MARTÍN OLMOS MEDINA

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El terrorista libertario

In Matanzas, Reyes y caudillos on 29 de junio de 2013 at 13:59

El anarquista Mateo Morral quiso hacer jaque al rey y derribó 23 peones

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Por tu negro verbo de Mateo Morral”
RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

Una boda generalmente la tuerce el cuñado que se la engancha, canta una jota a destiempo y le pellizca las sentaderas a una prima del pueblo que es fea pero formal. Sobre las nalgas de la prima, que son percheronas, no son frecuentes las llamadas a la lujuria y el pellizco, por inusual, lo agradecen, pero como hay gente delante, la prima se ve en la obligación de avisarlo con escándalo y manifestar conturbación. Después se arma, qué vergüenza. En las bodas reales, en cambio, se observa más el miramiento y los comensales, que andan en no marrar en el manejo del cubierto numeroso, cumplen la función con decoro y si alguien tuerce el festejo suele ser un anarquista al que se olvidaron de invitar. Al anarquista le irritan las pitanzas de lujo con postres de tiramisú y cuando se entera de una se levanta aguafiestas. Al anarquista no le apetece rendir las noches en el cabaret mirando el muslo burgués de las cigarreras y prefiere pasarlas a la luz de una vela leyendo a Kropotkin, que por ruso tiene mucho predicamento. El anarquista gasta gabán negro de faldón en invierno y en verano (no le gustan los tonos de primavera), que le sirve para ocultar la bomba y el puñal, el mentón azul de no rasurarse con esmero y la carita de hambre, aunque a veces el ayuno lo imposta pudiendo comer caliente. Decían en los casinos que al anarquista se le pasa la acracia, como si fuese un sarampión, cuando se encuentra un duro y tiene para gastar pero Mateo Morral no guardaba esa condición porque venía de familia de posibles que le había brindado educación de esmero, parlevufransé y almuerzos de primero, segundo y postre. Y, sin embargo, como a otros les llaman las musas, a él le llamó la revolución.

Es bien sabido por estos pagos que afuera están los librepensadores y Mateo Morral, después de un viaje a Alemania, regresó a Sabadell pensando libertario. Pasaba poco de los veinte años y le dijo a su papá, que era comerciante textil, que quería la parte que le tocaba y se puso a trabajar en el centro educativo de Francisco Ferrer y Guardia, masón y anarquista que acabó fusilado en 1908 en el foso de Santa Amalia, en la prisión de Montjuic, por su participación en los sucesos de la Semana Trágica (Anatole France dijo que su único crimen fue haber fundado escuelas laicas). A Morral le prologó un libro Federico Urales, el padre de Federica Montseny que más tarde fue uno de los fundadores de la CNT, y se enamoró de la señorita Soledad Villafranca, la compañera de Francisco Ferrer y probablemente una de las razones por las que se fue a Madrid en 1906 a contribuir al triunfo de La Idea, a practicar la propaganda de acción y a tirarle una bomba al rey de España el día de su casorio.

Victoria Eugenia de Battemberg renunció al anglicanismo para casarse con el rey Alfonso XIII de España, en este caso Madrid valió la misa. El obispo de Nottingham celebró la ceremonia de su conversión al catolicismo en la capilla privada del Palacio de Miramar en San Sebastián y el 9 de marzo de 1906 la Casa Real Española anunció el compromiso matrimonial. A Alfonso XIII le decían el Piernillas porque era flaco y le gustaban, por motivos diferentes, los militares y las chavalas. A Victoria Eugenia le llamaban en familia Ena, por abreviar, y era moza walkiria y de estampa, con lo que prometía lucimiento como reina consorte. Se casaron el 31 de mayo de 1906 en la iglesia de San Jerónimo el Real, el novio ciñó uniforme de gala de capitán general, la banda de la Gran Cruz Roja del Mérito Militar y espuelas de oro y la novia satén blanco bordado en plata, cola de cuatro metros y en la cabeza la Diadema de las Flores de Lis, una tiara de brillantes diseñada por el joyero Ansorena regalo del prometido.MATEO MORRAL

Unos días antes, Mateo Morral grabó a navaja en un árbol del Retiro “Ejecutado será Alfonso XIII el día de su enlace”, y firmó: “Un irredento”. Se alojaba en la Fonda Iberia, en el dos de la calle Arenal, pero alquiló por veinticinco pesetas diarias una habitación con ventana al exterior en el cuarto piso de una pensión del 88 de la Calle Mayor, por donde iba a discurrir el cortejo nupcial. Hoy el inmueble sigue derecho y debajo abre la Casa Ciriaco, en donde hacía tertulia Julio Camba,  que presume carta de pepitoria de gallina y perdiz con judiones en temporada. Durante su breve y violento lapso madrileño Mateo Morral frecuentó la imprenta del panfleto anticlerical “El Motín”, dirigido por José Nakens, que llevaba por blasón tener a 47 redactores excomulgados por la iglesia de Roma, y la horchatería de Candelas de la calle de Alcalá, en donde hacían tertulia los modernistas. Quizás también frecuentó los alivios putañeros porque le encontraron boticas contra la sífilis en su bolsa de viaje. Mateo Morral guardaba una bomba de tipo Orsini, que también la dicen “corbeille” o de cesta, debajo de la cama de la pensión de la Calle Mayor. La bomba Orsini explota al impacto, porque carece de dispositivo de tiempo o de espoleta, la inventó el independentista italiano Felice Orsini y la estrenó tirándosela al paso del carruaje de Napoleón III cuando salía de la ópera de París en 1858.  La víspera del enlace Mateo Morral ensayó lanzamientos con naranjas desde la ventana de la habitación y los guardias le llamaron al orden, luego se fue a garbear por la horchatería de Candelas con dos compadres de la causa, uno era el ex tranviario Ibarra y el otro un polaco de apellido Semovich que era viajante farmacéutico con exclusividad en el producto “La Lecitina Billón, para facilitar la digestión”. Allí tuvieron altercado, que no pudo llamarse tángana, con el pintor Leandro Oroz, que les dijo que los anarquistas dejaban de serlo cuando juntaban cinco duros. Se saldó en zarandeo y hombrada pero no se contaron puñetazos.  Después se retiró al dormidero, tenía veintiséis años y hazaña a la mañana siguiente, pero se demoró en escribir una postal de amor a la señorita Soledad Villafranca.

Al pueblo de Madrid, por disfrutar de clima amable, le gusta salir a la calle por ver pasar el bautizo o el funeral y así distraer el hambre y no ir a la oficina. El 31 de mayo abarrotó la Calle Mayor para hacerle el jaleo al carruaje real, que rendía el trayecto entre la iglesia y el palacio. Al paso por el número 88, sobre las dos de la tarde, frenadas las caballerías por doblar curva, Mateo Morral tiró la bomba envuelta en un ramo de flores pero como el hombre propone y la curva de trayectoria dispone, el paquete tropezó con los cables del tranvía y cayó sobre el tumulto mirón matando a 23 paisanos e hiriendo al centenar. A la reina Victoria Eugenia le salpicó la sangre plebeya el manto de flores de lis. El civilerío, la Guardia Real y los soldados de escolta del Regimiento Wad-Ras escribieron las bajas, la nobleza salió ilesa. Mateo Morral huyó en la confusión y dos días después sus modales finolis, el acento de Sabadell y la cara de haberse comido al canario levantó el recelo de la parroquia de la venta de los Jaireces, en Torrejón de Ardoz. El guarda Fructuoso Vega le pidió filiación y Mateo Morral le asesinó de un tiro y después se suicidó disparándose en el pecho. En la cripta del Hospital del Buen Suceso, Ricardo Baroja le hizo una aguafuerte al cadáver del anarquista, al pobre Mateo Morral, libertario y mal lanzador, que calzaba alpargatas nuevas, mono de tajo y carita de mal de amores. Acaso pensó que Soledad Villafranca podía ignorar un soneto pero no un regicidio.

