MARTÍN OLMOS MEDINA

El mortal oro

In Reyes y caudillos on 8 de agosto de 2013 at 15:38

 No es oro todo lo que reluce y ni flota ni se puede beber en fundición, y dicen los que lo tienen que no da la felicidad. Los que no lo tenemos no sabemos qué opinar

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dicen los romanos que a las muchas virtudes de Craso sólo un vicio hacía sombra, que era la codicia”
PLUTARCO

Las tardes de ocio sin tele inclinan a darle vueltas a la de pensar y llegamos a la conclusión de que la única ventaja que tenemos sobre los ricos es que a ellos les tiene que importar más morirse. A nosotros los del salario como que nos da un poco igual diñarla porque si morimos un martes, nos queda el consuelo de no tener que madrugar el miércoles. A los ricos les espera una jubilación de tardes de balandro y los nietos les van a visitar, para ver lo que trincan. A nosotros nos queda una hernia de hincarla que nos impide progresar en el golf y estirar la mortadela, y no nos viene a ver ni Dios. Una eternidad de mortadela te deja el estómago para vinagre y resulta que ahora el Almax no lo cubre la Seguridad Social. El tipo que dijo que el dinero no da la felicidad era primo del que concluyó que el trabajo ennoblece y ninguno de los dos se lo creía del todo y no firmó la sentencia. El cuento del hombre feliz que no tenía camisa lo escribió Tolstoi y uno no se acaba de creer que un ruso aguante sonriendo un invierno en la tundra a pecho descubierto. Más bien pensamos como Heráclito de Efeso, que le decían el Oscuro, que sostenía que solo a los asnos les gusta más la alfalfa que el oro. El oro, al igual que las reputaciones, cuesta mucho conseguirlo pero más guardarlo, y además no flota. A la hora de flotar lo mejor es guardar la ropa o, por lo menos, tirarse a nadar con la menor cantidad de calderilla en el bolsillo. Yusuf Ismail, que le llamaban el Terrible, sudó su oro en los mentideros de la lucha libre y no calculó que suele respirar mejor un pobre a flote que un tesoro debajo del mar.

Yusuf Ismail nació en una aldea cerca de Shumen, cuando Bulgaria era parte del Imperio Otomano, en 1857. A Yusuf Ismail le llamaron el Turco Terrible, medía casi dos metros y pesaba ciento cuarenta kilos descalzo y cuando se quedó sin rivales en las lonas europeas de la lucha libre inició una gira por los Estados Unidos apadrinado por el promotor William Brady, que llevaba la carrera del campeón de los pesos pesados Jim Jeffries. El Turco Terrible se exhibió en el London Theatre de Nueva York apostando cien dólares a que nadie podía aguantarle quince minutos sobre el reñidero y venció al campeón americano de lucha Evan Lewis, que le llamaban el Estrangulador, dejándole frito con su famosa Llave del Dormilón. Después de un año de victorias, Yusuf Ismail recogió la ganancia y sacó un pasaje de vuelta con la intención de abrir un café en el barrio de Üsküdar de Estambul y jubilarse en tertulias interminables debajo de medias lunas. Exigió el pago de su botín de 10.000 dólares en monedas acuñadas en oro y se las ciñó en un cinturón con el que se embarcó en el SS La Bourgogne, un trasatlántico de dos chimeneas y cuatro mástiles que se fue a pique el 4 de julio de 1898 a la altura de Nueva Escocia, en Canadá. Yusuf Ismail se lanzó al mar y el mar se lo tragó inexorablemente porque no se quiso desatar de sus monedas de oro que eran su sueño de mesonero en Estambul y murió rico, húmedo y emprendedor.

