MARTÍN OLMOS MEDINA

La triste historia de la ramera Polly Nichols

In Destripadores y sacamantecas on 25 de septiembre de 2013 at 13:18

La prostituta Mary Ann Nichols inauguró el cuchillo terrible de Jack el Destripador

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La esperanza no estaba al alcance de una perdida como Mary Ann Nichols”
PATRICIA CORNWELL

Mary Ann Nichols fue puta de chaflán y aliviaba de pie, apoyada en una persiana, levantándose la cubierta a dos chelines la salva marinera sin besos ni champán. Mary Ann Nichols, que le decían Polly, era mostrenca de talle y nalguda, de poco más de metro y medio y pelo de castaño ratón y matices de cano. Tenía cuarenta y tres años pero se quitaba dos por presumir, ajaba diez por arriba y llevaba ocho en la tapia, alquilando el género por una gorda. Mary Ann Nichols tenía una sonrisa con ventanales de cinco dientes que le faltaban de una somanta que le dieron por hacerle a un cliente la chamba del cepo, que era un truco que gastaban las furcias con vía que consistía en trabarle al caballero el negocio entre los muslos y ahorrarse una vuelta. Si el caballero oficiaba cogorza no se enteraba y se iba a casa pensando que se había lucido, pero si se daba cuenta la metía una zurra que la baldaba. Mary Ann Nichols se ponía en renta por dormir en seco y por beber gin y había conocido tiempos mejores. Nació el 26 de agosto de 1845 en la calle Dean del Soho de Londres, su padre se llamaba Edward Walker y era cerrajero y su madre trabajaba la casa. A los diecinueve años se casó con William Nichols, maquinista de una imprenta, puso casa en la ronda del Old Kent y trajo al mundo cinco hijos, tres varones y dos hembras. En 1881 el matrimonio se fue al garete porque ella se entrompaba en vez de arreglar a la camada y de él se murmuró que se enredó con la portera de una fonda.  Durante un tiempo William Nichols le pasó una pensión de cinco chelines semanales que ella completó bordando en un taller de costura, pero dejó de mantenerla cuando se enteró de que se ponía debajo de las farolas. A partir de 1882 Polly Nichols se entregó a la ginebra y frecuentó los bebederos de rufianas, estuvo un tiempo con un herrero llamado Drew compartiendo un cuarto en el distrito de Walworth, perdió la custodia de sus hijos por vivir de barragana y acabó alquilándose en Whitechapel por un jergón y un trago. En 1886 murió uno de sus hijos abrasado cuando se le explotó una lámpara de parafina. Polly Nichols acabó durmiendo en los bancos del que llamaban el Parque de la Sarna y en los asilos para pobres de Spitalfields, una extensión de unos cuatrocientos metros cuadrados entre Brick Lane y Commercial Street de la que el reformador Henry Mayhew, editor de la revista Punch, dijo que era “uno de los barrios más notables donde cohabitaban los personajes más inmundos de la metropoli”.

A los huéspedes de los albergues de Spitalfields les registraban y si les encontraban un penique miserable les devolvían a la calle. Se les confiscaba el tabaco, las cerillas y los cuchillos y después les dejaban en cueros, les obligaban a lavarse en una tinaja comunitaria que a la tercera ablución se ponía como la pez y les secaban con trapos sucios. Les proporcionaban ropa del asilo y les ponían a dormir en un barracón lleno de ratas sobre chinchorros colgaderos. A las seis de la mañana les tocaban la diana y les daban un desayuno de sopa de sebo y carne rancia y les ponían a trabajar abriendo estopa, que es como llamaban a destrenzar las sogas que se habían quedado viejas para aprovecharlas el cáñamo. A veces también bañaban a los muertos de la morgue y fregaban el suelo. A las ocho les daban una cena de sopa de avena si había suerte y si se negaban a hincarla les echaban a patadas. Polly Nichols aguantaba poco en los asilos porque le apretaba la sed y las ganas de litigio y solía enredarse en tánganas de taberna con otras del oficio, que eran tan bravas como ella. El profesor de Cambridge Thomas Okey describió a las rameras de Whitechapel como “maldicientes, bravías, amigas de clavar las uñas en los ojos, siempre con las caras y los pechos señalados”. Polly Nichols solía llevar los estigmas violentos de sus reyertas y las uñas rotas. En abril de 1888 salió del asilo de Lambeth y pensó en dejar los consuelos de persiana y la botella y encontró un empleo de sirvienta con cofia en Ingleside, en Wandsworth Common. Sus señores eran abstemios y religiosos y Polly intentó mantenerse alejada del brandy de las visitas. En julio la despidieron por robar ropa por un valor de tres libras y diez chelines.

La última noche
Mary Ann Nichols, la pobre Polly Nichols con su sonrisa ventilada de cinco piños difuntos, volvió al callejón sórdido de Whitechapel, a la tapia y al marinero, a la faena de dos chelines y a la chamba del cepo, al gin de garrafa y a las riñas de gatas. En agosto compartió una habitación en el número 18 de la calle Thrawl, entre la Commercial y Brick Lane, con otra prostituta llamada Nelly Holland hasta que rindiendo el mes la desalojaron cuando se quedó sin blanca. La noche del 31 de agosto de 1888 la paseó al sereno llevando encima todo lo que tenía en esta vida, que era: un abrigo marrón con botones metálicos grabados con las figuras de unos jinetes, un vestido de retal de color piedra, dos enaguas del asilo Lambeth de lana gris puestas una sobre la otra, dos corsés rígidos con cierres de ballena, un par de medias negras de punto, ropa íntima de sarga, un par de botas de hombre cortadas por la caña, un pañuelo blanco, un peine de caparazón de tortuga, un trozo de espejo y un sombrero de paja negro adornado con una banda de terciopelo. El sombrero era POLLY NICHOLS EN LA MORGUEnuevo y lo presumió y se pescó una trompa en la taberna de La Sartén, en Whitechapel Road. A la una de la madrugada se acercó al Thrawl y pidió que le reservasen una cama de cuatro peniques y se fue a su negocio a buscárselos y dos veces los consiguió y dos veces se los bebió. A las dos se encontró con Nelly Holland en la calle Osborne y le dijo que tenía un sombrero nuevo, estaba borracha y jamás volvió a tener tan buen aspecto. Hora y media después se la encontró el carretero Charles Cross tirada en un callejón de Buck´s Row con un tajo en la traquea que iba desde una oreja a la otra y un corte que empezaba en la parte inferior del abdomen, acababa en el diafragma y dejaba los intestinos a la intemperie. Pobre Polly Nichols, que aquella noche estrenó un sombrero de paja negra y banda de terciopelo, que en vez de descansar el lomo tuvo que salir al callejón terrible por beberse la ganancia, que le faltaban cinco dientes y sonreía en blanco y negro. En la tabla de la morgue la identificó su antiguo marido William Nichols, que al verla allí retajada, dijo: “Habiéndote encontrado así, mujer, te perdono todo el daño que me hiciste”. A Polly Nichols la mató un hombre malo de los que abundan las noches y que todavía nadie sabía que le iban a llamar Jack el Destripador, que en aquel callejón de Buck´s Row debutó su cuchillo. En el otoño que vino le siguió dando gusto y mató también a Annie Chapman, a Liz Stride, a Catherine Eddowes y a Mary Jane Kelly, que le decían la Negra, todas hembras del farol y que por ellas vaya la historia verdadera de la puta Polly Nichols para que no sean las rameras el atrezzo de los cuentos sanguinarios.

MARTÍN OLMOS

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