MARTÍN OLMOS MEDINA

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Bombas y tiburones

In Hazañas bélicas on 29 de agosto de 2013 at 22:09

A la mitad de la tripulación del Indianapolis, que llevó al Pacífico la bomba atómica, se la comieron los tiburones

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El tiburón oceánico de puntas blancas es el más peligroso de todos los tiburones”
JACQUES COUSTEAU

Tiraron la bomba. Buuuuuuuum. Y se acabó la guerra. Como para seguirla. Los metafóricos vieron un hongo. Los japoneses las orejas al lobo. Auuuuuu. Stalin comprendió quién era el nuevo jefe del patio. El dueño del balón. El tío que dice quien juega y quien no. Los vencedores hicieron el inventario. La prueba del nueve. Los 150.000 muertos de Hiroshima y los 80.000 de Nagasaki no eran una matanza sino un ahorro de bajas potenciales. Seis por cinco sale menos tres y me llevo una. Las cuentas del tahúr. El emperador Hirohito se rindió sin condiciones. El ministro de la guerra japonés Korechika Anami se hizo el seppuku ritual pero se quedó en media estocada y le dio el descabello su cuñado de un tiro en la nuca. Su uniforme ensangrentado y su espada samurai se enseñan hoy en el santuario Yasukuni de Tokio. El general Eisenhower le dijo al Secretario de la Guerra Henry Lewis Stimson que creía que Japón ya estaba derrotado y que el lanzamiento de la bomba fue completamente innecesario. El presidente Truman también sabía que a Japón le quedaba una tarde, pero era el concejal de festejos y había pagado a una pirotecnia valenciana, así que tenía que haber una traca al final de la verbena. Pim, pam, pum. Anthony Burgess, el autor de “La naranja mecánica”, dijo que la bomba fue un lujo mortal. Dijo que se invirtieron cantidades tan ingentes en su desarrollo que había que utilizarla. Fue como cuando amanece una farra y hay ganas de piltra y de leche templada pero alguien dice que la juerga no se acaba hasta que se gaste el bote, que para algo lo hemos puesto. La bomba fue la meada del gorila de lomo plateado. Pssssssss. Fue la doctrina Monroe en forma de champiñón. La política del palo en alto. A los supervivientes de la bomba les llamaron los hibakusha y se convirtieron en una comunidad maldita. Se cumplió el principio elemental de la exclusión de los pueblos. A los agotes del Baztán les ponían a oír misa escondidos debajo del coro porque se pensaba que transmitían la lepra. Niños, no juguéis con Akira, que tiene la radiación y si te toca te crece un bulto en la cabeza. Se te cae la cosita. Julius Oppenheimer, el papá del petardo, dijo que los físicos habían conocido el pecado. Dijo que los científicos solo eran responsables ante la ciencia. Dijo: “Me he convertido en la muerte, en el destructor de mundos”. La bomba, ha escrito Leguineche, fue el presagio de un mundo terrible.

El mundo terrible no llegó solo al Pacífico. El uranio-235 con el que se armaron las bombas atómicas salió de la base de Álamo Gordo, en Nuevo México, con destino al muelle de San Francisco y fue embarcado en contenedores de plomo en el USS Indianapolis, un crucero pesado botado en 1931 artillado con diecisiete cañones y ocho ametralladoras Browning M2 del calibre 50. Se cursaron órdenes siniestras. No se admitieron preguntas. Nadie a bordo sabía el contenido del hangar, ni siquiera el contralmirante Charles Butler McVay III, veterano de la inteligencia naval y dueño de la Estrella de Plata por su valor en Iwo Jima. El ejército no se fía ni de sí mismo. Se clarificaron los imperativos: el barco zarparía el 16 de julio de 1945 con destino al atolón de Tinian, en el Pacífico, a doscientos kilómetros al norte de Guam. La carga tenía prioridad sobre la tripulación y debía salvaguardarse o destruirse, en caso de contingencia, antes de preocuparse por el pellejo de la CONTRALMIRANTE CHARLES McVAYmarinería. El Indianapolis rompió la marca como una bala. En diez días rindió el periplo. Se zampó 5.300 millas marinas con solo una paradita de seis horas en Pearl Harbor para poner gasolina y echar una meadita. Hubo propina para el taxista. Se entregó la carga. Se hizo el recado. Se armó la gorda y la colocaron al pelo a bordo del bombardero B-29 Enola Gay. El piloto Paul Tibbets bautizó el avión en honor a su mamá Enola Gay Haggard. Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle. “¿Está orgullosa mamá de su pequeño?”, cantaron en los ochenta las Maniobras Orquestales en la Oscuridad. Enola Gay, is mother proud of Little Boy today?. La New Wave. Aha, Enola Gay. Tiraron la bomba. Buuuuuum. Minimizaron víctimas potenciales asando a cien mil japoneses. Nadie volvió a jugar con Akira el hibakusha. A Stalin se le pusieron las puntas de su bigote de morsa en formación de defensa. ¡Fiiiirmes! Gastaron el bote.

