MARTÍN OLMOS MEDINA

“En la calle de la Princesa…”

In El cañí on 15 de agosto de 2013 at 21:36

La marquesa de Villasante, íntima amiga de Franco, espía en el moro y quintacolumnista, mutiló el cadáver de su hija Margot

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Por todo el país corrieron los más delirantes rumores sobre el caso de la Mano Cortada”
EUGENIO SUÁREZ.

Por aquí sabemos hacer las cosas a la inglesa, yes of course, y por lo finolis, con marquesas, mayordomos y espías, con casas de  muchas habitaciones, lo que pasa es que nos sentimos más abrigados con el pelazo de la dehesa y acabamos sacando la tauromaquia y al gitano y abriendo la sirla de muelle, albaceteña y cañí de la morería y olé, y decimos el cagüen tus muertos y que por estas que te madrugo, que para macho aquí está un servidor. Como hay Dios. A los viajeros románticos, a los Gautiers y los Merimeés, les agrada nuestra agreste índole mazorral y nuestras patillas, les agrada la guitarra y el pellejo de vino de solera, la navaja de virola, la teja del cura y los ojos negros como a nosotros nos gusta que los franceses sean un poco mariquitas, oh la lá, y coman caracoles. Sin embargo por aquí sabemos hacer un misterio con una mano cortada, una marquesa y un sótano, con amantes moros, niñas santas y sociedades secretas, y nos queda una cosa entre el folletín de Eugène Sue y la novela de Agatha Christie a la que ponemos un final interpretativo y los niños una canción para la comba. La canción decía: “En la calle de la Princesa, vive una vieja marquesa/ con su hija Margot, a quien la mano cortó/. Moraleja, moraleja, esconde la mano que viene la vieja”. Por aquí le sacamos el sebo al vecino por la linde de un  melonar y nos limpiamos el honor hidalgo a puñaladas navajeras con el pecho al aire y la blasfemia, por aquí juramos la venganza y nos matamos al sol pero nos hacemos un misterio bonito, cuando queremos, con candelabros de plata y a lo fino y nos queda un cuento de fantasmas a lo Lord Dunsany que no huele al aceite hervido y ancestral del que decía Pla que nos había librado de la Reforma.

En la calle de la Princesa vivía una vieja marquesa con su hija Margot…

Margarita Ruíz de Lihory y Resino de la Bastida, marquesa de Villasante, baronesa de Alcahail, duquesa de Valdeáguilas y vizcondesa de la Mosquera nació en 1889 en Valencia y cuando moza fue, por guapa y por saber estar, reina de los juegos florares de la sociedad cultural del Murciélago y le ciñeron una banda en el palacio de los barones de Alaquás. A los diecisiete años se casó con Ricardo Shelly, valenciano con pretérito irlandés que le compró perlas, y al año siguiente se licenció en derecho convirtiéndose en una de las primeras mujeres abogado de España. Tuvo dos hijos varones y a la niña Margot, que al contrario que su madre, salió flaca de ancas, cuellilarga, picia, deslucida y medio beata. La marquesa, en cambio, de beata tenía poco y plantó al marido, se puso a fumar en público con insolencia y, a veces, con boquilla de vamp  y se corrió Europa y el colonial yaciéndose generales, oficiando de bailarina, escribiendo reportajes y pintando retratos al pastel. También tiraba al plato con notable puntería, parlaba el francés y tocaba el piano. Anduvo en romances con el presidente Gerardo Machado de Cuba y con el general Obregón, que era manco del brazo derecho por haberlo perdido en la batalla de Celaya, combatiendo a los Dorados de  Pancho Villa. Conoció al millonario  Henry Ford, le hizo un retrato a Calvin Coolidge, trigésimo presidente de los Estados Unidos, y en La Habana se hizo querida de don Manuel MARGARITA RUÍZ DE LIHORYAznar Zubigaray, abuelo del presidente José María Aznar, que dirigía en Cuba el diario El País. Manuel Aznar era navarro de Echalar, como el don José de Mérimée, y se afilió al Partido Nacionalista Vasco, estrenó en los Campos Elíseos de Bilbao una obra antiespañola y frecuentó a Miguel de Unamuno y a los bollos suizos en el café Lyon d’Or. Después, como es natural, se hizo falangista y le escribió la propaganda a la sublevación y acabó de embajador de Franco en la ONU. La marquesa de Villasante riñó con Aznar en Méjico y le rompió con las uñas un traje de chaqué.