MARTÍN OLMOS

El meretricio del west

In El Far West on 28 de junio de 2013 at 0:13

Las prostitutas llegaron al Oeste cinco minutos después que los carretones de los pioneros, las llamaban las Palomas Sucias y tuvieron, a la fuerza, que ser de armas tomar

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“He conocido a muchas mujeres del oficio y siempre me he preguntado por qué no eran más flexibles con los precios”.
LARRY McMURTRY

El Oeste lo escribieron embusteros notorios como Ned Buntline, que se inventó las hazañas de Búfalo Bill birlándoselas al Salvaje Hickok, y los novelistas de perra gorda que hicieron pasar por una orden de caballería el oficio de amarrar vacas. A las mujeres les dejaron un sitio en la grupa del héroe y las pusieron a gritar cuando venían los comanches. El Oeste lo escribieron los homeros del destajo con faltas de ortografía, pero lo construyeron las mujeres dando de comer a quince con una ración para tres y pariendo a la recua debajo de una lona, mordiendo una cincha de cuero. Sin embargo, el blasón de su género lo dejaron las frescas que bailaban el can-can con impertinencia en las casas de conversar. Los cuadernos de dos céntimos las pintaron de mujeres de buen corazón que ofrecían consuelo y canciones tristes y guardaban un penco ensillado debajo de la ventana, cuando lo que tuvieron que tener fue un estómago blindado para recibir, los días de paga,  a la caterva de patizambos que olían a pis de novillo y a patán. Que traían las pelotas rojas de carne viva de cabalgarlas sobre una silla de cuero sin desbastar, los pies sucios y las ganas de fandango después de meses de ver el culo de una vaca. El historiador William C. Davis estima que entre 1850 y 1900 unas 50.000 mujeres se dedicaban a la prostitución en las comunidades de la frontera, pero en enclaves mineros y ganaderos como Dodge City o Deadwood las furcias censaban el veinticinco por ciento de la población. En 1870 había tantos salones de tertulias en Abilene, Kansas, que el alcalde McCoy tuvo que sacarlos de los límites de la ciudad para dejar sitio a los comercios decentes. Abilene, entonces, creció por el sudeste en una popular avenida a la que llamaron la Prolongación de McCoy.  H. J. Stammel asegura que la sífilis causó tantas bajas como las guerras contra los indios y las disputas de los cercados, y los vaqueros a los que se les arrugaba la regadera se aplicaban la grasera de un asador entre las piernas y el remedio, como todos, los curaba o los mataba.

Los pistoleros de leyenda encontraban más fácil buscarse la costilla entre la comunidad de magdalenas de las cuevas de tratar que frecuentando a las virtuosas, que les miraban con prevención: la segunda esposa del sheriff Wyatt Earp fue puta, se llamaba Celia Ann Blaylock y le decían Mattie y se suicidó en 1888 soplándose una botella de láudano, y dos de sus cuñadas, Bessie y Sally Earp, fueron multadas con ocho dólares en Wichita por exhibirse con indecencia. Su amigo el pistolero tísico Doc Holliday frecuentó la compañía de la ramera Kate Elder, que le decían la Narizotas y era húngara de nacimiento. Kate Elder practicaba la bebida voluntariosa y cuando se entrompaba se le desataba la húmeda y la mala sangre y una vez que se encurdó le predicó al juez Wells Spicer que Holliday había matado a un hombre durante el asalto a una diligencia en Benson, Arizona, para desquitarse porque el pistolero la andaba alternando con otra del oficio llamada Libby Haley Thompson, a la que llamaban Alice Dientes de Ardilla. Alice Dientes de Ardilla era mellada de quijal, y de ahí le vino el membrete, y tuvo mala suerte en la vida. ALICE DIENTES DE ARDILLACuando tenía nueve años fue secuestrada por los comanches y cuando fue liberada tres años después sus paisanos la repudiaron porque dieron por hecho que los pieles rojas la habían estrenado. Holliday, en cualquier caso, no era jauja para acostarlo porque escupía sangre por la tisis y la enfermedad le tenía comido el magro, con lo que era como dormir con un perchero, y además tenía la mano larga cuando volvía tieso del naipe. Bob Ford, el asesino de Jesse James, se casó con una prostituta llamada Mabel que atendía a los mineros de Cripple Creek en una tienda de lona y el bandido Cole Younger fue medio novio de Belle Starr, que empezó de pendanga y acabó mandando una banda de cuatreros. Belle Starr tomó el apellido de su segundo marido Sam Starr, un mestizo cheroqui notorio ladrón de caballos, y fue asesinada a tiros de escopeta en Oklahoma, en 1899, probablemente por su propio hijo Ed, con el que mantenía un idilio incestuoso. El Grupo Salvaje de Butch Cassidy y Sundance Kid solía esconderse con frecuencia en el burdel de Fannie Porter en San Antonio, Texas, y a la banda pertenecieron putas notables como Laura Bullion y Della Moore. Etta Place, la novia de Sundance Kid, era en cambio maestra de escuela, pero se sospechó que en 1909 se cambió de nombre por el de Eunice Gray y regentó una casa de citas en Forth Worth, Texas, que estuvo abierta hasta 1962.

Las Casas del Barril
Prostitutas que se hicieron un nombre en el camino a California fueron la joven “Timberline”, que recibía en Dodge City y la mató la tuberculosis, y Big Minnie, el Gran Ratoncito, que era la sensación del Crystal Palace de Tombstone porque pesaba ciento treinta kilos en cueros. En Tombstone oficiaron con crédito rufianas de altura como Eleanor Dumont, que la decían Madame Bigote y hacía trampas a las cartas, Crazy Horse Lilly y Mag la Irlandesa, a la que jubiló un minero. Las putas blancas no se acercaban a un chino hasta que no se encontraban en el último tramo del camino pero como había que dar consuelo a los obreros amarillos del ferrocarril se importaron chicas de oriente para trabajar en las casas de San Francisco. El primer burdel para limones lo abrió en la calle Clay una china de veinte años llamada Ah Toy, que se hizo rica con el oficio de alcahueta y con el tráfico de opio y se murió en San José con cien primaveras. La Casa de los Espejos de Denver, en Colorado, tenía tres pisos, veintisiete habitaciones,  una lámpara de araña,  un pianista fijo y una banda de cinco músicos negros. Lo regentaba Jeannie Rogers, una madame de San Luis que una vez le pegó un tiro a su amante. Otras coimas no eran tan lujosas y en los caminos de la herradura se levantaban tumbaderos en los que los cazadores de búfalos, caballeros refractarios a cualquier utilidad que se le pueda dar al agua limpia, disfrutaban de las mujeres apoyándolas sobre una tabla y reposaban los bebercios sobre un tonel hueco, por lo que los llamaban las Casas del Barril.

Martha Jane Canary, a la que llamaron Juana Calamidad y fue desbravadora de toros, exploradora para el general Crook, artista de circo y bebedora contumaz, también yació con tarifa en tiempos de necesidad, aunque era más fea que un mandril. Juana Calamidad perdió de muy joven la costumbre de decir la verdad y acabó contando que tuvo una hija con el Salvaje Bill Hickok. Cuando le vinieron mal dadas ofició de puta en las casas de Dora DuFran, en Deadwood, Dakota del Sur. Dora DuFran era inglesa de Liverpool, se llamaba en realidad Helen Bolshaw y estaba en la mancebía desde los trece años. En los territorios de Dakota, cerca de las Colinas Negras de los indios sioux, regentó media docena de burdeles de los que el más famoso era el “Diddlin Dora´s”, en la quinta avenida de Belle Fourche, que Madame DuFran anunciaba como “El lugar al que podrías traer a tu madre”. Dora DuFran murió en 1934 con sesenta y seis años, de un ataque al corazón. Tuvo varios maridos pero solo le guardó fidelidad a su loro Fred, con el que fue enterrada en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood.

MARTÍN OLMOS

Un elefante se balanceaba…

In Bichos, Ejecuciones y linchamientos on 24 de junio de 2013 at 13:07

A la elefanta Mary, de cinco toneladas, la ahorcaron colgándola de una grúa ferroviaria por matar a un pelirrojo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Y el señor de la selva era Tha, el primer elefante”
RUDYARD KIPLING

