MARTÍN OLMOS MEDINA

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El señor McCurdy, post mortem

In El Far West on 27 de julio de 2013 at 13:45

 El atracador más desastroso del Oeste rindió más beneficio muerto que vivo y coleando

ILUSTRACION DE MARTÍN OLMOS

“La muerte es el comienzo de la inmortalidad”
ROBESPIERRE

Elmer McCurdy, que jamás le tomó la medida a la nitroglicerina, fue un caso de vocación tardía y empezó una carrera en las variedades, de notable éxito de crítica y público, después de muerto. Por la vida pasó sin pena ni gloria, como casi todos nosotros, y fue candongo para el tajo, borrachín y con una voluntariosa inclinación a la negligencia que torció su porvenir de forajido del Oeste tardío y se quedó en momia de escaparate. Fue en su temprana juventud, no obstante, un fontanero decente que no prosperó en el oficio porque se hizo camastrón y se tiró a por la ganancia fácil, que le apeteció más que sudar el abrigo untándose en el bacín hediondo pero  honrado. Elmer McCurdy fue motivado en Maine, en enero de 1880, por un descuido que tuvo su madre con un primo suyo carnal que recién culminó la siembra perdió la memoria y no se quedó a la vendimia. A la muchacha se le gastó el entusiasmo en la gestión y no le quedó ninguno para sacarle adelante y lo dio a criar a un hermano suyo, con lo que Elmer McMurdy creció pensando que su madre era su tía y su tío su padre. A los quince años le confesaron la verdad y se le mezclaron las referencias, se enganchó a la botella y a las malas gentes y se fue a vivir con su abuelo, que le enseñó el oficio de fontanero y le brindó un porvenir para el que demostró cierto talento pero ninguna voluntad. No era mal oficial pero no le gustaba madrugar y se echó al camino a procurarse una suerte mejor. En 1907 encontró tajo en las minas de zinc de Cherryvale, en Kansas, en las que aprendió  a manipular la nitroglicerina, que dosificaba a ojo que no siempre era de buen cubero. Después se alistó en el ejército y pasó tres años milicianos en un batallón de demolición en el que no consiguieron meterle en la cabeza que la nitro tenía sus medidas y no se calculaba al capricho. Le licenciaron a la fuerza por borrachuzo y en 1910 le detuvieron en Saint Joseph, Missouri, por asociarse con mangantes. No estuvo mucho tiempo en el trullo porque el juez determinó que era más oneroso para el erario darle rancho y una manta que lo que pudiese afanar en libertad. Elmer McCurdy, en cambio, estaba convencido de que era Jesse James.

El bandido más torpe del Oeste
La carrera criminal de Elmer McCurdy duró un año escaso en el que enlazó un rosario de golpes desastrosos. Operó con tres o cuatro bandas forajidas de las que le echaban por patán y fue un bandido entusiasta pero poco cumplidor que no era capaz de culminar un asalto a derechas. O ponía mucha nitroglicerina o se quedaba corto. En un atraco al ferrocarril de la Pacific Express se pasó de largo con el cálculo y voló la caja fuerte, medio vagón y 5.000 dólares en monedas de plata que se fundieron y terminaron adheridas a las paredes de lo que quedó del convoy, sin remedio para despegarlas.  En cambio, en Chautauqua, Colorado, no fue capaz de echar abajo la puerta de un banco porque ajustó con mezquindad y se tuvo que escapar de vacío. Cuando a base de perseverar le salió redondo un negocio no pudo gastarse el beneficio porque le apiolaron a tiros en la huida: en octubre de 1911 atracó un tren en las Osage Hills de Oklahoma pero le acorralaron los alguaciles y el ayudante del sheriff Stringer Fenton le acertó en el pecho con un rifle del 32-20 y lo mató.

Llevaron su cuerpo a la funeraria del señor Johnson en Pawhuska, le tumbaron en un cestón de mimbre y el fotógrafo William J. Boag le hizo un retrato. Como nadie reclamó el cadáver, el pragmático señor Johnson le calculó un rendimiento y lo embalsamó con arsénico, lo puso tieso en una esquina de las pompas fúnebres con un rifle en la mano y lo enseñó como atracción local a cambio de que los curiosos le metieran en la boca una moneda de cinco céntimos. Resultó que McCurdy rentaba más beneficio seco que pestañeando y después de cinco años adornando la funeraria, un vivo llamado Charlie Patterson reclamó el cadáver momificado diciéndole al sheriff de Pawhuska que era su hermano y le quería dar una sepultura cristiana. El sheriff era un hombre educado en la creencia de que el ser humano valía medio pimiento y no sospechó de su chaleco de fantasía. Charlie Patterson era en realidad un feriante de rarezas que explotaba su circo ambulante del “Gran Espectáculo  de Patterson”, y cuando perdió de vista el pueblo le puso a McCurdy un sombrero nuevo y lo exhibió como “El Famoso Bandido de Oklahoma”. McCurdy hizo la ruta del noroeste con gran éxito de público y Charlie Patterson jamás le oyó una queja sobre sus condiciones laborales. Dormía en una caja, no pedía pausa para fumar ni un aumento y no empinaba el codo en las horas de tajo. Durante los siguientes  sesenta años pasó por las manos de una docena de barraqueros de circo que le mostraron en museos de cera, salas del crimen y tenderetes de baratillo, le colgaron de una viga y le dieron una mano de pintura fluorescente. El tiempo y las libertades que se tomaron con su encarnadura le fueron dejando en mojama hasta que un empresario de una sala de fenómenos del Monte Rushmore, en Dakota del Sur, lo desechó porque le pareció que era un muñeco poco realista. McCurdy intuyó, a pesar de estar muerto, que había que dejar paso a las nuevas generaciones, pero no se resignó a la jubilación y empezó a aceptar papeles que no estaban a su altura, como los actores viejos que terminan haciendo de camareros filósofos en los seriales de sobremesa.

