MARTÍN OLMOS MEDINA

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El párroco y el monaguillo

In El cañí, La cruz y la media luna on 26 de octubre de 2013 at 10:28

En 1971, en el Puerto de Sagunto, un cura asesinó a un monaguillo para abusarlo y después de unos años de retiro siguió diciendo misa

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS

“Naturalmente, entonces no era fácil reseñar un suceso de tal naturaleza, y si se publicó fue porque se trató con mucha delicadeza”
MARGARITA LANDI

Como buen católico, el español, que siempre que puede quema un convento, practica solo en bautizos y funerales y le guarda recelo a la iglesia porque en los tiempos de la carpanta recuerda haber visto al obispo cebón. Los curas, que conocen la inclinación de su rebaño, instauraron por lo tanto el paseo publicitario del cepillo, contradiciendo al evangelista San Mateo (6, 3) que recomendaba que cuando hagas dádivas de misericordia, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. A un español con auditorio le sale la hidalguía vieja y entonces va y echa cien duros a la cesta para pasar por rumboso delante del vecino, que es un muerto de hambre, pero en su fuero interno no le convence ni Dios de que el óbolo no se lo va a gastar el cura en una capa en vez del negrito del Domund en unas alpargatas. El español alimenta una inmanente desconfianza hacia el incienso y en los tiempos en los que la iglesia disfrutaba de un respeto institucional hacía las gracias a costa del cura en el oscuro, debajo de una manta, como cuando escuchaba radios francesas. El cura de los chistes primigenios era gorrón de almuerzos, pedigüeño y a veces burdelario. La democracia y su laxitud llevó las chanzas al mosén a la taberna y a la sobremesa de las bodas, en donde las decía el padrino en alto cuando se entrompaba,  y la influencia irlandesa acuñó al cura menorero, que le dio mucho discurso anticlerical al pensador liberal.

A pesar de lo que dijo Jesucristo en Marcos X, 14 (consulten una Biblia, no se lo vamos a dar todo hecho), del binomio de un cura y un niño desconfían los papás, que prefieren que sus hijos salgan truchimanes y tiren piedras a los gorriones a que se metan monaguillos. Otros binomios de escaso crédito son el de un gitano y un melón y el de una bailarina y un caballero de mediana edad. Tradicionalmente el niño le ha huido al fraile por no saberse el catecismo y escapar del sopapo doctrinario y si en ocasiones se ha decidido a oficiar de acólito en la misa ha sido por meter la mano en el cepillo y soplarse el vino sacramental, que suele ser aterciopelado y medicinal, como el que ponen con un barquillo los baturros en las ferias. Los niños que frecuentan sacristías crían una reputación inquietante y los demás chavales les ignoran en el descampado, donde van echando la hombría a base de pedradas. Se dice que al papa Benedicto IX le gustaban los niños y también las cabras.  Un cura sale pederasta como puede salir del mismo pelaje un tranviario, porque la inclinación es una cosa de la índole de cada cual que no tiene relación comprobada con vestir sotana, pero el cura tocón forma escándalo y se le publicita para que escarmiente. En otros tiempos, en cambio, se tapaban los pecados del clero para no dar pienso a los iconoclastas que abundan en las gacetas.

El cura de Sagunto
Principiando los años setenta, al niño Francisco Calero Navalón, monaguillo de nueve años,  le mató el padre José Prat Balaguer, de la orden de los Paúles, párroco en funciones de Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, en la provincia de Valencia. El padre José Prat era mallorquín de Inca, nació en 1917, estudió farmacia y combatió en la guerra, de la que recordaba las mutilaciones de la morería y las jaranas con putas de la oficialidad, se ordenó sacerdote en 1951 y ejerció su ministerio en La Habana, en Tegucigalpa y en una parroquia del barrio de Brooklyn de Nueva York. Desde enero de  1971, a causa de la muerte del titular, oficiaba de párroco en funciones en Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, donde no manifestó inclinaciones lujuriosas y, más bien al contrario, guardaba la cautela con las niñas que cantaban en el coro, que le tenían por torvo. Sin embargo mostró querencia por el niño Paquito Calero, que era guapo como un sol, y le daba las propinas de los bautizos. Paquito Calero era guapo sin querer y huérfano de padre, que se había muerto de silicosis, y su madre, Isabel Navalón, sacaba adelante la casa como podía, vendiendo a la voz en la playa y limpiando en la compañía minera de Sierra Menera. Paquito era el mediano entre dos hermanas y su madre pensó que si demoraba en la iglesia no iba a aprender golferías en la plaza de la Alameda. El 2 de marzo de 1971, un poco antes de la misa de siete, el padre José Prat llamó a Paquito a la sacristía, le zurró en la cabeza con un cenicero de hierro, le abusó mientras intentó estrangularle y le pegó sesenta puñaladas con un abrecartas en forma de espadín con el que le seccionó la carótida. Después le tiró por las escaleras e intentó arrojar el cuerpo a un pozo ciego, pero fue interrumpido por otro sacerdote y se peinó a la raya, se cambió de ropa, se perfumó con loción de bálsamo  y se entregó a la Guardia Civil. El niño Paquito llegó desangrado al hospital de los Altos Hornos y le enterraron en una cajita blanca y a don José le juzgaron el 10 de noviembre en Valencia, a puerta cerrada y con poquita luz, y le condenaron a diecisiete años de prisión menor, con prohibición de volver al término municipal de Sagunto durante treinta años, inhabilitación absoluta durante el tiempo de la pena y el pago de las costas procesales y de una indemnización a la madre de la víctima. Durante la vista, el padre José dijo que el niño era demasiado guapo para estar en este mundo.

