojos fríos del que se dispone a matar con el sol de cara. Se puede decir que llevó La Belle Époque al Gran Norte, cuando en 1900 regentó en Nome el Dexter Saloon, que tenía mesas de billar y timbas, tarima para el can-can, lámparas de araña y moqueta en las alcobas de las chicas más sociables. Javier Reverte cuenta que en un bar de Juneau, en Alaska, hay un cartel que dice: “El sheriff Wyatt Earp estuvo una vez en este saloon, pero ese día no mató a nadie”. Es el rédito del duelo del Corral O.K., el combate legendario que en realidad fue una riña de bellacos que se dispararon a bocajarro por ver quién meaba más lejos.

El sheriff de la frontera
A pesar de que se pasó la vida tentándolas, Wyatt Earp jamás se cruzó con su última bala y murió de viejo, en 1929, con 81 primaveras, en la soleada California, en donde solía ir a beber de gorra a las fiestas de los comediantes de Hollywood, que le pasaban la mano por el lomo y le recordaban lo bravo que fue. Su longevidad le libró de los testigos y así pudo contar la historia desde el punto de vista del superviviente, que como no tiene quien le contradiga, la puede disfrazar al gusto del consumidor. Sin embargo, Wyatt Earp ni siquiera fue  un tipo medio decente. Fue un arribista con ganas de medrar y fumar cigarros buenos. Su fama como hombre de la ley es desmesurada si se tiene en cuenta lo poco que se puso detrás de una estrella de latón y lo mucho que se condujo alrededor del tapete verde. Fue sobre todo proxeneta, burlanga y hostelero, y casi siempre disparó por conservar su interés, aunque guardando la precaución de hacerlo desde el lado bueno de la ley. Ese fue su merito principal, el de usar el revólver como se usa una prebenda municipal, matando a los prójimos por conveniencia, de cerca y apuntando cuidadosamente, y librarse de la cuerda de cáñamo y el árbol más cercano por llevar una orden timbrada en el bolsillo del pantalón.

El duelo del O.K. Corral
Wyatt Earp nació en Monmouth, Illinois, en 1848, y cuando era niño vio como sus hermanos se iban a la guerra. La juventud le salió nerviosa y se dedicó a cazar búfalos, guiar carretas y a arbitrar combates del pugilismo primitivo en el que se zurraban a puño desnudo. Si el resultado no gustaba le zurraban a él, así que comprendió las ventajas de tener el viento a favor dejando la justicia de las decisiones para mejor ocasión. Empezó a ejercer la ley en Wichita como asistente del sheriff local y aprendió que los WYATT EARPvaqueros que armaban jaleo, dependiendo de la intensidad de la curda que acarreasen, eran incapaces de meter una bala dentro del arco iris, por lo que si se mantenía razonablemente sereno y se acercaba lo suficiente, los dejaba secos a la vez que iba haciéndose una reputación. También supo que el sueldo no daba para lujos pero el cargo permitía poner el sombrero, al final de la semana, en los tinglados de apostar. Wyatt Earp afianzó su prestigio matón en Dodge City, Lamar y Daeadwood, hasta que llegó a Tombstone, en Arizona, en donde la plata brotaba hasta en los segundos pisos. Allí se hizo con las mesas de póquer del saloon Oriental y se unió a sus hermanos Virgil y Morgan y al pistolero tísico John “Doc” Holliday, un dentista jugador y alcohólico  que estaba en la última vuelta del camino. Representaban una especie de mafia urbana que se amparaba detrás de la estrella de sheriff que se oponía a otra mafia más rural formada por la familia ganadera de los Clanton y McLawry. No había tajada para todos y acabaron a tiros en el Corral O.K. No fue un desafío épico, con los contendientes recorriendo la calle como toreros en el paseíllo, sino una bronca marrullera que torció en matanza. La mañana del 26 de octubre de 1881, los hermanos Earp y “Doc” Holliday se fueron a buscar a los Clanton al Corral O.K., en donde éstos descansaban una noche de farra y estaban mal dormidos, resacosos y alguno de ellos desarmado.  Se mentaron a las madres como los perros rabiosos y se echaron a las armas para liarse a tiros a una distancia de apenas dos pasos. El tiroteo duró treinta segundos y se dispararon treinta balas. Ike Clanton salió pitando y Wyatt le acertó a Frank McLawry en el estómago. Su hermano Morgan le dio dos veces a Billy Clanton y “Doc” Holliday  acribilló a Tom McLawry. Virgil Earp no hizo ni un solo disparo, pero recibió una herida en la pierna, Billy Clanton, moribundo, le atinó en el hombro a Morgan y Wyatt le remató. A la mañana siguiente, los cadáveres  vestidos de domingo  de Frank y Tom McLawry y de Billy Clanton se expusieron en el escaparate de una ferretería. Los ciudadanos de Tombstone respiraron cuando los Earp, a los que miraban como a una cuadrilla de chulos con placa, dejaron la comarca. A Holliday le enterró la tisis y Morgan murió sobre una mesa de billar, de un tiro en la columna. Virgil se quedó manco en una pelea y a los Clanton les colgaron en México por robar caballos, con lo que Wyatt fue el único que sobrevivió de una pieza y pudo contar a  la posteridad los pormenores del tiroteo. Y le aprovechó de largo. Abrió, con suerte irregular, salas de timbas y casas de placer a lo largo de todo el país, desde Texas  hasta el Dexter Saloon, en Alaska.

Acabó sacándole tajada a su prestigio en el cine, asesorando a los directores de los westerns mudos de Hollywood, engordando la cuenta de los hombres a los que mató y hermoseando a su favor los combates, obviando mencionar que más bien fue el hombre del naipe en la manga y un porcentaje de las rameras. Cuando murió, su féretro lo cargaron las estrellas Tom Mix y William S. Hart.

MARTÍN OLMOS

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