MARTÍN OLMOS MEDINA

Madres e hijas

In El cañí, Los raros on 10 de septiembre de 2013 at 23:10

Aurora Rodríguez Carballeira rompió a tiros el sueño de crear a la mujer del futuro

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No se hubiera dado la situación de Hildegart y de su madre si no hubiera habido el momento histórico social y político de la Segunda República”
CARMEN DOMINGO

Al contrario que el tigre blanco siberiano del Circo Americano, que acaba pasando por el aro en llamas, los hijos son los animales que peor responden a la doma. Basta que el padre quiera que su hijo estudie para médico internista, con la ilusión que le haría al abuelo,  para que el niño quiera ser pianista de cabaret. Los hijos, a cierta edad, siempre tienen razón pero luego se les pasa y vuelven a ser ignorantes y acaban arrepintiéndose de no haber acabado el bachillerato por irse a tocar la guitarra en el metro con una novia que se echaron que tenía el pelo corto y veía películas de Godard. Los hijos tienen que equivocarse por su cuenta como se equivocaron por la suya sus padres y luego tener toda la vida para lamentarlo. A veces, en cambio, los padres recogen la correa y atan corto y juegan a Dios, que dice el Génesis que creó al hombre a su imagen y semejanza (1, 27) y quieren que el hijo sea semejante a lo que ellos no lograron ser. Eso, según se mire, es vanidad o perfeccionismo. Eso también es tener un plan.

Preludio de piano
El plan de Aurora Rodríguez Carballeira era concebir a Juana de Arco. Aurora Rodríguez Carballeira nació en El Ferrol en 1890 y recibió la educación de las señoritas, que era un entrenamiento para hacer un buen casorio. Cartilla y catón, las cuentas de las cuatro reglas y el abecedario, doctrina cristiana, costura y un poco de piano. Aurora sin embargo demoró las tardes en la biblioteca de su padre y se dejó las pestañas interpretando los tomos de los socialistas utópicos Charles Fourier, Robert Owen y el conde de Saint Simon. De aquellas lecturas concluyó que no se casaría nunca, que su hermana era una fresca y su hermano un indolente y que había empresas de más edificio que buscarse a un señor al que bordarle los dobladillos. Para darle la razón, su hermana Pepina se dejó preñar a traición y al niño hubo que criarlo en la casa familiar mientras su madre se largó a Madrid para no ser comentada. Aurora se dedicó a educar a su sobrino y en vez de sacarle al parque a que persiguiese a los gorriones le puso a escuchar las sonatas de Beethoven. Con dos años el crío era capaz de tocar una jota al piano, con tres dio un concierto en el casino de Ferrol, con cuatro Pepina se lo llevó a Madrid, a sacarle un rendimiento, y con cinco dio un recital en el Palacio Real. El chico hizo carrera de niño prodigio con el nombre de Pepito Arriola, que era el apellido de su abuelo materno, y la reina María Cristina le costeó  los estudios en Alemania con Richard Strauss. Aurora pensó que la fresca Pepina se llevó al chaval por la prebenda después de que ella le alimentase la inquietud, pero no pudo hacer nada porque no era la madre que le parió. A Pepito Arriola le llamaron el Mozart español y llegó a ser el pianista del káiser Guillermo, tocó en el Carnegie Hall y en la Scala de Milán y acabó amenizándoles las veladas a Hitler, a  Goebbels y a  Goering, notables melómanos.

Jardín de sabiduría
Aurora comprendió que solo sería suyo lo que le saliese del vientre y concibió la idea de traer al mundo la mujer perfecta. No andaba manca de gracias pero no le interesaban los hombres, así que en vez de un padre, y un compadre, se puso a buscar un sembrador solvente que cumpliese el tajo y tomara el mutis. Lo encontró en un marinero, hermoso y rubio como la cerveza, igual que en la canción de Rafael de León, que se hacía pasar por sacerdote y gastaba el verbo ágil de los cantamañanas. Cerraron el negocio en el que quedó claro que el varón no acarrearía la carga de la paternidad y yacieron en veinte ocasiones con la pasión del que ficha en la oficina y cuando Aurora quedó encinta el marino volvió al mar. Parió en Madrid, en el tres de la calle Juanelo, en la parte alta de Lavapiés, lejos del Ferrol y su orvallo, el 9 de diciembre de 1914. Tuvo suerte y salió niña, y la puso Hildegart Leocadia Georgina Hermenegilda María del Pilar, ni más ni menos, pero la llamó siempre por su primer nombre, que decía, no se sabe a santo de que criterio, que quería decir Jardín de Sabiduría (en germánico Hildegarda significa la que ampara en la batalla, sin jardines ni sapiencias, y sin “t” final).