Pasto de tiburones
El 29 de julio el USS Indianapolis recibió la orden de unirse a la flota que se preparaba para invadir Japón en el Golfo de Leyte, en las Filipinas. El contralmirante McVay pidió una escolta. Se la negaron. Le aseguraron que en el Guam no había submarinos enemigos. Le ordenaron navegar en zig-zag para esquivarlos. El Indianapolis no tenía un sistema de navegación por sonido y no podía detectar submarinos. Navegar en zig-zag para evitar submarinos que no había. Pura inteligencia militar. Sonó a: no hace calor pero llévate el botijo. Pero sí había submarinos. Por lo menos cuatro. El 30 de julio amaneció con calima y el contralmirante McVay abandonó la navegación en zig-zag y puso la proa rumbo al este. Al amanecer, un submarino tipo B3 al mando del capitán Mochistura Hashimoto le acertó con dos torpedos que le destrozaron la proa, la sala de máquinas y la santabárbara. En diez minutos el Indianapolis se fue a pique. El capitán Hashimoto se hizo monje sintoísta después de la guerra. Ooooom. Trescientos marineros murieron en los impactos. Los otros novecientos se dieron al mar con sus chalecos salvavidas. No hubo tiempo de arriar los botes. Casi mil almas se quedaron flotando como sargazos de frío y miedo. Se agruparon en ramilletes. Formaron islotes humanos.  Al amanecer aparecieron los tiburones. Eran oceánicos de puntas blancas, que les dicen jaquetones, que les dicen tiburones locos. Tres metros de longitud. Ciento ochenta kilos de pura gazuza de mar. Cuando suena el triángulo del rancho se les ha visto comer hasta las heces de las ballenas. Llegaron en horda, no en banco, negros como la muerte, silenciosos como un secreto, hambrientos como la avidez. Noticias de la mar: bautizo con barra libre entre Guam y el Golfo de Leyte. En cinco días se comieron a trescientos marineros. Otros se volvieron locos por beber agua salada. Rescataron a trescientos dieciséis  supervivientes por pura casualidad, cuando fueron avistados por un avión de patrulla. Le pasaron la minuta al contralmirante McVay. Le acusaron de incumplir la orden de navegar en zig-zag, le degradaron a capitán y le pusieron a chupar tintas en un pupitre. Perdió la gracia del mar. En 1968, en noviembre, salió al jardín de su casa de Litchfield, en Connecticut, y se pegó un tiro en la cabeza. En 2001 el presidente Clinton revisó su sentencia y ordenó su rehabilitación. El Secretario de la Armada Gordon Richard England le devolvió el rango de contralmirante. Los laureles póstumos dejan la sensación del estómago vacío. En 1990 la BBC llevó a los tripulantes del Enola Gay a Hiroshima. Manuel Leguineche cuenta que uno lloró y otro dijo tonterías. Hiroshima exporta ostras y si te las comes no se te cae la cosita. Los hibakusha parieron niños robustos. A los tiburones les hizo la mala prensa Spielberg y hubo bañistas que dejaron de nadar hasta la boya. ¡Jefe Brody, jefe Brody, hay que cerrar la playa! El capitán Hashimoto viajó a Hawai en el cincuenta aniversario de Pearl Harbor y pidió perdón a los familiares de los tripulantes del Indianapolis. Paul Tibbets dijo que dormía como un tronco. “Enola Gay, is mother proud of Little Boy today?” Al presidente Truman le preguntaron una vez si se arrepentía de algo y dijo que sí, que de no haberse casado antes. Su mujer debía cocinar de miedo. Su mujer era la boooomba.

MARTÍN OLMOS

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Réquiem por Peter Pan

In Esto es Hollywood on 24 de agosto de 2013 at 12:18

El niño prodigio Bobby Driscoll no asumió una adolescencia granuda y se echó a la jeringuilla

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dejé de creer en Santa Claus el día que mi madre me llevó a verle a unos grandes almacenes y él me pidió un autógrafo”
SHIRLEY TEMPLE

El cine es un montón de fotos puestas en fila que si se proyectan muy deprisa hacen la ilusión del movimiento y la sangre es de tomate, los besos de mentira y las lágrimas de colirio y, sin embargo, es mágico. Los tres cubos del trilero también son mágicos y nada es lo que parece y un lampiño puede hacer un bigotudo con una mano de betún en el hocico y un capón puede pasar por bravo si sabe poner en posición las cejas. Si sabe inflar el pecho que guarda el corazón en un puño. En el cine como en la vida, todo es mentira y pocas cosas son verdad y un jardín de Pasadena es la selva de Tarzán y un rubiales de la California te hace de Pancho Villa si le tiznas de bruno el flequillo y le pones a tomar el sol y, sin embargo, de un niño tiene que hacer otro niño porque si se usa a un enano se nota. En el teatro del kabuki japonés estaba prohibida la presencia de los niños en escena y los papeles femeninos los interpretaban los onnagata, actores masculinos especializados en encarnar a jóvenes mujeres que disimulaban sus facciones con maquillaje de polvo de arroz. El cine tiene la ventaja de poder enmendar una escena que ha salido morcilla pero el inconveniente del primer plano, que enseña los años de un enano por mucho polvo de arroz que le pongas encima. El cine requiere caballos, besos de tornillo bajo la lluvia y niños, cuando hacen falta.

El fenómeno de los niños actores está entre la tradición de los castrati, que cantaban con voz querubina en las misas, la prostitución infantil, la explotación de menores y la costumbre de sacar al crío a tocar el violín a las visitas, que ponen cara de que les está conmoviendo la serenata pero están deseando que se acabe. Los niños son divertidos de hacer, caros de criar y difíciles de aguantar y para trabajar con ellos hay que dominar la ley del reflejo condicional de Pavlov y disimular las flaquezas para que no te huelan el miedo, como los doberman. Jackie Cooper fue nominado al Oscar con nueve años por la película “Skippy” (1931), en la que el director Norman Taurog consiguió que llorase con sentimiento amenazándole con matar a su perro, y a Shirley Temple le estimulaban los pucheritos diciéndole que se imaginase que su madre había muerto.

El niño como explotación económica tiene un límite, que es cuando gallea de voz y le crece el bozo, así que hay que sacarle el rendimiento mientras sirva, como a las tierras en barbecho. Hay que trabajarlo rápido y sin miramientos antes de que pegue el estirón, entre en abriles y se ponga mancebote. A Judy Garland le sacaban la ganancia haciendo que trabajase setenta y dos horas seguidas manteniéndola de pie con meriendas de pastillas y cuando acababa el tajo la mandaban al hospital del estudio y la forraban de sedantes. Le ponían un puente de látex en las napias porque era medio chata y le chutaban adelgazantes. Pero los niños faranduleros estiran como cualquier hijo de vecino y un buen día se despiertan y se dan cuenta de que los pies les sobresalen de la cama. Joselito creció descompensado de cabeza y no sirvió para galán y Marisol se hizo roja de tabardo de botón de cuerno y se le puso cara de antipática. Perdió el acento de Málaga. Fernando Savater concluyó que una infancia feliz es una desventaja porque después de ella la vida se pone cuesta abajo. Los niños del cinema viven una infancia de ponis en el jardín y fuentes de pepsicola que no es infancia y cuando tallan se convierten en hombres sin protección, como cables pelados. El actor prodigio Scotty Beckett, que debutó con tres años y trabajó con Errol Flynn y con Tyrone Power, no asumió ser un adulto sin papeles y se suicidó en Hollywood después de que le trincaran pasando drogas por la frontera mejicana y le condenaran por darle una paliza a su hija con una muleta ortopédica. El actor mejicano Cesáreo Quezadas, que le decían Pulgarcito, tenía once años cuando le hizo el contrapunto gracioso a Marisol en “Ha llegado un ángel”, de Luis Lucia, y veintiuno cuando asaltó a punta de pistola la zapatería “El Taconazo” y casi mata a una vieja de un susto. Hoy toma la sombra en el penal del Cereso de Yucatán por violar a su hija y hace tiempo que se dejó la gracia en una vuelta del camino.