Al pobre rey le crujieron lo que vienen llamando en el castizo el rulé por despachar a un dumbo en Botswana, cuando la culpa fue del elefante, que se puso a tiro. Porque cualquiera sabe que el rey gasta el gatillo ligero, como Wyatt Earp, y le hubiese gustado ser Allan Quatermain, aunque le sostiene mejor el parecido a Denys Finch Hatton, el novio cazador de Karen Blixen, que se iba de safari con el gramófono y la rubia. Al rey los disgustos le vienen por las escopetas y por los yernos. El rey lleva tumbados a tiros a su hermano pequeño Alfonso, al oso Mitrofán, que cayó cuando iba trompa de vodka y miel, y al elefante de Botswana, que murió sin bautizar. Los yernos le han salido fulastres y uno se viste raro y el otro es carterista. El rey podría hacer de su necesidad virtud y disparar a sus yernos, pero seguramente nadie le haya hecho la sugerencia. Cuando nos enteramos de la cacería de Botswana, nosotros, el plebeyerío cañí, que propendemos a enredar y a la canalla, nos pusimos de parte del bicho porque pensamos que los elefantes van por el camino cogiditos del rabo, como en “El Libro de la Selva” (el de Disney, no el de Kipling), cantando eso de “nuestra única ambición/ es marchar con precisión”. Los elefantes marchan con precisión cuando les sale una buena tarde, pero cuando les corre prisa galopan a destajo, en acracia y desbarajuste, yermando todo lo que pisan y barritando como las trompetas que echaron abajo los muros de Jericó, y como no ven media gorda se llevan por delante al que pillan dejándole en superficie y sin espesor. Los elefantes tienen mucha presencia física pero poquita de ánimo y todo lo que tienen de grandes lo tienen de cagones y se asustan de cualquier cosa. En Munich, el último día de julio de 1888, seis elefantes desfilaron con precisión en un pasacalles hasta que se cruzaron con un dragón de cartón que vomitaba fuegos artificiales. Los animales se asustaron, se soltaron de sus cadenas y se pusieron en carrera matando a siete ciudadanos y destrozando una cervecería. Hace apenas dos años, en la ciudad de Mysore, en el estado indio de Karnataka, entraron dos elefantes a los que el bosque desforestado les había dejado sin merienda y lo que les asustaba era el hambre y  mataron a dos vacas y a un vigilante llamado Renuka Prasad, al que le ensartaron en el suelo con los colmillos.

El general cartaginés Anibal Barca intuyó el tanque con el que Patton cruzó Europa y en el año 218 antes de Cristo atravesó los Alpes con un contingente de 50.000 soldados, 10.000 caballos y 37 elefantes africanos del Atlas, sobre los que posicionó a los arqueros. Los romanos contrarrestaban las cargas de los elefantes soltando cerdos a sus pies, que se ponían a gritar y les asustaban. En el capítulo sexto del Primer Libro de los Macabeos se dice que cuando Eupátor emprendió la invasión de Judea, juntó un ejército de cien mil hombres de infantería, veinte mil de caballería y treinta y dos elefantes adiestrados para el combate, a los que les daban de beber zumo de moras y vino tinto antes de entrar en batalla. Con la artillería, las cargas de los elefantes se quedaron para el recuerdo porque eran desbaratadas a tiros de cañón. No obstante, el rey de Siam ofreció el servicio de sus animales para combatir al sureño en la Guerra de Secesión, pero Lincoln los rechazó porque para paquidermos ya tenía al general Sherman y su estrategia de la “tierra arrasada”.

Montañas que caminan
Dicen que los elefantes son montañas que caminan, pero lo malo es cuando corren, que lo hacen a cuarenta kilómetros por hora, con lo que casi seguro que te pescan. También dicen que tienen buena memoria, lo que en vernáculo es confirmar que guardan rencores y tarde o temprano la devuelven. Los machos tienen malas pulgas cuando sufren el “must”, un periodo de enajenación transitorio y muy agresivo en el que buscan camorra con cualquiera. El “must” dura aproximadamente un mes en el que segregan niveles de testosterona sesenta veces mayores de lo normal, multiplican su deseo sexual y se vuelven quisquillosos. Lo que nunca nadie ha visto es a un elefante balanceándose sobre la tela de una araña, pero una elefanta, de nombre Mary, se balanceó en la soga del ahorcado. A Mary la colgaron en Tennessee, en 1916 por asesinar a un pelirrojo medio tonto que pensó que un elefante era la mula de tiro de su tía la del pueblo. Mary era una elefanta asiática de 30 años y cinco toneladas que tenía un número en el circo de los hermanos Sparks en el que bateaba una pelota con la trompa y bailaba veinticinco canciones. Cuando el espectáculo levantó la carpa en Kingsport, Tennessee, el 12 de septiembre de 1916, el entrenador del animal Paul Jacoby contrató a Walter Eldridge el Pelirrojo para que le ayudase a atenderlo. A Eldridge, que era conserje de hotel y no había visto  un elefante ni en un cromo, le dieron un gancho de hierro para hacerse respetar y con él le zumbó a Mary en las orejas para impedir que se comiese una sandía. Mary derribó de un trompazo al zoquete y después le pisó la cabeza haciéndosela pulpa. El sheriff del condado arrestó a la elefanta y la encadenó en la puerta de la comisaría y a la mañana siguiente procedieron a ejecutarla. Pensaron en acribillarla a tiros, envenenarla o electrocutarla, pero al final la colgaron como a un cuatrero de una grúa del ferrocarril. Tres mil paletos del estado del venerable Jack Daniel fueron a presenciar el último saludo en el escenario de la elefanta bailarina y pueden jurar que pasaron una buena tarde con el preámbulo, porque en el primer intento se rompió la cadena con la que le colgaron y la bestia se cayó desde cinco metros rompiéndose los tendones. Mary no fue el único paquidermo de circo que conoció la justicia del talión. En 1907, el elefante Punch, del circo Pinder, fue fusilado en el departamento francés de Tarn-et-Garonne por destripar a dos caballos; a Black Diamond, un ejemplar asiático de más de ocho mil kilos que actuaba en el circo Barnes, le frieron a tiros  en Houston, Texas, en 1929, por matar a una mujer y a Topsy, una hembra del circo Forepaugh de Coney Island, la electrocutaron por asesina reincidente en 1903. Topsy tenía treinta años y poca paciencia y mató a tres de sus cuidadores. Uno de ellos era un patán borracho que le daba de comer cigarrillos encendidos. El 4 de enero de 1903 la cebaron con medio kilo de cianuro y le descargaron más de 6.000 voltios de corriente que la dejaron frita en el acto.

Al rey, cuando se le acaben los yernos, le deberían guardar los elefantes con cuentas con la ley para que los tumbe a tiros, como hacía el gran Jim Corbett con los tigres devoradores de hombres. Le daría gusto al gatillo ligero y de paso ofrecería un servicio público y así no tendría que acabar pidiendo perdón en la puerta del dispensario, poniendo carita de pena, como un pobre a la salida de misa. Que le salió el gesto humano pero quedó menos regio que Bartolo tocando la flauta. Con un agujero solo. Que un rey está para ir a la grande en el mus, y no para andar pidiendo permiso.

MARTÍN OLMOS

Negros zulúes y sangre azul

In Hazañas bélicas, Reyes y caudillos on 19 de junio de 2013 at 23:13

Las excursiones de la nobleza a zonas en conflicto persiguen la publicidad y huyen del riesgo pero, a veces, se complican

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“¿Quién es ese pueblo extraordinario que vence a nuestros generales, convence a nuestros obispos y acaba en un día con una gran dinastía?”.
BENJAMÍN DISRAELI.

Resulta que por ir un molón a un festejo, el príncipe Harry, que es pecoso y zanahorio, y tercero en la línea de sucesión al trono de Inglaterra, se vistió de oficial nazi, se pescó una trompa y salió en la portada de “The Sun”. Cuando vieron la foto, los polacos acopiaron latas de conserva y se metieron debajo de la cama. Decían en Roma que la mujer del césar, además de serlo, tiene que parecerlo y el príncipe Harry aquella noche pareció gañán, curdela de guateque y poco sensible con la parte de sus paisanos que aún recordaban el Blitz. Cuando le leyeron la cartilla en Clarence House, la casa del Príncipe de Gales, el chaval se quiso ir a las Cruzadas, como Ricardo Corazón de León, porque en las biografías reales adorna más una guerra que en las de las bailarinas un amante tísico. Su tío Andrés ya frecuentó Las Malvinas, leyendo revistas de polo en el camarote mientras los gurkas tibetanos barrían el patio trasero  de mamá. A pesar de la oposición del Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra sir Richard Dannant, Harry de Afganistán fue destacado en la región de Helmand, en el suroeste de Kabul, para que combatiese al  barbudo talibán y se hiciese postales pintureras debajo de un sol de Lawrence de Arabia. Sir Richard Dannant, que es Caballero Comandante de la Orden del Baño, seguramente sabía que el ilustrerío en el frente complica y que las balas, como las flechas de Cupido, son ciegas y no miran si en el que se meten es huérfano y sustento de la familia, rey, santo o uno que pasaba por allí. Al general que le toca un célebre en la tropa se le levanta una jaqueca y si se descuida le pasan la cuenta del funeral; en el ejército inglés, que es dado a reñir en las colonias, lo saben muy bien desde que los negros cafres le matasen al último de los Bonaparte, que pretendió recuperar el trono de Francia jugando a ser Gordon de Jartum.