Al suceso le hizo el mutis la prensa por la categoría del asesino y solo apareció en el semanario El Caso, que mandó de corresponsal a Margarita Landi y al fotógrafo Enrique Guerrero. El capitán de la Guardia Civil de Sagunto les recibió en batín de estar y les invitó a un cafelito pero no les soltó prenda, pero la Landi consiguió el testimonio de un brigada, comandante de puesto en el Puerto, que por ser padre de familia se mostró más locuaz. Los vecinos del Puerto contestaron el crimen no dejando salir ninguna procesión de la iglesia de Nuestra Señora de Begoña pero a la familia del niño Paquito siempre le quedó la duda de que el padre José rindiese entera la pena (parece que pasó unos años preso en Zamora), aunque dio por sentada su excomunión. El padre José murió en Vallvidrera el primero de mayo de 2002 a los ochenta y cinco abriles y dos años después fue glosado con honores por el sacerdote Josep Barceló Morey, de la congregación de los Paúles, en su libro “121 mallorquines”, en el que recorría las biografías de misioneros ejemplares que fueron testimonio de la fe cristiana. Sobre su peripecia en el Puerto de Sagunto, el padre Morey recogió únicamente que don José Prat tuvo “un problema muy grave que asumió con fortaleza y humildad” y reconoció que acabó su ministerio en ejercicio como vicario de la parroquia de La Bordeta de Lérida. Parece que la iglesia juzgó con menos inquisición a su siervo, que se murió en la paz de Dios y en el anónimo, dando misas con comunión y vete a saber si escuchando confesión. En 2007 condenaron a una multa de 696 euros a una vecina de el Puerto por hacer una pintada en la iglesia recordando el asesinato del niño Paquito y en 2012 se recuperaron las procesiones y sacaron al Cristo Crucificado de la Hermandad del Santo Sepulcro de la parroquia de Nuestra Señora de Begoña. Hoy se pregona sin miramiento al cura lascivo para que se muera de la vergüenza y no pueda esconderse en las catacumbas y con el tiempo hasta nos atreveremos con el ayatolá, que tiene mal perder y como no encaje la gracia te quema una embajada.

MARTÍN OLMOS

Carnaval americano

In Matones y camorristas on 20 de octubre de 2013 at 21:48

La paliza que le dieron cuatro polis a Rodney King provocó la peor revuelta racial de la historia de Los Ángeles

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Rodney King era un caníbal curtido en el Congo”
JAMES ELLROY

Pusieron en la tele a los pasmas dándole lo suyo al negrata. Los Ángeles es la ciudad con más horas de televisión diaria per cápita. Andy Warhol dijo: “La inspiración es la televisión”. Dijo: “Me encanta Los Ángeles, todo el mundo es de plástico”. Andy Warhol era de plástico. Dijo: “Todo el mundo debería tener derecho a quince minutos de gloria”. El negrata Rodney King tuvo ochenta segundos de gloria.

Rodney King: un zulú de la selva, un zángano borrachuzo en libertad condicional. Su madre Odessa predicaba a Jehová. A su padre Ronald le mató la botella. Rodney heredó la dipsomanía de papá. Rodney se dormía en el pupitre. Rodney mangaba  pelucos. Pasaba de Jehová. Se casó dos veces, se divorció dos veces, tuvo tres hijas a las que les dio mal ejemplo. Era un negro con el futuro negro. Con veinticuatro años asaltó la tienda de un coreano en Monterey Park. Le zumbó una paliza con un bate metálico. Le mangó doscientos pavos. Le trincaron y le enchironaron. Le soltaron al año en libertad vigilada. Rodney King: un mandingo más en el barrio de Watts. Estaba a punto de ser una estrella. Noche del 3 de marzo de 1991: Rodney King se enganchó una curda viendo fútbol por la tele. Luego se subió a su coche y entró en la Interestatal 210, la autopista de Foothill, en el Valle de San Fernando. Le pesaba la pierna derecha. Puso el Hyundai a ciento cincuenta. Era una bala. Iba trompa y de fenciclidina, que le dicen PCP,  que le dicen el  Polvo del Ángel, que es un anestésico disociativo. Su percepción del conjunto se hizo añicos independientes. Cada añico iba a su rollo. El centro neurálgico de Los Ángeles es la autopista. Jean-Paul Sartre dijo que Los Ángeles es como un gusano al que le puedes cortar un trozo sin que esto suponga una mutilación del cuerpo orgánico de la ciudad. A las 12,30 los oficiales Tim y Melanie Singer interceptaron a Rodney King conduciendo como un orate. Dieron el aviso y le persiguieron. El negrata no aflojó. Le pesaba la pierna derecha. Puso el buga a ciento ochenta. Puso en común sus añicos para conjugar sus posibilidades: era un masai del Watts,  no quería volver al talego, estaba en libertad RODNEY KINGcondicional, vapuleó a un limón por doscientos pavos, tenía antecedentes por conducir trompa. Se le bajó el vacilón.  Se saltó los semáforos. Se metió en calles residenciales. Al mandinga le persiguieron los negreros. Se le pegó al culo un desfile de coches de la bofia y le sobrevoló un helicóptero. Parecía el Espíritu Santo. Rodney King pasaba de Jehová. No vio la metáfora. Le trincaron en la esquina del boulevard Foothill con la calle Osborne. Se le acercaron cinco polis. Eran rostros pálidos. Eran bwanas blancos.  Rodney King se resistió al arresto. Los polis dijeron que les intentó arrebatar una cacharra. Los polis le tiraron al suelo y le esposaron usando la técnica del enjambre, que es echarse en montón sobre el cuerpo rompiéndole las costillas. Luego le administraron ochenta segundos de repaso y le rompieron el pómulo, la mandíbula y la pierna derecha. Le zurraron cincuenta y cinco porrazos. Le dijeron: “Vamos a matarte, negro”. Le redujeron a escoria negra y roja.