En 1976 estaba cogiendo polvo y pintado de color naranja en una esquina de la Casa de Risa de un parque de atracciones de Long Beach, en California, que fue arrendado por los Estudios Universal para rodar películas. En diciembre se filmó allí un episodio de la serie “El Hombre de los Seis Millones de Dólares”, protagonizado por Lee Majors, un actor que se iba ELMER McCURDY DIFUNTOarreglando con una sola expresión facial  pero que, al final, resultó que tenía sus gracias y se casó con Farrah Fawcett. Un técnico tiró sin querer a McMurdy pensando que era un maniquí y le rompió un brazo, dejando al aire el hueso. Llamaron al forense y descubrieron dentro de su boca una moneda de diez centavos acuñada en 1924 y una entrada para el Museo del Crimen de Los Ángeles. Las autoridades siguieron la pista al difunto y determinaron su procedencia, de la que no se acordaba nadie desde los tiempos en los que partió las peras con el señor Charlie Patterson dando por finalizada su asociación comercial, y el viejo roñoso de Elmer McCurdy, por fin, disfrutó del calor de la prensa que le había ignorado en vida, y un juez ordenó que le enterrasen en el cementerio de Guthrie, Oklahoma, debajo de una tonelada de tierra, para que no volviese a salir a pedir trabajo en las ferias. Por ahora sigue allí. Esta historia de logros vespertinos, abigarrada y folclórica, no por cierta deja de enseñar una moraleja (esconde la mano que viene la vieja) a la que le pueden ustedes sacar un aprovechamiento a la hora de la consecución de sus porvenires: Elmer McCurdy nació bastardo, se inclinó a la bebida y se convirtió en un pecador, murió joven y sin fortuna, pero repitió curso y se hizo una carrera de sesenta años en la farándula que demuestra que nunca es tarde para emprender un oficio, siempre que no sea el de la gimnasia rítmica, que requiere temprana juventud y huesos de goma. Que descanse en paz.

MARTÍN OLMOS

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El culto al coraje

In Con buena letra on 23 de julio de 2013 at 21:52

Jorge Luis Borges admiró a los cuchilleros porteños, que profesaban el culto al valor y a la violencia

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El barrio lo admira. Cultor del coraje,
conquistó a la larga renombre de osado;
se impuso en cien riñas entre el compadraje
y de las prisiones salió consagrado.”
EVARISTO CARRIEGO.

A Borges le fascinaban los espejos, los tigres, los laberintos y los cuchillos. Dijo: “Soy fácilmente monótono”. Del cuchillo decía que era más que una estructura hecha de metales, que los hombres lo pensaron para un fin muy preciso y que era de algún modo eterno, siempre el mismo puñal, el que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los que mataron a César. Borges guardaba un puñal en un cajón de su escritorio, durmiendo, decía, su sencillo sueño de tigre, estaba forjado en Toledo en el siglo XIX, fue un regalo que el jurista Luis Melián Lafinur le hizo a su padre, que se lo trajo del Uruguay. Las visitas que lo veían tenían que jugar un rato con él y Borges presentía que hacía tiempo que lo buscaban y en cada contacto  la hoja presentía, a su vez, al homicida para quien lo crearon los hombres. Le fascinaban a Borges los cuchillos corajudos y los hombres que los manejaban en riñas orilleras, a muerte, generalmente, por causas de un honor de incierta memoria o por pruebas de hombría o por la profesión de la violencia. Borges recogió el culto al coraje del poeta Evaristo Carriego, un hombre tenue, moreno y tísico, que escribía con la urgencia del que sentía el aliento frío de la muerte joven. Carriego descubrió la vertiente patética y literaria del suburbio porteño y de sus casas de lujuriar, con sus flamencas polacas, de las cuchilladas en el bailecito y de los guapos de esquina que mandaban la parroquia. Les dicen guapos en Buenos Aires a los bravos que viven del puñal y de la pelea y le dicen guapear a no arrugar en la riña y a provocarla por oficio o por devoción. El guapo porteño es, en realidad, un matón de barrio con música de tango, o mejor de milonga, que es menos quejumbrosa y sentimental. El tango nació en el burdel y fue derivando con el tiempo hacia el tema de la pobre costurerita que dio un mal paso, pero la milonga era callejera y anónima y cantaba de duelos y sangre. Cantaba el desafío, para ver quién lo recogía. Decía una: “Yo soy del barrio del Alto, / soy del barrio del Retiro. / Yo soy aquel que no miro / con quién tengo que pelear.” Decía otra: “Soy del barrio de Montserrat, / donde relumbra el acero, / lo que digo con el pico / lo sostengo con el cuero.” A Carriego le cuadró su presentimiento y la tuberculosis le llevó sin cumplir los treinta, pero por el camino les puso versos a los guapos orilleros que mandaban por esgrima de cuchillo arrabalero y a Borges, miope y frágil, le quedó la admiración por el valor ancestral de los bravos del  boliche.

El guapo
El guapo no era chulo de magdalenas, aunque las frecuentase, ni chorizo de mamaos, el guapo compadreaba con el malevaje pero venía de un oficio, que generalmente era el de carrero, el de matarife o el de amansador de caballos. El guapo alquilaba su esgrima y su “incapacidad perfecta de miedo” (Borges) a los patrones parroquiales que dictaban la ley del barrio. Servía para apaciguar el baile de peleas de curdas y para intimidar a los que cuestionaban la legitimidad del jefe, para influir en el voto municipal y para cobrar las trampas. Vivía de su coraje y de su fama brava y sabía que a veces la tenía que sostener delante de un gallo nuevo. Solía redondear la ganancia en las timbas en las que se jugaba al truco, que es un juego valenciano de baraja española y señas, y apostando a “los burros” en el hipódromo del barrio de Palermo. Se dejaba ver en los chigres de beber pero no se tomaba y no pagaba el trago porque le convidaban los atorrantes para hacerle la merced. El guapo profesaba la religión de la palabra y no la faltaba. La policía lo sabía y no le llevaba arrestado cuando se mezclaba en un desorden delante de su compadraje. El guapo se comprometía a responder en la comisaría más tarde y sin auditorio  y cumplía, porque tenía empeñado el verbo. Tenía su código el bravo y lo seguía, y tenía su estampa, que no era ostentosa como la del cafishio de portal. Le dice cafishio el porteño al proxeneta de hembras y le dice fariñera al cuchillo que llevaba el guapo al riñón y en el que confiaba su suerte.

