MARTÍN OLMOS MEDINA

Más dura será la caída (desde un décimo piso)

In Las doce cuerdas on 17 de septiembre de 2013 at 22:10

La historia de Urtain la han escrito Fernando Vadillo, Alcántara y Juan Bas como la podrían haber escrito Ring Lardner, Mailer, Gay Talese o Shakespeare

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Urtain es un chico fuerte que ha escogido un mal camino. Se lo han dado todo hecho y se ha acostumbrado a ello.”
PAULINO UZCUDUN

A Urtain le salió la vida como de novelón de auge y caída y la película se la tenía que haber hecho John Huston, pero se la hizo Summers (“Urtain, el rey de la selva…o así”, 1969) y le sacó haciendo el chorra vestido de Tarzán un año antes de que ganara el campeonato de Europa, pero cuando ya anotaba la pinta de muñeco de trapo descosido y tuerto de un ojo de botón, de noble bobo y golferas, de chavalón bueno para el campo y de forzudo de feria que se disfrazó, una tarde de carnaval, de champion del box. A Urtain le vino la biografía grande y los trajes pequeños y le quedaban apretados de sisa, como la tripa tersa alrededor de un morcón de lomo. Urtain venteaba a tongo incluso cuando llenaba los tendidos, pero su facha de Maciste de las fiestas del Pilar le vino fetén a la propaganda del Régimen, que quería vender un país de cocinas de formica y paellas los domingos. Umbral dijo de él que era como un altorrelieve musculado de la mitología del tardofranquismo, un Sísifo en camiseta que subía y bajaba la piedra para nada y que cuando acabó el Régimen también se acabó él. Urtain se retiró del tapiz un mes después de las primeras elecciones democráticas, pero hacía ya tiempo que nadie se creía sus victorias arrolladoras sobre rivales crepusculares. Hasta entonces dibujó con resultancia el arquetipo de vascón roblizo que se merendaba una vaca y te desmontaba de un sopapo de remanga, que era noblón y melancólico, como el sirimiri, y acababa las frases en pues, se enroscaba una hectárea de chapela y cantaba el Maitechu Mía. Para maletilla de Palma del Río con carpanta de pan y claveles ya tenía Franco al Cordobés y para gitana de ojos negros a La Faraona, ozú, y así iba completando el elenco de la celtiberia de las oportunidades, que le salió entre cañí y ye-yé.  A Urtain le vio la oportunidad la cofradía del trile y cuando se quitó de reñir en calzones contra camioneros de segunda se encontró el bolsillo magro y a los amigos de espaldas y le dio vergüenza volver al caserío. “Vuélvete al caserío, no llores más mujer, que dentro de unos años muy rico he de volver”. Maitechu mía, Maitechu mía.

