MARTÍN OLMOS MEDINA

El terrorista libertario

In Matanzas, Reyes y caudillos on 29 de junio de 2013 at 13:59

El anarquista Mateo Morral quiso hacer jaque al rey y derribó 23 peones

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Por tu negro verbo de Mateo Morral”
RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

Una boda generalmente la tuerce el cuñado que se la engancha, canta una jota a destiempo y le pellizca las sentaderas a una prima del pueblo que es fea pero formal. Sobre las nalgas de la prima, que son percheronas, no son frecuentes las llamadas a la lujuria y el pellizco, por inusual, lo agradecen, pero como hay gente delante, la prima se ve en la obligación de avisarlo con escándalo y manifestar conturbación. Después se arma, qué vergüenza. En las bodas reales, en cambio, se observa más el miramiento y los comensales, que andan en no marrar en el manejo del cubierto numeroso, cumplen la función con decoro y si alguien tuerce el festejo suele ser un anarquista al que se olvidaron de invitar. Al anarquista le irritan las pitanzas de lujo con postres de tiramisú y cuando se entera de una se levanta aguafiestas. Al anarquista no le apetece rendir las noches en el cabaret mirando el muslo burgués de las cigarreras y prefiere pasarlas a la luz de una vela leyendo a Kropotkin, que por ruso tiene mucho predicamento. El anarquista gasta gabán negro de faldón en invierno y en verano (no le gustan los tonos de primavera), que le sirve para ocultar la bomba y el puñal, el mentón azul de no rasurarse con esmero y la carita de hambre, aunque a veces el ayuno lo imposta pudiendo comer caliente. Decían en los casinos que al anarquista se le pasa la acracia, como si fuese un sarampión, cuando se encuentra un duro y tiene para gastar pero Mateo Morral no guardaba esa condición porque venía de familia de posibles que le había brindado educación de esmero, parlevufransé y almuerzos de primero, segundo y postre. Y, sin embargo, como a otros les llaman las musas, a él le llamó la revolución.

Es bien sabido por estos pagos que afuera están los librepensadores y Mateo Morral, después de un viaje a Alemania, regresó a Sabadell pensando libertario. Pasaba poco de los veinte años y le dijo a su papá, que era comerciante textil, que quería la parte que le tocaba y se puso a trabajar en el centro educativo de Francisco Ferrer y Guardia, masón y anarquista que acabó fusilado en 1908 en el foso de Santa Amalia, en la prisión de Montjuic, por su participación en los sucesos de la Semana Trágica (Anatole France dijo que su único crimen fue haber fundado escuelas laicas). A Morral le prologó un libro Federico Urales, el padre de Federica Montseny que más tarde fue uno de los fundadores de la CNT, y se enamoró de la señorita Soledad Villafranca, la compañera de Francisco Ferrer y probablemente una de las razones por las que se fue a Madrid en 1906 a contribuir al triunfo de La Idea, a practicar la propaganda de acción y a tirarle una bomba al rey de España el día de su casorio.

Victoria Eugenia de Battemberg renunció al anglicanismo para casarse con el rey Alfonso XIII de España, en este caso Madrid valió la misa. El obispo de Nottingham celebró la ceremonia de su conversión al catolicismo en la capilla privada del Palacio de Miramar en San Sebastián y el 9 de marzo de 1906 la Casa Real Española anunció el compromiso matrimonial. A Alfonso XIII le decían el Piernillas porque era flaco y le gustaban, por motivos diferentes, los militares y las chavalas. A Victoria Eugenia le llamaban en familia Ena, por abreviar, y era moza walkiria y de estampa, con lo que prometía lucimiento como reina consorte. Se casaron el 31 de mayo de 1906 en la iglesia de San Jerónimo el Real, el novio ciñó uniforme de gala de capitán general, la banda de la Gran Cruz Roja del Mérito Militar y espuelas de oro y la novia satén blanco bordado en plata, cola de cuatro metros y en la cabeza la Diadema de las Flores de Lis, una tiara de brillantes diseñada por el joyero Ansorena regalo del prometido.MATEO MORRAL