La daga caprichosa
Guapos célebres los hubo como el Gaucho Juan Moreira, que venía de la llanura y al que Evaristo Carriego rimó con devoción. Llevaba escritos en la cara los refrendos de su bravura y Carriego le dedicó estos versos: “Le cruzan el rostro, de estigmas violentos, / hondas cicatrices, y quizá le halaga / llevar imborrables adornos sangrientos: / caprichos de hembra que tuvo la daga.” Estaba Luis García el Payador, que ceceaba al hablar pero nadie se reía y presumía de llevar incrustada en el hombro una bala que los médicos no fueron capaces de sacar. Y estaba Juan Muraña y Romualdo Suárez el Chileno, hombres de cuchillo valiente. Una vez que salieron juntos del penal después de cumplir condena se fueron a un antro a celebrarlo y por el camino el Chileno le preguntó a Muraña que dónde quería el tajo, pero Muraña se adelantó y le cortó la cara con un puñal que sacó de la sisa de su chaleco. Al Chileno una muesca más le dio lo mismo e igual siguió el jolgorio con la herida manando sangre. Le decían “vistear” los guapos al pelear con cuchillo, porque se vigilaban la mirada para acertar el movimiento de la mano. En Uruguay le dicen “barajar”. Muraña tuvo una muerte indigna de un guapo y se desnucó cuando se cayó borracho del pescante de un carretón. Juan Muraña y Nicolás Paredes detuvieron una manifestación de cien hombres del Partido Radical con la única exhibición de su prestigio matón. No sacaron el cuchillo ni por demostrar que lo llevaban, se acercaron a la turba y con amabilidad les recomendaron que se fueran a sus casas. Los cien hombres, ante dos, plegaron las pancartas y se dieron la vuelta por no reñir con el par de guapos. A Nicolás Paredes le trató Borges cuando ya se había retirado, fue en 1922, cuando se lo presentó Felix Lima, escritor de lunfardo. Paredes fue criollo bigotudo, de pecho de toro, habilidoso cuchillero y jugador de naipe. Borges le conoció ya anciano, viviendo humildemente de su renta y ocupado en echar a los borrachos en un night club. Paredes le enseñó a jugar al truco y le regaló una naranja, porque de su casa nadie salía con las manos vacías. Como todos los guapos de precio, Paredes no era valentón de tasca y voz en grito sino que al contrario, se manejaba con cortesía y párrafo suave. Una vez le vio en la labor en el night club, le tocó desalojar a tres curdas y les enseñó el camino de salida conduciéndose con amabilidad, sin el áspero ademán del matón joven. Los curdelas  aflojaron, por no pelear, Paredes exhibía, dijo Borges, la “seguridad absoluta” y no ponía la agresividad en el gesto ni en el verbo y la guardaba para el cuchillo, cuando era menester. Don Nicolás Paredes le dijo a Borges un día que había dos cosas que un hombre no debe permitir. La primera es amenazar y la segunda, dejarse amenazar. Cuando Borges no quiso colgar un retrato de Juan Domingo Perón en la pared de la Biblioteca Nacional, un peronista amenazó a su madre, doña Leonor Acevedo, con matarla a ella y a su hijo.  “En cuanto a mi hijo, sale todos los días a las diez de la mañana, no tiene más que esperarlo y matarlo”, le contestó. “En cuanto a mí, he cumplido los ochenta, así que no pierda el tiempo amenazando porque si no se apura, me le muero antes”.

MARTÍN OLMOS

La aquiescencia de los mudos

In Con buena letra on 19 de julio de 2013 at 13:06

Don Miguel de Unamuno se enfrentó a los legionarios de Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Unamuno tuvo un humillante conato con Millán Astray, en Salamanca, y no volvió a salir de casa. Era el precio que pagaba Franco a los indecisos”
FRANCISCO UMBRAL

Unamuno dijo que a veces el silencio es la peor mentira. El silencio es interpretable al gusto del consumidor; para Francis Bacon era la virtud de los tontos y según Fernando de Rojas encubría la falta de ingenio. Para Gracián era el santuario de la prudencia y para el popular otorga. El silencio en Sicilia se dice “omertá” y te mantiene alejado de la posta lobera y de la tumba en la zanja y todo el mundo con una legua de camino andada entiende que en boca cerrada no entran moscas. Se está más guapo calladito y sentado en una esquina sin molestar. Uno de los tres monos sabios del santuario de Toshogu es mudo, se llama Iwazaru y se tapa la boca con las manos. Hablar a destiempo echa a perder un chiste o una boda y callar te hace pasar por un tío reflexivo y dueño de una vida interior cuando en realidad puede que solo seas un cagón. Para hablar hay que tener algo que decir y para callarse una razón y uno se calla delante del jefe para no decirle lo que piensa realmente de él un segundo antes de recoger las cosas de la mesa y marcharse a casa a explicarles a los niños que no habrá juguetes en navidad. Uno se calla delante del jefe y del fisco y de la bofia y de la parienta. Uno se calla, casi siempre, delante de los matones, que generalmente no tienen nada que decir. Por acá sabemos un poco de callarnos cuando los matones pelan las barbas del vecino.