George Holliday: un blanco nacido en Argentina que tenía el sueño ligero. Tenía un balcón. Tenía una cámara de vídeo. Tenía una empresa de fontanería. Compró la cámara para vigilar que sus plomeros no se tocaran la balota en horas de tajo. Su balcón daba al boulevard Foothill con Osborne. Le despertaron las sirenas. Grabó la paliza al negrata. Ochenta segundos de cinéma verité. A la mañana siguiente fue a la Central de Policía de Los Ángeles, les enseñó la cinta y pidió explicaciones. Los pasmas le mandaron a paseo. Vendió la película a la cadena de televisión KTLA por quinientos pavos. Los directivos de la KTLA pensaron que les había caído el gordo.

5 de marzo de 1991: América desayunó chococopos de avena y la paliza a Kunta Kinte.

Latasha Harlins y Soon Ja Du: chocolate y limón. Latasha Harlins tenía quince años, como mi amor, era negra, era del guetto, era dura. Latasha mangaba menudencias. Soon Ja Du, coreana de cincuenta años, pensaba que el Sueño Americano era atender su tienda veinticuatro horas al día. Estaba harta de que le mangasen los chicles.  16 de marzo de 1991: Latasha Harlins le birló a la china una botella de zumo de naranja. Soon Ja Du la enganchó de la sudadera. Latasha le zumbó cuatro puñetazos en la jeta. Soon Ja Du le tiró un taburete. Falló. Cogió un revólver del mostrador y disparó. No falló. Le acertó en la nuca y la mató en el acto. La soltaron en libertad condicional por atenuante de defensa propia.

Los negros maceraron su odio durante un año. Lo cocinaron a fuego lento, como en los tebeos cocían al misionero. En Los Ángeles se hablan ciento cuatro idiomas. Es un anuncio de Benetton a punto de explotar. El Watts zulú proporciona un tercio de los asesinatos de la ciudad. Los coreanos habían copado las tiendas de ultramarinos. Los cholos trabajaban en el doméstico porque eran más baratos. Los negros pasaban crack. Los blancos no supieron interpretar los tambores de la selva. Los negros guisaron un caldo con el rencor.

Interludio cómico. 1 de abril de 1991: una menda acusó a Ronald Reagan de haberla violado. Vendrán mejores tiempos con la pistola de Bill Clinton.

Rebelión en Babel
Un año después. 29 de abril de 1992: un jurado de blancos absolvió a los polis Theodore Briseno, Lawrence Powell, Timothy Wind y Stacy Koon por la paliza a Rodney King. El alcalde de Los Ángeles Tom Bradley era negro y dijo: “El veredicto nunca nos hará cerrar los ojos ante lo que vimos en aquella cinta de vídeo”. El presidente George Bush padre dijo: “El sistema del jurado ha funcionado. Ahora hace falta calma y respeto por la ley”. Babel estalló. Salió la horda watusi por Rodney y por Latasha. Los coreanos se atrincheraron en sus tiendas de licores. Los coreanos se llevaron la peor parte. Algunas tiendas amanecieron con la pintada “Propietario Negro”. Las demás fueron saqueadas. Las partidas de caza se llevaron las teles y las zapatillas Nike. Los helicópteros de la poli filmaron a los negros zurrándole una paliza a Reginald Denny, un camionero blanco y rubio. Le sacaron de la cabina y le patearon. Le rompieron un ladrillo en la cabeza. Un hechicero vestido de hip hop bailaba alrededor. Al guatemalteco Fidel López le abrieron la crisma con una radio de coche, le mangaron dos mil dólares, le intentaron cortar una oreja y le pintaron los huevos de negro con un spray. Todo salió por la tele con sus intermedios comerciales. Los Ángeles Lakers suspendieron el partido contra los Portland Blazers. Los disturbios duraron seis días y dejaron un inventario de: sesenta personas muertas, cien edificios destruidos, dos mil heridos, tres mil incendios, una llamada a los bomberos por minuto, el barrio coreano demolido y un millar de tiendas saqueadas. 500 millones de dólares de pérdidas. Se acusó a las autoridades de aislar el Watts y Los Ángeles Sur y dejar a las tribus a su albur. Cortaron un trozo del gusano de Sartre. La política de los manicomios victorianos: agrupar en una celda a los locos peligrosos para que se maten y acabar con el que queda en pie. Los Creeps, la banda negra más numerosa de la ciudad, aprovechó el río revuelto para zanjar las cuentas. Se declaró el estado de emergencia. Soltaron a los marines. Rodney King salió por la tele después de desayunar una tortilla de benzodiazepinas. Dijo: “¿No podríamos llevarnos bien?”. La frase apareció en la portada de Time. Rodney King apaciguó a la selva. Era el Mesías. Meses después le trincaron en faena con un travesti.

