MARTÍN OLMOS MEDINA

El nombre de los monstruos

In Destripadores y sacamantecas, Lunáticos on 2 de agosto de 2013 at 12:02

Bautizamos con imaginación a los asesinos y les concedemos un grado de prestancia, cuando generalmente no pasan de ser unos pobres diablos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El nombre que tenemos sustituye lo que somos”
JOSÉ SARAMAGO

No es lo mismo que te digan Pepe que don José. Pepe cuenta chistes en la tasca, imitando a Chiquito, pero es soso, el pobre, aunque él no lo sabe y se pone un poco plomo. Pepe es de un pueblo pequeño cerca de Murcia del que salió para medrar, pero es sueco a la hora de convidar y siempre le acabas pagando el vermú y a tu mujer no le gusta que le lleves a casa porque les enseña palabrotas a los niños y no encuentra la hora de irse. A Pepe se le quiere, coño, como se quiere a un hijo tonto, pero a veces le pegas el esquinazo si andas con prisa o no tienes tarde de verbena. Le dices que ya le llamarás. Otra cosa es don José, que tampoco abona el vermú, que lo toma con Campari y algo para picar, pero no porque se haga el sueco, sino porque no suele llevar moneda fraccionaria y además invitarle es un honor. Deje, deje, faltaría más. Don José no cuenta chistes; hace frases, que es distinto. A tu mujer no le importa que invites a cenar a casa a don José (y a su señora), pero se pone nerviosííííísima y te hace buscar las copas de tintinear y esconder los vasazos de Duralex de cristal caramelo, que no se rompen nunca. Don José dice que el vino se tiene que orear, veranea en La Toja, no ha ido nunca a Benidorm y a ver si puede hablar por el chaval mayor para que entre de botones en una sucursal, que sabe escribir a máquina y es despierto para los mandaos. Es distinto llamarse Pepe que don José y uno se da cuenta de la importancia de llevar un nombre campanudo cuando va a pedir un crédito y si tiene suerte le regalan un calendario.

A los asesinos que les falta un tornillo les bautizan con nombres toreros para darles un andamiaje cuando, en realidad, suelen ser una banda de retrasados mentales que se meaban en la cama con veinte años. No tienen una vuelta, pero con un nombre chulo los arreglas. Para que uno gane su blasón molón de asesino legendario tiene que matar por lo menos a dos personas en dos jornadas laborales distintas y sin mediar un motivo razonable. Si tiene suerte, la prensa le inventa una razón social y le comentan en la peluquería. En cambio, al bravo de baile que le pega dos mojadas a otro en las fiestas del patrón, bien bebido de pitarra, como mucho le ponen sus iniciales en los sucesos y se come un trullo pringao, de chándal y economato. Los nombres que les ponemos a los asesinos les otorgan una renta de leyenda que no se merecen y son como los menús de los merenderos con pretensiones, que te pasan una vuelta a una cebolla y te la venden por un lecho de chalota confitada. A Ed Gein le pusieron “El Carnicero de Plainfield”, pero era el tonto del pueblo y a David Berkowitz le llamaron “El Hijo de Sam” y le asociaron con el diablo, cuando nunca pasó de ser un gordinflón que se hartaba de hamburguesas y era incapaz de comerse una rosca. A Ed Kemper le dijeron “El Cortacabezas” y fue un borrachuzo gigantesco con problemas con mamá que estaba orgulloso de tener los pies más grandes que los de John Wayne (se los comparó en el Paseo de la Fama y se puso la mar de contento) y a Richard Chase le llamaron “El Vampiro de Sacramento” cuando su mayor mérito fue el de romper la marca mundial de no cambiarse de calzoncillos. Cuando a Richard Ramírez le empezaron a llamar “El Merodeador Nocturno” se grabó un pentagrama en la palma de la mano y se vendió de discípulo de Satán, cuando no fue más que un violador y un chorizo de segunda del que sus víctimas recordaban su halitosis.

La marca comercial
Los asesinos psicópatas nos han acabado por fascinar porque les ponemos novela y el nombre pero a poco que se les rasque la monda enseñan una carpintería más bien previsible y resulta que casi todos torturaban gatitos cuando eran pequeños, jugaban con cerillas, mojaban la cama y levantaron su primera bandera mirando la faja ortopédica de su abuelita. Son prosaicos a su manera tarada y les cortan con el mismo patrón. El primer asesino loco que registró su marca comercial fue Jack el Destripador y los periódicos le dedicaron un serial, y como nunca le pescaron le hemos ido poniendo camelos de folletín y ahora resulta que tenía sangre azul y la carrera de medicina. Que era elegante y señor y desparecía entre la niebla. La niebla de Londres se la inventó Whistler y a Jack le hemos inventado entre todos, cuando seguramente fue solo un paria del West End con un mes de buena suerte, probablemente alcohólico, corto de chavos y con las uñas sucias. A los asesinos en serie les vamos inventando entre todos poniéndoles el título y camelos de lechos de chalotas confitadas donde solo hay una cebolla pasada por la sartén porque preferimos escribirlos villanos de novelón para no reconocer la verdad en cueros, que es que cualquier imbécil con un cuchillo, una manía y la noche nos puede dar un otoño de terror.

Jack el Destripador desapareció un día entre la niebla que se inventó Whistler y desde entonces le hemos ido poniendo maquillaje para hacerle pasar por el Duque de Clarence, el médico de la Reina Victoria y una conspiración de masones, cuando si le quitas el tono sepia de las fotos victorianas se queda en un matón de cinco putas que quizás se apellidaba Smith y que se ahogó en el Támesis después de una trompa, le mató la viruela o le madrugaron de un estacazo a la salida de un mesón de jarras empringadas. Un tío que destacaba tanto como una meada en una cuadra y que, sin embargo, ha quedado de ruta turística con parada en el Pub de las Diez Campanas (84 de Commercial Street) con su nombre pinturero que le hace parecer alguien.

Cuando le pones un nombre a un perro le acabas contando tus cosas y que tu mujer no te entiende. Le acabas dando importancia a su vida de chucho y cuando la diña le haces un funeral con gaiteros y guardas sus cenizas al lado de las del abuelo, encima del piano. Cuando le ponemos marca al monstruo le despojamos de la vulgaridad de su índole y le terminamos por hacer una película para la sobremesa en la que sale con voz ronca y privilegiado de diabólico (también suele salir vestido de negro) y nos olvidamos de que cuando le pescaron y salió en el telediario tenía carita de tonto y una camiseta del mercadillo. Y el monstruo, con su nombre, se convierte en un género sobre el que acabo escribiendo yo.

MARTÍN OLMOS

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