Los actos de valor que se recuerdan son los de la torería, que son acciones físicas de mamporros y tiros, con lo que parece que el valiente tiene que estar en una relativa buena forma y, por lo tanto, el coraje no es virtud de los enclenques gafosos. Sin embargo, se puede ser bravo sin músculo y hablarle al ogro lleva aparejado el mismo riesgo que cargar a sable contra una batería de artillería. Unamuno dijo que a veces el silencio es la peor mentira y le habló al ogro con insolencia, que estaba guardado por legionarios con pistolas. Se puso desarmado a los pies de una turba que era dada al linchamiento y salió con la antropometría completa porque le salvaron las gentes a las que despreciaba. Unamuno era bilbaíno de la calle Ronda, vasco españolista según Sabino Arana, paseante de Madrid con la costumbre de hablar solo, casto como un cuáquero según Umbral, lector de Kierkegaard, que es una cosa que se leía antes, antipático, egocéntrico y devoto del Cristo sin bendecir de Velázquez al que le iba a rezar al Prado. Unamuno practicó el pensamiento de ida y vuelta, fue socialista a ratos, preso en las Chafarinas durante la Dictadura de Primo de Rivera, y proclamó la República desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca el 14 de abril de 1931. Después se le esquinó Azaña, la Reforma Agraria y la candela a los conventos y apoyó el levantamiento rebelde de 1936. La tía Algadefina de Umbral decía que Unamuno era un beato barroquizado de contradicciones que lo que más le decidió por Franco fue que tenía consigo a los obispos. Franco le mantuvo de rector de la Universidad de Salamanca pero fusiló a sus amigos: al alcalde Prieto Carrasco y al diputado socialista Andrés y Manso los asesinaron los falangistas de Francisco Bravo simulando una corrida de toros y al arabista Salvador Vila Hernández le fusilaron y a su mujer Gerda Leimdörfer, que era judía, la sacó del pelotón la intercesión de Manuel de Falla, que hizo que la bautizaran por la fuerza.

Vencer sin convencer
Unamuno había tenido la ilusión de mantener fuera de su predio la barbarie y cuando presidió en nombre de Franco la Fiesta de la Raza, el 12 de octubre de 1936, le habló al ogro y manifestó su arrepentimiento por haber apoyado la sublevación en mitad de la cueva de las serpientes. Llevaba en su bolsillo la carta que le había escrito Enriqueta Carbonell recordándole que su marido Atilano Coco, pastor protestante y masón, estaba en la prisión de Salamanca esperando la vez en la tapia del cementerio. El sentido común le inclinó a adoptar la posición del mono Iwazaru pero sin embargo dijo y se puso delante de las pistolas. Dijo que vencer no era convencer, que aquella no era una guerra en defensa de la civilización cristiana sino una riña incivil y que el odio no dejaba lugar a la compasión. El general Millán Astray, vocero excéntrico de la causa, tuerto del ojo derecho y manco del brazo izquierdo, le interrumpió gritando: “¡Muera la inteligencia!”. Fue una mañana cómica que no tuvo una pizca de gracia. José MILLÁN ASTRAYMaría Pemán hizo un retruécano para salvar la feria y dijo: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”. Los legionarios sacaron las pistolas. Unamuno llamó inválido a Millán Astray y le dijo que pretendía una España mutilada y entre el cardenal Pla i Deniel y doña Carmen Polo de Franco le sacaron del paraninfo del brazo, sin mucho entusiasmo, para que no le hostiasen hasta matarlo. Al pasar al lado de Millán, Unamuno tropezó, de nervios o de canguelo o de vejez, y el general, bronco de tasca de cuartel, macheó como en una tángana de verbena y por quedar matón delante de la muchachada le dijo con el pecho inflón: “¡Dele usted el brazo a la señora!”, que es lo mismo que decir que si no es por ella te rompo la madre a trancadas, cagón, que son cosas que dicen los torvos en los futbolines.

Unamuno dijo que el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Después del incidente se pasó dos meses en arresto domiciliario en su casa rectoral de la calle Bordadores. El 31 de diciembre de 1936 le fue a visitar el falangista Bartolomé Aragón, que por complacerle no compareció con la camisa azul. Charlaron sobre un brasero, a Unamuno se le quemó una zapatilla y murió de un derrame cerebral. Bartolomé Aragón tendió el cuerpo en un sofá, llamó a la criada y salió pitando diciendo: “¡Yo no lo he matado! ¡Yo no lo he matado!” Unos días antes había escrito que el odio que se estaba instalando en España se manifestaba en invertidos, sifilíticos y eunucos masturbadores. A Pemán ya no le lee nadie, y a Unamuno dos o tres y su discurso hoy se lo habría corregido el talibanerío del lenguaje formalito, que no puede usted, don Miguel, llamar inválido al pobrecito Millán, tan mutiladito como está, que le faltan trozos como a una muñeca de hace tres navidades. La tara no ennoblece, ni da virtud, pero queda feo mencionarla. Dicen en Extremadura que no hay falto bueno y que los sordos tienen mala virgen. De todo habrá, que han estado por aquí Long John Silver y el Cojo Manteca, el ciego Pew, que era heraldo de la Mota Negra, y Ricardo III, que era jorobón y esquinao y cualquiera le pasaba el número por la chepa. Se ha llevado más ser mudo e interpretar la aquiescencia, callarse y seguir comiendo, que por aquí se come muy bien. Unamuno tuvo su mañana brava en la que dio faena en una plaza de pueblo sin alcalde y señoras con collares, cardenales gordinflones y legionarios desmontables. Le hicieron un entierro falangista con escolta de camisas azules porque con los muertos uno hace lo que quiere porque ya no se pueden quejar. A Atilano Coco, pastor protestante y masón, le pegaron un tiro en la orilla de un sendero del monte de La Orbada, en la carretera de Valladolid.

