MARTÍN OLMOS MEDINA

El día que Liviu Librescu dejó de correr

In Matanzas on 7 de junio de 2013 at 21:23

Un profesor judío superviviente del Holocausto salvó la vida de sus alumnos en la masacre de la Universidad de Virginia

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Liviu Librescu murió, como Leónidas y sus hoplitas espartanos y tespios, defendiendo una puerta para dar tiempo a que otros se pusieran a salvo”.
JON JUARISTI

Charles Darwin concluyó que no sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta a las circunstancias. El árbol que se mantiene firme contra el viento se quiebra, pero el bambú que se mece en su dirección permanece. Eso lo dijo Confucio o David Carradine en un capítulo de Kung-Fú, todavía se sigue discutiendo. La inclusión del bambú en la metáfora inclina a pensar que en todo caso lo dijo un chino. Un proverbio español dice que el soldado que huye sirve para otra guerra. Los maleables vivimos más tiempo que los audaces y seguimos la recomendación de Ovidio de andar por el camino de en medio. Recordamos que mamá nos decía que cuando se cierra una puerta no hay que poner los dedos. Adaptarse es una manera eufemística de reconocer la cobardía y todos somos valientes de lejos, pero aflojamos conforme vamos acercándonos. Lord Charles Wilson, primer barón de Moran, que obtuvo la Military Cross en la Primera Guerra Mundial y fue el médico personal de Winston Churchill, sostenía que el coraje no es un ingreso, sino un capital que cada hombre posee en una cantidad delimitada y consumible. Un día, el profesor Liviu Librescu se cansó de huir y decidió gastar su cuota de valor. Puso los dedos cuando se cerró la puerta. Podía haberse adaptado a las circunstancias y saltar por una ventana, arriesgándose a un trompazo de tres metros, pero se quedó haciendo frente al viento y lo tumbaron como al árbol, al contrario que el bambú. Liviu Librescu sobrevivió a la Guardia de Hierro de Antonescu, a los campos de concentración nazis y a la persecución de Ceaucescu, y le acabó matando en la tierra de la libertad un chaval idiota adicto a los videojuegos que tenía manía persecutoria, dos pistolas y nunca se había comido una rosca. De la muerte solo nos separa el tiempo, dijo Hemingway, y se presenta sin haberle pegado un repaso al historial del cliente haciendo que morirse, además de inevitable, a veces sea raro. Don Nicolás Paredes, matón porteño y rufián de golfas, sobrevivió a un centenar de peleas a cuchillo y, sin embargo, murió al caerse borracho del pescante de un carro. El saltimbanqui inglés Robert Leach sobrevivió a un salto de cincuenta metros en las cataratas del Niágara metido en un barril de metal y, sin embargo, murió de gangrena después de romperse una pierna al resbalarse con una monda de naranja. La condesa polaca Krystyna Skarbek peleó en la batalla de Vercors contra los regimientos de las SS y escapó de la Gestapo mordiéndose la lengua para escupir sangre y simular que tenía tuberculosis y, sin embargo, la mataron a cuchilladas en una riña pasional en un hotel de segunda en donde el destino la había puesto a fregar escaleras. El profesor Liviu Librescu sobrevivió a los monstruos y, sin embargo, le mató un imbécil.

El imbécil
El imbécil era Cho Seung-hui, un coreano con la adolescencia torcida que vivía en un país en el que te regalan un fusil semiautomático con las bolsas de patatas fritas. La adolescencia es la parte de nuestra vida en la que refrendamos con entusiasmo la teoría biológica del evolucionismo ilustrándola con un comportamiento simiesco que se manifiesta en el recelo, la consecución de homéricos records sexuales en solitario y el convencimiento de que todo el mundo juega en el equipo contrario. Y cualquiera en su sano juicio sabe que no hay que darle a un mono dos pistolas. Cho Seung-hui era además un esquizofrénico con trastorno bipolar que tenía una novia imaginaria porque no se le daban bien las de carne y hueso. Hablaba poco, le educó la tele, acosaba a las chavalas y pensaba que todo el mundo conspiraba contra él. Se compró una pistola Glock de nueve milímetros y una Walter del calibre 22, un cuchillo, ropa negra y el 16 de abril de 2007 entró en la Universidad Estatal de Virginia y mató a treinta y dos personas antes de pegarse un tiro. A la mañana siguiente enterraron a los muertos y fueron a la tele a largar lo de siempre los sociólogos, la Asociación del Rifle y Michael Moore, que se puso calcetines limpios para la ocasión.