La amiga de Franco
Durante la guerra de África ofició de enfermera de las tropas españolas y de espía para Primo de Rivera, con el que compartió algún desayuno. Dicen que fue amante del moro Abd el-Krim y que atendió al capitán Francisco Franco cuando fue herido en el vientre en El Biutz, en Ceuta, en 1916. En Marruecos frecuentó a las moras jerifas y a los echadores de cartas, a los magos negros y a los fanáticos Yezidi, adoradores del diablo. Le distinguieron por sus méritos nombrándola capitán honorario de las tropas de África. Durante la Guerra Civil hizo misteriosos viajes a Inglaterra y formó parte de la quinta columna fascista de Barcelona y Franco la recompensó permitiendo que le apeara el tratamiento. Las otras dos únicas personas que le tuteaban eran su primo Pacón y la Collares.

Con el tiempo, Margarita Ruíz de Lihory se puso en años y anchó de talle, le plateó la melena rubia y dejó de ser una aventurera mundanal para pasar a ejercer, sin quererlo, de marquesona chocha que asustaba a los niños. El tiempo puede hermosear un verso pero excava pies de gallo. Se emparentó con un abogado catalán que se llamaba José María Bassols y se retiró a su residencia en el 58 de la calle Mayor de Albacete, qué buenas navajas, en la que tenía un sótano que los chavales le decían la Habitación del Moro y en donde contaba el rumor que recibía a dos médicos alemanes huidos de los juicios de Nüremberg. Riñó con sus hijos varones, que querían vivir de las rentas y no hincarla, y prefirió la compañía de los bichos. Llegó a tener veinte perros, tres gatos, una docena de canarios y dos tórtolas. Una temporada también tuvo un burro. Una de sus perras parió sobre una cama con dosel y otra lucía un collar de oro puro. La niña Margot dejó de ser niña y creció con zancas de pava, tirando al susto, y se dio a la caridad atendiendo a los expósitos de Albacete y criando fama de santa. En enero de 1954 Margot enfermó de muerte, probablemente de leucemia, y su madre se la llevó a Madrid, a su residencia del número 72 de la calle Princesa, tercer piso, mano derecha. Murió el 19 de aquel mes, víspera del mártir San Sebastián, y su madre le hizo un velatorio con devoción en el que se encerró dos noches con el cadáver y le sacó los dos ojos, le cortó la mano derecha, un trozo de lengua y un mechón de su pelo íntimo, que era rizado, lo que no es poco común, pero dijeron también que pelirrojo. La mano apareció en su piso de la calle Princesa, metida en una cantinilla de leche, al lado de dos soperas que guardaban en alcohol los cráneos mondos de dos perros.

La Mata Hari tuvo de mayor mérito enseñar el parrús en los cabareses y como agente secreto espió poco y mal, y sin embargo le hizo una película Greta Garbo en la que se ponía coqueta con el pelotón de fusilamiento, que daba pena matarla. Margarita Ruíz de Lihory biografió con más solvencia y fue más guapa y más políglota y no tuvo que bailar la ventral en ningún rigodón, enseñando el cuero como una de tantas. Fue más de la estirpe de Rosita Forbes y de Catalina de Erauso que torció en un postre siniestro del que se especularon experimentos nazis y brujerías del Rif donde seguramente solo hubo vejez y chochería y perritos disecados. Margarita Ruíz de Lihory pasó diez años en el manicomio de Carabanchel y después se retiró a su casa de Albacete, la de la Habitación del Moro y los médicos nazis, se arruinó, vendió en rastrillo sus pertenencias entre las que había una bicha de Balazote de terracota, y murió en la indigencia el 15 de mayo de 1968 dejando un misterio bonito de folletín inglés y una canción para el truquemé que decía: “En la calle de la Princesa, vive una vieja marquesa…”

MARTÍN OLMOS

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