MARTÍN OLMOS MEDINA

Gastronomía japonesa

In Caníbales on 6 de septiembre de 2013 at 12:08

Issei Sagawa consideraba que su amiga Renée Hartevelt estaba muy buena en el sentido gastronómico de la expresión

ILUSTRACION IDE MARTIN OLMOS

“El caníbal es un gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época pre-porcina”
AMBROSE BIERCE

Le llaman sashimi los japoneses a comerse un pez crudo porque no le saben hacer una salsa de pil pil y le llaman los finolis cocina de fusión a freír un huevo sin puntilla y con la yema como una piedra pero poniéndole al lado una filigranita de vinagre de Módena, que ni es vinagre ni es nada. También le dicen minimalismo a no tener un puerco real para poner una alfombra en el salón comedor y el que no se consuela es porque no quiere. Los japoneses se comen los peces crudos porque se perdieron un capítulo de la civilización y no se han enterado de que los boquerones se albardan. Los japoneses miran en cinemascope y plantan árboles que no dan sombra. El hombre como es debido se avergüenza de su animalismo y adorna sus instintos primarios poniéndole ligas al sexo y una salsa  au poivre al lomo de ternera para diferenciarse del mono de la cueva, que irrumpía en la hembra por el sur cuando la veía agachada en una campa y se comía la carne cruda. Los japoneses refinan el sexo vendándoles en constricción los pies a sus señoras para que no gasten más allá de un treinta y cinco y colgándolas del techo atadas en posturitas de la disciplina del shibari pero en el culinario prefieren el plato sin hacer y  sacan a la mesa el atún rojo recién pescadito de la mar. Luego te lo sirven con wasabi y una alga y un cacito de arroz viudo igual que el del hospital, te hacen un número como de lanzacuchillos de circo y te atizan una dolorosa que te tiemblan por lo que no deja de ser la comida del gato. Brillat-Savarin decía que los predestinados para la gastronomía eran, por lo general, de estatura mediana, cara redonda, ojos brillantes, frente pequeña, nariz corta, labios carnudos y barba redonda. El gastrónomo japonés es, en cambio, melancólico y samurai y tiene añoranza de horno con el que somarrar un cabrito.

Issei Sagawa hoy es un gastrónomo ilustre con columna en las revistas manducatorias pero ayer fue vanguardista y se comió a una novia holandesa que tuvo en grado de tentativa. Issei Sawaga es un japonés con voz de pito, medio enano y cojo de estribor. Nació el 26 de abril de 1949 en Kobe, en donde les dan masajes y cerveza a los bueyes de la matanza, y de pequeño soñó pesadillas en las que le cocían en una marmita con hojas de laurel y daditos de caldo concentrado. En secundaria le sospecharon de marica pero a él le gustaba Grace Kelly y la quería morder. Al canijo le gustaban las chicas vikingas que no le hacían el menor caso porque tenían que arriarse su buen medio metro para mirarle a los ojos. Cuando estaba estudiando Literatura Inglesa en la Universidad de Wako, en Tokio, se coló en la habitación de una profesora de ISSEI SAGAWAlengua alemana y la intentó matar clavándole un paraguas, pero tuvo que poner los pies en polvorosa. Su padre era un ejecutivo ricachón de la multinacional Kurita Water Industries y en 1977 le financió los estudios de literatura moderna en el instituto Censier de la Universidad de la Sorbona de París. Issei Sagawa fue estudiante talludo y vanguardista, casi un rentista como de novela de Evelyn Waugh pero en tono limón, y exhibía notables conocimientos de arte y afición por los tebeos manga. Sagawa se compró un rifle del calibre 22 para protegerse de los apaches de Pigalle, que visten jerseys de rayas marineras y viven a la luz de las farolas,  y frecuentó la compañía de Renée Hartevelt, una estudiante holandesa de literatura comparada que tenía veinticinco años y que hacía el honor a las trigueñas anatomías de su patria. Rotundas y frescas como de comer margarina y oler a tulipán. Pasearon juntos bordeando el Sena y Sagawa le invitó a las exposiciones de los modernos y a conciertos de tuba. Una vez la invitó a su casa y cuando se fue lamió la silla en la que se había sentado para alimentarse de su calor cotidiano. Grabó su voz en un magnetofón, le envió cartas de amor y pensó en comérsela. Estaba enamorado y tenía hambre, dos circunstancias que los demás seres humanos manejan en autonomía, pero Sagawa pensaba, como Georges Bataille, que un beso es el prólogo del canibalismo. Hirvió arroz de asilo y se compró cuchillos iwaki para el sushi.