El chaval de la Disney
A los padres de Bobby Driscoll les dijo un peluquero que su hijo era un chaval listo y guapetón que podía hacer una carrera en el cine. Le llevaron a una prueba en la Metro-Goldwyn-Mayer del león y el niño salió con un papel en “Lost Angel” (1943). Tenía cinco años y superó a cincuenta aspirantes. Driscoll era capaz de aprenderse los diálogos a la primera y no tenía el inconveniente de la repelencia de la que abusan los críos artistas que ponen ojitos de gato llorón. Se convirtió en el niño bonito de Walt Disney, trabajó con Alan Ladd y con Mirna Loy, ganó 50.000 pavos en un año, fue Jim Hawkins en la versión de “La Isla del Tesoro” de Byron Haskin, ganó un Oscar juvenil con trece años y le pusieron una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. En 1951 le puso la voz al Peter Pan de Walt Disney y al año siguiente cumplió quince años, le creció la cabeza, le salió un arrozal de granazos en la jeta y se puso zagalón. Echó vocejón de antro y pinta de matón de instituto con dos cursos repetidos y le echaron del País de Nunca Jamás. Se empezó a chutar heroína a los dieciséis, cuando todavía le quedaba dinero. Cuando se lo gastó robó en una clínica de animales, le ficharon por BOBBY DRISCOLLtrapichear, endosó cheques falsos y le detuvieron por atizar a un tipo en la cabeza con una pistola. Perdió los dientes y le falló la memoria. Cumplió veintitrés años en el Centro de Rehabilitación del penal de Chino, en el condado de San Bernardino. Cuando salió se fue a Nueva York, orbitó alrededor de Andy Warhol firmando de estrella caída y desapareció entre los drogotas del East Village que dormían el sueño del opio en las lonjas baldías. El 30 de marzo de 1968 dos chavales le encontraron muerto en un piso en ruinas de la Avenida A rodeado de basura y de crucifijos. El forense descubrió metedrina en su sangre y determinó que la había diñado de un ataque al corazón provocado por una arteriosclerosis derivada de los chutes. Como no tenía documentación le tomaron las huellas dactilares (por las que se descubrió veinte meses después su identidad)  y le enterraron en una fosa común en el cementerio de Potter´s Field, en Hart Island, donde acaba el Bronx, con el resto de los Niños Perdidos, en el cubo de los desechos.

En 1983, el psicólogo Dan Kiley llamó Síndrome de Peter Pan a la propensión de ciertos hombres a no madurar. Madurar es cosa de manzanas y a los tíos de verdad lo que nos gusta es levantarnos tarde, medirnos la meada con los amigos y tirarle piedras al sereno y maduramos poquito y a la fuerza cuando dejamos preñada a la novia o nos vemos en la desagradable circunstancia de tener que ganarnos la vida. Dan Kiley tuvo su predicamento, sin embargo, y para estirar la racha describió el Síndrome de Wendy, en el que explicó que algunas mujeres protegen a los hombres como si fuesen sus madres. Esta vez no tuvo tanto éxito y nos ahorró, gracias a Dios, el Síndrome del Capitán Garfio: inclinación al destemple de los individuos a los que un cocodrilo les ha comido una mano.

MARTÍN OLMOS

“En la calle de la Princesa…”

In El cañí on 15 de agosto de 2013 at 21:36

La marquesa de Villasante, íntima amiga de Franco, espía en el moro y quintacolumnista, mutiló el cadáver de su hija Margot

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Por todo el país corrieron los más delirantes rumores sobre el caso de la Mano Cortada”
EUGENIO SUÁREZ.

Por aquí sabemos hacer las cosas a la inglesa, yes of course, y por lo finolis, con marquesas, mayordomos y espías, con casas de  muchas habitaciones, lo que pasa es que nos sentimos más abrigados con el pelazo de la dehesa y acabamos sacando la tauromaquia y al gitano y abriendo la sirla de muelle, albaceteña y cañí de la morería y olé, y decimos el cagüen tus muertos y que por estas que te madrugo, que para macho aquí está un servidor. Como hay Dios. A los viajeros románticos, a los Gautiers y los Merimeés, les agrada nuestra agreste índole mazorral y nuestras patillas, les agrada la guitarra y el pellejo de vino de solera, la navaja de virola, la teja del cura y los ojos negros como a nosotros nos gusta que los franceses sean un poco mariquitas, oh la lá, y coman caracoles. Sin embargo por aquí sabemos hacer un misterio con una mano cortada, una marquesa y un sótano, con amantes moros, niñas santas y sociedades secretas, y nos queda una cosa entre el folletín de Eugène Sue y la novela de Agatha Christie a la que ponemos un final interpretativo y los niños una canción para la comba. La canción decía: “En la calle de la Princesa, vive una vieja marquesa/ con su hija Margot, a quien la mano cortó/. Moraleja, moraleja, esconde la mano que viene la vieja”. Por aquí le sacamos el sebo al vecino por la linde de un  melonar y nos limpiamos el honor hidalgo a puñaladas navajeras con el pecho al aire y la blasfemia, por aquí juramos la venganza y nos matamos al sol pero nos hacemos un misterio bonito, cuando queremos, con candelabros de plata y a lo fino y nos queda un cuento de fantasmas a lo Lord Dunsany que no huele al aceite hervido y ancestral del que decía Pla que nos había librado de la Reforma.

En la calle de la Princesa vivía una vieja marquesa con su hija Margot…

Margarita Ruíz de Lihory y Resino de la Bastida, marquesa de Villasante, baronesa de Alcahail, duquesa de Valdeáguilas y vizcondesa de la Mosquera nació en 1889 en Valencia y cuando moza fue, por guapa y por saber estar, reina de los juegos florares de la sociedad cultural del Murciélago y le ciñeron una banda en el palacio de los barones de Alaquás. A los diecisiete años se casó con Ricardo Shelly, valenciano con pretérito irlandés que le compró perlas, y al año siguiente se licenció en derecho convirtiéndose en una de las primeras mujeres abogado de España. Tuvo dos hijos varones y a la niña Margot, que al contrario que su madre, salió flaca de ancas, cuellilarga, picia, deslucida y medio beata. La marquesa, en cambio, de beata tenía poco y plantó al marido, se puso a fumar en público con insolencia y, a veces, con boquilla de vamp  y se corrió Europa y el colonial yaciéndose generales, oficiando de bailarina, escribiendo reportajes y pintando retratos al pastel. También tiraba al plato con notable puntería, parlaba el francés y tocaba el piano. Anduvo en romances con el presidente Gerardo Machado de Cuba y con el general Obregón, que era manco del brazo derecho por haberlo perdido en la batalla de Celaya, combatiendo a los Dorados de  Pancho Villa. Conoció al millonario  Henry Ford, le hizo un retrato a Calvin Coolidge, trigésimo presidente de los Estados Unidos, y en La Habana se hizo querida de don Manuel MARGARITA RUÍZ DE LIHORYAznar Zubigaray, abuelo del presidente José María Aznar, que dirigía en Cuba el diario El País. Manuel Aznar era navarro de Echalar, como el don José de Mérimée, y se afilió al Partido Nacionalista Vasco, estrenó en los Campos Elíseos de Bilbao una obra antiespañola y frecuentó a Miguel de Unamuno y a los bollos suizos en el café Lyon d’Or. Después, como es natural, se hizo falangista y le escribió la propaganda a la sublevación y acabó de embajador de Franco en la ONU. La marquesa de Villasante riñó con Aznar en Méjico y le rompió con las uñas un traje de chaqué.

