MARTÍN OLMOS MEDINA

El ejército sin ojos

In Hazañas bélicas, Vilezas on 17 de junio de 2013 at 22:58

El emperador bizantino Basilio II ordenó cegar a 15.000 prisioneros búlgaros pero permitió a uno de cada cien conservar un ojo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En el país de los ciegos el tuerto es rey”
ERASMO DE ROTTERDAM

Cuando el emperador Samuil, zar del Primer Imperio Búlgaro -al que sus vasallos consideraban “invencible en poder e insuperable en fuerza”, al que el poeta Juan Geometres comparó con un soberbio cometa-  vio regresar a su ejército de la batalla de Kleidion, se sumió en un silencio que no interrumpió en dos meses. Sus hombres que partieron orgullosos volvieron ciegos, guiados por pastores tuertos y apoyados sobre sus espadas rotas que ahora eran bastones de tientas. Al empezar el tercer mes pareció que iba a hablar y sin embargo murió porque tenía el corazón roto.

La ley del miedo
Decía Voltaire que quien se venga después de la victoria es indigno de vencer. Los antiguos reyes guerreros celebraban sus victorias exhibiendo carnicerías que por una parte satisfacían sus desquites y por otra les otorgaban la propaganda sanguinaria que quitaba las ganas de reñir al vecindario, al que es bien sabido que si le ofrece la  mano se cree con el derecho de coger el brazo. Dicen las viejas que saben por viejas y no por sabias que de la mano de la misericordia entra en el hogar el hambre.  Cuando se va a una pelea hay que dejar las buenas intenciones en casa y llevarse a los arqueros, hay que manejar adecuadamente el miedo, que siempre comparece, pero dejar que el pánico lo tenga que administrar el enemigo. Es malo luchar contra lo desconocido, pero es peor hacerlo contra lo que ya se ha oído decir, si lo que se dijo no es bueno. Una fama de salvajismo convenientemente construida ejerce la misma función que las antiguas galas guerreras de yelmos en forma de dragón y pinturas de guerra dibujando colmillos en la faz. Lo decía Lucio Accio: que me odien con tal de que me teman. En los tiempos de la barbarie, que nadie sabe cuándo terminarán, no se respeta tanto al compasivo como al implacable y el código artúrico es una ilusión de los poetas. Cuando se tiene en frente a un matón de laurel el brazo de pelear se pone temblón y el cuerpo pide dejar la discrepancia para otra ocasión. Contaba Borges que dos peleadores de cuchillo de bravura cantada, don Nicolás Paredes y don Juan Muraña, disolvieron ellos solos una manifestación del Partido Radical que pretendía cruzar la calle Canning de Buenos Aires. Los dos machos ni lucieron el puñal y esperaron la comitiva, formada por un centenar de hombres con palos. Cuando los tuvieron en cara don Nicolás Paredes se dirigió a ellos con suavidad y les dijo: “Mejor que se vuelvan ustedes a casa” y el desfile se suspendió porque no quisieron cien probarse contra dos y sus prestigios.

Alguna razón tendrá la fama cuando  la comentan, y más vale el por si acaso que lamentarlo. El emperador Vlad III de Valaquia ordenó dejar una copa de oro junto a la fuente de la plaza de Târgoviste para que sus súbditos bebieran de ella. El emperador Vlad III, que le decían el Dragón, tenía la costumbre de ejecutar a sus enemigos empalándolos con una tranca que les introducía por la retaguardia y que iba abriéndose paso por los adentros hasta que les salía por la boca. Durante los años que duró su reinado no solo nadie osó robar la copa de oro de Târgoviste, sino que los sedientos preferían hacer cuenco con las manos y beber de la fuente por sus medios. Al enemigo solo se le respeta en los libros de la caballería andante y en las intenciones de la Convención de Ginebra y en realidad lo que se hace con él cuando sucumbe es darle el escarmiento, para que el vecino ponga sus barbas a remojar. Durante la revuelta de los gladiadores, el imperio de Roma tuvo que sacar de sus cantones a las tropas bregadas en Hispania para contener a los esclavos y en la batalla del Río Silario Espartaco peleó de rodillas porque tenía las piernas rotas, pero no rindió su espada. El reconocimiento que brindó el general Craso a los derrotados que quedaron con vida, que fueron unos 6.000 y riñeron con bravura, fue crucificarlos a lo largo del tramo de la Vía Apia que iba desde Capua hasta Roma. Los dejó de carroña para la cuervería y de paisaje educativo para que no cundiese el ejemplo.

En el reino de los ciegos…
Los emperadores bizantinos eran dados a grabar la letra con sangre. Miguel III, que le decían el Beodo por borrachuzo, mutilaba a sus enemigos y les cauterizaba los muñones con azufre para que conservasen la vida y la dedicasen a mendigar por las calles de Constantinopla. Basilio I el Grande dejaba a los reos tuertos y mancos y su hijo León VI, que le dijeron el Sabio, asaba a familias enteras empaladas en una parrilla. Al emperador Basilio II le terminaron llamando el Asesino de Búlgaros y con razón. Basilio, cuando joven, prefirió la guerra a caballo y el mujereo al gobierno de su imperio, que dejó en manos del eunuco Basilio Lecapeno, que era, a la sazón, hijo de trastienda del emperador Romano I. Lecapeno era envenenador de discrepantes, intrigante y ambicioso de tierras. Cuando Basilio II decidió administrar su predio le desterró, firmó una alianza con Rusia que le proporcionó una guardia personal de 6.000 mercenarios vikingos a los que llamaron “los portadores del hacha” y extendió la influencia de Bizancio entregándose a la guerra contra el Imperio Búlgaro. En 986 asedió Sofía durante veinte días con un ejército de 30.000 hombres pero tuvo que retirarse y de regreso a Constantinopla fue derrotado en la batalla de las Puertas Trajanas, de la que escapó con vida de milagro. La guerra duró tres décadas y el declive del imperio del zar Samuil comenzó después de la batalla de Kleidion, el 29 de julio de 1014. Basilio II sitió la fortaleza de Baba Vida, en Vidin, en las orillas del Danubio, y obligó al ejército búlgaro a pelear en el valle entre las montañas de Belasica y Ograzhden, cerca de la aldea de Kleidion. El general Nicéforo Xifias se infiltró en la retaguardia de las posiciones búlgaras mientras Basilio rompía las líneas frontales. Aquella jornada el emperador de Bizancio capturó 15.000 prisioneros a los que sometió a una modalidad perversa de los diezmos del emperador romano Macrino, que cuando consideraba que sus tropas no se habían conducido con valor ordenaba una zurra de latigazos a uno de cada diez soldados (con lo que es de suponer que a veces cobraba el bravo y se libraba el cagón, dependiendo de donde le cogiese la cuenta). Dividió a los prisioneros en grupos de cien y mandó que a noventa y nueve les vaciasen los dos ojos y al que hacía el ciento solo uno, para que sirviese de lazarillo a sus compañeros en el camino de regreso. Le devolvió Basilio II al zar Samuil su ejército inútil, casi quince mil soldados ciegos guiados por ciento cincuenta hombres tuertos. Sus mujeres no quedaron viudas, pero dejaron de afeitarse.  El emperador de Bulgaria sufrió un ataque de apoplejía cuando presenció el siniestro espectáculo de sus regimientos tullidos y murió tres meses después sin que nadie le volviese a oír pronunciar una palabra. Cuatro años después, los búlgaros prefirieron ver las caras de sus hijos que defender su reino.

MARTÍN OLMOS

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: