MARTÍN OLMOS MEDINA

El asesino pelón

In Lunáticos on 23 de mayo de 2013 at 23:45

Higinio Sobera, asesino necrófilo, se rapaba la cabeza porque creía que el crecimiento del pelo le producía jaquecas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“El aliento de Higinio Sobera era fétido, dado que la materia fecal no solo se la untaba, sino que era  alimento para él”
ALFONSO QUIROZ CUARÓN. Psiquiatra

A Higinio Sobera le decían el Pelón porque se mondaba el tiesto y se pasaba la vida de parranda. Su padre le dejó una fortuna que él empleó en labrarse una rutina concienzuda de curdas, putas y cochazos y se le fue arruinando el juicio primero progresivamente y después del todo. A Higinio Sobera le gustaban las pistolas, las chavalas del club Waikiki y las gorras de cuadros y no le gustaba trabajar, que le mentasen a la vieja y que le llevasen la contraria. De niño ya apuntó chifladuras de demente y hacía ruidos con la garganta, gesticulaba como un lunático y crió un natural susceptible que le inclinaba a interpretar ofensas, pero su madre, Zoila de la Flor, decía que no podía ser malo porque le gustaban los gatos. Zoila de la Flor era la viuda de José Sobera, comerciante español que había hecho pesos en México y tenía una hacienda en Villahermosa, en el estado de Tabasco, y ya tenía otro hijo loco, por lo que prefirió hacerse la ilusión de que Higinio era un excéntrico y no un orate. Zoila de la Flor practicó la devoción materna y la interpretación laxa de la ropa manchada de sangre que a veces traía su hijo de sus noches de cabaret y le decía a la criada María López, que era de Pichucalco de Chiapas, que los meros pinches del vecindario le miraban al chaval con mala sombra. A María López, que era de Pichucalco de Chiapas, le daba miedo el joven Higinio porque se pelaba el melón porque decía que cuando le crecía el pelo le salía la jaqueca. Tenía prohibido mirarle el ropero.

Higinio Sobera nació en Ciudad de México en 1928, cursó parte del bachillerato en Los Ángeles de California y estudió contabilidad en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero nunca ejerció más que de garufa y escribió blasón en las noches de la capital rindiéndolas generalmente en el club Waikiki, en el Paseo de la Reforma,  con chavalas del mercantil. Una vez tiró a una desde un coche en marcha porque se conoce que no le cumplió el servicio y la dejó en la vía raspada de alquitrán. A Higinio le decían el Pelón por el corte de pelo y la bofia le tenía en el catálogo de juerguista y peleón, pero le hacía la vista gorda cuando arrugaba un coche contra una farola. Se las pescaba tremendas y armaba escándalos, frecuentaba la marihuana y el gin  y tenía cartel de esperar al sol de zambra en los burdeles de Tampico y de Veracruz. Le gustaban las de pago, que no enredan, porque tenía la petaca rumbosa con los pesos de papá, la mano ligera y la precaución de llevar pistola por si salía desacuerdo. Alguna vez la enseñó por charrear en alguna pendencia y en una ocasión despeñó un Ford Mercury por una  barranca para demostrar a sus compañeros de farra, que eran pilotos, que él también sabía volar. Quedaron todos a tres cuartas de diñarla. Mediando lo de untar la ley le obvió el contratiempo. La ley en México, como la de todos los pueblos con campanario, es maleable como un pellejo de vino y se arruga o se tersa según el riego.

Tres días de furia
El Pelón Sobera podría haber dejado nada más que biografía de rentista juergón y roto de mano, alborotador según lo que acarrease comulgado, si no se le llega a esquinar la tarde del sábado 10 de marzo de 1952, que le salió de litigar. La empezó buscándole la pendencia a una chica que atendía la tienda de perfumes de un hotel, a la que le encañonó con su pistola porque no le gustó la calidad de un frasco de colonia y después se sentó en el vestíbulo hablando solo y diciendo que tenía que matar a HIGINIO SOBERA EL PELÓNalguien. Cuando se aburrió de perorar se fue a un bar de la Avenida Juárez y ordenó un trago de gin. El camarero le pidió que se quitase su gorra de cuadros y el Pelón Sobera le sacó el pistolón, se lo acercó a la jeta y le dijo: “Tu mejor te callas, meserito hijo de la chingada”, y el meserito se calló porque entendió que la vaina no andaba para nerviosear. El Pelón se atizó el trago de una sola buchada y salió de la tasca corriendo como un lunático. Rindió la víspera violenta sin bajas, de milagro, y al día siguiente, el domingo 11 de marzo, cogió el coche para acercarse al club Waikiki para procurarse una doña. Sobre la una de la tarde tuvo un incidente de tráfico en la esquina de la Avenida Insurgentes con Yucatán cuando el Buick que conducía el capitán Armando Lepe Ruiz le cortó el paso en un semáforo. No se rozaron la chapa pero el capitán le dijo que le estaba pidiendo vía, le llamó payaso y le gritó que chingase a su vieja. El Pelón se bajó del coche y le acribilló a tiros dejándolo  seco en el acto. En el tiroteo hirió en un dedo a la novia del capitán Lepe, María Guadalupe Manzano, que más tarde describió al asesino como un loco con una gorra de cuadros. El Pelón volvió a casa y le contó a su madre que acababa de finar a un macho que la mentó, se negó a comer y pasó la jornada riéndose a carcajadas. Doña Zoila le sugirió que durmiese en un hotel y empezó a prepararle un exilio en España. A la mañana siguiente salió el Pelón a buscar mujer y encontró a Hortensia López Gómez esperando a un autobús. La cortejó sin éxito y por no perder la metió en un taxi a la fuerza, la intentó besar y cuando recibió las calabazas la pegó tres tiros a quemarropa y la mató. Robó el taxi, que era un Plymounth del 46, y llevó a la muerta a hombros al hotel Palo Alto diciendo en la recepción que era su novia que se había pescado una trompa. En la habitación la disfrutó en frío, durmió abrazado a ella y al amanecer la reiteró. Después tiró el cadáver en una cuneta de la carretera de Cuajimalpa.

Al Pelón Sobera le trincaron los federales al día siguiente, en la habitación 108 del hotel Montejo, en la Avenida de la Reforma. Llevaba puesta la gorra de cuadros y tenía una pistola del nueve corto y cuarenta balas. Le metieron en la cárcel del Palacio Negro de Lecumberri, en la celda 21 del pabellón H, donde ensayó una huelga de hambre con postre y zurró a un fotógrafo. El psiquiatra Alfonso Quiroz Cuarón determinó que estaba loco, le diagnosticó esquizofrenia y concluyó su irresponsabilidad penal, por lo que le encerraron en el manicomio de la Castañeda. Al Pelón se le acabó derrumbando el tiesto sin remedio, adelgazó veinte kilos en un año y se quedó en la raspa, empezó a beber su propio pis y a merendarse las  heces. De tanto comer mierda crió aliento de hiena y el doctor Quiroz Cuarón tuvo que interrumpir sus visitas porque no le aguantaba el olor. Apestaba a almizcle de tanto cerdear, cochineaba sus horas largas harinándose en su propio caldo. Pasó treinta años en el asilo, loco y hediondo, y en 1982 le sacaron viejito y en una silla de ruedas. Vivió tres años más y se le veía dando de comer a los patos del estanque del parque de Chapultepec. Con su gorrita de cuadros y su mirada vacía. Ya no estaba doña Zoila para decir que malo no podía ser, si le gustaban los patos.

MARTÍN OLMOS

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