MARTÍN OLMOS MEDINA

La envenenadora y el verdugo triste

In El cañí on 5 de agosto de 2013 at 1:57

Pilar Prades Expósito, la Envenenadora de Valencia, fue la última mujer ejecutada en España. El verdugo ofició sin entusiasmo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El primer texto en el que se penaliza el uso del veneno para matar es el Código de Hammurabi”
JANIRE RÁMILA.

Los hombres, pobres cafres sin remedio, propenden a sacar la carraca de Albacete, con la que ayer lonjaron el morcón y el chusco de pan, y liarse a dar mojadas traperas al que se quieren madrugar, dejándolo todo hecho un barral de sangre y tripazas que alguien, piensan con su escaso raciocinio doméstico, vendrá por detrás a fregar. Las mujeres, en cambio, prefieren el veneno porque la intimidad que exige la navaja les da miramiento, aunque las ha habido que, en aras de la igualdad, se han puesto a la matanza con una notable exhibición de brío físico. Lizzy Borden mataba a hachazos, como un canadiense, y Cecilia Aznar Celamendi descalabró a su amo atizándole con una plancha de vapor de las de 1902, que pesaban el quintal. Y le dio tan fuerte que dobló el asa. Aparte de estas excepciones impetuosas, las estadísticas criminológicas anotan siete mujeres envenenadoras por cada hombre que decide la ponzoña para librarse de un apuro. Las mujeres solo se confían al cuchillo en las noches de verano, cuando aprieta la calor y el ayuntamiento conyugal estorba y no queda tiempo para el cálculo y la paciencia. Lo escribió Raymond Chandler: “En noches así las juergas colectivas acaban en pelea y la esposas dóciles palpan el filo del trinchante y observan detenidamente el cuello del marido”.

Locusta y la jirafa
El veneno es una muerte que se administra sonriendo, con un cafecito con leche y bizcochitos para mojar, y el que la diña se va sin defenderse, con la docilidad de los enfermitos, sin sospechar que lo están apiolando. Pensando: será algo que me ha caído mal.  Envenenadoras solventes ha habido desde los tiempos de Roma, donde oficiaba la esclava Locusta al servicio de Nerón. Locusta envenenó al emperador Claudio con unas setas y a Británico con una planta de sardonia. La sardonia crece en Cerdeña y su jugo contrae los músculos faciales del difunto, que se queda con cara de chiste, y de ahí derivó lo de la risa sardónica. Cuenta Apuleyo que el emperador Galba la acusó de más de cuatrocientos asesinatos y la condenó a ser violada públicamente por una jirafa amaestrada y a ser despedazada por las fieras salvajes. De Lucrecia Borgia se dice que engalanaba su dedo con una sortija hueca en la que guardaba el veneno que administraba en las copas de los que le estorbaban y los mataba brindando. Arriba, abajo, al centro y para dentro. La francesa La Voisin fabricaba jabón de arsénico y un veneno de acetato de plomo que decían “los polvos de la herencia”, porque se lo compraban las esposas para quedarse con los posibles del legítimo. A La Voisin la pegaron fuego en una estaca en 1680.

Mata hormigas “Diluvión”
En España las envenenadoras han sido de pantuflas de casa y matarratas. O de albarcas de huerta, como María Parra, de Alava, que en 1916 le alegró a su marido Teodomiro Eraus un vaso de leche con polvos de estricnina para quitarle la costumbre de arriar la bragueta delante de las criadas. Pilar Prades Santamaría era de Bejís de Castellón y servía desde niña, en la labor de la plancha y el vareo de las alfombras, recitaba las letras pero no las ponía en su sitio y las cuentas las hacía con los dedos, sin llevadas, porque se perdía. Y los jueves al parque a ver pasar a los quintos de permiso y a contarles a las palomas las rarezas de los señoritos. En 1954 entró al servicio de Enrique Vilanova, que regentaba una PILAR PRADEScharcutería en la calle Sagunto de Valencia, y de su mujer, doña Adela Pascual, que se estaba poniendo cobarde para la casa porque ayudaba a su marido en el mostrador. Pilar Prades tenía redaño para la labor pero fue criando ambición del lecho que no le tocaba y de los collares, del mandil charcutero y que las clientas le dijeran señora. Soñó la pobre Pilar un marido con industria y un servicio de servilletas de hilo y como le sobraba la doña la envenenó echándole en el café un mata hormigas con base de arsénico que se llamaba “Diluvión”. Dijeron que doña Adela murió de pancreatitis pero la ecuación de Pilar no cuadró y al viudo le venció la pena, cerró el negocio, la echó a la calle y se fue a llorar a la difunta. Sin tajo y en la soltería, sola como la una, le pidió a su amiga Aurelia Sanz referencias para entrar en la casa del doctor Berenguer, médico militar, y volvió a la cofia y a la pretensión de las sábanas señoriales. Un jueves por la tarde, en la sala El Farol, Aurelia y Pilar conocieron mozo que solo tenía baile para una y a Pilar le tocó mirar. Quería Pilar lo que no tenía, lo que le negó Dios y le podía dar el “Diluvión” y Aurelia, por novia, y doña Carmen Cid, por esposa del doctor Berenguer, enfermaron del estómago. El doctor Berenguer, por militar, estimaba en su valor al género humano y sospechó el envenenamiento. Ordenó un análisis de orina de su mujer y consiguió que exhumaran a la difunta Adela Pascual, a la que encontraron restos de arsénico sin compasión. A Pilar Prades la cogieron con dos frascos de mata hormigas y la dejaron dos días sin comer ni dormir, solo le dieron la luz violenta del foco y aspirinas y al final firmó lo que le pusieron debajo de la nariz que, como era medio analfabeta, fue su confesión como pudo ser el Evangelio de San Marcos. La encontraron culpable de un asesinato consumado y de dos en grado de tentativa y la condenaron a morir en el garrote el 19 de mayo de 1959.

El verdugo triste
Antonio López Sierra era extremeño de Badajoz y fue soldado rebelde durante la guerra civil, matarife, contrabandista del estraperlo y voluntario de la División Azul. También se dedicó al timo pequeño, a la venta ambulante de caramelos y, en colaboración, a echar al mundo trece hijos. Desde 1949 era el verdugo titular de la Audiencia de Madrid. López Sierra le apagó la luz al Jarabo, al Monchito y al anarquista Salvador Puig Antich, hacía su tajo sin preguntar y cobraba la minuta del mandao. Cuando le tocó darle lo suyo a Pilar Prades le entró el remilgo porque nunca le había hecho la corbata a una hembra y dijo que esa mañana no fichaba. Se le torcieron las tabas y se le puso mal cuerpo y como no aflojaba la autoridad le administró un azumbre de coñac y le mandó al recado borracho como una cuba. Cumplió aquel pobre hombre de vida pendenciera, pero hubo que verle ir a la obligación sin alegría y con los pies confusos, casi a rastras. Parece la vida, a nada que se mire, un cuadro tremendista de Cela o de la Pardo Bazán, pareció aquel suceso un pliego de cordel cantado por un ciego con su ilustre zanfonía: la criadita sin letras que quiso ser señorón, el mata hormigas “Diluvión”, que a la plaga le da la extremaunción, y el pobre verdugo triste y trompa yendo al cadalso jurando y valeroso de coñá, que es de suponer que fue de granel, diciendo que mire usté, que no es de Dios descoyuntar a una mujé. Un mal día en la oficina lo tiene cualquiera.

MARTÍN OLMOS

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