1993: expiación. Revisaron el caso de Rodney King y le indemnizaron con tres millones de dólares. Sus abogados se llevaron la mitad. Les demandó. Perdió. Metieron a dos pasmas en el trullo. Rodney el Mártir se gastó el resto en promocionar grupos de rap. Se arruinó. Volvió a la selva: le detuvieron por zurrar a su novia y por conducir chutado. Tiró por el sumidero su simbología. El Mesías era un curdas. No dio la talla de Rosa Parks. 17 de junio de 2002: Rodney el Curdas se tiró a una piscina en el Rialto puesto de una mezcla de PCP, marihuana y priva que le provocó una arritmia cardiaca y se ahogó sin completar su redención.

MARTÍN OLMOS

La violencia inherente de Norman Mailer

In Con buena letra on 13 de octubre de 2013 at 11:05

Norman Mailer practicó el pacifismo político y la violencia social

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Lo que me parece detestable en Norman Mailer es su afición por el asesinato”
GORE VIDAL

Norman Mailer era el aspirante. Era un judío de Brooklyn pequeño y duro. Esperaba en su esquina. Ensayaba fintas en el salón. Norman Mailer estaba en Méjico cuando Ernest Hemingway se voló la cabeza con una escopeta del calibre doce. Norman Mailer declaró que la muerte de Hemingway despertó secretas alegrías en el corazón de todos los chupatintas. Dijo que Hemingway era el muro del fortín. Dijo que era el hombre que había aportado la fuerza para creer que aún se podía echar abajo el pasillo del hospital y vivir junto al aliento de la bestia. Dijo que era el hombre que asumió la parte cotidiana del horror que le corresponde a cada uno. Hemingway dejó el campeonato vacante. Mailer saltó a la lona. Se deshizo de la piedad. Norman Mailer dijo de sí mismo que a veces tenía una vena fea, oscura y competitiva. La literatura europea es mendigar prólogos, escribir columnas y gorronear cafés. Las corrientes literarias norteamericanas se ordenan por idiosincrasias. Las categorías menores son las de los mariquitas sureños como Truman Capote y Tennessee Williams y las de los huidizos como Pynchon y Salinger. Los pesos pesados son los escritores priápicos que son borrachuzos y jodedores. Abusan del matrimonio y de las metáforas deportivas. Se pegan en los bares. Son machos, falocéntricos y ligeramente frívolos. Frecuentan los alrededores de la violencia. Derrochan pelo en el pecho y exhibicionismo. Hemingway fue el campeón de los escritores machos durante tres décadas. Practicó una masculinidad sin fisuras, hecha de guerras y tauromaquia. Cuando estampó su sesera en la pared dejó desierta la cima de la colina. Norman Mailer era exhibicionista y era hirsuto, aguantaba la priva en verticalidad, podía manejar la violencia y orbitaba alrededor de sus propios genitales. Era un buen jodedor de Brooklyn, un tipo duro que no bailaba. No era un chupatintas con alegrías secretas por la desaparición del macho. Podía echar abajo el pasillo del hospital. Norman Mailer dijo de sí mismo que tenía un aplomo duro como el diamante.

Norman Mailer disponía de ciertas garantías cuando se dispuso a coronar la colina de Hemingway. Había ganado las preliminares con su primera novela “Los desnudos y los muertos” (1948), basada en sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió en Filipinas asignado a la 112 División de Caballería como topógrafo, francotirador y cocinero. Había peleado a la contra sus siguientes obras, había fajado los puñetazos que le dieron. Descubrió que no tenía cintura para la frustración. Era adicto al Seconal, al whisky, a la marihuana y al sexo. Era consciente de que podía traspasar los límites del decoro literario. Trabajaba el envoltorio y dijo que había aprendido a vivir en el sarcófago de su imagen. Trabajaba su cromosoma Y. Dijo que el miedo es una mano que te oprime a la altura del pecho y que o la apartas y avanzas o lo pagas el resto de tu vida. Se dio de hostias con cuatro macarras que se rieron de su caniche y acabó en el hospital. No obvió el insulto, respondió a la ofensa, peleó a puñetazos por su perrito. No lo pagó el resto de su vida. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Le arrancó un trozo de oreja de un mordisco al actor Rip Torn mientras sus propios hijos lloraban viendo la grotesca pelea de dos hombrones rodando sobre una campa. Le pegó un cabezazo a Gore Vidal. Le tiró una copa a la cara. Gore Vidal dijo: Una vez más, Norman no ha encontrado las palabras adecuadas. En Provincetown tumbó a un pasma de un puñetazo y le abrieron una costura de quince puntos en la cresta a porrazos. En el club de jazz Birdland le detuvieron por montar una pelea por una cuenta de siete dólares y cincuenta centavos. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Después de pegarle dos cuchilladas a su segunda esposa Adele, le dijo: “¿Es que no entiendes por qué lo hice? Porque te quiero y tenía que salvarte del cáncer”.

