MARTÍN OLMOS MEDINA

El cheroqui ario

In Con buena letra on 3 de junio de 2013 at 18:25

Clint Eastwood adaptó una de las novelas de Forrest Carter, que se las daba de piel roja pero era del Ku Klux Klan

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Forrest Carter era un hombre sin ningún tipo de educación, ni siquiera la más elemental. Se había hecho a sí mismo y era famoso como narrador dentro de su ámbito”
CLINT EASTWOOD

Generalmente a nadie le importa tres cuartos de un chavo si el tío que le va a arreglar el coche fue en su juventud lanzador de cuchillos en un circo, violinista en un burdel o, por el contrario, un marido decente y cumplidor. Lo que le importa es que le apañe la tapa de la delco y, si es posible, con piezas del desguace,  para que no tenga que sacar al abuelo a pegar tirones para pagar la dolorosa. El mecánico suele rascarse la nuca sin soltar el trapo, mirando el arcano motor, y se le da bien decir que este ruido no me gusta y prolongar la incertidumbre, pero no te suele contar su vida y ni falta que te hace. Como mucho te suelta que tiene al mayor en la universidad y que al pequeño, en cambio, le va a tener que meter en el taller porque le ha salido flojo de codos. Pero buen chaval. El mecánico suele ser del atleti de Madrid y a su hijo mayor, el lince,  le acabas pagando el primer curso de la carrera pero cuando sales del taller no tienes ni idea de si al menda le atenaza una inquietud. Y otros tres cuartos de chavo que te importa. Sin embargo, cuando uno emprende la lectura de un libro adquiere de paso la peripecia de su autor y le tranquiliza que esté adornada de imponderables mitológicos. Si es un ensayista prefiere que sea profesor emérito del Birkbeck College, si es poeta se le antoja que sufra mal de amores, sea pálido o un poquito sarasa y si es novelista le gusta que haya sido de joven cazador de fieras, aviador o comunista. Los escritores son mentirosos por naturaleza y por oficio, como los chalanes de burros, y además de inventarse la trama les conviene inventarse a sí mismos al gusto del consumidor para vestir decentemente las solapas de sus libros. Pero han de ser cuidadosos como un carterista para que no les trinquen en un farol y se les caiga el andamiaje, porque a los lectores les gusta que la mujer del césar lo sea y lo parezca. Bukowski tenía que entromparse casi por convenio pero no solía airear que durante décadas tuvo un trabajo de nueve a cinco en Correos y Camilo José Cela estaba obligado por su cartel a soltar frescas de vez en cuando, o a disparar un cuesco de salva, pero no le apetecía recordar que en un tiempo se ganó los duros de censor. Te puede operar el menisco el doctor Mengele, que si te lo deja nuevo le mandarás un jamón por navidad, pero acabas por no leer a Günter Grass cuando te enteras de que perteneció a las Waffen-SS.

