MARTÍN OLMOS MEDINA

El estafador por inercia

In Los chicos de la prensa on 11 de junio de 2013 at 13:35

El reportero Edward  Morpphy se inventó un pobre que nació con un pan debajo del brazo y pensó que a la ocasión la pintan calva

ILUSTRACION MARTIN OLMOS.

“Los reporteros de Hearst eran aventureros, brillantes, mistificadores, malandrines, imaginativos hasta el exceso, golfos”.
MANUEL LEGUINECHE.

Hubo un tiempo de máquinas de escribir Underwood en el que los periódicos los escribían mendas que gorreaban puros en los bautizos, hacían trampas al naipe y tomaban sus notas sobre el posavasos del tugurio de, es un decir, Lola la Maña, que tenía moqueta roja y taburetes de símil piel. Aquellos periodistas antañones practicaban la frecuencia de los pasmas con bolsillos de doble forro, de los concejales con trajes de piel de camaleón y de las damas peripatéticas. Les decían peripatéticos, que viene del griego “paseo” (peripatos), a los discípulos de Aristóteles porque éste exponía sus ocurrencias mientras caminaba por la plaza y los finolis llaman peripatéticas a las golfas porque su oficio requiere gasto de alpargata. Los caballeros de la prensa de esos tiempos anteriores a la deontología eran generalmente insolventes, alérgicos a los caseros y conscientes de que la posteridad de sus literaturas duraba una tarde. Se le atribuye a Chesterton la definición del periodismo como el arte de llenar columnas impresas al dorso de los anuncios. Un tipo cuyo hijo quería ser periodista le pidió a Hemingway un consejo para el chaval y Hemingway le dijo: déle cien pavos y que se vaya al diablo. Con cien pavos, un reportero de los de antes podía comprarse un traje decente de tres piezas con un alfiler de corbata a juego, pero lo normal era que los palmase en el hipódromo. Y con el bolsillo otra vez mondo tenía que volver a pasear la calle, como las discípulas de Aristóteles, en busca de una verdad que publicar en la parte de atrás del anuncio del linimento del doctor Sloan. Aquellos hombres de pluma urgente tuvieron con la Verdad una relación de amor cuando eran jóvenes, que derivó con el tiempo primero en aquiescencia y después en el juego de tahúres en el que se convierte un matrimonio que lleva muchos años durmiendo en el mismo colchón. Pensaban: no dejes que la verdad eche a perder una buena historia.

Fabricar la noticia
Una de las cuevas de borrachos más notorias de San Francisco al acabar el siglo XIX era la redacción del “Examiner”, cuyo dueño era William Randolph Hearst, al que sus empleados le llamaban El Jefe, que era anglicano, multimillonario, ladrón de obras de arte y el mayor embaucador de la prensa escrita anterior a la era Murdoch. Hearst decía que si no había noticias había que fabricarlas y contribuyó al periodismo con las ocho columnas, los titulares de diez centímetros, las tiras de historietas y los suplementos dominicales. Sus redactores, que eran una manada de golfos, solían ser caballeros refractarios al agua potable y Hearst era tolerante con su afición a empinar el codo hasta el punto de reconocer que le bastaba con que su mano derecha, Sam Chamberlain, solo estuviese sobrio una vez al mes. Cuando se murió su padre, el senador demócrata George Hearst, la crónica del funeral la tuvo que escribir un becario porque sus redactores titulares se emborracharon en el velatorio con barra libre. Pensaba que los periódicos los vendían los crímenes, los dramones de llorar, la destrucción de reputaciones y las guerras y casi se inventó la de Cuba de 1898. Envió al ilustrador Frederic Remington a La Habana para que tomase apuntes de las brutalidades a las que sometían los españoles a los independistas cubanos y cuando el artista le mandó un telegrama informándole que allí todo estaba tranquilo Hearst le contestó: “Permanezca en La Habana. Mande dibujos, yo pondré la guerra”.

El huérfano McGinty
Hearst decoraba su despacho del “Examiner” con momias egipcias que había comprado por cuatro gordas en El Cairo y quería que sus lectores llorasen como María Magdalena al pie de la cruz cuando leyesen su periódico. En 1896 le encargó al redactor Edward Morphy una serie de siete semblanzas de personajes destacados de San Francisco.  Morphy escribió seis perfiles veraces pero cuando estaba pensando en el séptimo le cogió el cierre de la edición, así que se fue a un bar y se inventó desde la primera hasta la última palabra la historia del pequeño McGinty. No se sabe si el retraso de Morphy lo provocó una timba de dados o una amiguita, pero sobre la barra de la tasca le salió una tarde sentimental y escribió la historia del huérfano McGinty, el mayor de tres hermanitos que vivían en una barraca lúgubre y que a duras penas cenaban una pizca de pan de ayer. El muchacho se levantaba antes del alba y se multiplicaba en una docena de trabajos duros en los que arañaba los dólares escasos para llevar rancho a la camada y lumbre para el hogar, no tenía tiempo para la escuela y caminaba sobre suelas de cartón. A la mañana siguiente no quedó ni una nariz seca sobre un ejemplar del “Examiner” y a las oficinas del periódico empezaron a llegar donativos de los lectores que querían contribuir a paliar la miseria de los McGinty. Hasta la señora Phoebe Apperson, madre de William Randolph Hearst, extendió un generoso cheque para que su hijo se lo hiciese llegar a los huerfanitos. Hearst, el Jefe, llamó a Morphy a su despacho de momias egipcias y le ordenó que escribiera más capítulos de la melodramática biografía de McGinty, que esta vez irían apoyados por dibujos a plumilla de un artista local. Le dijo que se había pasado dos horas llorando después de leer su reportaje y le otorgó la responsabilidad de la administración de los donativos para hacer que aquellos pobres muchachos tuvieran una vida mejor. A Morphy le nació el huérfano con un pan debajo del brazo y se sacó del sombrero una sarta de patrañas lacrimógenas que multiplicaron las ventas del periódico. Por supuesto que Hearst no se creyó ni la primera línea pero igual le dio mientras los lectores siguieran llorando. Como escribió Balzac, el periodismo es una tienda en la que se venden al público las palabras del color que las quiera. El problema de Morphy como custodio del capital de los McGinty era que no había McGintys, así que le pidió consejo al redactor jefe y llegaron a la conclusión de que la pasta ya había cumplido su función de bálsamo de las conciencias de los ciudadanos de San Francisco, porque la caridad sirve principalmente para que no se le avinagre a uno la digestión. Y como ellos disfrutaban, Dios mediante, de un estómago a prueba de balas, se la pulieron en discípulas de Aristóteles y en enjuiciar con criterio los licores de la comarca.

William Randolph Hearst murió en 1951 después de inventarse todo lo bueno y todo lo malo del periodismo moderno. Tenía 88 años y Orson Welles le pintó un retrato implacable en “Ciudadano Kane”. Hoy en las facultades se enseñan escrúpulos y en las redacciones han quitado de fumar. Y se ha oído de un reportero que se mantuvo sobrio como un obispo durante una recepción en una embajada en la que se escanciaron cócteles de gorra, pero no hay testimonio gráfico.

MARTÍN OLMOS

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