…y el héroe viejo
La baja de mayor edad de aquella masacre fue el profesor Liviu Librescu, que fue acribillado en la puerta del aula 204 del edificio Norris Hall, a las diez menos cuarto de la mañana. Liviu Librescu era judío, tenía 76 años y problemas con la próstata. Nació en Rumanía en 1930 y con catorce años fue perseguido por la terrible Guardia de Hierro de Ion Antonescu, que fue responsable de la matanza de casi medio millón de judíos. La familia de Librescu fue trasladada al gueto de Focsani y después la encerraron en el campo de concentración nazi de Transnistria. Librescu sobrevivió de milagro y con la derrota del Eje le llevaron a un campo de trabajo soviético. Después de la guerra se graduó en ingeniería aeronáutica en el Instituto Politécnico de Bucarest y fue miembro LIVIU LIBRESCUde la Academia Rumana de las Ciencias, que le otorgó en 1972 el premio Traian Vuia, considerado su máximo galardón. Librescu se especializó en aeroelasticidad y aerodinámica y sin embargo volvió a ser perseguido por el dictador Ceaucescu cuando no quiso jurar fidelidad al partido comunista. No acabó tomando baños de sombra por la intercesión del primer ministro israelí Menahem Beguin, que consiguió su traslado a Tel Aviv en 1978. Se convirtió en uno de los principales especialistas mundiales en aeroelasticidad de las estructuras y en 1986 emigró a los Estados Unidos para dictar clases de mecánica de los cuerpos sólidos en la Universidad Estatal de Virginia, que le nombró Doctor Honoris Causa en el año 2000. El día de la matanza llevaba once años de retraso en su jubilación. Cuando Cho Seung-hui entró disparando en el edificio Norris Hall, los alumnos del aula 204 rompieron los cristales de las ventanas para saltar desde el segundo piso y escapar de la carnicería. El profesor Librescu se cansó de sobrevivir y decidió quedarse y gastar su capital de coraje, la cantidad consumible del barón de Moran. Para dar tiempo a los chicos bloqueó la puerta con su cuerpo. El estudiante Richard Mallalieu le intentó ayudar, pero Librescu le ordenó que saltase. Cho Seung-hui empujó la puerta con el hombro. Librescu tenía 76 años y medía apenas metro setenta y Cho Seung-hui tenía 23, alcanzaba el metro noventa y pesaba cerca de los ochenta kilos. Librescu aguantó tres embestidas. Los muchachos escaparon saltando los tres metros y medio que caían al jardín. Uno se rompió las dos piernas. Cho Seung-hui disparó a través de la puerta y acertó a Librescu, después entró y le remató. Todos los alumnos del aula 204 salieron de una pieza porque contaron con el tiempo que les proporcionó el bloqueo de Librescu, que había huido de su país pero no quiso escapar de una habitación. El Talmud dice que quien salva una vida, salva al mundo entero. Hemingway decía que de la muerte solo nos separa el tiempo, y al profesor Librescu le separó una ventana por la que no quiso saltar y se quedó a apagar la luz. Sobrevivió al holocausto y a la persecución de Ceaucescu pero la última ronda la pagó él. Abonó la espuela con su capital de valor.

MARTÍN OLMOS

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  1. Extraordinario artículo y extraordinaria ilustración. Magnífico.

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