MARTÍN OLMOS MEDINA

La aquiescencia de los mudos

In Con buena letra on 19 de julio de 2013 at 13:06

Don Miguel de Unamuno se enfrentó a los legionarios de Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Unamuno tuvo un humillante conato con Millán Astray, en Salamanca, y no volvió a salir de casa. Era el precio que pagaba Franco a los indecisos”
FRANCISCO UMBRAL

Unamuno dijo que a veces el silencio es la peor mentira. El silencio es interpretable al gusto del consumidor; para Francis Bacon era la virtud de los tontos y según Fernando de Rojas encubría la falta de ingenio. Para Gracián era el santuario de la prudencia y para el popular otorga. El silencio en Sicilia se dice “omertá” y te mantiene alejado de la posta lobera y de la tumba en la zanja y todo el mundo con una legua de camino andada entiende que en boca cerrada no entran moscas. Se está más guapo calladito y sentado en una esquina sin molestar. Uno de los tres monos sabios del santuario de Toshogu es mudo, se llama Iwazaru y se tapa la boca con las manos. Hablar a destiempo echa a perder un chiste o una boda y callar te hace pasar por un tío reflexivo y dueño de una vida interior cuando en realidad puede que solo seas un cagón. Para hablar hay que tener algo que decir y para callarse una razón y uno se calla delante del jefe para no decirle lo que piensa realmente de él un segundo antes de recoger las cosas de la mesa y marcharse a casa a explicarles a los niños que no habrá juguetes en navidad. Uno se calla delante del jefe y del fisco y de la bofia y de la parienta. Uno se calla, casi siempre, delante de los matones, que generalmente no tienen nada que decir. Por acá sabemos un poco de callarnos cuando los matones pelan las barbas del vecino.

Los actos de valor que se recuerdan son los de la torería, que son acciones físicas de mamporros y tiros, con lo que parece que el valiente tiene que estar en una relativa buena forma y, por lo tanto, el coraje no es virtud de los enclenques gafosos. Sin embargo, se puede ser bravo sin músculo y hablarle al ogro lleva aparejado el mismo riesgo que cargar a sable contra una batería de artillería. Unamuno dijo que a veces el silencio es la peor mentira y le habló al ogro con insolencia, que estaba guardado por legionarios con pistolas. Se puso desarmado a los pies de una turba que era dada al linchamiento y salió con la antropometría completa porque le salvaron las gentes a las que despreciaba. Unamuno era bilbaíno de la calle Ronda, vasco españolista según Sabino Arana, paseante de Madrid con la costumbre de hablar solo, casto como un cuáquero según Umbral, lector de Kierkegaard, que es una cosa que se leía antes, antipático, egocéntrico y devoto del Cristo sin bendecir de Velázquez al que le iba a rezar al Prado. Unamuno practicó el pensamiento de ida y vuelta, fue socialista a ratos, preso en las Chafarinas durante la Dictadura de Primo de Rivera, y proclamó la República desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca el 14 de abril de 1931. Después se le esquinó Azaña, la Reforma Agraria y la candela a los conventos y apoyó el levantamiento rebelde de 1936. La tía Algadefina de Umbral decía que Unamuno era un beato barroquizado de contradicciones que lo que más le decidió por Franco fue que tenía consigo a los obispos. Franco le mantuvo de rector de la Universidad de Salamanca pero fusiló a sus amigos: al alcalde Prieto Carrasco y al diputado socialista Andrés y Manso los asesinaron los falangistas de Francisco Bravo simulando una corrida de toros y al arabista Salvador Vila Hernández le fusilaron y a su mujer Gerda Leimdörfer, que era judía, la sacó del pelotón la intercesión de Manuel de Falla, que hizo que la bautizaran por la fuerza.

Vencer sin convencer
Unamuno había tenido la ilusión de mantener fuera de su predio la barbarie y cuando presidió en nombre de Franco la Fiesta de la Raza, el 12 de octubre de 1936, le habló al ogro y manifestó su arrepentimiento por haber apoyado la sublevación en mitad de la cueva de las serpientes. Llevaba en su bolsillo la carta que le había escrito Enriqueta Carbonell recordándole que su marido Atilano Coco, pastor protestante y masón, estaba en la prisión de Salamanca esperando la vez en la tapia del cementerio. El sentido común le inclinó a adoptar la posición del mono Iwazaru pero sin embargo dijo y se puso delante de las pistolas. Dijo que vencer no era convencer, que aquella no era una guerra en defensa de la civilización cristiana sino una riña incivil y que el odio no dejaba lugar a la compasión. El general Millán Astray, vocero excéntrico de la causa, tuerto del ojo derecho y manco del brazo izquierdo, le interrumpió gritando: “¡Muera la inteligencia!”. Fue una mañana cómica que no tuvo una pizca de gracia. José MILLÁN ASTRAYMaría Pemán hizo un retruécano para salvar la feria y dijo: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”. Los legionarios sacaron las pistolas. Unamuno llamó inválido a Millán Astray y le dijo que pretendía una España mutilada y entre el cardenal Pla i Deniel y doña Carmen Polo de Franco le sacaron del paraninfo del brazo, sin mucho entusiasmo, para que no le hostiasen hasta matarlo. Al pasar al lado de Millán, Unamuno tropezó, de nervios o de canguelo o de vejez, y el general, bronco de tasca de cuartel, macheó como en una tángana de verbena y por quedar matón delante de la muchachada le dijo con el pecho inflón: “¡Dele usted el brazo a la señora!”, que es lo mismo que decir que si no es por ella te rompo la madre a trancadas, cagón, que son cosas que dicen los torvos en los futbolines.

Unamuno dijo que el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Después del incidente se pasó dos meses en arresto domiciliario en su casa rectoral de la calle Bordadores. El 31 de diciembre de 1936 le fue a visitar el falangista Bartolomé Aragón, que por complacerle no compareció con la camisa azul. Charlaron sobre un brasero, a Unamuno se le quemó una zapatilla y murió de un derrame cerebral. Bartolomé Aragón tendió el cuerpo en un sofá, llamó a la criada y salió pitando diciendo: “¡Yo no lo he matado! ¡Yo no lo he matado!” Unos días antes había escrito que el odio que se estaba instalando en España se manifestaba en invertidos, sifilíticos y eunucos masturbadores. A Pemán ya no le lee nadie, y a Unamuno dos o tres y su discurso hoy se lo habría corregido el talibanerío del lenguaje formalito, que no puede usted, don Miguel, llamar inválido al pobrecito Millán, tan mutiladito como está, que le faltan trozos como a una muñeca de hace tres navidades. La tara no ennoblece, ni da virtud, pero queda feo mencionarla. Dicen en Extremadura que no hay falto bueno y que los sordos tienen mala virgen. De todo habrá, que han estado por aquí Long John Silver y el Cojo Manteca, el ciego Pew, que era heraldo de la Mota Negra, y Ricardo III, que era jorobón y esquinao y cualquiera le pasaba el número por la chepa. Se ha llevado más ser mudo e interpretar la aquiescencia, callarse y seguir comiendo, que por aquí se come muy bien. Unamuno tuvo su mañana brava en la que dio faena en una plaza de pueblo sin alcalde y señoras con collares, cardenales gordinflones y legionarios desmontables. Le hicieron un entierro falangista con escolta de camisas azules porque con los muertos uno hace lo que quiere porque ya no se pueden quejar. A Atilano Coco, pastor protestante y masón, le pegaron un tiro en la orilla de un sendero del monte de La Orbada, en la carretera de Valladolid.

MARTÍN OLMOS

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