La amiga de Franco
Durante la guerra de África ofició de enfermera de las tropas españolas y de espía para Primo de Rivera, con el que compartió algún desayuno. Dicen que fue amante del moro Abd el-Krim y que atendió al capitán Francisco Franco cuando fue herido en el vientre en El Biutz, en Ceuta, en 1916. En Marruecos frecuentó a las moras jerifas y a los echadores de cartas, a los magos negros y a los fanáticos Yezidi, adoradores del diablo. Le distinguieron por sus méritos nombrándola capitán honorario de las tropas de África. Durante la Guerra Civil hizo misteriosos viajes a Inglaterra y formó parte de la quinta columna fascista de Barcelona y Franco la recompensó permitiendo que le apeara el tratamiento. Las otras dos únicas personas que le tuteaban eran su primo Pacón y la Collares.

Con el tiempo, Margarita Ruíz de Lihory se puso en años y anchó de talle, le plateó la melena rubia y dejó de ser una aventurera mundanal para pasar a ejercer, sin quererlo, de marquesona chocha que asustaba a los niños. El tiempo puede hermosear un verso pero excava pies de gallo. Se emparentó con un abogado catalán que se llamaba José María Bassols y se retiró a su residencia en el 58 de la calle Mayor de Albacete, qué buenas navajas, en la que tenía un sótano que los chavales le decían la Habitación del Moro y en donde contaba el rumor que recibía a dos médicos alemanes huidos de los juicios de Nüremberg. Riñó con sus hijos varones, que querían vivir de las rentas y no hincarla, y prefirió la compañía de los bichos. Llegó a tener veinte perros, tres gatos, una docena de canarios y dos tórtolas. Una temporada también tuvo un burro. Una de sus perras parió sobre una cama con dosel y otra lucía un collar de oro puro. La niña Margot dejó de ser niña y creció con zancas de pava, tirando al susto, y se dio a la caridad atendiendo a los expósitos de Albacete y criando fama de santa. En enero de 1954 Margot enfermó de muerte, probablemente de leucemia, y su madre se la llevó a Madrid, a su residencia del número 72 de la calle Princesa, tercer piso, mano derecha. Murió el 19 de aquel mes, víspera del mártir San Sebastián, y su madre le hizo un velatorio con devoción en el que se encerró dos noches con el cadáver y le sacó los dos ojos, le cortó la mano derecha, un trozo de lengua y un mechón de su pelo íntimo, que era rizado, lo que no es poco común, pero dijeron también que pelirrojo. La mano apareció en su piso de la calle Princesa, metida en una cantinilla de leche, al lado de dos soperas que guardaban en alcohol los cráneos mondos de dos perros.

La Mata Hari tuvo de mayor mérito enseñar el parrús en los cabareses y como agente secreto espió poco y mal, y sin embargo le hizo una película Greta Garbo en la que se ponía coqueta con el pelotón de fusilamiento, que daba pena matarla. Margarita Ruíz de Lihory biografió con más solvencia y fue más guapa y más políglota y no tuvo que bailar la ventral en ningún rigodón, enseñando el cuero como una de tantas. Fue más de la estirpe de Rosita Forbes y de Catalina de Erauso que torció en un postre siniestro del que se especularon experimentos nazis y brujerías del Rif donde seguramente solo hubo vejez y chochería y perritos disecados. Margarita Ruíz de Lihory pasó diez años en el manicomio de Carabanchel y después se retiró a su casa de Albacete, la de la Habitación del Moro y los médicos nazis, se arruinó, vendió en rastrillo sus pertenencias entre las que había una bicha de Balazote de terracota, y murió en la indigencia el 15 de mayo de 1968 dejando un misterio bonito de folletín inglés y una canción para el truquemé que decía: “En la calle de la Princesa, vive una vieja marquesa…”

MARTÍN OLMOS

Venganza gitana

In Bichos, El cañí on 11 de agosto de 2013 at 22:28

Dos hermanos calés persiguieron durante dos años a un toro de capea para vengar la muerte de un hermano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Nadie va a ponerse delante del toro si no quiere; pero, desde luego, hay muchos que, sin desearlo demasiado, lo hacen para mostrar su arrojo”
ERNEST HEMINGWAY

Hay un toro bravo, viejo y malo que se llama Ratón y le dicen el Asesino, que lleva el cuerno vestido con tres muescas de muerte y los bacantes de agosto se lo disputan a talón de duros para que les corra a los mozos valientes en las fiestas del santo, en las capeas de pitarra y calor, en las tardes de hazaña. Es toro berrendo en negro, con manchas de bragao y lucero, hijo del semental Caracol y de la vaca Fusilera, de la ganadería de Gregorio de Jesús, lleva tres hembras de luto que despidieron a sus hombres cuando se fueron al festejo y se los devolvieron fríos. Dicen que ahora renquea porque le pesa la biografía, que hace tiempo que pasó de cuatreño, pero sabe más por viejo que por toro y derrota con escuela y hurga el ojal, hincando. Dicen que va a por el tardón, a por el torpe y a por el tomao, embiste sin mérito el toro Ratón.  El toro Ratón sale a quince mil machacantes el domingo, de los de la era de los cinturones de torniquete, y llena el coso con desahogo porque promete  tragedia. Poco ha cambiado el paisano, que sigue pidiendo pan y sigue pidiendo circo, lo decía Juvenal, y poco ha cambiado el patricio, que por no poder dar pan ofrece circo para tener al paisano conforme. El pueblo no siempre tiene la razón por ser pueblo como el borracho no siempre dice la verdad. El pueblo unas veces acierta y otras no, y hay trompas que mienten mejor que cuando ayunan. El pueblo pide tragedia, sobre todo si es la del otro, y se sienta a verla en el zaguán.

El espectáculo de la muerte
Esto lo sabían los príncipes romanos y les daban a sus súbditos luchas a muerte entre gladiadores con las que cultivaban el populismo en el que fundamentaban sus regímenes autoritarios. No se podía vestir la toga en el senado si antes no se pagaba al pueblo su peaje de sangre en el Coliseo, en cuyos arcos ponían las furcias su negocio. Cuando el emperador Honorio prohibió los juegos de muerte le quedó al popular el espectáculo de los escarmientos públicos y echaba la tarde acudiendo a los ahorcamientos para ver cómo la diñaba el reo, y llevaba a los mocosos al circo gratuito de la barbarie con reglas, tempranito para coger sitio y con la merienda en una cesta. Dulces de melcocha y agua del botijo. Cuando colgaron a los asesinos Holloway y Haggerty en la prisión de Newgate en 1807 se congregaron 50.000 mirones que cuando desalojaron formaron tumulto en el que murieron cien personas pisoteadas y cuando le dieron el garrote a Higinia Balaguer, la carnicera de Fuencarral, se contaron 20.000 espectadores en el patio de la cárcel Modelo de Madrid.

