MARTÍN OLMOS MEDINA

La bella y salvaje Dominó

In Esto es Hollywood on 19 de septiembre de 2013 at 12:57

Su padre casi ganó un Oscar y su madre fue portada de Vogue, pero ella se hizo cazadora de recompensas.

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dominó era muy inteligente y muy guapa, pero escondía todos sus buenos atributos bajo una fachada de tía dura”
MICKEY ROURKE

Dicen que Hollywood es una golfa que cuando se quita el maquillaje enseña la lepra. No será para tanto. Hollywood es un lugar donde se fabrican sueños como en Detroit se fabrican bugas y en Estepa de Sevilla polvorones de almendra. Ilia Ehrenburg decía que los aparatos se hacen con metal y cristal y las películas con celuloide y gelatina, pero se preguntaba si los sueños se hacían con dólares, con sonrisas o con la abismática sima de la noche. Los sueños son la materia de la que estamos hechos los hombres, escribió Shakespeare, pero estamos construidos, en rigor, de sangre, vísceras y huesos que se ponen de cristal cuando llegamos a cierta edad. Flaubert decía que los sueños son las sirenas de las almas, y que si seguimos sus cantos no podremos retornar. El comediante Menandro pensaba que los sueños alimentan al que no tiene otra cosa para comer. Los sueños, como los huesos viejos, son de un cristal tan frágil que si los pronuncias en  alto se rompen en mil pedazos. En Hollywood se construyen sueños y se fabrican dioses guapos, guapísimos, con pies de cristal. Hollywood quiere decir bosque de acebo y parece que el nombre se lo puso en 1880 la parienta de un promotor inmobiliario que amaneció lánguida y no se dio cuenta de que lo que crecía por allí eran naranjos.  Cuando Julio César se bañaba en la multitud se hacía acompañar por un esclavo que le sujetaba el laurel y le iba repitiendo: recuerda que eres humano. Los dioses guapos de Hollywood, como Julio César, están expuestos al puñal del amigo y a veces necesitan que alguien les recuerde su mortalidad. Su olimpo es pagano y de decorados de trampantojo y como ya dijo San Agustín que las representaciones teatrales son maquinaciones del demonio, los Papas Inocencio XIII y Benedicto XIV lanzaron anatemas contra los histriones. Sin embargo a veces, para parecerse al Dios de los cristianos, envían a sus hijos al sacrificio.

Hijos de Dios
Hollywood nunca ha demostrado mucha clemencia con la infancia tierna. Le ha hecho creer que los animales hablan y que los zapatos de cristal encajan en los pies de las fregonas, lo que no es el mejor punto de vista para empezar a caminar por la vida.  El actor infantil Jackie Coogan recordaba que cuando Charles Chaplin necesitaba que pusiese pucheros le amenazaba con matar a su perro y cuando los directores querían que Shirley Temple llorase le decían que su madre había muerto. Hollywood no es una buena guardería, aunque los hijos de las estrellas tengan un pony de las Shetland en el jardín en vez de un chucho de la perrera meándose en un cajón en la cocina. Así van asumiendo evidencias que para el resto de la mortalidad son extraordinarias y se creen que el oficio de sus padres es matar indios y que de los grifos del lavabo sale batido de fresa. Los hijos de Dios pierden tan pronto la inocencia que a veces parece que se la olvidaron en la placenta. El hijo del galán Charles Boyer jugó a la ruleta rusa con un revólver del 38 y perdió y la hija de Lana Turner le metió dos cuchilladas al novio gangster de mamá, que se llamaba Johnny Stompanato y era el matón de Mickey Cohen, el hombre fuerte de Bugsy Siegel en la costa del Oeste. El hijo de Gregory Peck se pegó un tiro en la cabeza con un cañón del 44 y el de Marlon Brando mató al novio de su hermanastra Cheyenne, que acabó ahorcándose a los veinticinco años en su casa de la Polinesia; el de Paul Newman murió de mezclar valium, ron y cocaína y la del productor David O. Selznick crió fobia a las puertas giratorias y a los ascensores y decidió tomar el camino más corto saltando desde el piso veintidós de la torre de Wilshire Boulevard. Lo que recogieron de ella cabía en una caja de cerillas.  Los hijos de Apolo buscan su lugar bajo el sol y a veces no lo encuentran, como les pasa a los hijos de los tenderos y de los porteros de finca, pero aquellos no tienen la cintura diseñada para la frustración.