Fue durante el levantamiento zulú contra la ocupación inglesa del Transvaal sudafricano en 1879. Los casacas rojas de la reina Victoria  se fueron a dar un paseo, con los galgos y el servicio de té, pensando que le iban a pegar un repaso a un hatajo de negros en taparrabos hasta que, recién empezada la campaña, los zulúes les dieron una paliza bajo las colinas de Isandlwana y aniquilaron a media docena de compañías de infantería. “¡Ahí llegan, señor, espesos como la hierba y negros como el infierno!”, avisó el soldado Hitch, del 2º Batallón del 24º Regimiento, cuando unos días después atacaron el puesto de Rorke´s Drift. Zulú significa cielo y sus guerreros cruzaban los ríos cantando un sonido onomatopéyico que simulaba el zumbido de las moscas para espantar a los cocodrilos, podían recorrer sesenta kilómetros en una jornada a paso de carrera y atendían la lucha cuerpo a cuerpo deteniendo las bayonetas con el “isihlangu”, el escudo de piel de toro curtida en estiércol, y atacando con el “assegai”, la tradicional lanza corta cuyo temple guardaban en secreto los herreros de la tribu. Cuando se enteró del desastre, Luis Enrique Juan José Napoleón Bonaparte solicitó al duque de Cambridge, comandante en jefe del Ejército Británico, alistarse en el NAPOLEON IVcontingente de refuerzo que la metrópoli se disponía a enviar a Ciudad del Cabo. Luis Enrique era el último de la casa de los Bonaparte, sobrino nieto del corso e hijo de Napoleón III y de Eugenia de Montijo, Grande de España y condesa de Teba. Eugenia de Montijo era granadina y nació durante un terremoto, Rubén Darío le escribió un poema y practicó una alcoba hospitalaria, restauró el castillo de Arteaga y puso de moda los veraneos en Biarritz. Napoleón III fue el último soberano de París y había muerto en 1873 en el exilio en Inglaterra, después de la derrota francesa en la guerra franco prusiana. Estaba enterrado en la cripta imperial de la Abadía de Saint Michael. Luis Enrique era mozo guapetón, buen jinete y rumoreado de novio de la princesa Beatriz, hija de la reina Victoria, y los franceses que albergaban la esperanza de restituir la casa bonapartista le rendían el tratamiento de Su Alteza Imperial. El primer ministro Benjamín Disraeli consideró que la alternativa encerraba riesgos que no estaba dispuesto a correr pero la reina Victoria ejerció su influencia y consiguió que el príncipe, que se había graduado con el número 7 de una promoción de 34 en la Academia Militar de Woolwich, pudiese desplazarse a la campaña como observador civil, sin mando militar ni opción de entrar en combate.

El 28 de febrero de 1879 Luis Enrique zarpó desde Southampton con destino a Ciudad del Cabo. En el puerto le despidió su madre, la prensa y la comunidad francesa en el exilio. Luis Enrique tenía 23 años y ganas de engordar méritos, tenía un ojo en París y se llevó el sable de su tío abuelo Napoleón y dos de sus caballos preferidos, un par de pura sangres de silla alta. Le duraron lo justo, uno se rompió una pata al desembarcar y hubo que sacrificarlo y el otro se murió por fino, porque no se acostumbró al pasto africano. El periódico Le Figaro envió al corresponsal Paul Deléage para seguir las andanzas del príncipe y Luis Enrique comprendió las ventajas de una publicidad brava, desenvainó el sable del abuelo y sacó a relucir el armiño. El 1 de junio de 1879 se obstinó en efectuar un reconocimiento topográfico en las orillas de Blood River, en la zona de Natal, para buscar un lugar idóneo para acampar. Le obligaron escolta de seis hombres y la sumisión a las órdenes del teniente Brenton Carey, que estaba propuesto para capitán y lo último que deseaba era complicarse la vida. Cuando llevaban cabalgadas cinco horas era Luis Enrique el que dictaba el paso y decidió desmontar para descansar. Aunque la zona estaba considerada segura la rebanada, como casi siempre, cayó por el lado de la mantequilla y una patrulla de treinta guerreros zulúes les atacaron abatiendo a tiros a dos hombres de la expedición. En inferioridad, el teniente Carey mandó retirarse al galope pero la brida de Luis Enrique se rompió y le dio en tierra dejándole solo y a pie ante el enemigo. Le mataron de frente, a lanzazos de “assegai”, y en señal de respeto no le mutilaron. Encontraron su cuerpo desnudo a la mañana siguiente, con más de diez heridas frontales y ninguna en la espalda, que parece que no ofreció, con lo que murió valiente pero llevándose por delante el ascenso del teniente Carey, al que el teniente coronel Redvers Buller le recomendó que se pegase un tiro, y la carrera política de Disraeli. La sangre azul no es refractaria al cuchillo y el turismo de guerra tiene su riesgo, como el esquí, el polo y otros pasatiempos nobles. El príncipe Harry volvió de Afganistán de una pieza y con la imagen repasada,  puso las fotos de la mili encima de la tele pero no pudo evitar que, poco después,  el Channel 4 emitiese la agonía de su madre en el túnel de l´Alma. Eso no le mató, pero seguro que tampoco le engordó. Y sir Richard Dannant volvió a dormir de un tirón.

MARTÍN OLMOS

El ejército sin ojos

In Hazañas bélicas, Vilezas on 17 de junio de 2013 at 22:58

El emperador bizantino Basilio II ordenó cegar a 15.000 prisioneros búlgaros pero permitió a uno de cada cien conservar un ojo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En el país de los ciegos el tuerto es rey”
ERASMO DE ROTTERDAM

Cuando el emperador Samuil, zar del Primer Imperio Búlgaro -al que sus vasallos consideraban “invencible en poder e insuperable en fuerza”, al que el poeta Juan Geometres comparó con un soberbio cometa-  vio regresar a su ejército de la batalla de Kleidion, se sumió en un silencio que no interrumpió en dos meses. Sus hombres que partieron orgullosos volvieron ciegos, guiados por pastores tuertos y apoyados sobre sus espadas rotas que ahora eran bastones de tientas. Al empezar el tercer mes pareció que iba a hablar y sin embargo murió porque tenía el corazón roto.

La ley del miedo
Decía Voltaire que quien se venga después de la victoria es indigno de vencer. Los antiguos reyes guerreros celebraban sus victorias exhibiendo carnicerías que por una parte satisfacían sus desquites y por otra les otorgaban la propaganda sanguinaria que quitaba las ganas de reñir al vecindario, al que es bien sabido que si le ofrece la  mano se cree con el derecho de coger el brazo. Dicen las viejas que saben por viejas y no por sabias que de la mano de la misericordia entra en el hogar el hambre.  Cuando se va a una pelea hay que dejar las buenas intenciones en casa y llevarse a los arqueros, hay que manejar adecuadamente el miedo, que siempre comparece, pero dejar que el pánico lo tenga que administrar el enemigo. Es malo luchar contra lo desconocido, pero es peor hacerlo contra lo que ya se ha oído decir, si lo que se dijo no es bueno. Una fama de salvajismo convenientemente construida ejerce la misma función que las antiguas galas guerreras de yelmos en forma de dragón y pinturas de guerra dibujando colmillos en la faz. Lo decía Lucio Accio: que me odien con tal de que me teman. En los tiempos de la barbarie, que nadie sabe cuándo terminarán, no se respeta tanto al compasivo como al implacable y el código artúrico es una ilusión de los poetas. Cuando se tiene en frente a un matón de laurel el brazo de pelear se pone temblón y el cuerpo pide dejar la discrepancia para otra ocasión. Contaba Borges que dos peleadores de cuchillo de bravura cantada, don Nicolás Paredes y don Juan Muraña, disolvieron ellos solos una manifestación del Partido Radical que pretendía cruzar la calle Canning de Buenos Aires. Los dos machos ni lucieron el puñal y esperaron la comitiva, formada por un centenar de hombres con palos. Cuando los tuvieron en cara don Nicolás Paredes se dirigió a ellos con suavidad y les dijo: “Mejor que se vuelvan ustedes a casa” y el desfile se suspendió porque no quisieron cien probarse contra dos y sus prestigios.

Alguna razón tendrá la fama cuando  la comentan, y más vale el por si acaso que lamentarlo. El emperador Vlad III de Valaquia ordenó dejar una copa de oro junto a la fuente de la plaza de Târgoviste para que sus súbditos bebieran de ella. El emperador Vlad III, que le decían el Dragón, tenía la costumbre de ejecutar a sus enemigos empalándolos con una tranca que les introducía por la retaguardia y que iba abriéndose paso por los adentros hasta que les salía por la boca. Durante los años que duró su reinado no solo nadie osó robar la copa de oro de Târgoviste, sino que los sedientos preferían hacer cuenco con las manos y beber de la fuente por sus medios. Al enemigo solo se le respeta en los libros de la caballería andante y en las intenciones de la Convención de Ginebra y en realidad lo que se hace con él cuando sucumbe es darle el escarmiento, para que el vecino ponga sus barbas a remojar. Durante la revuelta de los gladiadores, el imperio de Roma tuvo que sacar de sus cantones a las tropas bregadas en Hispania para contener a los esclavos y en la batalla del Río Silario Espartaco peleó de rodillas porque tenía las piernas rotas, pero no rindió su espada. El reconocimiento que brindó el general Craso a los derrotados que quedaron con vida, que fueron unos 6.000 y riñeron con bravura, fue crucificarlos a lo largo del tramo de la Vía Apia que iba desde Capua hasta Roma. Los dejó de carroña para la cuervería y de paisaje educativo para que no cundiese el ejemplo.

En el reino de los ciegos…
Los emperadores bizantinos eran dados a grabar la letra con sangre. Miguel III, que le decían el Beodo por borrachuzo, mutilaba a sus enemigos y les cauterizaba los muñones con azufre para que conservasen la vida y la dedicasen a mendigar por las calles de Constantinopla. Basilio I el Grande dejaba a los reos tuertos y mancos y su hijo León VI, que le dijeron el Sabio, asaba a familias enteras empaladas en una parrilla. Al emperador Basilio II le terminaron llamando el Asesino de Búlgaros y con razón. Basilio, cuando joven, prefirió la guerra a caballo y el mujereo al gobierno de su imperio, que dejó en manos del eunuco Basilio Lecapeno, que era, a la sazón, hijo de trastienda del emperador Romano I. Lecapeno era envenenador de discrepantes, intrigante y ambicioso de tierras. Cuando Basilio II decidió administrar su predio le desterró, firmó una alianza con Rusia que le proporcionó una guardia personal de 6.000 mercenarios vikingos a los que llamaron “los portadores del hacha” y extendió la influencia de Bizancio entregándose a la guerra contra el Imperio Búlgaro. En 986 asedió Sofía durante veinte días con un ejército de 30.000 hombres pero tuvo que retirarse y de regreso a Constantinopla fue derrotado en la batalla de las Puertas Trajanas, de la que escapó con vida de milagro. La guerra duró tres décadas y el declive del imperio del zar Samuil comenzó después de la batalla de Kleidion, el 29 de julio de 1014. Basilio II sitió la fortaleza de Baba Vida, en Vidin, en las orillas del Danubio, y obligó al ejército búlgaro a pelear en el valle entre las montañas de Belasica y Ograzhden, cerca de la aldea de Kleidion. El general Nicéforo Xifias se infiltró en la retaguardia de las posiciones búlgaras mientras Basilio rompía las líneas frontales. Aquella jornada el emperador de Bizancio capturó 15.000 prisioneros a los que sometió a una modalidad perversa de los diezmos del emperador romano Macrino, que cuando consideraba que sus tropas no se habían conducido con valor ordenaba una zurra de latigazos a uno de cada diez soldados (con lo que es de suponer que a veces cobraba el bravo y se libraba el cagón, dependiendo de donde le cogiese la cuenta). Dividió a los prisioneros en grupos de cien y mandó que a noventa y nueve les vaciasen los dos ojos y al que hacía el ciento solo uno, para que sirviese de lazarillo a sus compañeros en el camino de regreso. Le devolvió Basilio II al zar Samuil su ejército inútil, casi quince mil soldados ciegos guiados por ciento cincuenta hombres tuertos. Sus mujeres no quedaron viudas, pero dejaron de afeitarse.  El emperador de Bulgaria sufrió un ataque de apoplejía cuando presenció el siniestro espectáculo de sus regimientos tullidos y murió tres meses después sin que nadie le volviese a oír pronunciar una palabra. Cuatro años después, los búlgaros prefirieron ver las caras de sus hijos que defender su reino.

MARTÍN OLMOS

Rodarán cabezas

In Los trastos de matar on 14 de junio de 2013 at 22:07

El doctor Joseph Ignace Guillotin fue un filántropo contrario a la pena de muerte que tuvo que cargar con que le pusieran su nombre a la guillotina

ILUSTRACION DE MARTïN OLMOS

“Que extraño, la mismísima guillotina es un progreso. El señor Guillotin era un filántropo”.
VICTOR HUGO

Decía Wodehouse que los franceses inventaron la guillotina como remedio contra la caspa. Desde la Guerra de los Cien Años los ingleses se dedican a despreciar pertinazmente cualquier cosa que venga de Francia y prefieren que a sus partes se las coma la mugre antes que usar un bidet. El verdugo John Ellis defendía la horca como el método más limpio para matar a la gente. Sostenía que la horca era inglesa, “como el criquet, el budín y la salsa de Worcester”. Por acá no nos damos tanta importancia con el garrote y no lo andamos pregonando de español como el bolo pasiego, las migas del pastor y la salsa de almogrote. John Ellis ejecutó al traidor Roger Casement y al infame doctor Crippen, escribió sus memorias y se suicidó en 1932 cortándose el cuello con una navaja de afeitar, en vez de colgarse de una viga con una maroma limpia y predicar con el ejemplo. Al verdugo virtuoso de la guillotina Charles Henri Sansón también le atribuyeron unas memorias que en realidad se las inventó Balzac veinticinco años después de su muerte. Lo que sí escribió Sansón fue una carta al periódico “Thermométre du Jour” en la que describió el comportamiento del rey Luis XVI en el cadalso unos veinte minutos después de las diez de la mañana del 21 de enero de 1793. Sansón aclaró que la hoja de la guillotina cortó limpiamente el cuello del monarca, que fue ejecutado bajo su nombre plebeyo de Luis Capeto, y no cayó sobre su cabeza, como se dijo, destrozándola en carnicería. También declaró que el rey se negó a ser maniatado, preguntó si iban a tocar los tambores en su honor (y le dijeron que no) e intentó largar un discurso al pueblo de Francia, pero no le dejaron. La carta, amarilleada por el tiempo, la subastaron en Christie´s en 2006 con un precio de salida de 175.000 euros. Charles Henri Sansón descendía de seis generaciones de verdugos, le gustaba tocar el violín y legó el oficio a sus hijos Henry, que decapitó a María Antonieta, y Gabriel, que se hizo papilla   cuando se vino abajo el andamio sobre el que estaba mostrando a la multitud la cabeza de un guillotinado y murió en la performance.

El doctor humanitario
En contra de lo que dijo Wodehouse, los franceses inventaron la guillotina con la intención de mitigar el sufrimiento de los ajusticiados, que hasta entonces eran emperchados de una soga y si tenían suerte morían descoyuntados y si no se pasaban la última hora en este mundo diñándola por ahogamiento. La Revolución Francesa la adoptó como emblema de la igualdad y acabó con las distinciones de rango a la hora de pagar la dolorosa porque hasta entonces a los nobles les cortaban la cabeza de un tajo rápido de espadón y al popular lo dejaban pingando de una soga para que echase un rato muriéndose mientras los cuervos le vaciaban los ojos. La guillotina estaba entre el tiovivo y el chisme con el que en las pescaderías cortan las bacaladas secas, con lo que era mitad circo y mitad charcutería: la hoja triangular de acero de unos sesenta kilos caía desde una altura de 2,80 metros en menos de tres cuartos de segundo y separaba el cuerpo, que se deslizaba a través de un plano inclinado, del tiesto, que iba a parar a un cesto generalmente lleno de salvado para que empapase la sangre. Al principio, la cuchilla bajaba junto a un gancho de hierro que descendía al mismo tiempo y se clavaba en la carne para mantener fija la cabeza, pero un verdugo llamado Roch lo suprimió por considerarlo innecesario. La guillotina ni la inventó el doctor Joseph Ignace Guillotin ni Guillotin acabó guillotinado ( y el desguillotinador que lo desguillotine buen desguillotinador será). Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes de Charente el 28 de mayo de 1738 y dice la leyenda que a su madre se le adelantó el parto por la impresión que le produjo el grito de un ladrón que estaba siendo atormentado y el verdugo tuvo que interrumpir su trabajo y oficiar de comadrona. Guillotin estuvo a punto de hacerse cura jesuita pero estudió medicina, profundizó en el mesmerismo, conoció a Benjamin Franklin y dictó clases de literatura en la escuela irlandesa de Burdeos. Puso consulta de pago en la Rue de la Bucherie de París, pero atendía sin cobrar a los GUILLOTINAmenesterosos de la parroquia de Saint-Severin, era contrario a la pena de muerte y cuando fue miembro de la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa elevó una propuesta para que, al menos, liquidasen a los reos en menos tiempo del que se tarda en suspirar y sin que les doliese mucho. La Asamblea aprobó la moción y encargó el diseño de una máquina de matar sin suplicio al doctor Antoine Louis, secretario de la Academia de Medicina, que copió la estructura del Patíbulo de Halifax, un ingenio cortador de cabezas que se utilizó en el oeste de Yorkshire en el siglo XVII. La primera guillotina la construyó Tobias Schmidt, fabricante de clavicordios, y se estrenó el 22 de abril de 1792 en la plaza de la Grève de París afeitándole el melón al bandido Nicolás Jacques Pelletier, que había matado a un hombre en la calle Bourbon-Villeneuve para robarle la cartera. Al principio la máquina no tuvo bautizo, pero después la llamaron la Louisette, en honor a Antoine Louis, pero la acabaron diciendo guillotina por el doctor Joseph Ignace, al que le vino el blasón ponderoso y se lo trató de quitar por feroz. A Guillotin le acabó mirando torcido Robespierre y le condenó a muerte, pero se salvó del barbero por los pelos y murió en 1814 por una infección en el hombro. Con el tiempo, sus descendientes elevaron una propuesta formal al gobierno francés para cambiar de nombre a la guillotina, pero al final se tuvieron que cambiar ellos el apellido.