Adele Morales estudió interpretación en el Actor´s Studio y era una pintora decente pero poco aplicada. Orbitaba alrededor de los escritores beatniks. Fue la segunda de la copiosa legión de esposas de Norman Mailer. Se casaron en 1955. Las tarjetas de invitación tenían la forma de un pene que se estiraba a medida que se desdoblaba. Adele era una NORMAN MAILER Y ADELE MORALESbella a lo Rita Moreno y Mailer era el escritor del momento en el ambiente de porros y genios del Village de Nueva York. Eran guapos y salvajes y devastadores. Tuvieron dos hijas. Organizaban fiestas a las que acudían Capote, Burroughs y Balldwin. Mailer andaba a vueltas con su hombría. Desafió al novelista James Jones a hacer flexiones. Cabalgaba furcias y llegaba a casa con carmín en la camisa. Adele se despachaba la bodega. Adele quería saber los nombres de sus queridas. Norman se folló a un travesti. Adele le prohibió tocarla. Norman vivía en el sarcófago de su imagen. Sostuvieron el matrimonio a base de la mutua demolición.

La última fiesta
En 1962 Norman quiso presentar su candidatura para la alcaldía de Nueva York. Truman Capote dijo que solo perseguía una ración de publicidad por la cara. El 19 de noviembre organizó una fiesta de promoción en la que mezcló a la congregación de los drogotas de Times Square, a los gorrones de los bares (a los que consideraba sus votantes naturales) y a la izquierda chic del Village. Le pareció una metáfora social. Compró un perchero industrial, azumbres de priva y hierba jamaicana. Adele se puso un vestido negro y pensó que no se podía aferrar a nada. Unas horas antes de la fiesta, Norman Mailer se puso hasta arriba de whisky y porros de marihuana, intentó hacer un trío con un abogado y una actriz y llegó al festejo borracho. Se puso una camisa de torero. Adele acostó a las niñas y vio como se le llenaba la casa de gorrones. Tuvo una sensación de peligro. Bebió martinis. El editor George Plimpton se escabulló para que no le birlasen la cartera. Mailer le persiguió hasta la calle y le pegó con un periódico enrollado. Después se peleó con una cuadrilla de punkis y regresó a casa a las cuatro de la mañana, sangrando por la cabeza y con un ojo morado. En la fiesta solo quedaban Adele, que estaba borracha, un negro de la caterva de los gorrones y un tipo llamado Lester Blackiston, al que más tarde mataron en la cárcel. Mailer estaba como una cuba. Adele le enseñó un capote y le dijo: “¡Aja, toro, ajá! Vamos, mariquita, ¿dónde están tus cojones?”. Mailer encontró una navaja de siete centímetros. Más tarde dijo Adele que estaba sucia. Más tarde dijo Mailer que no estaba sucia. Mailer embistió y le pegó dos cuchilladas a Adele. Blackiston se largó. El negro intentó ayudar a Adele, pero Mailer le apartó y le dijo: deja que se muera la maldita puta. El negró tumbó a Mailer a hostias y sacó a Adele de la habitación. En el hospital le vieron dos puñaladas; una en el pecho que casi le tocó el corazón y le perforó el pericardio y otra menos profunda en la espalda. Los editores de Mailer le aconsejaron que dijera que se había caído sobre unos cristales rotos. La pasma no se lo tragó. Adele no presentó cargos. Norman Mailer pasó una temporada en el psiquiátrico de Bellevue, en el que le diagnosticaron esquizofrenia. Visitó a su mujer en el hospital y le dijo que la quería, que estaba hermosísima en la camilla y que le salvó del cáncer.

Norman Mailer se convirtió en el autor de la segunda mitad del siglo veinte, sostuvo la posición sobre la colina de Hemingway, puso rosas en las bocas de los fusiles de los soldados durante la guerra de Vietnam, practicó el pacifismo político y la violencia social, se casó seis veces, una de sus mujeres le acusó de trigamia, ganó dos premios Pulitzer, tuvo nueve hijos y acabó pagando tantas pensiones que se vio obligado a convertirse en una factoría literaria. Adele cicatrizó sus costuras, se metió en Alcohólicos Anónimos y se pasó años leyendo como Norman firmaba contratos millonarios y se casaba con otras mujeres. Pensó que eran las ganancias de Fausto. Se encontraron en la boda de una de sus hijas veintiocho años después. Norman le dijo: “Adele, lamento haberte arruinado la vida”.