Mentira más, mentira menos
Los escritores suelen tener una relación intrigante con sus biografías y cuando una parte de ellas les estorba la borran como borraba Stalin de las fotos a los que antes había borrado del mapa. C.W. Ceram, el divulgador de la arqueología que escribió el clásico “Dioses, tumbas y sabios” (1949), se cambió el nombre para que no se supiese que era en realidad Kurt Wilhem Marek, propagandista del III Reich, y Arthur Miller escondió a su hijo con síndrome de Down en un asilo y practicó esforzadamente la ignorancia de su existencia. Una vez que Hemingway  y John Huston estaban contándose batallitas vieron que estaban cargando las tintas y el primero dijo: “Nosotros no exageramos, soltamos trolas directamente”. El propio Hemingway adornó durante un tiempo las circunstancias en las que fue herido en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial, sacándose de la chistera a un soldado medio muerto  al que acarreó sobre sus hombros, cuando en realidad le alcanzó la metralla de un obús mientras iba en bici repartiendo chocolatinas. Un auténtico virtuoso a la hora de inventarse la biografía fue Emilio Salgari, que sostuvo que navegó los siete mares peleando tifones y piratas con los galones de capitán mercante, cuando en toda su vida solo mantuvo su trasero sobre la cubierta de un barco de cabotaje durante un periplo de pasajero por el apacible Adriático que duró menos de una semana y no sabemos si se mareó. No obstante, cuando el periodista Giuseppe Biasoli le señaló el desliz, le desafió a duelo y se batieron. Sven Hassel refrendaba su saga sobre la Segunda Guerra Mundial asegurando haber combatido en el frente oriental alistado en una batallón de castigo de la Wehrmacht, pero se sospecha que nunca pisó una trinchera y se pasó la guerra viviendo del estraperlo en Dinamarca. Hoy se duda si Percival C. Wren, el autor de “Beau Gest”, estuvo alistado en la brutal Legión Extranjera Francesa y se sabe a ciencia cierta que Lobsang Rampa no fue un lama, sino el hijo de un fontanero de Liverpool que no había visto el Tibet ni en una postal. En los años sesenta todos los jipis que buscaban el karma en vez de procurarse un empleo decente leyeron su obra “El Tercer Ojo” (1956), en la que contaba su educación en el monasterio de Chakpori, en donde vio al Yeti, pero se acabó descubriendo que en realidad se llamaba Cyril Henry Hoskin y era de Devon. Más tarde dijo que sus obras se las dictó su gato por telepatía.

En 1975, el mestizo cherokee Forrest Carter envió su novela “Gone to Texas” a Robert Daley, supervisor de guiones de la productora Malpaso de Clint Eastwood. A partir de ella, Eastwood rodó su segundo western como director, que se tituló “El fuera de la ley Josey Wales”(1976), una violenta película que cuenta la huida de un renegado sureño que no acata la rendición de la Confederación. El mismo año del estreno Forrest Carter publicó su autobiografía, “Montañas como islas”, una exaltación de la vida salvaje que le colocó en el tope de los libros más vendidos. Se suponía que Carter era un medio piel roja, prácticamente analfabeto, que inventaba historias y alguien las transcribía literalmente, pero en realidad era un licenciado en periodismo de Alabama que no era partidario de mezclar las gamas cromáticas. Asa Earl Carter nació en 1925 en Anniston, Alabama, no era cherokee, se alistó en la marina durante la Segunda Guerra Mundial y cuando regresó a casa se licenció en periodismo por la Universidad de Colorado. FORREST CARTERSe casó con Thelma Walker, tuvo cuatro hijos y le echaron de su primer trabajo en una emisora de radio por predicar sermones fascistas. Se afilió al Ku Klux Klan y le ponía nervioso ver a un negrito que no estuviese recogiendo algodón. Le enchironaron por pegarse con la poli y fundó un grupo paramilitar escindido del Klan al que llamó la Confederación, que se uniformaba con túnicas grises en vez de blancas y le dieron una paliza al cantante de color Nat King Cole en Birmingham, Alabama, en 1956. Al año siguiente el Clan de la Confederación secuestró a un obrero negro llamado Edward Aaron, le castraron, le rociaron las pelotas con aguarrás y le abandonaron desangrado en una cuneta. Carter acabó escribiéndole los discursos al político ultraderechista Edward Wallace, gobernador de Alabama, metido en un despacho con una máquina de escribir, una botella de whisky, diez paquetes de pitillos Pall Mall y una pistola. Le regaló la frase: “Segregación hoy, segregación mañana y segregación siempre”. En los setenta se divorció, se fue a vivir a Texas, se dejó crecer el bigote y se puso un sombrero de vaquero, se cambió el nombre por el de Forrest (en honor al general sudista Nathan Bedford Forrest) y escribió “Gone to Texas”. Se hizo pasar por medio cherokee y predicó al buen salvaje. Impostó una temporada pero le reconocieron en la tele cuando recogía la fama de su segundo libro y un primo suyo dijo que era un psicópata. Forrest Carter no era de los tipos que se mueren de un catarro y el siete de junio de 1979 la diñó en Abilane, Texas, ahogándose en su propio vómito, borracho perdido después de liarse a puñetazos con uno de sus hijos.

MARTÍN OLMOS

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