Las ejecuciones públicas se prohibieron entrado el siglo veinte y desde entonces se hicieron en el coso privado de la familia, el fiscal y el cura y se dejó al pueblo sin su recreo. Sin embargo, la morgue de París estuvo abierta al público hasta 1907 y los ciudadanos iban a pasar  la tarde mirando los niños muertos que se exponían vestiditos y sentados en una sillita, como si estuvieran dormidos. La tribu sigue exigiendo hoy sus pastorales dramáticas que son toros corridos o cuchilladas folclóricas entre esposas de toreros libradas en la arena global de la tele, y el maestro del guiñol las concede, haciendo la demagogia, amparándose en que si hay demanda hay que entrenar gladiadores. El pueblo no tiene la razón por ser pueblo y a veces prefiere a Barrabás que a Cristo y pide café gratis, colgar al patrón y mear en la vía pública. Pide toros licenciados en vez de vacas mansas pasando por alto que cuando uno se apuesta algo, sea la vida o una ronda de vermú con aceitunas, si pierde le toca pasar por caja.

Leones, toros y gitanos
Toros célebres ha habido como el toro Caramelo, de la ganadería de Manuel Suárez Jiménez,  de Coria del Río, en Sevilla. Caramelo era rojo colorao, de cinco hierbas y cuerna alta y descendiente de un semental que se llamaba “Mal Alma”. A Caramelo le metieron el 15 de agosto de 1849 en una jaula para que pelease a muerte contra un león africano que se llamaba Julio. Fue en el hipódromo de Madrid y asistió al espectáculo la reina Isabel II. Antes se celebró una lucha de seis perros contra una hiena y ganó la hiena, que rió. A la primera embestida Caramelo destripó a Julio, el león, y después no quiso salir de la jaula y lo tuvo que sacar el torero madrileño Ángel López, el Regatero, engañándole con la capa. A Caramelo le lidiaron al mes siguiente y tomó doce varas, mató a tres caballos y el público pidió su indulto y lo mandaron al corral. Fue el mismo maestro “Cuchares” el que le curó las mancas con una cataplasma de aceite hirviendo. Volvió a aparecer Caramelo en noviembre, para que lo toreara Julián Casas, el Salamanquino, y salió de toriles adornado con una guirnalda de flores, le lancearon los pases y volvió a ser indultado. Al toro Caramelo, el vencedor de leones africanos, lo mataron por fin en las ferias de agosto de Bilbao de 1850, en la antigua plaza de Abando, lo estoqueó el Regatero, el mismo que le sacó de la jaula de las fieras, y lo remató a rejonazos el alguacilillo.

Toros viejos de capea de pueblo, avisados de cien tientas, mirada de través y derrote doctorado los ha habido siempre. En el final del segundo capítulo del ensayo taurino “Muerte en la tarde”, Ernest Hemingway dio la noticia de uno valenciano (paisano de Ratón, que es de Sueca), que en los años veinte mató a dieciséis hombres e hirió gravemente a más de sesenta en un periodo de cinco años. Hemingway no retuvo su nombre pero recogió su final siniestro. A fuerza de ser corrido, el toro aprendió latín de seguido y a multiplicar con llevadas y le requerían en las ferias para tasar la raza brava de los mozos y, mientras tanto, el dueño engordaba la petaca. En una ocasión mató a cornadas a un gitano de catorce años y sus hermanos se hicieron una cruz con los dedos, la besaron, y prometieron venganza. Los dos hermanos calés le siguieron durante dos años buscando la ocasión de matarlo en la jaula pero el amo le tenía vigilado porque era un manantial de duros y no lo descuidaba en el prado, con el resto de las reses. El toro al fin se hizo viejo y el dueño lo entregó al matarife, para que le hicieran chuletas. Ya no servía para correr y le pesaba la testuz pero seguía teniendo pendiente la cuenta con los gitanos. Los dos hermanos fueron al matadero y  pidieron permiso para ser ellos los que le matasen. El matarife consintió, qué más le daba a él, y los hermanos le sacaron los dos ojos con una aguja de tejer y le escupieron en las cuencas vacías. Después le clavaron un cuchillo entre las vértebras del cuello, rompiéndole la espina dorsal, y cuando lo vieron muerto lo castraron. El matarife les regaló los testículos y los hermanos los asaron sobre una hoguera en una vuelta del camino y se los comieron. Habrá que suponer que el alma del gitano niño encontró la paz.

En 1567, el Papa Pío V promulgó la bula “De Salute gregis Dominici” en la que negó la cristiana sepultura a los que encontrasen la muerte en los juegos taurinos, “estos sangrientos espectáculos más dignos de los demonios que de los hombres”.

MARTÍN OLMOS

El mortal oro

In Reyes y caudillos on 8 de agosto de 2013 at 15:38

 No es oro todo lo que reluce y ni flota ni se puede beber en fundición, y dicen los que lo tienen que no da la felicidad. Los que no lo tenemos no sabemos qué opinar

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dicen los romanos que a las muchas virtudes de Craso sólo un vicio hacía sombra, que era la codicia”
PLUTARCO

Las tardes de ocio sin tele inclinan a darle vueltas a la de pensar y llegamos a la conclusión de que la única ventaja que tenemos sobre los ricos es que a ellos les tiene que importar más morirse. A nosotros los del salario como que nos da un poco igual diñarla porque si morimos un martes, nos queda el consuelo de no tener que madrugar el miércoles. A los ricos les espera una jubilación de tardes de balandro y los nietos les van a visitar, para ver lo que trincan. A nosotros nos queda una hernia de hincarla que nos impide progresar en el golf y estirar la mortadela, y no nos viene a ver ni Dios. Una eternidad de mortadela te deja el estómago para vinagre y resulta que ahora el Almax no lo cubre la Seguridad Social. El tipo que dijo que el dinero no da la felicidad era primo del que concluyó que el trabajo ennoblece y ninguno de los dos se lo creía del todo y no firmó la sentencia. El cuento del hombre feliz que no tenía camisa lo escribió Tolstoi y uno no se acaba de creer que un ruso aguante sonriendo un invierno en la tundra a pecho descubierto. Más bien pensamos como Heráclito de Efeso, que le decían el Oscuro, que sostenía que solo a los asnos les gusta más la alfalfa que el oro. El oro, al igual que las reputaciones, cuesta mucho conseguirlo pero más guardarlo, y además no flota. A la hora de flotar lo mejor es guardar la ropa o, por lo menos, tirarse a nadar con la menor cantidad de calderilla en el bolsillo. Yusuf Ismail, que le llamaban el Terrible, sudó su oro en los mentideros de la lucha libre y no calculó que suele respirar mejor un pobre a flote que un tesoro debajo del mar.