MARTÍN OLMOS

Deprisa, deprisa

In El cañí on 10 de octubre de 2013 at 13:35

La vida corta de El Jaro se convirtió en leyenda quinqui

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Macarra de ceñido pantalón,/ pandillero tatuado y suburbial”
JOAQUÍN SABINA

Los quinquis de sirla y de recortá iban de jaco y por rumbas de Los Chunguitos y la épica sensacionalista de bugas trompeando se la hicieron las pelis de José Antonio de la Loma, que le salían por cuatro perras con la excusa del reparto naturalista de macarras de futbolín. El quinqui iba de tejano culiprieto y campanudo de bajos, ceñido para ir avisando el par, iba de sello de colorao, de espinilla de pus, de insolente juventud y de suelas de la Kelme para salir volao. El quinqui fue un fenómeno del final setentero  y cutre al que le sacaron la gracia después y le pusieron bulerías, pero cuando estuvo en ejercicio no se le vio el chiste por ninguna parte y fue la consecuencia del barraquismo vertical, de la falta de escolarización, del paro juvenil y de la pandemia del caballo. El quinqui no evolucionó más allá de ser un chorizo magro que perpetró una delincuencia raquítica e inmediata pero tremendamente violenta, no vio más lejos de la tarde siguiente y dispendiaba el consumao en chutarse la heroína pero tuvo, sin embargo, la intuición del salvajismo y a su alrededor se fomentaron las leyendas de los mordiscos de alicates y los navajazos repentinos. El quinqui inauguró el miedo a salir de noche por si te cosían a mojás  para mangarte la medalla de la comunión o te violaban a la novia y fue tertulia de los sociólogos que lo saben todo, pero también fue fácil cantarle por la tentación de emparentarle con el nihilismo, con la juventud con prisa por morir, con la anarquía de barrio y con la injusticia social. El quinqui fue en realidad un fenómeno de hambre, mono y chabola. El profesor Hobsbawm tenía escrito que el bandolerismo es una forma primitiva de protesta social, pero la inclusión del jaco en la ecuación quinqui desbarataba el razonamiento de Bakunin  sobre que el bandido “es siempre el héroe, el defensor, el vengador del pueblo, el enemigo inconciliable de toda forma de Estado y de régimen social o civil”. El quinqui perseguía nada más que el alivio del jamelgo y como mucho llevarle a la chavala al recreativo, a convidarle al Pac Man, y no demoraba por la sociológica. En cambio tuvo el adorno de la trova de la rumba merchera y del cantautor como tuvo el trabuquero de Ronda su copla de ciego. Lo mismo que cantó el romance antiguo andaluz al caballista de Utrera (“Ese tal Diego Corrientes robaba con fantasía: a los ricos les robaba y a los pobres socorría”) le rumbearon los Chichos al quinqui del Barrio de la Mina (“Tu eres el Vaquilla, alegre bandolero, porque lo que ganas repartes el dinero”).

El triunvirato quinqui de la leyenda lo formaron el Vaquilla, el Torete y el Jaro. A los dos primeros se los llevó el pico y su consecuencia y a uno le cantaron los Chichos y al otro los flamencos catalanes de Bordón 4. Al Jaro lo mataron a tiros durante un atraco en la calle de Toribio Pollán, que hoy se llama de la Veracruz, en Chamartín, cuando tenía dieciséis años. El Jaro valiente acometió a una escopeta de caza con una sirla de muelle y perdió. Iba con una gorra de cuadros, de majo de la Verbena de la Paloma, y con un raudal de coraje inverosímil pero sin el par, porque un año antes había perdido un testículo en un tiroteo con los picoletos en Somosaguas. La gorra de El Jaro la guardaron de trofeo una temporada en la comisaría de la calle Cartagena. Luego vino la canción de Sabina, qué demasiao, y la película de Eloy de la Iglesia con música de Burning: “La policía tiene su cara en un papel, porque roba farmacias y algún coche también”. Al Jaro y a los otros que palmaron chavales los filósofos de la culturilla pop les adjudicaron a la fuerza el camelo molón del vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver, que es en realidad una frase de la película de Nicholas Ray “Llamad a cualquier puerta” (1949), en la que salía Humphrey Bogart. La frase chula tiene poco fundamento pero prendió entre los gurús idiotas que se conoce que no comprendieron que uno vive al ritmo que le tocan y a lo que le alcance el cuero, que morir joven es antinatural y que no hay cadáveres bellos porque se diña con la boca abierta y el intestino afloja y echa la herencia.

Carne de cañón
A José Joaquín Sánchez Frutos le dijeron el Jaro por rubión y retaco y nació en 1963 en Villatobas de Toledo, donde crece el cardo borriquero. Su padre jornaleaba el terrón sin fortuna y su madre se entrompaba diariamente bajándose dos litros de peleón. El Jaro y sus hermanos obedecían un régimen de correa en el lomo y encierro en la chabola y una dieta de un chusco de pan duro y una onza de chocolate y empezaron a robar leche en las escuelas por mandar callar al estómago. La familia se trasladó a Madrid con lo puesto y se instaló en una casa abandonada del Barrio de San Blas. El Jaro y su EL JAROhermana María del Pilar tuvieron que mendigar la esquina con el reclamo de sus caritas famélicas y la ganancia se la entregaban a la madre, que la invertía en zamparse ella sola una olla de patatas viudas y tres botellas de cuartillo de pitarra y a la camada le dejaba la gana sin remediar. El Jaro se fue pronto a buscarse las suyas y juntó una cuadrilla que se dedicó al choriceo magro de tiendas y a los atracos de sirla. Con trece años comandaba una banda de más de cuarenta bravos que le guardaban vasallaje por su carisma y por su observación de un desconocimiento absoluto de la vulnerabilidad de su peladura. Se hicieron ley en la barriada de Peña Grande, mangaron bugas de presumir, pegaron tirones y dieron el jaque a la pasma. El Jaro no levantaba un palmo del suelo pero ordenaba a mayores de edad porque comprendió que su rango de jerifalte no se lo daba su tamaño tapón sino que dependía de la exhibición de su coraje y de la publicidad de su violencia y hasta los polis duros le cogieron la prevención por su costumbre de embestir el 14.30 puenteao contra las barricadas. Acaso intuyó su inmortalidad, dejó preñada a la novia y se inauguró la vena. Conoció el reformatorio de Carabanchel, donde el padre Camilo Aristu le quiso poner enmienda pero concluyó que era un psicópata amoral, y el Jarito niño, que ostentaba un lunar en la mejilla derecha, volvió al juego del riesgo, a la gloria macarra y al cartel de matón. Hasta 1978, a la banda del Jaro le tenían inventariados cuarenta atracos a garajes, cien robos de coches, cuatro asaltos a gasolineras, dos a viviendas, dieciocho robos en tiendas, treinta y tres atracos a punta de navaja, cien tirones y un asalto a una sucursal del Banco Español de Crédito en Molina de Aragón, en Guadalajara.

Al Jaro legendario le dieron por domao cuando le volaron un huevo durante el asalto a un chalet en Somosaguas. El 30 de julio de 1978 les rodeó la Guardia Civil y el Jaro valiente ordenó a su hueste que najase por la perlacha mientras él afrontaba a tiros a los tricornios. Le acertaron dos balazos en el bajo vientre y perdió un testículo, que le condenó a la descompensación. Pasó una temporada en un penal de Zamora y cuando salió se encontró con su banda dispersada y se unió a otra a la que quiso demostrar que valía él más con un solo péndulo en ejercicio que los demás con el par. El 24 de febrero de 1979 asaltaron a navaja a un hombre en la calle de Toribio Pollán y un vecino le salió a defender con una escopeta de caza. El Jaro razonó con su único cojón y encaró el arma con el pincho, recibió dos tiros que lo finaron y le dejó de herencia al barrio versos de rumba calé, una balada de Sabina, qué demasiao, la conclusión del sociólogo, un monográfico en El Caso y diecisiete velas sin soplar.

MARTÍN OLMOS

La muerte vagabunda

In Caníbales, El cañí on 4 de octubre de 2013 at 23:41

Francisco García Escalero cortejaba novias muertas, oía voces y apiolaba mendigos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“…en las noches sin luz cuando quema el rocío/ una estrella que pasa me llama mendigo”
VICTOR MANUEL

Al mendigo le hizo una canción Victor Manuel como de cantar en la catequesis que se venía abajo en la primera estrofa, que decía así (un, dos, tres, todos conmigo): “A mi puerta llamó sonriente un mendigo…” Los mendigos no sonríen porque no tienen motivo. El mendigo de Victor Manuel es un filósofo inverosímil que parece un abuelito que está pasando una mala racha y no se lo cree nadie, tiene a la luna de compañera de sus sueños, es libre como la flor del campo, ha aprendido a buscar los quejidos de una vieja guitarra que vive con él y se siente muy rico con los sueños más pequeños. El sueño del mendigo es que no le peguen fuego unos chavales que vienen curdas de la litrona y que no le birlen el abrigo.

El mendigo abunda y afea la calle con su carita sucia y su ambre sin hache escrita en un cartón. El hambre con hache y con caligrafía implicaría una formación en humanidades que si el mendigo no ha sabido aprovechar pues que se joda. Que hubiese ido por ciencias, que tienen más salida. El mendigo nos gusta en su sitio: en la puerta de la iglesia, analfabeto y nacional, o como mucho portugués. Al mendigo le sacamos el rendimiento poniéndoselo de ejemplo al niño para que nos estudie y echándole una peseta en el plato para mitigarnos la conciencia recién nos bajamos un vermú con gambas. Al mendigo se le ha tenido por aquí como mobiliario urbano inevitable que se desatornilla de la acera cuando nos dejan organizar un Mundial y entonces le metemos en un almacén del consistorio, con las serpentinas de navidad y los conos de las obras. Al mendigo le hacemos a veces adornos y nos sale la canción de Victor Manuel o una de Tom Waits. Le ponemos a quemar escoria en un bidón debajo del puente de Brooklyn o a caminar la vereda rural con un zurrón y un perro, curándose los dolores con cataplasmas de  romero. El mendigo sin adornar tiene, en cambio, una ictericia como una mano de pintura y a veces lleva navaja no para el sirle, sino para defender la manta, el hueco en la sucursal de la caja de ahorros y el cartón de vino del carrefour. Es el vestigio del paleolítico, el hombre que vive sin la protección de la cueva y duerme con un ojo abierto con el que vigila a los depredadores. Al mendigo lo vienen matando en la calle los hombrones de la ultra y los joveznos que salen de noche parda. El mendigo molesta la calle GARCIA ESCALEROcomercial y no ayuda al negocio con su lamento limosnero y en Brasil los tenderos arrimaban escote para subvencionar a los Escuadrones de la Muerte, formados por pasmas chungos y por la sicariada que cobraba 500 dólares por la cabeza de un pobre. En Recife mataron a más de mil indigentes en cinco años y en Goiania, a doscientos kilómetros de Brasilia, a veintisiete en ocho meses. Dos chicas rusas trompas de vodka decapitaron a un mendigo en Moscú y jugaron con su cabeza un partido de fútbol y en Barcelona tres chavales abrasaron con disolvente a una pordiosera de cincuenta años que se refugiaba de los cinco grados de noche negra y terrible dentro del cajero de un banco. El mendigo es inherente a la violencia porque sabe que no le suelen despertar el sueño para darle chocolate y las buenas noches y lleva la perica en la ropa por si tiene que pelear la vida.