La guillotina eliminó la incógnita de que el verdugo se presentase a trabajar borracho y, en cierta manera, se adelantó a la revolución industrial al suprimir al artesano y colocar a un operario con una palanca. Chateaubriand la llamó el Mecanismo Sepulcral y se demostró que era tan rápida que se tardaba más tiempo en escupir que en quitarle a un prójimo las jaquecas, pero algunos sostenían que la muerte no era tan instantánea y el cerebro del decapitado conservaba la actividad unos veinte segundos después del tajo. La leyenda dice que después de guillotinar a María Antonieta, Henry Sansón tomó su cabeza por la cabellera y la abofeteó en el rostro y la reina se ruborizó. Y antes de meter el cuello en el cepo, el químico Antoine de Lavoisier, que acabó debajo de la cuchilla por haberse peleado con Marat y por haber sido recaudador de impuestos, se apostó con sus amigos a que sería capaz de parpadear después de decapitado. La concurrencia que presenció el festejo juró que cuando su cabeza cayó en el cesto guiñó los ojos durante quince segundos. Parece que es fisiológicamente posible que un cerebro con déficit de oxígeno guarde reflejos que pueden causar contracciones involuntarias. Los chavales de los pueblos que se entretienen en barbarie y tiran a los tontos desde el campanario juegan a cortar el rabo a las lagartijas para contar las veces que se mueve una vez que queda separado del cuerpo. Se quedan contemplando el fenómeno sin ensayar deducciones biológicas y a cada coleo le dicen, por si acaso: y tu padre más.

MARTÍN OLMOS

El estafador por inercia

In Los chicos de la prensa on 11 de junio de 2013 at 13:35

El reportero Edward  Morpphy se inventó un pobre que nació con un pan debajo del brazo y pensó que a la ocasión la pintan calva

ILUSTRACION MARTIN OLMOS.

“Los reporteros de Hearst eran aventureros, brillantes, mistificadores, malandrines, imaginativos hasta el exceso, golfos”.
MANUEL LEGUINECHE.

Hubo un tiempo de máquinas de escribir Underwood en el que los periódicos los escribían mendas que gorreaban puros en los bautizos, hacían trampas al naipe y tomaban sus notas sobre el posavasos del tugurio de, es un decir, Lola la Maña, que tenía moqueta roja y taburetes de símil piel. Aquellos periodistas antañones practicaban la frecuencia de los pasmas con bolsillos de doble forro, de los concejales con trajes de piel de camaleón y de las damas peripatéticas. Les decían peripatéticos, que viene del griego “paseo” (peripatos), a los discípulos de Aristóteles porque éste exponía sus ocurrencias mientras caminaba por la plaza y los finolis llaman peripatéticas a las golfas porque su oficio requiere gasto de alpargata. Los caballeros de la prensa de esos tiempos anteriores a la deontología eran generalmente insolventes, alérgicos a los caseros y conscientes de que la posteridad de sus literaturas duraba una tarde. Se le atribuye a Chesterton la definición del periodismo como el arte de llenar columnas impresas al dorso de los anuncios. Un tipo cuyo hijo quería ser periodista le pidió a Hemingway un consejo para el chaval y Hemingway le dijo: déle cien pavos y que se vaya al diablo. Con cien pavos, un reportero de los de antes podía comprarse un traje decente de tres piezas con un alfiler de corbata a juego, pero lo normal era que los palmase en el hipódromo. Y con el bolsillo otra vez mondo tenía que volver a pasear la calle, como las discípulas de Aristóteles, en busca de una verdad que publicar en la parte de atrás del anuncio del linimento del doctor Sloan. Aquellos hombres de pluma urgente tuvieron con la Verdad una relación de amor cuando eran jóvenes, que derivó con el tiempo primero en aquiescencia y después en el juego de tahúres en el que se convierte un matrimonio que lleva muchos años durmiendo en el mismo colchón. Pensaban: no dejes que la verdad eche a perder una buena historia.

Fabricar la noticia
Una de las cuevas de borrachos más notorias de San Francisco al acabar el siglo XIX era la redacción del “Examiner”, cuyo dueño era William Randolph Hearst, al que sus empleados le llamaban El Jefe, que era anglicano, multimillonario, ladrón de obras de arte y el mayor embaucador de la prensa escrita anterior a la era Murdoch. Hearst decía que si no había noticias había que fabricarlas y contribuyó al periodismo con las ocho columnas, los titulares de diez centímetros, las tiras de historietas y los suplementos dominicales. Sus redactores, que eran una manada de golfos, solían ser caballeros refractarios al agua potable y Hearst era tolerante con su afición a empinar el codo hasta el punto de reconocer que le bastaba con que su mano derecha, Sam Chamberlain, solo estuviese sobrio una vez al mes. Cuando se murió su padre, el senador demócrata George Hearst, la crónica del funeral la tuvo que escribir un becario porque sus redactores titulares se emborracharon en el velatorio con barra libre. Pensaba que los periódicos los vendían los crímenes, los dramones de llorar, la destrucción de reputaciones y las guerras y casi se inventó la de Cuba de 1898. Envió al ilustrador Frederic Remington a La Habana para que tomase apuntes de las brutalidades a las que sometían los españoles a los independistas cubanos y cuando el artista le mandó un telegrama informándole que allí todo estaba tranquilo Hearst le contestó: “Permanezca en La Habana. Mande dibujos, yo pondré la guerra”.

El huérfano McGinty
Hearst decoraba su despacho del “Examiner” con momias egipcias que había comprado por cuatro gordas en El Cairo y quería que sus lectores llorasen como María Magdalena al pie de la cruz cuando leyesen su periódico. En 1896 le encargó al redactor Edward Morphy una serie de siete semblanzas de personajes destacados de San Francisco.  Morphy escribió seis perfiles veraces pero cuando estaba pensando en el séptimo le cogió el cierre de la edición, así que se fue a un bar y se inventó desde la primera hasta la última palabra la historia del pequeño McGinty. No se sabe si el retraso de Morphy lo provocó una timba de dados o una amiguita, pero sobre la barra de la tasca le salió una tarde sentimental y escribió la historia del huérfano McGinty, el mayor de tres hermanitos que vivían en una barraca lúgubre y que a duras penas cenaban una pizca de pan de ayer. El muchacho se levantaba antes del alba y se multiplicaba en una docena de trabajos duros en los que arañaba los dólares escasos para llevar rancho a la camada y lumbre para el hogar, no tenía tiempo para la escuela y caminaba sobre suelas de cartón. A la mañana siguiente no quedó ni una nariz seca sobre un ejemplar del “Examiner” y a las oficinas del periódico empezaron a llegar donativos de los lectores que querían contribuir a paliar la miseria de los McGinty. Hasta la señora Phoebe Apperson, madre de William Randolph Hearst, extendió un generoso cheque para que su hijo se lo hiciese llegar a los huerfanitos. Hearst, el Jefe, llamó a Morphy a su despacho de momias egipcias y le ordenó que escribiera más capítulos de la melodramática biografía de McGinty, que esta vez irían apoyados por dibujos a plumilla de un artista local. Le dijo que se había pasado dos horas llorando después de leer su reportaje y le otorgó la responsabilidad de la administración de los donativos para hacer que aquellos pobres muchachos tuvieran una vida mejor. A Morphy le nació el huérfano con un pan debajo del brazo y se sacó del sombrero una sarta de patrañas lacrimógenas que multiplicaron las ventas del periódico. Por supuesto que Hearst no se creyó ni la primera línea pero igual le dio mientras los lectores siguieran llorando. Como escribió Balzac, el periodismo es una tienda en la que se venden al público las palabras del color que las quiera. El problema de Morphy como custodio del capital de los McGinty era que no había McGintys, así que le pidió consejo al redactor jefe y llegaron a la conclusión de que la pasta ya había cumplido su función de bálsamo de las conciencias de los ciudadanos de San Francisco, porque la caridad sirve principalmente para que no se le avinagre a uno la digestión. Y como ellos disfrutaban, Dios mediante, de un estómago a prueba de balas, se la pulieron en discípulas de Aristóteles y en enjuiciar con criterio los licores de la comarca.