La niña sin juguetes
Aurora le dio a su hija una infancia sin peonzas ni osos de trapo con ojos de botón, sin juegos de cocinitas. Hildegart nunca tuvo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, sea lo que sea un canesú. El jardín de su sabiduría, sin embargo, se lo abonó a paladas y por medio de juguetes especiales consiguió que aprendiese a leer con tres años. Con diez hablaba inglés, francés y alemán y con trece leía a Descartes, a Leibniz y a Spinoza y ningún cuento de princesas. Aurora le enseñó a desconfiar de los hombres como del agua mansa y como pensaba que la mujer tendía a la frivolidad por un defecto de educación y que razonaba con lo de Venus, la introdujo en el estudio de la fisiología de la sexualidad vedándole los experimentos de campo. La vistió de negro luto y le pisó la sombra. Más que su hija fue su tesis doctoral y se ignora si alguna vez la amó.

La Virgen Roja
A los trece años Hildegart acabó el bachillerato y a los diecisiete se licenció en Derecho y emprendió Medicina. Sus lecturas de Marx le condujeron a afiliarse en el PSOE y mantenía correspondencia con Sigmund Freud y con el sexólogo inglés Havelock Ellis, que se casó con una  lesbiana y padeció de impotencia hasta que a los sesenta años descubrió que podía mantener la guardia alta observando a una mujer meando.  En Madrid le empezaron a llamar la Virgen Roja y el doctor Gregorio Marañón la escogió para colaborar con la Liga Española por la Reforma Sexual. Escribió más de una docena de libros sobre marxismo, malthusianismo y profilaxis anticonceptiva, lideró la petición del voto para la mujer y se enconó en peleas sindicales. El escritor H.G. Wells, autor de “La Guerra de los Mundos” y miembro de la Sociedad Fabiana (el germen del laborismo británico) se interesó por sus trabajos y le sugirió que podía desarrollar su potencia intelectual sin la influencia atosigante de su madre, que siempre caminaba a un paso por detrás de ella. Le envió un billete para Inglaterra y Aurora Rodríguez Carballeira comprendió que su criatura, como la del doctor Frankenstein, tenía voluntad propia. Vio en un delirio a su hija manejada por el servicio secreto inglés, la vio sonriendo a un quinto de permiso y cambiando el  luto por el color de la primavera, la vio escuchando las promesas de un estudiante que le hacía reír. La vio  creyéndoselas. La madrugada del 9 de junio de 1933 fue a verla dormir por última vez. No le despertó. Hildegart tenía dieciocho años. Le buscó la sien con la boca de un revólver y disparó dos veces. Dijo más tarde que lo hizo con cuidado para no desfigurarla. Después le pegó otros dos tiros en el corazón. Dijo más tarde que intentó causar la menor cantidad de dolor.  Mató a la Virgen Roja con su sexo experto pero sin estrenar, mató a la Eva del futuro y la mató porque era suya. Nunca le regaló una muñeca vestida de azul.

Aurora Rodríguez Carballeira fue condenada a veintiséis años de reclusión en el manicomio de Cienpozuelos. Una vez mordió a una monja. El 18 de julio de 1936 los milicianos abrieron los sanatorios para hacer cuarteles y Aurora salió caminando a la calle, vestida de gris , y desapareció para siempre en mitad de un país que empezaba una guerra.

MARTÍN OLMOS

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  1. Esta historia es increble! Gracias.

    Date: Tue, 10 Sep 2013 21:11:03 +0000 To: pablocamarotte@hotmail.com

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