MARTÍN OLMOS MEDINA

Rodarán cabezas

In Los trastos de matar on 14 de junio de 2013 at 22:07

El doctor Joseph Ignace Guillotin fue un filántropo contrario a la pena de muerte que tuvo que cargar con que le pusieran su nombre a la guillotina

ILUSTRACION DE MARTïN OLMOS

“Que extraño, la mismísima guillotina es un progreso. El señor Guillotin era un filántropo”.
VICTOR HUGO

Decía Wodehouse que los franceses inventaron la guillotina como remedio contra la caspa. Desde la Guerra de los Cien Años los ingleses se dedican a despreciar pertinazmente cualquier cosa que venga de Francia y prefieren que a sus partes se las coma la mugre antes que usar un bidet. El verdugo John Ellis defendía la horca como el método más limpio para matar a la gente. Sostenía que la horca era inglesa, “como el criquet, el budín y la salsa de Worcester”. Por acá no nos damos tanta importancia con el garrote y no lo andamos pregonando de español como el bolo pasiego, las migas del pastor y la salsa de almogrote. John Ellis ejecutó al traidor Roger Casement y al infame doctor Crippen, escribió sus memorias y se suicidó en 1932 cortándose el cuello con una navaja de afeitar, en vez de colgarse de una viga con una maroma limpia y predicar con el ejemplo. Al verdugo virtuoso de la guillotina Charles Henri Sansón también le atribuyeron unas memorias que en realidad se las inventó Balzac veinticinco años después de su muerte. Lo que sí escribió Sansón fue una carta al periódico “Thermométre du Jour” en la que describió el comportamiento del rey Luis XVI en el cadalso unos veinte minutos después de las diez de la mañana del 21 de enero de 1793. Sansón aclaró que la hoja de la guillotina cortó limpiamente el cuello del monarca, que fue ejecutado bajo su nombre plebeyo de Luis Capeto, y no cayó sobre su cabeza, como se dijo, destrozándola en carnicería. También declaró que el rey se negó a ser maniatado, preguntó si iban a tocar los tambores en su honor (y le dijeron que no) e intentó largar un discurso al pueblo de Francia, pero no le dejaron. La carta, amarilleada por el tiempo, la subastaron en Christie´s en 2006 con un precio de salida de 175.000 euros. Charles Henri Sansón descendía de seis generaciones de verdugos, le gustaba tocar el violín y legó el oficio a sus hijos Henry, que decapitó a María Antonieta, y Gabriel, que se hizo papilla   cuando se vino abajo el andamio sobre el que estaba mostrando a la multitud la cabeza de un guillotinado y murió en la performance.

