MARTÍN OLMOS MEDINA

Un elefante se balanceaba…

In Bichos, Ejecuciones y linchamientos on 24 de junio de 2013 at 13:07

A la elefanta Mary, de cinco toneladas, la ahorcaron colgándola de una grúa ferroviaria por matar a un pelirrojo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Y el señor de la selva era Tha, el primer elefante”
RUDYARD KIPLING

Al pobre rey le crujieron lo que vienen llamando en el castizo el rulé por despachar a un dumbo en Botswana, cuando la culpa fue del elefante, que se puso a tiro. Porque cualquiera sabe que el rey gasta el gatillo ligero, como Wyatt Earp, y le hubiese gustado ser Allan Quatermain, aunque le sostiene mejor el parecido a Denys Finch Hatton, el novio cazador de Karen Blixen, que se iba de safari con el gramófono y la rubia. Al rey los disgustos le vienen por las escopetas y por los yernos. El rey lleva tumbados a tiros a su hermano pequeño Alfonso, al oso Mitrofán, que cayó cuando iba trompa de vodka y miel, y al elefante de Botswana, que murió sin bautizar. Los yernos le han salido fulastres y uno se viste raro y el otro es carterista. El rey podría hacer de su necesidad virtud y disparar a sus yernos, pero seguramente nadie le haya hecho la sugerencia. Cuando nos enteramos de la cacería de Botswana, nosotros, el plebeyerío cañí, que propendemos a enredar y a la canalla, nos pusimos de parte del bicho porque pensamos que los elefantes van por el camino cogiditos del rabo, como en “El Libro de la Selva” (el de Disney, no el de Kipling), cantando eso de “nuestra única ambición/ es marchar con precisión”. Los elefantes marchan con precisión cuando les sale una buena tarde, pero cuando les corre prisa galopan a destajo, en acracia y desbarajuste, yermando todo lo que pisan y barritando como las trompetas que echaron abajo los muros de Jericó, y como no ven media gorda se llevan por delante al que pillan dejándole en superficie y sin espesor. Los elefantes tienen mucha presencia física pero poquita de ánimo y todo lo que tienen de grandes lo tienen de cagones y se asustan de cualquier cosa. En Munich, el último día de julio de 1888, seis elefantes desfilaron con precisión en un pasacalles hasta que se cruzaron con un dragón de cartón que vomitaba fuegos artificiales. Los animales se asustaron, se soltaron de sus cadenas y se pusieron en carrera matando a siete ciudadanos y destrozando una cervecería. Hace apenas dos años, en la ciudad de Mysore, en el estado indio de Karnataka, entraron dos elefantes a los que el bosque desforestado les había dejado sin merienda y lo que les asustaba era el hambre y  mataron a dos vacas y a un vigilante llamado Renuka Prasad, al que le ensartaron en el suelo con los colmillos.

El general cartaginés Anibal Barca intuyó el tanque con el que Patton cruzó Europa y en el año 218 antes de Cristo atravesó los Alpes con un contingente de 50.000 soldados, 10.000 caballos y 37 elefantes africanos del Atlas, sobre los que posicionó a los arqueros. Los romanos contrarrestaban las cargas de los elefantes soltando cerdos a sus pies, que se ponían a gritar y les asustaban. En el capítulo sexto del Primer Libro de los Macabeos se dice que cuando Eupátor emprendió la invasión de Judea, juntó un ejército de cien mil hombres de infantería, veinte mil de caballería y treinta y dos elefantes adiestrados para el combate, a los que les daban de beber zumo de moras y vino tinto antes de entrar en batalla. Con la artillería, las cargas de los elefantes se quedaron para el recuerdo porque eran desbaratadas a tiros de cañón. No obstante, el rey de Siam ofreció el servicio de sus animales para combatir al sureño en la Guerra de Secesión, pero Lincoln los rechazó porque para paquidermos ya tenía al general Sherman y su estrategia de la “tierra arrasada”.

Montañas que caminan
Dicen que los elefantes son montañas que caminan, pero lo malo es cuando corren, que lo hacen a cuarenta kilómetros por hora, con lo que casi seguro que te pescan. También dicen que tienen buena memoria, lo que en vernáculo es confirmar que guardan rencores y tarde o temprano la devuelven. Los machos tienen malas pulgas cuando sufren el “must”, un periodo de enajenación transitorio y muy agresivo en el que buscan camorra con cualquiera. El “must” dura aproximadamente un mes en el que segregan niveles de testosterona sesenta veces mayores de lo normal, multiplican su deseo sexual y se vuelven quisquillosos. Lo que nunca nadie ha visto es a un elefante balanceándose sobre la tela de una araña, pero una elefanta, de nombre Mary, se balanceó en la soga del ahorcado. A Mary la colgaron en Tennessee, en 1916 por asesinar a un pelirrojo medio tonto que pensó que un elefante era la mula de tiro de su tía la del pueblo. Mary era una elefanta asiática de 30 años y cinco toneladas que tenía un número en el circo de los hermanos Sparks en el que bateaba una pelota con la trompa y bailaba veinticinco canciones. Cuando el espectáculo levantó la carpa en Kingsport, Tennessee, el 12 de septiembre de 1916, el entrenador del animal Paul Jacoby contrató a Walter Eldridge el Pelirrojo para que le ayudase a atenderlo. A Eldridge, que era conserje de hotel y no había visto  un elefante ni en un cromo, le dieron un gancho de hierro para hacerse respetar y con él le zumbó a Mary en las orejas para impedir que se comiese una sandía. Mary derribó de un trompazo al zoquete y después le pisó la cabeza haciéndosela pulpa. El sheriff del condado arrestó a la elefanta y la encadenó en la puerta de la comisaría y a la mañana siguiente procedieron a ejecutarla. Pensaron en acribillarla a tiros, envenenarla o electrocutarla, pero al final la colgaron como a un cuatrero de una grúa del ferrocarril. Tres mil paletos del estado del venerable Jack Daniel fueron a presenciar el último saludo en el escenario de la elefanta bailarina y pueden jurar que pasaron una buena tarde con el preámbulo, porque en el primer intento se rompió la cadena con la que le colgaron y la bestia se cayó desde cinco metros rompiéndose los tendones. Mary no fue el único paquidermo de circo que conoció la justicia del talión. En 1907, el elefante Punch, del circo Pinder, fue fusilado en el departamento francés de Tarn-et-Garonne por destripar a dos caballos; a Black Diamond, un ejemplar asiático de más de ocho mil kilos que actuaba en el circo Barnes, le frieron a tiros  en Houston, Texas, en 1929, por matar a una mujer y a Topsy, una hembra del circo Forepaugh de Coney Island, la electrocutaron por asesina reincidente en 1903. Topsy tenía treinta años y poca paciencia y mató a tres de sus cuidadores. Uno de ellos era un patán borracho que le daba de comer cigarrillos encendidos. El 4 de enero de 1903 la cebaron con medio kilo de cianuro y le descargaron más de 6.000 voltios de corriente que la dejaron frita en el acto.

Al rey, cuando se le acaben los yernos, le deberían guardar los elefantes con cuentas con la ley para que los tumbe a tiros, como hacía el gran Jim Corbett con los tigres devoradores de hombres. Le daría gusto al gatillo ligero y de paso ofrecería un servicio público y así no tendría que acabar pidiendo perdón en la puerta del dispensario, poniendo carita de pena, como un pobre a la salida de misa. Que le salió el gesto humano pero quedó menos regio que Bartolo tocando la flauta. Con un agujero solo. Que un rey está para ir a la grande en el mus, y no para andar pidiendo permiso.

MARTÍN OLMOS

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