MARTÍN OLMOS

La estatua de Cascorro

In Hazañas bélicas on 16 de julio de 2013 at 23:12


Eloy Gonzalo, el héroe del Rastro, fue inclusero, analfabeto y soldado a la fuerza

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Cascorro agarra con fuerza/su lata de gasolina/ la guarda pues tiene miedo/ de aquel par de chatarreros/ que le miran y le remiran”
JUAN ANTONIO MARRERO CABRERA

Ernest Hemingway decía que la patria está donde hay dinero, sangre y tierra. La canción dice que está donde cuelgas el sombrero. Lo que pasa es que ya no se llevan los sombreros para quitárselos cuando pasa un funeral porque los sacó de la moda Kennedy, que fue el primer presidente norteamericano que lució destocado y cundió el ejemplo. Para Rilke su  patria era la infancia, para el pirata de Espronceda la mar y para Zapatero, en su periodo naif en el que pensó que ser presidente de un país era lo mismo que ser un jipi con sandalias que toca la flauta en el metro, era la libertad. Luego espabiló a pura leña y tuvo que hacer lo que le mandaron y su patria se quedó en un estado de ánimo. Para el común del censo moliente la patria es una porción de tierra firme con impuestos y una verja y, sin embargo, también está hecha de gestos para diferenciarla de una comunidad de vecinos en la que se paga a escote la luz del portal. Tradicionalmente, los gestos que más agradecía la patria eran los que llevaban aparejado el derroche de la vida después de una exhibición de lo que hay que tener, que generalmente se producían en las épocas en las que se estaba riñendo con el vecino, pero hoy en día ya no se llevan (lo mismo que los sombreros) porque desde que el hombre se ha puesto sutil se tapa las canas con alumbre, se cambia de muda a diario y le da vergüenza reconocer las asaduras paisanas. Las patrias celebraban antes aquellos gestos con una estatua, pero ahora despachan las medallas en el cuarto de las escobas y no sacan a la banda al patio a tocar. El coraje se ha puesto sospechoso de haber llevado las cosas demasiado lejos, cuando igual se podían haber arreglado hablando, como le dijo Chamberlain a Hitler. De cualquier manera, ya ni las estatuas son lo que eran y uno se lo piensa dos veces antes de jugarse la monda si a cambio le van a levantar un cisco en forma de hexaedro hecho por un tío con un soplete  en vez de una figura ecuestre hecha con bronce de cañones por un discípulo de Vitruvio.

El héroe expósito
Los que somos más elementales que otros y solo nos reímos con los chistes de pedos preferimos las estatuas de antaño, como la que le hizo Aniceto Marinas al soldado Eloy Gonzalo y que está plantada a la entrada de la Ribera de Curtidores, en el Rastro de Madrid. La ubicación le va fetén al héroe, que se pasa las mañanas domingueras junando a los avisaos, a los chamarileros y a los turistas, a los manguis al descuido, a los gitanos y a los comerciantes de vírgenes de ermita. La dicen los paisanos la estatua de Cascorro y a Eloy Gonzalo no le importa que le hayan cambiado el nombre porque era expósito y los linajes como que le daban igual. A Eloy Gonzalo lo dejaron de mamón envuelto en una manta a la puerta del hospicio, como en los cuentos con moraleja, el primer día de diciembre de 1868, con una nota que decía: “Se llama Eloy Gonzalo, está sin bautizar y es hijo de Luisa García, natural de Peñafiel”. Vete a saber si la razón del abandono fue el hambre o la mala prez. El caso es que el chaval salió pronto de la inclusa porque fue adoptado por el matrimonio formado por Francisco Díaz Reyes, que era guardia benemérito, y Braulia Miguel, que recién había perdido un hijo y estaba de lactar. Hay que decir que la pareja cobraba una mensualidad del hospicio ESTATUA DE ELOY GONZALOpara la manutención del chiquillo y cuando dejó de recibirla dejó también de verle la gracia al niño y le señalaron la puerta. Con trece años Eloy Gonzalo se tuvo que buscar los desayunos y trabajó de aprendiz de albañil, limpiando una carpintería y de mancebo de un barbero, pero como en ninguno de los oficios hizo industria, cuando tuvo talla se alistó en la milicia y le destinaron al Regimiento de Dragones de Lusitania, en donde llegó a cabo, se echó novia y puso fecha de casorio. Pero su prometida le salió fresca y le hacía los recados a un teniente; Eloy Gonzalo les descubrió y le apoyó una pistola en el hocico al oficial y, como en todos los pueblos con campanario vale más el galón que la honra, le abrieron un consejo de guerra y le metieron doce años en el presidio militar de Valladolid. Sin embargo no rindió la condena porque se benefició de un Real Decreto por el que se permitía el alistamiento de presos para ir a pelear a Cuba y en abril de 1896 llegó a Camagüey formando parte del 63º Regimiento de Infantería María Cristina.

En septiembre de 1896 los rebeldes del mambí sitiaron el cantón de Cascorro, una población a sesenta kilómetros de Camagüey, y bombardearon la plaza con dos piezas de artillería posicionadas en los bohíos que se levantaban en los campos de azúcar. A las dos semanas de cerco, el capitán Francisco Neila pidió un voluntario para incendiar las cabañas desde las que les disparaban y dio un paso al frente el soldado forzoso Eloy Gonzalo. Dijo que era inclusero, cornudo y analfabeto, y que no tenía quien le llorase. Pidió una lata de petróleo y una tea y dijo que le atasen una cuerda a la cintura para que si le mataban, sus camaradas tirasen de su cuerpo para enterrarlo entre paisanos y que no lo ultrajasen los mambises. Eloy Gonzalo corrió debajo del fuego enemigo, que le cortejó, se llegó a los bohíos, los regó de combustible y les metió candela. Regresó a sus líneas a la carrera, esquivando las balas de milagro y su acción corajuda animó a la tropa, que empeñó un contraataque y resistió la posición hasta que la liberó unos días después el general Adolfo Jiménez Castellanos al mando de una columna que llegó de Camagüey.