William Randolph Hearst murió en 1951 después de inventarse todo lo bueno y todo lo malo del periodismo moderno. Tenía 88 años y Orson Welles le pintó un retrato implacable en “Ciudadano Kane”. Hoy en las facultades se enseñan escrúpulos y en las redacciones han quitado de fumar. Y se ha oído de un reportero que se mantuvo sobrio como un obispo durante una recepción en una embajada en la que se escanciaron cócteles de gorra, pero no hay testimonio gráfico.

MARTÍN OLMOS

El día que Liviu Librescu dejó de correr

In Matanzas on 7 de junio de 2013 at 21:23

Un profesor judío superviviente del Holocausto salvó la vida de sus alumnos en la masacre de la Universidad de Virginia

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Liviu Librescu murió, como Leónidas y sus hoplitas espartanos y tespios, defendiendo una puerta para dar tiempo a que otros se pusieran a salvo”.
JON JUARISTI

Charles Darwin concluyó que no sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta a las circunstancias. El árbol que se mantiene firme contra el viento se quiebra, pero el bambú que se mece en su dirección permanece. Eso lo dijo Confucio o David Carradine en un capítulo de Kung-Fú, todavía se sigue discutiendo. La inclusión del bambú en la metáfora inclina a pensar que en todo caso lo dijo un chino. Un proverbio español dice que el soldado que huye sirve para otra guerra. Los maleables vivimos más tiempo que los audaces y seguimos la recomendación de Ovidio de andar por el camino de en medio. Recordamos que mamá nos decía que cuando se cierra una puerta no hay que poner los dedos. Adaptarse es una manera eufemística de reconocer la cobardía y todos somos valientes de lejos, pero aflojamos conforme vamos acercándonos. Lord Charles Wilson, primer barón de Moran, que obtuvo la Military Cross en la Primera Guerra Mundial y fue el médico personal de Winston Churchill, sostenía que el coraje no es un ingreso, sino un capital que cada hombre posee en una cantidad delimitada y consumible. Un día, el profesor Liviu Librescu se cansó de huir y decidió gastar su cuota de valor. Puso los dedos cuando se cerró la puerta. Podía haberse adaptado a las circunstancias y saltar por una ventana, arriesgándose a un trompazo de tres metros, pero se quedó haciendo frente al viento y lo tumbaron como al árbol, al contrario que el bambú. Liviu Librescu sobrevivió a la Guardia de Hierro de Antonescu, a los campos de concentración nazis y a la persecución de Ceaucescu, y le acabó matando en la tierra de la libertad un chaval idiota adicto a los videojuegos que tenía manía persecutoria, dos pistolas y nunca se había comido una rosca. De la muerte solo nos separa el tiempo, dijo Hemingway, y se presenta sin haberle pegado un repaso al historial del cliente haciendo que morirse, además de inevitable, a veces sea raro. Don Nicolás Paredes, matón porteño y rufián de golfas, sobrevivió a un centenar de peleas a cuchillo y, sin embargo, murió al caerse borracho del pescante de un carro. El saltimbanqui inglés Robert Leach sobrevivió a un salto de cincuenta metros en las cataratas del Niágara metido en un barril de metal y, sin embargo, murió de gangrena después de romperse una pierna al resbalarse con una monda de naranja. La condesa polaca Krystyna Skarbek peleó en la batalla de Vercors contra los regimientos de las SS y escapó de la Gestapo mordiéndose la lengua para escupir sangre y simular que tenía tuberculosis y, sin embargo, la mataron a cuchilladas en una riña pasional en un hotel de segunda en donde el destino la había puesto a fregar escaleras. El profesor Liviu Librescu sobrevivió a los monstruos y, sin embargo, le mató un imbécil.

El imbécil
El imbécil era Cho Seung-hui, un coreano con la adolescencia torcida que vivía en un país en el que te regalan un fusil semiautomático con las bolsas de patatas fritas. La adolescencia es la parte de nuestra vida en la que refrendamos con entusiasmo la teoría biológica del evolucionismo ilustrándola con un comportamiento simiesco que se manifiesta en el recelo, la consecución de homéricos records sexuales en solitario y el convencimiento de que todo el mundo juega en el equipo contrario. Y cualquiera en su sano juicio sabe que no hay que darle a un mono dos pistolas. Cho Seung-hui era además un esquizofrénico con trastorno bipolar que tenía una novia imaginaria porque no se le daban bien las de carne y hueso. Hablaba poco, le educó la tele, acosaba a las chavalas y pensaba que todo el mundo conspiraba contra él. Se compró una pistola Glock de nueve milímetros y una Walter del calibre 22, un cuchillo, ropa negra y el 16 de abril de 2007 entró en la Universidad Estatal de Virginia y mató a treinta y dos personas antes de pegarse un tiro. A la mañana siguiente enterraron a los muertos y fueron a la tele a largar lo de siempre los sociólogos, la Asociación del Rifle y Michael Moore, que se puso calcetines limpios para la ocasión.

…y el héroe viejo
La baja de mayor edad de aquella masacre fue el profesor Liviu Librescu, que fue acribillado en la puerta del aula 204 del edificio Norris Hall, a las diez menos cuarto de la mañana. Liviu Librescu era judío, tenía 76 años y problemas con la próstata. Nació en Rumanía en 1930 y con catorce años fue perseguido por la terrible Guardia de Hierro de Ion Antonescu, que fue responsable de la matanza de casi medio millón de judíos. La familia de Librescu fue trasladada al gueto de Focsani y después la encerraron en el campo de concentración nazi de Transnistria. Librescu sobrevivió de milagro y con la derrota del Eje le llevaron a un campo de trabajo soviético. Después de la guerra se graduó en ingeniería aeronáutica en el Instituto Politécnico de Bucarest y fue miembro LIVIU LIBRESCUde la Academia Rumana de las Ciencias, que le otorgó en 1972 el premio Traian Vuia, considerado su máximo galardón. Librescu se especializó en aeroelasticidad y aerodinámica y sin embargo volvió a ser perseguido por el dictador Ceaucescu cuando no quiso jurar fidelidad al partido comunista. No acabó tomando baños de sombra por la intercesión del primer ministro israelí Menahem Beguin, que consiguió su traslado a Tel Aviv en 1978. Se convirtió en uno de los principales especialistas mundiales en aeroelasticidad de las estructuras y en 1986 emigró a los Estados Unidos para dictar clases de mecánica de los cuerpos sólidos en la Universidad Estatal de Virginia, que le nombró Doctor Honoris Causa en el año 2000. El día de la matanza llevaba once años de retraso en su jubilación. Cuando Cho Seung-hui entró disparando en el edificio Norris Hall, los alumnos del aula 204 rompieron los cristales de las ventanas para saltar desde el segundo piso y escapar de la carnicería. El profesor Librescu se cansó de sobrevivir y decidió quedarse y gastar su capital de coraje, la cantidad consumible del barón de Moran. Para dar tiempo a los chicos bloqueó la puerta con su cuerpo. El estudiante Richard Mallalieu le intentó ayudar, pero Librescu le ordenó que saltase. Cho Seung-hui empujó la puerta con el hombro. Librescu tenía 76 años y medía apenas metro setenta y Cho Seung-hui tenía 23, alcanzaba el metro noventa y pesaba cerca de los ochenta kilos. Librescu aguantó tres embestidas. Los muchachos escaparon saltando los tres metros y medio que caían al jardín. Uno se rompió las dos piernas. Cho Seung-hui disparó a través de la puerta y acertó a Librescu, después entró y le remató. Todos los alumnos del aula 204 salieron de una pieza porque contaron con el tiempo que les proporcionó el bloqueo de Librescu, que había huido de su país pero no quiso escapar de una habitación. El Talmud dice que quien salva una vida, salva al mundo entero. Hemingway decía que de la muerte solo nos separa el tiempo, y al profesor Librescu le separó una ventana por la que no quiso saltar y se quedó a apagar la luz. Sobrevivió al holocausto y a la persecución de Ceaucescu pero la última ronda la pagó él. Abonó la espuela con su capital de valor.

