MARTÍN OLMOS MEDINA

Réquiem por Peter Pan

In Esto es Hollywood on 24 de agosto de 2013 at 12:18

El niño prodigio Bobby Driscoll no asumió una adolescencia granuda y se echó a la jeringuilla

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dejé de creer en Santa Claus el día que mi madre me llevó a verle a unos grandes almacenes y él me pidió un autógrafo”
SHIRLEY TEMPLE

El cine es un montón de fotos puestas en fila que si se proyectan muy deprisa hacen la ilusión del movimiento y la sangre es de tomate, los besos de mentira y las lágrimas de colirio y, sin embargo, es mágico. Los tres cubos del trilero también son mágicos y nada es lo que parece y un lampiño puede hacer un bigotudo con una mano de betún en el hocico y un capón puede pasar por bravo si sabe poner en posición las cejas. Si sabe inflar el pecho que guarda el corazón en un puño. En el cine como en la vida, todo es mentira y pocas cosas son verdad y un jardín de Pasadena es la selva de Tarzán y un rubiales de la California te hace de Pancho Villa si le tiznas de bruno el flequillo y le pones a tomar el sol y, sin embargo, de un niño tiene que hacer otro niño porque si se usa a un enano se nota. En el teatro del kabuki japonés estaba prohibida la presencia de los niños en escena y los papeles femeninos los interpretaban los onnagata, actores masculinos especializados en encarnar a jóvenes mujeres que disimulaban sus facciones con maquillaje de polvo de arroz. El cine tiene la ventaja de poder enmendar una escena que ha salido morcilla pero el inconveniente del primer plano, que enseña los años de un enano por mucho polvo de arroz que le pongas encima. El cine requiere caballos, besos de tornillo bajo la lluvia y niños, cuando hacen falta.

El fenómeno de los niños actores está entre la tradición de los castrati, que cantaban con voz querubina en las misas, la prostitución infantil, la explotación de menores y la costumbre de sacar al crío a tocar el violín a las visitas, que ponen cara de que les está conmoviendo la serenata pero están deseando que se acabe. Los niños son divertidos de hacer, caros de criar y difíciles de aguantar y para trabajar con ellos hay que dominar la ley del reflejo condicional de Pavlov y disimular las flaquezas para que no te huelan el miedo, como los doberman. Jackie Cooper fue nominado al Oscar con nueve años por la película “Skippy” (1931), en la que el director Norman Taurog consiguió que llorase con sentimiento amenazándole con matar a su perro, y a Shirley Temple le estimulaban los pucheritos diciéndole que se imaginase que su madre había muerto.

El niño como explotación económica tiene un límite, que es cuando gallea de voz y le crece el bozo, así que hay que sacarle el rendimiento mientras sirva, como a las tierras en barbecho. Hay que trabajarlo rápido y sin miramientos antes de que pegue el estirón, entre en abriles y se ponga mancebote. A Judy Garland le sacaban la ganancia haciendo que trabajase setenta y dos horas seguidas manteniéndola de pie con meriendas de pastillas y cuando acababa el tajo la mandaban al hospital del estudio y la forraban de sedantes. Le ponían un puente de látex en las napias porque era medio chata y le chutaban adelgazantes. Pero los niños faranduleros estiran como cualquier hijo de vecino y un buen día se despiertan y se dan cuenta de que los pies les sobresalen de la cama. Joselito creció descompensado de cabeza y no sirvió para galán y Marisol se hizo roja de tabardo de botón de cuerno y se le puso cara de antipática. Perdió el acento de Málaga. Fernando Savater concluyó que una infancia feliz es una desventaja porque después de ella la vida se pone cuesta abajo. Los niños del cinema viven una infancia de ponis en el jardín y fuentes de pepsicola que no es infancia y cuando tallan se convierten en hombres sin protección, como cables pelados. El actor prodigio Scotty Beckett, que debutó con tres años y trabajó con Errol Flynn y con Tyrone Power, no asumió ser un adulto sin papeles y se suicidó en Hollywood después de que le trincaran pasando drogas por la frontera mejicana y le condenaran por darle una paliza a su hija con una muleta ortopédica. El actor mejicano Cesáreo Quezadas, que le decían Pulgarcito, tenía once años cuando le hizo el contrapunto gracioso a Marisol en “Ha llegado un ángel”, de Luis Lucia, y veintiuno cuando asaltó a punta de pistola la zapatería “El Taconazo” y casi mata a una vieja de un susto. Hoy toma la sombra en el penal del Cereso de Yucatán por violar a su hija y hace tiempo que se dejó la gracia en una vuelta del camino.

El chaval de la Disney
A los padres de Bobby Driscoll les dijo un peluquero que su hijo era un chaval listo y guapetón que podía hacer una carrera en el cine. Le llevaron a una prueba en la Metro-Goldwyn-Mayer del león y el niño salió con un papel en “Lost Angel” (1943). Tenía cinco años y superó a cincuenta aspirantes. Driscoll era capaz de aprenderse los diálogos a la primera y no tenía el inconveniente de la repelencia de la que abusan los críos artistas que ponen ojitos de gato llorón. Se convirtió en el niño bonito de Walt Disney, trabajó con Alan Ladd y con Mirna Loy, ganó 50.000 pavos en un año, fue Jim Hawkins en la versión de “La Isla del Tesoro” de Byron Haskin, ganó un Oscar juvenil con trece años y le pusieron una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. En 1951 le puso la voz al Peter Pan de Walt Disney y al año siguiente cumplió quince años, le creció la cabeza, le salió un arrozal de granazos en la jeta y se puso zagalón. Echó vocejón de antro y pinta de matón de instituto con dos cursos repetidos y le echaron del País de Nunca Jamás. Se empezó a chutar heroína a los dieciséis, cuando todavía le quedaba dinero. Cuando se lo gastó robó en una clínica de animales, le ficharon por BOBBY DRISCOLLtrapichear, endosó cheques falsos y le detuvieron por atizar a un tipo en la cabeza con una pistola. Perdió los dientes y le falló la memoria. Cumplió veintitrés años en el Centro de Rehabilitación del penal de Chino, en el condado de San Bernardino. Cuando salió se fue a Nueva York, orbitó alrededor de Andy Warhol firmando de estrella caída y desapareció entre los drogotas del East Village que dormían el sueño del opio en las lonjas baldías. El 30 de marzo de 1968 dos chavales le encontraron muerto en un piso en ruinas de la Avenida A rodeado de basura y de crucifijos. El forense descubrió metedrina en su sangre y determinó que la había diñado de un ataque al corazón provocado por una arteriosclerosis derivada de los chutes. Como no tenía documentación le tomaron las huellas dactilares (por las que se descubrió veinte meses después su identidad)  y le enterraron en una fosa común en el cementerio de Potter´s Field, en Hart Island, donde acaba el Bronx, con el resto de los Niños Perdidos, en el cubo de los desechos.

En 1983, el psicólogo Dan Kiley llamó Síndrome de Peter Pan a la propensión de ciertos hombres a no madurar. Madurar es cosa de manzanas y a los tíos de verdad lo que nos gusta es levantarnos tarde, medirnos la meada con los amigos y tirarle piedras al sereno y maduramos poquito y a la fuerza cuando dejamos preñada a la novia o nos vemos en la desagradable circunstancia de tener que ganarnos la vida. Dan Kiley tuvo su predicamento, sin embargo, y para estirar la racha describió el Síndrome de Wendy, en el que explicó que algunas mujeres protegen a los hombres como si fuesen sus madres. Esta vez no tuvo tanto éxito y nos ahorró, gracias a Dios, el Síndrome del Capitán Garfio: inclinación al destemple de los individuos a los que un cocodrilo les ha comido una mano.

MARTÍN OLMOS

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: