MARTÍN OLMOS MEDINA

La estatua de Cascorro

In Hazañas bélicas on 16 de julio de 2013 at 23:12


Eloy Gonzalo, el héroe del Rastro, fue inclusero, analfabeto y soldado a la fuerza

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Cascorro agarra con fuerza/su lata de gasolina/ la guarda pues tiene miedo/ de aquel par de chatarreros/ que le miran y le remiran”
JUAN ANTONIO MARRERO CABRERA

Ernest Hemingway decía que la patria está donde hay dinero, sangre y tierra. La canción dice que está donde cuelgas el sombrero. Lo que pasa es que ya no se llevan los sombreros para quitárselos cuando pasa un funeral porque los sacó de la moda Kennedy, que fue el primer presidente norteamericano que lució destocado y cundió el ejemplo. Para Rilke su  patria era la infancia, para el pirata de Espronceda la mar y para Zapatero, en su periodo naif en el que pensó que ser presidente de un país era lo mismo que ser un jipi con sandalias que toca la flauta en el metro, era la libertad. Luego espabiló a pura leña y tuvo que hacer lo que le mandaron y su patria se quedó en un estado de ánimo. Para el común del censo moliente la patria es una porción de tierra firme con impuestos y una verja y, sin embargo, también está hecha de gestos para diferenciarla de una comunidad de vecinos en la que se paga a escote la luz del portal. Tradicionalmente, los gestos que más agradecía la patria eran los que llevaban aparejado el derroche de la vida después de una exhibición de lo que hay que tener, que generalmente se producían en las épocas en las que se estaba riñendo con el vecino, pero hoy en día ya no se llevan (lo mismo que los sombreros) porque desde que el hombre se ha puesto sutil se tapa las canas con alumbre, se cambia de muda a diario y le da vergüenza reconocer las asaduras paisanas. Las patrias celebraban antes aquellos gestos con una estatua, pero ahora despachan las medallas en el cuarto de las escobas y no sacan a la banda al patio a tocar. El coraje se ha puesto sospechoso de haber llevado las cosas demasiado lejos, cuando igual se podían haber arreglado hablando, como le dijo Chamberlain a Hitler. De cualquier manera, ya ni las estatuas son lo que eran y uno se lo piensa dos veces antes de jugarse la monda si a cambio le van a levantar un cisco en forma de hexaedro hecho por un tío con un soplete  en vez de una figura ecuestre hecha con bronce de cañones por un discípulo de Vitruvio.

El héroe expósito
Los que somos más elementales que otros y solo nos reímos con los chistes de pedos preferimos las estatuas de antaño, como la que le hizo Aniceto Marinas al soldado Eloy Gonzalo y que está plantada a la entrada de la Ribera de Curtidores, en el Rastro de Madrid. La ubicación le va fetén al héroe, que se pasa las mañanas domingueras junando a los avisaos, a los chamarileros y a los turistas, a los manguis al descuido, a los gitanos y a los comerciantes de vírgenes de ermita. La dicen los paisanos la estatua de Cascorro y a Eloy Gonzalo no le importa que le hayan cambiado el nombre porque era expósito y los linajes como que le daban igual. A Eloy Gonzalo lo dejaron de mamón envuelto en una manta a la puerta del hospicio, como en los cuentos con moraleja, el primer día de diciembre de 1868, con una nota que decía: “Se llama Eloy Gonzalo, está sin bautizar y es hijo de Luisa García, natural de Peñafiel”. Vete a saber si la razón del abandono fue el hambre o la mala prez. El caso es que el chaval salió pronto de la inclusa porque fue adoptado por el matrimonio formado por Francisco Díaz Reyes, que era guardia benemérito, y Braulia Miguel, que recién había perdido un hijo y estaba de lactar. Hay que decir que la pareja cobraba una mensualidad del hospicio ESTATUA DE ELOY GONZALOpara la manutención del chiquillo y cuando dejó de recibirla dejó también de verle la gracia al niño y le señalaron la puerta. Con trece años Eloy Gonzalo se tuvo que buscar los desayunos y trabajó de aprendiz de albañil, limpiando una carpintería y de mancebo de un barbero, pero como en ninguno de los oficios hizo industria, cuando tuvo talla se alistó en la milicia y le destinaron al Regimiento de Dragones de Lusitania, en donde llegó a cabo, se echó novia y puso fecha de casorio. Pero su prometida le salió fresca y le hacía los recados a un teniente; Eloy Gonzalo les descubrió y le apoyó una pistola en el hocico al oficial y, como en todos los pueblos con campanario vale más el galón que la honra, le abrieron un consejo de guerra y le metieron doce años en el presidio militar de Valladolid. Sin embargo no rindió la condena porque se benefició de un Real Decreto por el que se permitía el alistamiento de presos para ir a pelear a Cuba y en abril de 1896 llegó a Camagüey formando parte del 63º Regimiento de Infantería María Cristina.

En septiembre de 1896 los rebeldes del mambí sitiaron el cantón de Cascorro, una población a sesenta kilómetros de Camagüey, y bombardearon la plaza con dos piezas de artillería posicionadas en los bohíos que se levantaban en los campos de azúcar. A las dos semanas de cerco, el capitán Francisco Neila pidió un voluntario para incendiar las cabañas desde las que les disparaban y dio un paso al frente el soldado forzoso Eloy Gonzalo. Dijo que era inclusero, cornudo y analfabeto, y que no tenía quien le llorase. Pidió una lata de petróleo y una tea y dijo que le atasen una cuerda a la cintura para que si le mataban, sus camaradas tirasen de su cuerpo para enterrarlo entre paisanos y que no lo ultrajasen los mambises. Eloy Gonzalo corrió debajo del fuego enemigo, que le cortejó, se llegó a los bohíos, los regó de combustible y les metió candela. Regresó a sus líneas a la carrera, esquivando las balas de milagro y su acción corajuda animó a la tropa, que empeñó un contraataque y resistió la posición hasta que la liberó unos días después el general Adolfo Jiménez Castellanos al mando de una columna que llegó de Camagüey.

Valió de poco la hazaña de Cascorro pero pensionaron a Eloy Gonzalo con la Cruz de Plata al Mérito Militar, con sueldo de siete pesetas al mes, y un año después murió de disentería en el hospital de Matanzas, con lo que no le dio tiempo de temblar el erario. En España, en cambio, se celebró con entusiasmo al héroe expósito y le pusieron su nombre a una calle y le levantaron una estatua en la plaza de Nicolás Salmerón. La inauguró el rey Alfonso XIII el 5 de junio de 1902 en una ceremonia en la que habló Mariano de Cavia. La estatua la hizo Aniceto Marinas con el bronce que donó el Ministerio de la Guerra y la pusieron a presidir los tinglados del Rastro de Lavapiés con el uniforme colonial, el Máuser al hombro y la lata de petróleo. Aniceto Marinas esculpía con evidencia y dos años antes le había hecho a Velázquez con pinceles y paleta para recibir en el Museo del Prado. Con el tiempo los madrileños llamaron a la Plaza de Nicolás Salmerón la de Cascorro y el Ayuntamiento le cambió el nombre en 1913. Mandó el popular, que alguna vez le tiene que tocar. Eloy se quedó en Cascorro y ahí anda agarrando con fuerza la lata para que no se la birlen los gitanos y la pongan precio sobre una manta, al lado de un peluco de colorao y unos candelabros. Al Rastro lo adecentaron con el tiempo, para el turismo, y debajo de la estatua de Cascorro le dijo Eduardo Zamacois a Umbral que aquello ya no le interesaba porque era “un Rastro sin cochambre”.

MARTÍN OLMOS

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