Valió de poco la hazaña de Cascorro pero pensionaron a Eloy Gonzalo con la Cruz de Plata al Mérito Militar, con sueldo de siete pesetas al mes, y un año después murió de disentería en el hospital de Matanzas, con lo que no le dio tiempo de temblar el erario. En España, en cambio, se celebró con entusiasmo al héroe expósito y le pusieron su nombre a una calle y le levantaron una estatua en la plaza de Nicolás Salmerón. La inauguró el rey Alfonso XIII el 5 de junio de 1902 en una ceremonia en la que habló Mariano de Cavia. La estatua la hizo Aniceto Marinas con el bronce que donó el Ministerio de la Guerra y la pusieron a presidir los tinglados del Rastro de Lavapiés con el uniforme colonial, el Máuser al hombro y la lata de petróleo. Aniceto Marinas esculpía con evidencia y dos años antes le había hecho a Velázquez con pinceles y paleta para recibir en el Museo del Prado. Con el tiempo los madrileños llamaron a la Plaza de Nicolás Salmerón la de Cascorro y el Ayuntamiento le cambió el nombre en 1913. Mandó el popular, que alguna vez le tiene que tocar. Eloy se quedó en Cascorro y ahí anda agarrando con fuerza la lata para que no se la birlen los gitanos y la pongan precio sobre una manta, al lado de un peluco de colorao y unos candelabros. Al Rastro lo adecentaron con el tiempo, para el turismo, y debajo de la estatua de Cascorro le dijo Eduardo Zamacois a Umbral que aquello ya no le interesaba porque era “un Rastro sin cochambre”.

MARTÍN OLMOS

En el campo del honor

In Los trastos de matar on 8 de julio de 2013 at 16:00


Ser un caballero no es solo ir a la ópera sino anteponer el cuidado del honor a la vida misma, aunque implique comparecer al amanecer junto a la tapia del cementerio con un juego de pistolas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No hay duda de que el duelo fue, en su origen, una ceremonia religiosa”
SIR ARTHUR CONAN DOYLE.

En tiempos más civilizados que los nuestros, cuando dos caballeros reñían, ponían su honor al arbitrio de Dios y se batían en duelo. Si los que reñían eran gañanes, se descalabraban la almendra a palos de cayado de gobernar gorrinos en la parte de atrás de una cuadra en tánganas de circunstancias, sudorientas y sin criterio. A los gañanes les estaba prohibido preocuparse por su honor, cazar en los campos del rey aunque no tuviesen qué llevarse a la boca y comer faisán con salsa de pasas, con lo que sus pendencias violentas se consideraban zurras bárbaras que no tenían nada que ver con los desafíos caballerosos, que provenían de las antiguas ordalías medievales en las que uno podía refrendar judicialmente su inocencia si era capaz de sujetar con la mano un hierro candente. Se daba por sentado que Dios concedía la fortaleza al que ostentaba la razón, o bien a Nuestro Señor no le caían bien los flojos. Las ordalías las prohibió el papa Inocencio III en el Concilio de Letrán de 1215 pero en el ámbito privado los caballeros honorables siguieron sujetándose al juicio de Dios a la hora de defender sus razones, siempre que disputasen con sus pares, y la satisfacción de un insulto se dirimía a sable o florete a las doce, “junto a los Carmelitas Descalzos”.

El código
Las reglas del duelo eran estrictas y el primer “code duello” se redactó en el Renacimiento, pero el más conocido de los reglamentos para batirse fue el irlandés promulgado en 1777 por los caballeros delegados de los condados de Sligo, Mayo, Galway y Tipperary, que determinaron, entre otras cosas, que no se celebrarían desafíos por la noche, a menos que la parte desafiada tratase de abandonar el lugar del agravio antes del amanecer, teniéndose en cuenta esta excepción por lo deseable de “evitar la toma de medidas en estado de exaltación”. El código irlandés no contemplaba el desagravio verbal si el insulto había ido acompañado de una bofetada, “estrictamente prohibida entre caballeros bajo cualquier circunstancia”, y recogía el derecho del desafiado a escoger las armas a menos que el retador diese su palabra de honor de que no tenía conocimientos de esgrima y por lo tanto exigiese el uso de un medio de menos intimidad. Los beligerantes se sometían al arbitrio de dos padrinos por cada parte, que debían pertenecer a su mismo rango social, que trataban de acordar una reconciliación que evitase el combate y decidían, en caso de producirse, el terreno en el que batirse, al que llamaban Campo del Honor, la distancia en pasos a la que los discrepantes se dispararían y el número limitado de tiros a ejecutar. Si no había acuerdo sobre el desenlace podían batirse, a su vez, en línea recta con sus apadrinados, con lo que el duelo se convertía en una batalla de tres contra otros tres.  Los duelos eran de tres tipos: los decretorios, que se libraban a muerte, los propugnatorios o a primera sangre, que se decidían cuando uno de los contendientes recibía la primera herida, y los satisfactorios, que se podían detener en cualquier momento si el ofensor ofrecía al ofendido el debido desahogo. Estos últimos tenían el aire de farsa para salvar los muebles que inspiró a Ambrose Bierce su definición del duelo como una ceremonia solemne previa a la reconciliación de dos enemigos que para cumplirla satisfactoriamente hacía falta gran habilidad, porque si se practicaba con torpeza podían sobrevenir las más imprevistas consecuencias. “Hace mucho tiempo, un hombre perdió la vida en un duelo”, escribió. Para darle la razón se dio la figura del Disparador de Salvas, que era un sujeto con la comprensible pretensión de salvar la honra y la piel al mismo tiempo y que amañaba el duelo con su contrincante comprometiéndose ambos a fallar el tiro y cumplir con la formalidad sin pasar por el cirujano.