Muertes de ricos
Los pobres nos morimos de cualquier cosa y, a veces, de hambre, pero rara vez de un empacho, que es un final de pudientes que pueden encargar otro postre. El emperador Maximiliano I de Austria, padre de Felipe el Hermoso, murió en 1519 de una indigestión de melones y Enrique I de Inglaterra, hijo de Guillermo el Conquistador, la diñó en 1135 por hartarse de lampreas. Las lampreas son unos peces feos y vampiros que se preparan a la borgoñesa con un poco de coñac, cebollas, pimiento y laurel y Enrique I fue el rey inglés que más bastardos reconoció. El Gran Duque de Vendôme, Louis Joseph de Borbón, murió en Vinaroz en 1712 de una indigestión de langostinos y el rey Adolfo Federico de Suecia, que destacó más de tragón que de monarca, dejó este mundo en 1771 por una complicación digestiva después de zamparse una cena de langosta, caviar, repollo y medio ciervo que rindió repitiendo quince veces el postre. Marco Licinio Craso, que fue el financiero de Julio César y el hombre más rico de Roma, murió de un empacho de oro, que lo tomó en su estado líquido, como el chocolate de después de las verbenas.

Craso tuvo el talento de arrimarse al ascua que calienta y de multiplicar los dividendos. Primero distinguiéndose en el apoyo a Lucio Cornelio Sila y después asociándose en un triunvirato con Julio César y Pompeyo, se hizo con el control financiero de Roma por medio de una intrincación de industrias que iban desde la explotación de casas de putas que BUSTO DE MARCO LICINIO CRASOponía a nombre de testaferros hasta la especulación inmobiliaria y el comercio de gladiadores. Puso de manifiesto su ignorancia absoluta del escrúpulo cuando gestionó en monopolio el cuerpo de bomberos de Roma a la vez que dirigía una red de incendiarios que mantenían la demanda. Cuando sus pirómanos le metían candela a una villa sus funcionarios le daban a la bomba solo cuando el propietario le vendía el inmueble a Craso por un precio de risa. No le quedaba más remedio que asumir que más valía quedarse con poco que perderlo todo. Cuenta Plutarco que por ese medio la mayor parte de Roma vino a ser suya.

Lo malo de los ricos es que también quieren ser guapos y más altos y Craso no se conformó con lo que tenía, que era casi todo, y persiguió la gloria militar. Se ganó cierta reputación guerrera aplastando la rebelión de los gladiadores de Espartaco por la que obtuvo el derecho de tocarse con una corona de laurel, pero no de mirto, que se reservaba para los vencedores de ejércitos regulares y no de revueltas de esclavos. Craso quería su guerra y la encontró invadiendo el imperio parto, al noreste de lo que hoy es Irán,  para hacerse con su oro. Financió la leva de siete legiones y cruzó el Eúfrates. Por el camino saqueó el Templo de Jerusalén y recuperó la brutal punición del diezmo, por la que en casos de tibia combatividad de las legiones eran ejecutados uno de cada diez soldados arbitrariamente y para dar ejemplo, con lo que se corría el riesgo de sacrificar al bravo y dejar de una pieza al cagón. En el año 53 antes de Cristo, el ejército de Craso llegó a las puertas de la ciudad de Carras extenuado y después de pasar un invierno en molicie durante el que su general, según Plutarco, se pasó los días inclinado sobre las balanzas, cuadrando la contabilidad. En la batalla que se sucedió, los arqueros del general parto Surena masacraron a las legiones de Craso, que cayó prisionero y fue ejecutado por el medio de forzarle a beber una copa de oro fundido, que le limpió definitivamente los intestinos en una lavativa mortal.  A Craso le hizo en el cine Lawrence Olivier y le dibujó un poquito bujarrón de sauna que se ponía pulpo con el esclavo Antonino, que era Tony Curtis sin comedia y vestido de bañista del paseo de Venice. Cuenta Plutarco que las rameras seleucienses que seguían a las tropas partas hicieron escarnio del cadáver de Craso cantándole de afeminado. El general Surena le cortó la cabeza y se la envió al rey Orodes, que permitió que con ella hiciese una performance el cómico Jasón de Tralis durante la representación de Las Bacantes de Eurípides, en la que la enseñó al público y cantó los versos: “Del monte a nuestro techo esta dichosa caza traemos…”

MARTÍN OLMOS

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