Bella y bestia
Dominó Harvey nació en 1969 en el barrio de Belgravia, en Londres, donde se tiene que vender el hígado en el mercado negro para pagar el alquiler. Su padre era Lawrence Harvey, un actor inglés de origen lituano que fue nominado al Oscar por su interpretación en “Un lugar en la cumbre” (Jack Clayton, 1959). Lawrence Harvey practicó la cara guijarreña de los DOMINO HARVEYcomediantes de una sola pieza (decían que trabajar con él era como trabajar solo, pero peor), pero hizo su carrera y fue el heroico coronel Travis en “El Álamo”, de John Wayne, y el rey Arturo en el musical “Camelot”, de Lerner y Loewe. Su madre era Paulene Stone, una modelo que fue la musa de Carnaby Street en los sesenta y que frecuentaba las portadas de Voghe. Dominó fue hija única y creció con los ponies de las Shetland y los grifos de batidos de fresa, su mamá era bella y su papá salía en las películas. Dominó decapitaba a sus muñecas y jugaba con cuchillos. Lawrence Harvey murió con 45 años de un cáncer de estómago y Paulene se casó con el fundador de la cadena de restaurantes Hard Rock Café y se fue a vivir a Hollywood. Dominó se quedó en Inglaterra, interna en los mejores colegios de los que le echaban porque les rebajaba la chulería a los golfos de su clase a puro puñetazo. En vez de pintarse las uñas de los pies se dedicaba a practicar artes marciales y a ensayar movimientos envolventes con una navaja de mariposa. Con quince años era una chica guapa con pinta de no encajar bromas a la que se le daban de miedo los puñales y las camorras a cabezazos en el puente de la nariz. Ganaba las broncas, escupía por un lado de la boca y se enganchó a la cocaína. Como era la hija de Paulene Stone y tenía las curvas la agencia Ford le firmó un contrato de modelo, pero duró poco en la pasarela porque le dobló la nariz a una divina de un derechazo de revés. Prefirió pinchar discos en un tugurio y vender camisetas en el mercadillo de Nothing Hill.

Su madre se la llevó a Hollywood y le metió en una clínica de rehabilitación. Dominó observó que en el valle donde su padre se ganó la gloria no había bosques de acebo. Había camareras con sueños de cristal y palmeras, había lepra detrás del maquillaje. Dominó tenía acento inglés y al diablo en persona en el alma. Tenía veintidós años cuando se presentó en la agencia de cazadores de recompensas de Ed Martínez pidiendo un empleo. Iba camuflada de combate y le sonreía con dientes de sierra el cuchillo de su cinturón. Ed Martínez era veterano de Vietnam y se dedicaba a recuperar las fianzas de los acusados que no comparecían en el juicio. Dominó tenía dinero para comprar buenas armas y se hizo con una automática Browning de nueve milímetros y una escopeta corredera del calibre doce. Dominó Harvey encontró su lugar bajo el sol, tirando puertas abajo y zurrando estopa a la carne dura del penal, bebiendo a gollete tequila con sus compadres Zeke Unger y Celes King, birlándoles speed a los listeras de los campos de caravanas y ayudando a capturar a medio centenar de convictos. En 2005 los estupas de la pasma la arrestaron por correr metanfetaminas de cristal, le confiscaron el pasaporte y le abrazaron el tobillo con una pulsera electrónica. Se rapó el pelo al cero y adoptó un perro pitbull de malas pulgas, vendió su vida al cine, al hermano de Ridley Scott, se encerró en casa a esperar la sentencia y se metió un atracón de Fentanyl, un analgésico narcótico cien veces más fuerte que la morfina. Tenía treinta y cinco años y amaneció muerta en la bañera.

MARTÍN OLMOS

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