El doctor humanitario
En contra de lo que dijo Wodehouse, los franceses inventaron la guillotina con la intención de mitigar el sufrimiento de los ajusticiados, que hasta entonces eran emperchados de una soga y si tenían suerte morían descoyuntados y si no se pasaban la última hora en este mundo diñándola por ahogamiento. La Revolución Francesa la adoptó como emblema de la igualdad y acabó con las distinciones de rango a la hora de pagar la dolorosa porque hasta entonces a los nobles les cortaban la cabeza de un tajo rápido de espadón y al popular lo dejaban pingando de una soga para que echase un rato muriéndose mientras los cuervos le vaciaban los ojos. La guillotina estaba entre el tiovivo y el chisme con el que en las pescaderías cortan las bacaladas secas, con lo que era mitad circo y mitad charcutería: la hoja triangular de acero de unos sesenta kilos caía desde una altura de 2,80 metros en menos de tres cuartos de segundo y separaba el cuerpo, que se deslizaba a través de un plano inclinado, del tiesto, que iba a parar a un cesto generalmente lleno de salvado para que empapase la sangre. Al principio, la cuchilla bajaba junto a un gancho de hierro que descendía al mismo tiempo y se clavaba en la carne para mantener fija la cabeza, pero un verdugo llamado Roch lo suprimió por considerarlo innecesario. La guillotina ni la inventó el doctor Joseph Ignace Guillotin ni Guillotin acabó guillotinado ( y el desguillotinador que lo desguillotine buen desguillotinador será). Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes de Charente el 28 de mayo de 1738 y dice la leyenda que a su madre se le adelantó el parto por la impresión que le produjo el grito de un ladrón que estaba siendo atormentado y el verdugo tuvo que interrumpir su trabajo y oficiar de comadrona. Guillotin estuvo a punto de hacerse cura jesuita pero estudió medicina, profundizó en el mesmerismo, conoció a Benjamin Franklin y dictó clases de literatura en la escuela irlandesa de Burdeos. Puso consulta de pago en la Rue de la Bucherie de París, pero atendía sin cobrar a los GUILLOTINAmenesterosos de la parroquia de Saint-Severin, era contrario a la pena de muerte y cuando fue miembro de la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa elevó una propuesta para que, al menos, liquidasen a los reos en menos tiempo del que se tarda en suspirar y sin que les doliese mucho. La Asamblea aprobó la moción y encargó el diseño de una máquina de matar sin suplicio al doctor Antoine Louis, secretario de la Academia de Medicina, que copió la estructura del Patíbulo de Halifax, un ingenio cortador de cabezas que se utilizó en el oeste de Yorkshire en el siglo XVII. La primera guillotina la construyó Tobias Schmidt, fabricante de clavicordios, y se estrenó el 22 de abril de 1792 en la plaza de la Grève de París afeitándole el melón al bandido Nicolás Jacques Pelletier, que había matado a un hombre en la calle Bourbon-Villeneuve para robarle la cartera. Al principio la máquina no tuvo bautizo, pero después la llamaron la Louisette, en honor a Antoine Louis, pero la acabaron diciendo guillotina por el doctor Joseph Ignace, al que le vino el blasón ponderoso y se lo trató de quitar por feroz. A Guillotin le acabó mirando torcido Robespierre y le condenó a muerte, pero se salvó del barbero por los pelos y murió en 1814 por una infección en el hombro. Con el tiempo, sus descendientes elevaron una propuesta formal al gobierno francés para cambiar de nombre a la guillotina, pero al final se tuvieron que cambiar ellos el apellido.

La guillotina eliminó la incógnita de que el verdugo se presentase a trabajar borracho y, en cierta manera, se adelantó a la revolución industrial al suprimir al artesano y colocar a un operario con una palanca. Chateaubriand la llamó el Mecanismo Sepulcral y se demostró que era tan rápida que se tardaba más tiempo en escupir que en quitarle a un prójimo las jaquecas, pero algunos sostenían que la muerte no era tan instantánea y el cerebro del decapitado conservaba la actividad unos veinte segundos después del tajo. La leyenda dice que después de guillotinar a María Antonieta, Henry Sansón tomó su cabeza por la cabellera y la abofeteó en el rostro y la reina se ruborizó. Y antes de meter el cuello en el cepo, el químico Antoine de Lavoisier, que acabó debajo de la cuchilla por haberse peleado con Marat y por haber sido recaudador de impuestos, se apostó con sus amigos a que sería capaz de parpadear después de decapitado. La concurrencia que presenció el festejo juró que cuando su cabeza cayó en el cesto guiñó los ojos durante quince segundos. Parece que es fisiológicamente posible que un cerebro con déficit de oxígeno guarde reflejos que pueden causar contracciones involuntarias. Los chavales de los pueblos que se entretienen en barbarie y tiran a los tontos desde el campanario juegan a cortar el rabo a las lagartijas para contar las veces que se mueve una vez que queda separado del cuerpo. Se quedan contemplando el fenómeno sin ensayar deducciones biológicas y a cada coleo le dicen, por si acaso: y tu padre más.

MARTÍN OLMOS

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  1. Hola Martín Olmos, soy Javier de Santander y estoy realizando una investigación sobre un bastón espada de origen francés posiblemente del siglo XIX, que compré en el mercado de las pulgas hace casi 30 años. Me interesa saber si sabes algo del tipo de madera con que se construían las guillotinas por si pudiera haber una relación con mi bastón. Y si no, por si sabes dónde puedo encontrar información sobre el tema.

    Me ha gustado tu publicación.

    Un saludo!

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