Unos días antes, Mateo Morral grabó a navaja en un árbol del Retiro “Ejecutado será Alfonso XIII el día de su enlace”, y firmó: “Un irredento”. Se alojaba en la Fonda Iberia, en el dos de la calle Arenal, pero alquiló por veinticinco pesetas diarias una habitación con ventana al exterior en el cuarto piso de una pensión del 88 de la Calle Mayor, por donde iba a discurrir el cortejo nupcial. Hoy el inmueble sigue derecho y debajo abre la Casa Ciriaco, en donde hacía tertulia Julio Camba,  que presume carta de pepitoria de gallina y perdiz con judiones en temporada. Durante su breve y violento lapso madrileño Mateo Morral frecuentó la imprenta del panfleto anticlerical “El Motín”, dirigido por José Nakens, que llevaba por blasón tener a 47 redactores excomulgados por la iglesia de Roma, y la horchatería de Candelas de la calle de Alcalá, en donde hacían tertulia los modernistas. Quizás también frecuentó los alivios putañeros porque le encontraron boticas contra la sífilis en su bolsa de viaje. Mateo Morral guardaba una bomba de tipo Orsini, que también la dicen “corbeille” o de cesta, debajo de la cama de la pensión de la Calle Mayor. La bomba Orsini explota al impacto, porque carece de dispositivo de tiempo o de espoleta, la inventó el independentista italiano Felice Orsini y la estrenó tirándosela al paso del carruaje de Napoleón III cuando salía de la ópera de París en 1858.  La víspera del enlace Mateo Morral ensayó lanzamientos con naranjas desde la ventana de la habitación y los guardias le llamaron al orden, luego se fue a garbear por la horchatería de Candelas con dos compadres de la causa, uno era el ex tranviario Ibarra y el otro un polaco de apellido Semovich que era viajante farmacéutico con exclusividad en el producto “La Lecitina Billón, para facilitar la digestión”. Allí tuvieron altercado, que no pudo llamarse tángana, con el pintor Leandro Oroz, que les dijo que los anarquistas dejaban de serlo cuando juntaban cinco duros. Se saldó en zarandeo y hombrada pero no se contaron puñetazos.  Después se retiró al dormidero, tenía veintiséis años y hazaña a la mañana siguiente, pero se demoró en escribir una postal de amor a la señorita Soledad Villafranca.

Al pueblo de Madrid, por disfrutar de clima amable, le gusta salir a la calle por ver pasar el bautizo o el funeral y así distraer el hambre y no ir a la oficina. El 31 de mayo abarrotó la Calle Mayor para hacerle el jaleo al carruaje real, que rendía el trayecto entre la iglesia y el palacio. Al paso por el número 88, sobre las dos de la tarde, frenadas las caballerías por doblar curva, Mateo Morral tiró la bomba envuelta en un ramo de flores pero como el hombre propone y la curva de trayectoria dispone, el paquete tropezó con los cables del tranvía y cayó sobre el tumulto mirón matando a 23 paisanos e hiriendo al centenar. A la reina Victoria Eugenia le salpicó la sangre plebeya el manto de flores de lis. El civilerío, la Guardia Real y los soldados de escolta del Regimiento Wad-Ras escribieron las bajas, la nobleza salió ilesa. Mateo Morral huyó en la confusión y dos días después sus modales finolis, el acento de Sabadell y la cara de haberse comido al canario levantó el recelo de la parroquia de la venta de los Jaireces, en Torrejón de Ardoz. El guarda Fructuoso Vega le pidió filiación y Mateo Morral le asesinó de un tiro y después se suicidó disparándose en el pecho. En la cripta del Hospital del Buen Suceso, Ricardo Baroja le hizo una aguafuerte al cadáver del anarquista, al pobre Mateo Morral, libertario y mal lanzador, que calzaba alpargatas nuevas, mono de tajo y carita de mal de amores. Acaso pensó que Soledad Villafranca podía ignorar un soneto pero no un regicidio.

MARTÍN OLMOS

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  1. Como siempre, muy interesante relato!

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