Nacido para sufrir
El mendigo Escalero amaba a las muertas guapas y frías, se escribía la piel a falta de otras memorias, oía voces en su cabeza y asesinaba con agravantes de antropofagia a sus compañeros de intemperie. Al mendigo Escalero le zurró su padre brea de hebilla sin concesión porque pensó que así enderezaba al niño que le había salido tonto. Escalero humillaba el melón y exponía el pescuezo porque le gustaba que le solfearan  caponazos. Puede que tuviese algo de mártir. El niño Escalero se colaba en los velatorios y cuando la familia se retiraba se tumbaba al lado del muerto y le imitaba el gesto poniendo las manitas cruzadas sobre el pecho y los ojitos cerrados. Había días en los que quería ser él el difunto y se exponía en las autovías para ver si le llevaba por delante un coche. Francisco García Escalero nació el 24 de mayo de 1954 en Madrid, en una chabola de lata que levantó su padre, que había desertado del campo zamorano por hacer una peseta en la obra y se quedó a la par. Izó el chamizo torcido en la calle de Marcelino Roa, a doscientos metros del cementerio de la Almudena y el niño Escalero crió viendo cipreses y escuchando a las almas en pena. Le salieron aficiones lóbregas -hoy le dirían gótico- y algunas noches saltaba la tapia del cementerio para enamorarse de las fotos de las muertas que anunciaban los nichos. A veces rompía la pared de uno y sacaba a la difunta a bailar a la luz de la luna. Qué daño hacía el niño Escalero por rumbear valses con las muertitas despertándolas de la eternidad para besarles la mano a la sombra de los mausoleos. Con catorce años se bebía un litro de vino cada mañana, espiaba a las parejas en faena y se fue de casa para vivir en la selva. Con quince mangó una moto y le metieron en un reformatorio y cuando salió tenía diecinueve, violó a una chica y le dieron once años de presidio. Hizo turismo de talego y cumplió en El Dueso, en Ocaña, en Cáceres y en Alcalá-Meco, donde tuvo de mascota a un pájaro muerto metido en una jaula. Se escribió la piel de caprichos de tinta y se tatuó un tigre en la espalda, una cruz en el pecho, un Cristo en una pierna y en la otra una tumba con la inscripción “Naciste para sufrir”. Salió en 1984 con treinta años y se puso de limosnero en la iglesia del Cristo del Amparo, en la Ciudad Lineal, pero riñó con los feligreses, amenazó con matar al párroco José Paz y le pegó un bofetón a una mujer que le dio poca propina. Rendía sus jornadas yendo a tocar muertas al depósito del hospital Gregorio Marañón. Empezó a entrar y salir de los psiquiátricos, le diagnosticaron esquizofrenia y se metió cócteles de benzodiazepina y whisky, escuchó voces en su cabeza y se procuró un puñal. Se dejó barbas de profeta.

Escalero empezó a matar a sus compadres de banco e intemperie en verano de 1986 porque las voces le animaban. Se iba a beber con ellos de peleón y techo de luna y les bajaba a pedradas, les cosía a puñaladas y les prendía fuego. Asesinó a catorce compañeros de vía con adornos de verónicas: a Julio Santiesteban  le cortó un tercio del pene y se lo metió en la boca, a Ángel Heredero le arrancó los pulpejos de los dedos y a Mariano Torrecilla le serró un dedo para guindarle un anillo. A una prostituta de la calle Manuel Becerra la decapitó, metió su cabeza en una bolsa y amó al resto de su cuerpo frío y a un mendigo de nombre Juan le convidó a tres litros de vino y le abrió el pecho a machetazos, le sacó el corazón y lo mordió. A Escalero le trincaron en 1993 porque tertuliaba de sus andanzas en los psiquiátricos y una enfermera del Ramón y Cajal dio el recado a la poli. Le diagnosticaron las obras completas de la psicopatía y le encerraron en la loquera de Fontcalent, en Alicante, donde recibió la visita de Paul Naschy, que le quiso hacer una película. Hoy el mendigo se lleva de la Rumanía y trabaja con un encargado de obra que le mide la jornada laboral (puede que tenga convenio con pausa para el café) y Escalero pasea el manicomio vestidito con un chandal, pero no le dejan tener un pájaro muerto en una jaula ni salir a añorar a sus novias de la Almudena, que tenían poca charla pero se dejaban quitar sin reticencias el sudario con docilidad, como si estuvieran enamoradas.

MARTÍN OLMOS

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