A morir con muda limpia
Los caballeros de Francia, y no solo los gascones, fueron tan aficionados a batirse en duelo que tuvo que promulgarse una ley que los prohibía por cualquier causa cuyo valor económico fuese inferior a dos céntimos y medio. Montesquieu dijo que si tres franceses se perdiesen en el desierto de Libia, dos se batirían y el tercero sería el padrino. Durante el reinado de Enrique IV, cuatro mil nobles murieron en combates de honor y duelistas franceses célebres fueron el caballero D´Eon, que vestía con enaguas de mujer para provocar la burla y su consecuencia, y monsieur Saint-Foix, espadachín experto que solo rechazó batirse en una ocasión en la que fue desafiado por un caballero al que había preguntado por qué olía tan mal. “Si me matarais –le dijo-, no por eso oleríais mejor, mientras que si yo os matara a vos, oleríais peor que nunca.” El fabulista La Fontaine desafió a un capitán de Dragones porque visitaba con demasiada frecuencia a su mujer y cuando dejó de hacerlo le volvió a desafiar porque no la visitaba. No obstante, se inventaron medios para eludir un duelo sin perder la dignidad y tener que engordar la comunidad de los parias sociales. El marqués de Rivard, que solo tenía una pierna, cuando fue desafiado por el caballero Madaillon, le hizo llegar un maletín lleno de instrumentos quirúrgicos, indicándole que estaría dispuesto a batirse tan pronto como empatasen el número de sus extremidades. Mark Twain eludió un reto a pistola con un periodista rival por el medio de hacer correr la voz por toda Louisiana  de que era un tirador experto, cuando en realidad era incapaz de acertarle al firmamento en una tarde sin nubes. El político socialista Indalecio Prieto contó de un amigo suyo, periodista bilbaíno, que se negó a acudir a un duelo porque no tenía una camisa decente, y sus amigos, que iban a ejercer de padrinos, le regalaron una de seda y un cambio de muda limpia, por si era herido y tenía que descuerarse. El periodista aceptó los regalos y fue a batirse con un ajuar de  fundamento, pero antes avisó a la policía, que interrumpió el combate y así salvó el honor y no se vio en la obligación de devolver los calzoncillos. El poeta romántico Alexander Pushkin no tuvo tanta suerte y sus enemigos políticos corrieron el decir que su mujer se entendía con Georges d´Anthés, ahijado del embajador de Holanda, militar y consumado duelista de pistola. A Pushkin solo le quedó retarle o vivir con el oprobio, y el 27 de enero de 1837, a las afueras de San Petersburgo, recibió un tiro en el pecho que le hirió de muerte.

En España, Felipe V el Animoso, del que dijo Saint-Simon que carecía de vicios y tenía miedo del diablo, dictó en 1716 una pragmática contra el duelo que sus súbditos ignoraron cuando mediaban afrentas que habían de lavarse con sangre. Duelistas fueron Espronceda y Alarcón y en el siglo XIX se abrieron academias de esgrima, como la célebre del maestro Carbonell, en la calle de Alcalá, en las que los lechuginos aprendían los rudimentos de la finta para no entregarla en el primer envite. En el ruedo periodístico las discrepancias se decidían al lado de la tapia del cementerio y no con querellas, como en estos tiempos de poca galantería y menos formalidad, y cuenta Cansinos Assens que era común una sala de espadas en las redacciones en la que los columnistas  ensayaban tiradas con maestros franceses. El último gran duelista español fue el Caballero Audaz, que era como firmaba el periodista falangista José María Carretero, que acabó escribiendo novelas eróticas y en el Madrid miliciano del 36 organizó la quinta columna de Franco. Carretero era experto espadachín y derrochador de hombría, medía casi dos metros y una vez que se cruzó con don Jacinto Benavente, que era renacuajo y con fama de mariposa, para abrir la provocación le dijo: “Yo no cedo el paso a maricones”. Benavente, para eludir el duelo, se apartó de la acera y le contestó: “Pues yo sí”.

MARTÍN OLMOS

Los asesinos diletantes

In Los raros, Vilezas on 7 de julio de 2013 at 16:27

Nathan Leopold y Richard Loeb asesinaron a un chaval de catorce años para llevar a cabo un juego intelectual

LUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”
THOMAS DE QUINCEY

El hombre lleva asesinando a sus semejantes desde que descubrió que una piedra es más dura que una cabeza, pero generalmente necesita un motivo, que o lo tiene o se lo inventa. La razón de matar es grandilocuente en los magnicidios, quizás altruista, pero normalmente es codiciosa y se viene matando frecuentemente por quitarle al otro lo que tiene y, puestos a buscar causas, David Berkowitz decía que asesinaba porque se lo mandaba el perro de su vecino, que era el diablo Belcebú. Se mata por amor y por desamor, por celos o por un calentón de pitarra, se mata por una idea que normalmente no merece la pena y se mata porque uno siempre tiene la razón; y por un millón lo mismo que por una perra gorda, por la linde de la huerta, por el honor, por presumir de macho delante de la novia y por hambre. Pero no se mata por nada como no se sale a la calle una noche de diluvio si no se tiene que ir a por pitillos. Ni se mata por juego, que para eso se inventaron los árabes el ajedrez. Los niños juegan a matar en verano, disparando con el dedo índice, que amartillan con el pulgar, pero luego se les pasa. La muerte en los juegos de los niños es un estado transeúnte que limita con la resurrección a la hora de la merienda, pero cuando los chiquillos dejan de serlo descubren que la muerte de verdad no tiene arreglo, como la mona que se viste de seda, y ya no les hace tanta gracia dejarse matar la tarde del domingo porque les tocó ser indios. El asesinato como crucigrama es un RICHARD LOEB (IZQ) Y NATHAN LEOPOLDentretenimiento de diletantes que juegan al Cluedo pero al revés y entretienen la sobremesa haciendo una disertación estética sobre el arte de matar que se queda en toreo de salón. Cualquiera con un concepto mediano de sí mismo piensa que es un Moriarty, pero se queda en pensarlo. Nathan Leopold y Richard Loeb tenían un gran concepto de sí mismos y decidieron cometer el asesinato perfecto para demostrar que eran los más listos del club de campo. Secuestraron y mataron a un chaval de catorce años pero el crimen les salió chapuza, les trincaron en un par de días y se arrugaron a la primera vuelta de tuerca que les atornilló un poli con los pies planos que se tenía por un tío del montón.