Yusuf Ismail nació en una aldea cerca de Shumen, cuando Bulgaria era parte del Imperio Otomano, en 1857. A Yusuf Ismail le llamaron el Turco Terrible, medía casi dos metros y pesaba ciento cuarenta kilos descalzo y cuando se quedó sin rivales en las lonas europeas de la lucha libre inició una gira por los Estados Unidos apadrinado por el promotor William Brady, que llevaba la carrera del campeón de los pesos pesados Jim Jeffries. El Turco Terrible se exhibió en el London Theatre de Nueva York apostando cien dólares a que nadie podía aguantarle quince minutos sobre el reñidero y venció al campeón americano de lucha Evan Lewis, que le llamaban el Estrangulador, dejándole frito con su famosa Llave del Dormilón. Después de un año de victorias, Yusuf Ismail recogió la ganancia y sacó un pasaje de vuelta con la intención de abrir un café en el barrio de Üsküdar de Estambul y jubilarse en tertulias interminables debajo de medias lunas. Exigió el pago de su botín de 10.000 dólares en monedas acuñadas en oro y se las ciñó en un cinturón con el que se embarcó en el SS La Bourgogne, un trasatlántico de dos chimeneas y cuatro mástiles que se fue a pique el 4 de julio de 1898 a la altura de Nueva Escocia, en Canadá. Yusuf Ismail se lanzó al mar y el mar se lo tragó inexorablemente porque no se quiso desatar de sus monedas de oro que eran su sueño de mesonero en Estambul y murió rico, húmedo y emprendedor.

Muertes de ricos
Los pobres nos morimos de cualquier cosa y, a veces, de hambre, pero rara vez de un empacho, que es un final de pudientes que pueden encargar otro postre. El emperador Maximiliano I de Austria, padre de Felipe el Hermoso, murió en 1519 de una indigestión de melones y Enrique I de Inglaterra, hijo de Guillermo el Conquistador, la diñó en 1135 por hartarse de lampreas. Las lampreas son unos peces feos y vampiros que se preparan a la borgoñesa con un poco de coñac, cebollas, pimiento y laurel y Enrique I fue el rey inglés que más bastardos reconoció. El Gran Duque de Vendôme, Louis Joseph de Borbón, murió en Vinaroz en 1712 de una indigestión de langostinos y el rey Adolfo Federico de Suecia, que destacó más de tragón que de monarca, dejó este mundo en 1771 por una complicación digestiva después de zamparse una cena de langosta, caviar, repollo y medio ciervo que rindió repitiendo quince veces el postre. Marco Licinio Craso, que fue el financiero de Julio César y el hombre más rico de Roma, murió de un empacho de oro, que lo tomó en su estado líquido, como el chocolate de después de las verbenas.

Craso tuvo el talento de arrimarse al ascua que calienta y de multiplicar los dividendos. Primero distinguiéndose en el apoyo a Lucio Cornelio Sila y después asociándose en un triunvirato con Julio César y Pompeyo, se hizo con el control financiero de Roma por medio de una intrincación de industrias que iban desde la explotación de casas de putas que BUSTO DE MARCO LICINIO CRASOponía a nombre de testaferros hasta la especulación inmobiliaria y el comercio de gladiadores. Puso de manifiesto su ignorancia absoluta del escrúpulo cuando gestionó en monopolio el cuerpo de bomberos de Roma a la vez que dirigía una red de incendiarios que mantenían la demanda. Cuando sus pirómanos le metían candela a una villa sus funcionarios le daban a la bomba solo cuando el propietario le vendía el inmueble a Craso por un precio de risa. No le quedaba más remedio que asumir que más valía quedarse con poco que perderlo todo. Cuenta Plutarco que por ese medio la mayor parte de Roma vino a ser suya.

Lo malo de los ricos es que también quieren ser guapos y más altos y Craso no se conformó con lo que tenía, que era casi todo, y persiguió la gloria militar. Se ganó cierta reputación guerrera aplastando la rebelión de los gladiadores de Espartaco por la que obtuvo el derecho de tocarse con una corona de laurel, pero no de mirto, que se reservaba para los vencedores de ejércitos regulares y no de revueltas de esclavos. Craso quería su guerra y la encontró invadiendo el imperio parto, al noreste de lo que hoy es Irán,  para hacerse con su oro. Financió la leva de siete legiones y cruzó el Eúfrates. Por el camino saqueó el Templo de Jerusalén y recuperó la brutal punición del diezmo, por la que en casos de tibia combatividad de las legiones eran ejecutados uno de cada diez soldados arbitrariamente y para dar ejemplo, con lo que se corría el riesgo de sacrificar al bravo y dejar de una pieza al cagón. En el año 53 antes de Cristo, el ejército de Craso llegó a las puertas de la ciudad de Carras extenuado y después de pasar un invierno en molicie durante el que su general, según Plutarco, se pasó los días inclinado sobre las balanzas, cuadrando la contabilidad. En la batalla que se sucedió, los arqueros del general parto Surena masacraron a las legiones de Craso, que cayó prisionero y fue ejecutado por el medio de forzarle a beber una copa de oro fundido, que le limpió definitivamente los intestinos en una lavativa mortal.  A Craso le hizo en el cine Lawrence Olivier y le dibujó un poquito bujarrón de sauna que se ponía pulpo con el esclavo Antonino, que era Tony Curtis sin comedia y vestido de bañista del paseo de Venice. Cuenta Plutarco que las rameras seleucienses que seguían a las tropas partas hicieron escarnio del cadáver de Craso cantándole de afeminado. El general Surena le cortó la cabeza y se la envió al rey Orodes, que permitió que con ella hiciese una performance el cómico Jasón de Tralis durante la representación de Las Bacantes de Eurípides, en la que la enseñó al público y cantó los versos: “Del monte a nuestro techo esta dichosa caza traemos…”

MARTÍN OLMOS

La envenenadora y el verdugo triste

In El cañí on 5 de agosto de 2013 at 1:57

Pilar Prades Expósito, la Envenenadora de Valencia, fue la última mujer ejecutada en España. El verdugo ofició sin entusiasmo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El primer texto en el que se penaliza el uso del veneno para matar es el Código de Hammurabi”
JANIRE RÁMILA.