Tertulia y cena para uno
El 11 de julio de 1981 la invitó a su casa a cenar sujiyaki y a tertuliar de libros la sobremesa. Más tarde dijo que cuando Renée se lavó las manos, él se la imagino limpiándose el esplendor en el bidet. Le declaró su amor y ella le dijo que no podía ser, pero que quería ser su amiga. Cuando una mujer ofrece amistad cuando le están demandando amor está diciendo en eufemística: ni sueñes que te vas a encaramar a mi grupa, cojo enano. El cojo enano Issei Sagawa se retiró a su habitación, cargó el rifle del 22 y regresó al comedor. Disparó a Renée en la base del cuello y la mató. Después intentó comerse una nalga pero no pudo rasgar la piel con los dientes y tuvo que acceder a la carne roja separando con un cuchillo eléctrico la grasa, que le pareció del color del maíz. Encontró la cena mollar y más delicada que el filete de res y siguió comiéndose un trozo de la nariz, el pezón izquierdo, las caderas y un muslo. Cuando se hartó acumuló despensa en la nevera y se acostó con el despojo. A la mañana siguiente se merendó un brazo, el otro muslo y la lengua. Al tercer día el menú era carroña y llegaron las moscas en tropel y Sagawa comprendió que la fiesta había terminado, despedazó los restos, los metió en un par de maletas y los abandonó en el Bosque de Boulogne, a los pies de una morera.

A Sagawa le metieron en el manicomio de Paul Guiraud con la intención de tirar la llave pero se puso malito y le diagnosticaron una encefalitis avanzada con toda la pinta de que iba a llevarle a la tumba en donde solo había una inflamación intestinal y su padre consiguió que le trasladaran al hospital psiquiátrico de Matsuzawa, en Tokio, donde se puso sano como una pera y salió en libertad en quince meses. Escribió una novela de la que vendió 200.000 ejemplares, salió en la tele en programas de recetas y recuperó su vocación de artista esculpiendo nalgas de mujeres blancas. Durante un tiempo recogió el pis de una amiga en botellas y se lo bebía, pero cuando la fuente se preñó encontró que la orina sabía a maternidad y abandonó el hábito. Dibujó tebeos manga y salió en una película porno, los Rolling Stones le dedicaron una canción y hoy escribe una columna en una revista gastronómica. El que era un enano de metro y medio con una pata renqueante y comedor de culos sin metáforas tiene ahora club de fans y recomienda despreciar la carne de las plantas de los pies y el clítoris en el periodo de la menstruación y aconseja reposar las tajadas un par de días antes de hincarlas el tenedor porque así adquieren dulzor. Tiene pinta de japonés al que le birlan la cartera en el metro de Barcelona camino de ir a tirarle fotos a la Sagrada Familia y ha manifestado en alguna ocasión su voluntad de cerrar el círculo dejándose ahogar con la saliva de una mujer hermosa. No obstante, ha declarado que comer excrementos es ir demasiado lejos. A su manera, no deja de ser un filántropo que guarda esperanzas en el ser humano y que contradijo al aforista polaco Stanislaw Jercy Lec, que escribió que como el hombre está asqueado del hombre, preveía la desaparición del canibalismo.

MARTÍN OLMOS

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