MARTÍN OLMOS MEDINA

Venganza gitana

In Bichos, El cañí on 11 de agosto de 2013 at 22:28

Dos hermanos calés persiguieron durante dos años a un toro de capea para vengar la muerte de un hermano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Nadie va a ponerse delante del toro si no quiere; pero, desde luego, hay muchos que, sin desearlo demasiado, lo hacen para mostrar su arrojo”
ERNEST HEMINGWAY

Hay un toro bravo, viejo y malo que se llama Ratón y le dicen el Asesino, que lleva el cuerno vestido con tres muescas de muerte y los bacantes de agosto se lo disputan a talón de duros para que les corra a los mozos valientes en las fiestas del santo, en las capeas de pitarra y calor, en las tardes de hazaña. Es toro berrendo en negro, con manchas de bragao y lucero, hijo del semental Caracol y de la vaca Fusilera, de la ganadería de Gregorio de Jesús, lleva tres hembras de luto que despidieron a sus hombres cuando se fueron al festejo y se los devolvieron fríos. Dicen que ahora renquea porque le pesa la biografía, que hace tiempo que pasó de cuatreño, pero sabe más por viejo que por toro y derrota con escuela y hurga el ojal, hincando. Dicen que va a por el tardón, a por el torpe y a por el tomao, embiste sin mérito el toro Ratón.  El toro Ratón sale a quince mil machacantes el domingo, de los de la era de los cinturones de torniquete, y llena el coso con desahogo porque promete  tragedia. Poco ha cambiado el paisano, que sigue pidiendo pan y sigue pidiendo circo, lo decía Juvenal, y poco ha cambiado el patricio, que por no poder dar pan ofrece circo para tener al paisano conforme. El pueblo no siempre tiene la razón por ser pueblo como el borracho no siempre dice la verdad. El pueblo unas veces acierta y otras no, y hay trompas que mienten mejor que cuando ayunan. El pueblo pide tragedia, sobre todo si es la del otro, y se sienta a verla en el zaguán.

El espectáculo de la muerte
Esto lo sabían los príncipes romanos y les daban a sus súbditos luchas a muerte entre gladiadores con las que cultivaban el populismo en el que fundamentaban sus regímenes autoritarios. No se podía vestir la toga en el senado si antes no se pagaba al pueblo su peaje de sangre en el Coliseo, en cuyos arcos ponían las furcias su negocio. Cuando el emperador Honorio prohibió los juegos de muerte le quedó al popular el espectáculo de los escarmientos públicos y echaba la tarde acudiendo a los ahorcamientos para ver cómo la diñaba el reo, y llevaba a los mocosos al circo gratuito de la barbarie con reglas, tempranito para coger sitio y con la merienda en una cesta. Dulces de melcocha y agua del botijo. Cuando colgaron a los asesinos Holloway y Haggerty en la prisión de Newgate en 1807 se congregaron 50.000 mirones que cuando desalojaron formaron tumulto en el que murieron cien personas pisoteadas y cuando le dieron el garrote a Higinia Balaguer, la carnicera de Fuencarral, se contaron 20.000 espectadores en el patio de la cárcel Modelo de Madrid.

Las ejecuciones públicas se prohibieron entrado el siglo veinte y desde entonces se hicieron en el coso privado de la familia, el fiscal y el cura y se dejó al pueblo sin su recreo. Sin embargo, la morgue de París estuvo abierta al público hasta 1907 y los ciudadanos iban a pasar  la tarde mirando los niños muertos que se exponían vestiditos y sentados en una sillita, como si estuvieran dormidos. La tribu sigue exigiendo hoy sus pastorales dramáticas que son toros corridos o cuchilladas folclóricas entre esposas de toreros libradas en la arena global de la tele, y el maestro del guiñol las concede, haciendo la demagogia, amparándose en que si hay demanda hay que entrenar gladiadores. El pueblo no tiene la razón por ser pueblo y a veces prefiere a Barrabás que a Cristo y pide café gratis, colgar al patrón y mear en la vía pública. Pide toros licenciados en vez de vacas mansas pasando por alto que cuando uno se apuesta algo, sea la vida o una ronda de vermú con aceitunas, si pierde le toca pasar por caja.

Leones, toros y gitanos
Toros célebres ha habido como el toro Caramelo, de la ganadería de Manuel Suárez Jiménez,  de Coria del Río, en Sevilla. Caramelo era rojo colorao, de cinco hierbas y cuerna alta y descendiente de un semental que se llamaba “Mal Alma”. A Caramelo le metieron el 15 de agosto de 1849 en una jaula para que pelease a muerte contra un león africano que se llamaba Julio. Fue en el hipódromo de Madrid y asistió al espectáculo la reina Isabel II. Antes se celebró una lucha de seis perros contra una hiena y ganó la hiena, que rió. A la primera embestida Caramelo destripó a Julio, el león, y después no quiso salir de la jaula y lo tuvo que sacar el torero madrileño Ángel López, el Regatero, engañándole con la capa. A Caramelo le lidiaron al mes siguiente y tomó doce varas, mató a tres caballos y el público pidió su indulto y lo mandaron al corral. Fue el mismo maestro “Cuchares” el que le curó las mancas con una cataplasma de aceite hirviendo. Volvió a aparecer Caramelo en noviembre, para que lo toreara Julián Casas, el Salamanquino, y salió de toriles adornado con una guirnalda de flores, le lancearon los pases y volvió a ser indultado. Al toro Caramelo, el vencedor de leones africanos, lo mataron por fin en las ferias de agosto de Bilbao de 1850, en la antigua plaza de Abando, lo estoqueó el Regatero, el mismo que le sacó de la jaula de las fieras, y lo remató a rejonazos el alguacilillo.

Toros viejos de capea de pueblo, avisados de cien tientas, mirada de través y derrote doctorado los ha habido siempre. En el final del segundo capítulo del ensayo taurino “Muerte en la tarde”, Ernest Hemingway dio la noticia de uno valenciano (paisano de Ratón, que es de Sueca), que en los años veinte mató a dieciséis hombres e hirió gravemente a más de sesenta en un periodo de cinco años. Hemingway no retuvo su nombre pero recogió su final siniestro. A fuerza de ser corrido, el toro aprendió latín de seguido y a multiplicar con llevadas y le requerían en las ferias para tasar la raza brava de los mozos y, mientras tanto, el dueño engordaba la petaca. En una ocasión mató a cornadas a un gitano de catorce años y sus hermanos se hicieron una cruz con los dedos, la besaron, y prometieron venganza. Los dos hermanos calés le siguieron durante dos años buscando la ocasión de matarlo en la jaula pero el amo le tenía vigilado porque era un manantial de duros y no lo descuidaba en el prado, con el resto de las reses. El toro al fin se hizo viejo y el dueño lo entregó al matarife, para que le hicieran chuletas. Ya no servía para correr y le pesaba la testuz pero seguía teniendo pendiente la cuenta con los gitanos. Los dos hermanos fueron al matadero y  pidieron permiso para ser ellos los que le matasen. El matarife consintió, qué más le daba a él, y los hermanos le sacaron los dos ojos con una aguja de tejer y le escupieron en las cuencas vacías. Después le clavaron un cuchillo entre las vértebras del cuello, rompiéndole la espina dorsal, y cuando lo vieron muerto lo castraron. El matarife les regaló los testículos y los hermanos los asaron sobre una hoguera en una vuelta del camino y se los comieron. Habrá que suponer que el alma del gitano niño encontró la paz.

En 1567, el Papa Pío V promulgó la bula “De Salute gregis Dominici” en la que negó la cristiana sepultura a los que encontrasen la muerte en los juegos taurinos, “estos sangrientos espectáculos más dignos de los demonios que de los hombres”.

MARTÍN OLMOS

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