Los hombres, pobres cafres sin remedio, propenden a sacar la carraca de Albacete, con la que ayer lonjaron el morcón y el chusco de pan, y liarse a dar mojadas traperas al que se quieren madrugar, dejándolo todo hecho un barral de sangre y tripazas que alguien, piensan con su escaso raciocinio doméstico, vendrá por detrás a fregar. Las mujeres, en cambio, prefieren el veneno porque la intimidad que exige la navaja les da miramiento, aunque las ha habido que, en aras de la igualdad, se han puesto a la matanza con una notable exhibición de brío físico. Lizzy Borden mataba a hachazos, como un canadiense, y Cecilia Aznar Celamendi descalabró a su amo atizándole con una plancha de vapor de las de 1902, que pesaban el quintal. Y le dio tan fuerte que dobló el asa. Aparte de estas excepciones impetuosas, las estadísticas criminológicas anotan siete mujeres envenenadoras por cada hombre que decide la ponzoña para librarse de un apuro. Las mujeres solo se confían al cuchillo en las noches de verano, cuando aprieta la calor y el ayuntamiento conyugal estorba y no queda tiempo para el cálculo y la paciencia. Lo escribió Raymond Chandler: “En noches así las juergas colectivas acaban en pelea y la esposas dóciles palpan el filo del trinchante y observan detenidamente el cuello del marido”.

Locusta y la jirafa
El veneno es una muerte que se administra sonriendo, con un cafecito con leche y bizcochitos para mojar, y el que la diña se va sin defenderse, con la docilidad de los enfermitos, sin sospechar que lo están apiolando. Pensando: será algo que me ha caído mal.  Envenenadoras solventes ha habido desde los tiempos de Roma, donde oficiaba la esclava Locusta al servicio de Nerón. Locusta envenenó al emperador Claudio con unas setas y a Británico con una planta de sardonia. La sardonia crece en Cerdeña y su jugo contrae los músculos faciales del difunto, que se queda con cara de chiste, y de ahí derivó lo de la risa sardónica. Cuenta Apuleyo que el emperador Galba la acusó de más de cuatrocientos asesinatos y la condenó a ser violada públicamente por una jirafa amaestrada y a ser despedazada por las fieras salvajes. De Lucrecia Borgia se dice que engalanaba su dedo con una sortija hueca en la que guardaba el veneno que administraba en las copas de los que le estorbaban y los mataba brindando. Arriba, abajo, al centro y para dentro. La francesa La Voisin fabricaba jabón de arsénico y un veneno de acetato de plomo que decían “los polvos de la herencia”, porque se lo compraban las esposas para quedarse con los posibles del legítimo. A La Voisin la pegaron fuego en una estaca en 1680.

Mata hormigas “Diluvión”
En España las envenenadoras han sido de pantuflas de casa y matarratas. O de albarcas de huerta, como María Parra, de Alava, que en 1916 le alegró a su marido Teodomiro Eraus un vaso de leche con polvos de estricnina para quitarle la costumbre de arriar la bragueta delante de las criadas. Pilar Prades Santamaría era de Bejís de Castellón y servía desde niña, en la labor de la plancha y el vareo de las alfombras, recitaba las letras pero no las ponía en su sitio y las cuentas las hacía con los dedos, sin llevadas, porque se perdía. Y los jueves al parque a ver pasar a los quintos de permiso y a contarles a las palomas las rarezas de los señoritos. En 1954 entró al servicio de Enrique Vilanova, que regentaba una PILAR PRADEScharcutería en la calle Sagunto de Valencia, y de su mujer, doña Adela Pascual, que se estaba poniendo cobarde para la casa porque ayudaba a su marido en el mostrador. Pilar Prades tenía redaño para la labor pero fue criando ambición del lecho que no le tocaba y de los collares, del mandil charcutero y que las clientas le dijeran señora. Soñó la pobre Pilar un marido con industria y un servicio de servilletas de hilo y como le sobraba la doña la envenenó echándole en el café un mata hormigas con base de arsénico que se llamaba “Diluvión”. Dijeron que doña Adela murió de pancreatitis pero la ecuación de Pilar no cuadró y al viudo le venció la pena, cerró el negocio, la echó a la calle y se fue a llorar a la difunta. Sin tajo y en la soltería, sola como la una, le pidió a su amiga Aurelia Sanz referencias para entrar en la casa del doctor Berenguer, médico militar, y volvió a la cofia y a la pretensión de las sábanas señoriales. Un jueves por la tarde, en la sala El Farol, Aurelia y Pilar conocieron mozo que solo tenía baile para una y a Pilar le tocó mirar. Quería Pilar lo que no tenía, lo que le negó Dios y le podía dar el “Diluvión” y Aurelia, por novia, y doña Carmen Cid, por esposa del doctor Berenguer, enfermaron del estómago. El doctor Berenguer, por militar, estimaba en su valor al género humano y sospechó el envenenamiento. Ordenó un análisis de orina de su mujer y consiguió que exhumaran a la difunta Adela Pascual, a la que encontraron restos de arsénico sin compasión. A Pilar Prades la cogieron con dos frascos de mata hormigas y la dejaron dos días sin comer ni dormir, solo le dieron la luz violenta del foco y aspirinas y al final firmó lo que le pusieron debajo de la nariz que, como era medio analfabeta, fue su confesión como pudo ser el Evangelio de San Marcos. La encontraron culpable de un asesinato consumado y de dos en grado de tentativa y la condenaron a morir en el garrote el 19 de mayo de 1959.

El verdugo triste
Antonio López Sierra era extremeño de Badajoz y fue soldado rebelde durante la guerra civil, matarife, contrabandista del estraperlo y voluntario de la División Azul. También se dedicó al timo pequeño, a la venta ambulante de caramelos y, en colaboración, a echar al mundo trece hijos. Desde 1949 era el verdugo titular de la Audiencia de Madrid. López Sierra le apagó la luz al Jarabo, al Monchito y al anarquista Salvador Puig Antich, hacía su tajo sin preguntar y cobraba la minuta del mandao. Cuando le tocó darle lo suyo a Pilar Prades le entró el remilgo porque nunca le había hecho la corbata a una hembra y dijo que esa mañana no fichaba. Se le torcieron las tabas y se le puso mal cuerpo y como no aflojaba la autoridad le administró un azumbre de coñac y le mandó al recado borracho como una cuba. Cumplió aquel pobre hombre de vida pendenciera, pero hubo que verle ir a la obligación sin alegría y con los pies confusos, casi a rastras. Parece la vida, a nada que se mire, un cuadro tremendista de Cela o de la Pardo Bazán, pareció aquel suceso un pliego de cordel cantado por un ciego con su ilustre zanfonía: la criadita sin letras que quiso ser señorón, el mata hormigas “Diluvión”, que a la plaga le da la extremaunción, y el pobre verdugo triste y trompa yendo al cadalso jurando y valeroso de coñá, que es de suponer que fue de granel, diciendo que mire usté, que no es de Dios descoyuntar a una mujé. Un mal día en la oficina lo tiene cualquiera.