Nietzsche y ginebra
Nathan Leopold y Richard Loeb eran amigos, eran raros, leían a Nietzsche, descendían de familias forradas de pasta y vivían en esa clase de vecindarios en los que los perritos mean en francés. Tuvieron una infancia con juguetes, dejaron de mojar la cama a una edad razonable, sus padres no llegaban a casa trompas y pegaban a la abuela y no sufrieron ni diez minutos de frustración.  Nathan Leopold era hijo del presidente de la Fibre Can Company, tenía diecinueve años y dijo su primera palabra esdrújula a los cuatro meses. Y la pronunció bien. Con dieciocho años se licenció en Filosofía por la Universidad de Chicago, hablaba diez idiomas y era un ornitólogo notable que había llamado la atención al Departamento de Historia Natural del estado de Michigan por filmar en libertad a una curruca del pino, un ave tan extremadamente esquiva que los expertos hacía años que la consideraban extinta. Por lo demás, gastaba sus ocios visitando iglesias de barrio porque le fascinaba la contemplación de las imágenes de Jesucristo crucificado y practicaba el desprecio riguroso hacia sus contemporáneos. A Richard Loeb le decían Dick por humanizarlo, tenía dieciocho años, le pregonaban de sarasa, era hijo del vicepresidente de la cadena de tiendas Sears y Roebuck y fue el graduado más joven de la Universidad de Michigan. Los dos muchachos se conocieron en la facultad de derecho y comenzaron una amistad hecha de chistes con segundas y bromas a parte y descubrieron que ambos concedían una valoración subterránea a la humanidad. Estornudaban pasta y matriculas de honor e iban para Gatsbys empollones porque eran los años veinte de Chicago, durante la monarquía de Capone, y faltaba un lustro para que los linces de Wall Street se tirasen ventana abajo. Leopold y Loeb mezclaron las lecturas de las teorías de Nietzsche sobre el superhombre con el gin de desagüe y decidieron cometer un asesinato perfecto como juego intelectual. Quizás les aburría el golf. Eligieron secuestrar y matar a un chico del vecindario para demostrar que podían salir impunes y, por el camino, cobrar un rescate que no necesitaban. Construyeron su plan durante cuatro meses, se procuraron identidades falsas en hoteles de los alrededores, escribieron una pauta de carta de rescate que servía para cualquiera, hicieron una lista de posibles víctimas contra las que no tenían nada en contra, pero tampoco nada a favor, y urdieron un sistema para hacerse con el botín que minimizara los riesgos. Armaron su rompecabezas entre jerez y risas. Ellos no eran hombres ordinarios.

La elección de la víctima fue aleatoria. El 21 de mayo de 1924 se encontraron con Bobby Franks, de catorce años, vecino de Loeb e hijo del millonario Jacob Franks. Le convencieron para subir a su coche para ir a jugar unos puntos de tenis y en cinco minutos le mataron rompiéndole la cabeza con un cincel. Desnudaron su cadáver, lo rociaron con ácido clorhídrico y lo arrojaron al lago Wolf, después enviaron una petición de rescate de 10.000 dólares al señor Franks y se fueron a cenar perritos calientes. Un obrero polaco llamado Tony Minke encontró el cuerpo cuando atajó por el lago para ir a un taller para que le arreglasen el reloj. El detective Patrick Byrne encontró en el escenario un par de gafas con un sistema especial de bisagra que pertenecían a Nathan Leopold (hoy se enseñan en el Museo de Historia de Chicago). El plan perfecto se fue al carajo. Leopold y Loeb no le aguantaron media hora a un poli que no leía a Nietzsche y arrastraba un verbo vernáculo, tirando a monosilábico. Reconocieron que cometieron el crimen por la emoción de llevarlo a cabo, como quien inventa una trampa infalible en el  bridge. Sus trajes caros se llenaron de piojos en el calabozo, durmieron con dos chorizos y llamaron a sus papás. Sus papás contrataron los servicios de Clarence Darrow, un picapleitos zurdo de las dos manos que era capaz de presentarle un contencioso  a las tablas de Moisés. Un cuarto de hora de sus consejos legales costaba lo mismo que el producto interior bruto de un país mediano. Nathan Leopold intentó sobornar a un pasma para que le procurase ginebra. Un muerto de hambre llamado Curt Geissler se ofreció para ser ahorcado en el lugar de alguno de los dos muchachos a condición de que les pagasen a sus herederos un millón de dólares. Lamentó no tener dos pescuezos para sacar el doble. Clarence Darrow les libró de la soga y les metieron cadena perpetua por asesinato y noventa y nueve años por secuestro. El padre de Loeb se suicidó un mes después de la sentencia. Richard Loeb observó el clasicismo carcelario y se dejó matar de cincuenta cuchilladas en las duchas de la prisión de Stateville en 1936. Nathan Leopold enseñó a leer a los negros analfabetos del penal, se contagió voluntariamente la malaria para investigar la enfermedad y después de treinta años en el trullo le concedieron la condicional, se fue a vivir a Puerto Rico, se casó con una viuda y cuando murió de diabetes en 1971 hablaba veintisiete idiomas y en ninguno de ellos aprendió la palabra compasión. En el juicio había dicho: “Estábamos haciendo un experimento. El crimen fue accidental y secundario. Pero es tan justificable una muerte en dichas circunstancias como lo es que un entomólogo empale un escarabajo en un alfiler”. Donó sus córneas.

MARTÍN OLMOS

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