Segundos fuera
La vida trágica de Urtain empezó en el viejo y serio y verde y nubloso monte vasco, que enseña el culto a la fuerza de los hombres, un poco como en Esparta, e inclina a sus mozos a probarse levantando monolitos de Atlas, ¡eup!, y tumbando robledales. La leyenda quiere que su padre fuese hombrón de oficio y por machear en la taberna se apostó a que le saltase la parroquia desde una silla hasta su pecho y aguantó quince acometidas y a la siguiente reventó. Urtain dejó el pupitre por la fragua y abrazó la piedra, sobre la que escribió su saga incontestable empatándoles la gloria a los levantadores míticos Arteondo, Aritza y Ziaran Zar. Urtain llegó a levantar una cúbica de 188 kilos y se convirtió en el héroe de un olimpo escueto de cantera y prao y tuvo que conceder ventajas en las apuestas de las ferias del chistu porque no le aguantó la postura ningún rival. Andaba Franco, dicen, buscando un peleador grande y bien comido para reverdecer la gloria del toro Paulino Uzcudun, tres veces campeón de Europa, y Vicente Gil, médico del generalísimo y presidente de la Federación Española de Boxeo, le hizo la tienta a José Antonio Lopetegui, que le decían Aguerre II y era levantador,  que le dijo que no porque acababa de poner sidrería en Asteasu y no quería dejar a la familia. Urtain, mientras tanto,  se había casado con su novia Cecilia Urbieta, un poco obligado por las circunstancias y por un bulto que le hizo, había cumplido la mili en Ceuta, en donde levantó un Jeep, y andaba buscando machos a los que desafiar en la piedra. A Urtain le ojearon como a un ternero Miguel Almazor y José Luis Lizarazu, caballeros talentosos en el oficio de arrancarle a un duro seis pesetas, y le cantaron con voz de sirena, le sacaron del prado verde y del frontón, le montaron un gimnasio en el hotel Orly de San Sebastián y le enseñaron en una tarde a soltar tortazos rudimentarios. Le debutaron en el campo de fútbol de Ordizia el 24 de julio de 1968 peleándole a Johnny Rodri, santanderino de Castro Urdiales y púgil de festivos, que aguantó escuetamente quince segundos en la vertical. El Régimen tuvo a su vasco forzudo y Urtain ganó treinta combates seguidos tumbando a prejubiletas y a morfeos, a tíos como a Charles Harris, que hizo la víspera del combate bailando en un tablao flamenco en Torres Bermejas, a Freddy Hubert, cuarentón y ferroviario de oficio, y a Mauro Miranda, que era estibador en el puerto de Pasajes. Urtain en los madriles, lejos del chistu y el tamboril, hizo un anuncio de Soberano, que es cosa de hombres, y tumbó gachisas en el Chicote, en veladas sobre rings de plumas que acababan al amanecer. Se le hizo pobre el chiquito y se aficionó al whisky gringo on the rocks y conoció el París de la Francia. Cuando el 3 de abril de 1970 ganó el campeonato de Europa peleando contra Peter Weilan, un gordinflón con peluquín al que le habían pescado conduciendo trompa un mes antes del combate, le fueron a ver disputar Marisol, el Cordobés, Palomo Linares y el ministro Torcuato Fernández Miranda. Presentó el match el cantante Torrebruno y lo dijo Matías Prats en clave de furia española.

K.O.
Urtain estuvo en el tinglado de los dioses y de los jetas nueve años en los que le sacaron el rendimiento promotores del chalaneo como Renzo Casadei y Yamil Chade, un turco charlatán que se ponía collares de quincalla. Por el camino dejó a Cecilia y a los hijos y puso familia nueva en Madrid. Cuando no tuvo en frente a los paquetes y le tocó pelear a hombres medio derechos conoció las derrotas dolorosas. Le zurraron boxeadores que estaban en la última parada del tranvía: Jurgen Blin, Goyo Peralta y el abuelo Henry Cooper. No pudo con Mariano Echevarría, que estaba casi en el retiro y no podía estirar el brazo derecho porque tenía hecho cisco el codo. Urtain se retiró tieso y triste y le dio vergüenza volver al caserío, donde le decían de golfo. Maitechu mía, Maitechu mía. Se quedó en Madrid y puso negocios que le fueron regular y acumuló deudas, fue relaciones públicas en una whiskería, que es manera de decir bonito el oficio de echar a la pura hostia a los curdas que alborotan, y acabó en el Campo del Gas peleando la comedia del catch contra el Inca Wuiracocha, dando volatines de mentirijillas. Se hizo cisco las cuerdas vocales en un accidente de tráfico y le quedó voz de ruina, que le hizo más trágico. Se la copió Marlon Brando, pero nunca lo reconoció. En verano de 1992 estuvo buscando un aval para que le concediesen un préstamo de tres millones de pesetas y poner un restaurante en la calle de Alcalá y el 21 de julio disputó su último combate contra la gravedad y se tiró por la ventana desde el décimo piso de su domicilio de la calle Arturo Soria, cuatro días antes de que se inaugurasen los juegos olímpicos de Barcelona. Perdió por K.O. O por abandono, usen la figura que les plazca. Hizo tanto ruido que el portero de la finca pensó que se había caído un saco de escombros pero era Urtain el que se encontró en la calle, boca arriba y reventado como reventó su padre por sostener una postura de macho (tan difícil de sostener), mirando al cielo con su nariz marchita como la frente del que volvía en el tango y los bolsillos vacíos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez.

MARTÍN OLMOS

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