MARTÍN OLMOS

El nombre de los monstruos

In Destripadores y sacamantecas, Lunáticos on 2 de agosto de 2013 at 12:02

Bautizamos con imaginación a los asesinos y les concedemos un grado de prestancia, cuando generalmente no pasan de ser unos pobres diablos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El nombre que tenemos sustituye lo que somos”
JOSÉ SARAMAGO

No es lo mismo que te digan Pepe que don José. Pepe cuenta chistes en la tasca, imitando a Chiquito, pero es soso, el pobre, aunque él no lo sabe y se pone un poco plomo. Pepe es de un pueblo pequeño cerca de Murcia del que salió para medrar, pero es sueco a la hora de convidar y siempre le acabas pagando el vermú y a tu mujer no le gusta que le lleves a casa porque les enseña palabrotas a los niños y no encuentra la hora de irse. A Pepe se le quiere, coño, como se quiere a un hijo tonto, pero a veces le pegas el esquinazo si andas con prisa o no tienes tarde de verbena. Le dices que ya le llamarás. Otra cosa es don José, que tampoco abona el vermú, que lo toma con Campari y algo para picar, pero no porque se haga el sueco, sino porque no suele llevar moneda fraccionaria y además invitarle es un honor. Deje, deje, faltaría más. Don José no cuenta chistes; hace frases, que es distinto. A tu mujer no le importa que invites a cenar a casa a don José (y a su señora), pero se pone nerviosííííísima y te hace buscar las copas de tintinear y esconder los vasazos de Duralex de cristal caramelo, que no se rompen nunca. Don José dice que el vino se tiene que orear, veranea en La Toja, no ha ido nunca a Benidorm y a ver si puede hablar por el chaval mayor para que entre de botones en una sucursal, que sabe escribir a máquina y es despierto para los mandaos. Es distinto llamarse Pepe que don José y uno se da cuenta de la importancia de llevar un nombre campanudo cuando va a pedir un crédito y si tiene suerte le regalan un calendario.

A los asesinos que les falta un tornillo les bautizan con nombres toreros para darles un andamiaje cuando, en realidad, suelen ser una banda de retrasados mentales que se meaban en la cama con veinte años. No tienen una vuelta, pero con un nombre chulo los arreglas. Para que uno gane su blasón molón de asesino legendario tiene que matar por lo menos a dos personas en dos jornadas laborales distintas y sin mediar un motivo razonable. Si tiene suerte, la prensa le inventa una razón social y le comentan en la peluquería. En cambio, al bravo de baile que le pega dos mojadas a otro en las fiestas del patrón, bien bebido de pitarra, como mucho le ponen sus iniciales en los sucesos y se come un trullo pringao, de chándal y economato. Los nombres que les ponemos a los asesinos les otorgan una renta de leyenda que no se merecen y son como los menús de los merenderos con pretensiones, que te pasan una vuelta a una cebolla y te la venden por un lecho de chalota confitada. A Ed Gein le pusieron “El Carnicero de Plainfield”, pero era el tonto del pueblo y a David Berkowitz le llamaron “El Hijo de Sam” y le asociaron con el diablo, cuando nunca pasó de ser un gordinflón que se hartaba de hamburguesas y era incapaz de comerse una rosca. A Ed Kemper le dijeron “El Cortacabezas” y fue un borrachuzo gigantesco con problemas con mamá que estaba orgulloso de tener los pies más grandes que los de John Wayne (se los comparó en el Paseo de la Fama y se puso la mar de contento) y a Richard Chase le llamaron “El Vampiro de Sacramento” cuando su mayor mérito fue el de romper la marca mundial de no cambiarse de calzoncillos. Cuando a Richard Ramírez le empezaron a llamar “El Merodeador Nocturno” se grabó un pentagrama en la palma de la mano y se vendió de discípulo de Satán, cuando no fue más que un violador y un chorizo de segunda del que sus víctimas recordaban su halitosis.

La marca comercial
Los asesinos psicópatas nos han acabado por fascinar porque les ponemos novela y el nombre pero a poco que se les rasque la monda enseñan una carpintería más bien previsible y resulta que casi todos torturaban gatitos cuando eran pequeños, jugaban con cerillas, mojaban la cama y levantaron su primera bandera mirando la faja ortopédica de su abuelita. Son prosaicos a su manera tarada y les cortan con el mismo patrón. El primer asesino loco que registró su marca comercial fue Jack el Destripador y los periódicos le dedicaron un serial, y como nunca le pescaron le hemos ido poniendo camelos de folletín y ahora resulta que tenía sangre azul y la carrera de medicina. Que era elegante y señor y desparecía entre la niebla. La niebla de Londres se la inventó Whistler y a Jack le hemos inventado entre todos, cuando seguramente fue solo un paria del West End con un mes de buena suerte, probablemente alcohólico, corto de chavos y con las uñas sucias. A los asesinos en serie les vamos inventando entre todos poniéndoles el título y camelos de lechos de chalotas confitadas donde solo hay una cebolla pasada por la sartén porque preferimos escribirlos villanos de novelón para no reconocer la verdad en cueros, que es que cualquier imbécil con un cuchillo, una manía y la noche nos puede dar un otoño de terror.

Jack el Destripador desapareció un día entre la niebla que se inventó Whistler y desde entonces le hemos ido poniendo maquillaje para hacerle pasar por el Duque de Clarence, el médico de la Reina Victoria y una conspiración de masones, cuando si le quitas el tono sepia de las fotos victorianas se queda en un matón de cinco putas que quizás se apellidaba Smith y que se ahogó en el Támesis después de una trompa, le mató la viruela o le madrugaron de un estacazo a la salida de un mesón de jarras empringadas. Un tío que destacaba tanto como una meada en una cuadra y que, sin embargo, ha quedado de ruta turística con parada en el Pub de las Diez Campanas (84 de Commercial Street) con su nombre pinturero que le hace parecer alguien.

Cuando le pones un nombre a un perro le acabas contando tus cosas y que tu mujer no te entiende. Le acabas dando importancia a su vida de chucho y cuando la diña le haces un funeral con gaiteros y guardas sus cenizas al lado de las del abuelo, encima del piano. Cuando le ponemos marca al monstruo le despojamos de la vulgaridad de su índole y le terminamos por hacer una película para la sobremesa en la que sale con voz ronca y privilegiado de diabólico (también suele salir vestido de negro) y nos olvidamos de que cuando le pescaron y salió en el telediario tenía carita de tonto y una camiseta del mercadillo. Y el monstruo, con su nombre, se convierte en un género sobre el que acabo escribiendo yo.

MARTÍN OLMOS

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