MARTÍN OLMOS

El cheroqui ario

In Con buena letra on 3 de junio de 2013 at 18:25

Clint Eastwood adaptó una de las novelas de Forrest Carter, que se las daba de piel roja pero era del Ku Klux Klan

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Forrest Carter era un hombre sin ningún tipo de educación, ni siquiera la más elemental. Se había hecho a sí mismo y era famoso como narrador dentro de su ámbito”
CLINT EASTWOOD

Generalmente a nadie le importa tres cuartos de un chavo si el tío que le va a arreglar el coche fue en su juventud lanzador de cuchillos en un circo, violinista en un burdel o, por el contrario, un marido decente y cumplidor. Lo que le importa es que le apañe la tapa de la delco y, si es posible, con piezas del desguace,  para que no tenga que sacar al abuelo a pegar tirones para pagar la dolorosa. El mecánico suele rascarse la nuca sin soltar el trapo, mirando el arcano motor, y se le da bien decir que este ruido no me gusta y prolongar la incertidumbre, pero no te suele contar su vida y ni falta que te hace. Como mucho te suelta que tiene al mayor en la universidad y que al pequeño, en cambio, le va a tener que meter en el taller porque le ha salido flojo de codos. Pero buen chaval. El mecánico suele ser del atleti de Madrid y a su hijo mayor, el lince,  le acabas pagando el primer curso de la carrera pero cuando sales del taller no tienes ni idea de si al menda le atenaza una inquietud. Y otros tres cuartos de chavo que te importa. Sin embargo, cuando uno emprende la lectura de un libro adquiere de paso la peripecia de su autor y le tranquiliza que esté adornada de imponderables mitológicos. Si es un ensayista prefiere que sea profesor emérito del Birkbeck College, si es poeta se le antoja que sufra mal de amores, sea pálido o un poquito sarasa y si es novelista le gusta que haya sido de joven cazador de fieras, aviador o comunista. Los escritores son mentirosos por naturaleza y por oficio, como los chalanes de burros, y además de inventarse la trama les conviene inventarse a sí mismos al gusto del consumidor para vestir decentemente las solapas de sus libros. Pero han de ser cuidadosos como un carterista para que no les trinquen en un farol y se les caiga el andamiaje, porque a los lectores les gusta que la mujer del césar lo sea y lo parezca. Bukowski tenía que entromparse casi por convenio pero no solía airear que durante décadas tuvo un trabajo de nueve a cinco en Correos y Camilo José Cela estaba obligado por su cartel a soltar frescas de vez en cuando, o a disparar un cuesco de salva, pero no le apetecía recordar que en un tiempo se ganó los duros de censor. Te puede operar el menisco el doctor Mengele, que si te lo deja nuevo le mandarás un jamón por navidad, pero acabas por no leer a Günter Grass cuando te enteras de que perteneció a las Waffen-SS.

Mentira más, mentira menos
Los escritores suelen tener una relación intrigante con sus biografías y cuando una parte de ellas les estorba la borran como borraba Stalin de las fotos a los que antes había borrado del mapa. C.W. Ceram, el divulgador de la arqueología que escribió el clásico “Dioses, tumbas y sabios” (1949), se cambió el nombre para que no se supiese que era en realidad Kurt Wilhem Marek, propagandista del III Reich, y Arthur Miller escondió a su hijo con síndrome de Down en un asilo y practicó esforzadamente la ignorancia de su existencia. Una vez que Hemingway  y John Huston estaban contándose batallitas vieron que estaban cargando las tintas y el primero dijo: “Nosotros no exageramos, soltamos trolas directamente”. El propio Hemingway adornó durante un tiempo las circunstancias en las que fue herido en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial, sacándose de la chistera a un soldado medio muerto  al que acarreó sobre sus hombros, cuando en realidad le alcanzó la metralla de un obús mientras iba en bici repartiendo chocolatinas. Un auténtico virtuoso a la hora de inventarse la biografía fue Emilio Salgari, que sostuvo que navegó los siete mares peleando tifones y piratas con los galones de capitán mercante, cuando en toda su vida solo mantuvo su trasero sobre la cubierta de un barco de cabotaje durante un periplo de pasajero por el apacible Adriático que duró menos de una semana y no sabemos si se mareó. No obstante, cuando el periodista Giuseppe Biasoli le señaló el desliz, le desafió a duelo y se batieron. Sven Hassel refrendaba su saga sobre la Segunda Guerra Mundial asegurando haber combatido en el frente oriental alistado en una batallón de castigo de la Wehrmacht, pero se sospecha que nunca pisó una trinchera y se pasó la guerra viviendo del estraperlo en Dinamarca. Hoy se duda si Percival C. Wren, el autor de “Beau Gest”, estuvo alistado en la brutal Legión Extranjera Francesa y se sabe a ciencia cierta que Lobsang Rampa no fue un lama, sino el hijo de un fontanero de Liverpool que no había visto el Tibet ni en una postal. En los años sesenta todos los jipis que buscaban el karma en vez de procurarse un empleo decente leyeron su obra “El Tercer Ojo” (1956), en la que contaba su educación en el monasterio de Chakpori, en donde vio al Yeti, pero se acabó descubriendo que en realidad se llamaba Cyril Henry Hoskin y era de Devon. Más tarde dijo que sus obras se las dictó su gato por telepatía.

En 1975, el mestizo cherokee Forrest Carter envió su novela “Gone to Texas” a Robert Daley, supervisor de guiones de la productora Malpaso de Clint Eastwood. A partir de ella, Eastwood rodó su segundo western como director, que se tituló “El fuera de la ley Josey Wales”(1976), una violenta película que cuenta la huida de un renegado sureño que no acata la rendición de la Confederación. El mismo año del estreno Forrest Carter publicó su autobiografía, “Montañas como islas”, una exaltación de la vida salvaje que le colocó en el tope de los libros más vendidos. Se suponía que Carter era un medio piel roja, prácticamente analfabeto, que inventaba historias y alguien las transcribía literalmente, pero en realidad era un licenciado en periodismo de Alabama que no era partidario de mezclar las gamas cromáticas. Asa Earl Carter nació en 1925 en Anniston, Alabama, no era cherokee, se alistó en la marina durante la Segunda Guerra Mundial y cuando regresó a casa se licenció en periodismo por la Universidad de Colorado. FORREST CARTERSe casó con Thelma Walker, tuvo cuatro hijos y le echaron de su primer trabajo en una emisora de radio por predicar sermones fascistas. Se afilió al Ku Klux Klan y le ponía nervioso ver a un negrito que no estuviese recogiendo algodón. Le enchironaron por pegarse con la poli y fundó un grupo paramilitar escindido del Klan al que llamó la Confederación, que se uniformaba con túnicas grises en vez de blancas y le dieron una paliza al cantante de color Nat King Cole en Birmingham, Alabama, en 1956. Al año siguiente el Clan de la Confederación secuestró a un obrero negro llamado Edward Aaron, le castraron, le rociaron las pelotas con aguarrás y le abandonaron desangrado en una cuneta. Carter acabó escribiéndole los discursos al político ultraderechista Edward Wallace, gobernador de Alabama, metido en un despacho con una máquina de escribir, una botella de whisky, diez paquetes de pitillos Pall Mall y una pistola. Le regaló la frase: “Segregación hoy, segregación mañana y segregación siempre”. En los setenta se divorció, se fue a vivir a Texas, se dejó crecer el bigote y se puso un sombrero de vaquero, se cambió el nombre por el de Forrest (en honor al general sudista Nathan Bedford Forrest) y escribió “Gone to Texas”. Se hizo pasar por medio cherokee y predicó al buen salvaje. Impostó una temporada pero le reconocieron en la tele cuando recogía la fama de su segundo libro y un primo suyo dijo que era un psicópata. Forrest Carter no era de los tipos que se mueren de un catarro y el siete de junio de 1979 la diñó en Abilane, Texas, ahogándose en su propio vómito, borracho perdido después de liarse a puñetazos con uno de sus hijos.

MARTÍN OLMOS

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