MARTÍN OLMOS MEDINA

Deprisa, deprisa

In El cañí on 10 de octubre de 2013 at 13:35

La vida corta de El Jaro se convirtió en leyenda quinqui

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Macarra de ceñido pantalón,/ pandillero tatuado y suburbial”
JOAQUÍN SABINA

Los quinquis de sirla y de recortá iban de jaco y por rumbas de Los Chunguitos y la épica sensacionalista de bugas trompeando se la hicieron las pelis de José Antonio de la Loma, que le salían por cuatro perras con la excusa del reparto naturalista de macarras de futbolín. El quinqui iba de tejano culiprieto y campanudo de bajos, ceñido para ir avisando el par, iba de sello de colorao, de espinilla de pus, de insolente juventud y de suelas de la Kelme para salir volao. El quinqui fue un fenómeno del final setentero  y cutre al que le sacaron la gracia después y le pusieron bulerías, pero cuando estuvo en ejercicio no se le vio el chiste por ninguna parte y fue la consecuencia del barraquismo vertical, de la falta de escolarización, del paro juvenil y de la pandemia del caballo. El quinqui no evolucionó más allá de ser un chorizo magro que perpetró una delincuencia raquítica e inmediata pero tremendamente violenta, no vio más lejos de la tarde siguiente y dispendiaba el consumao en chutarse la heroína pero tuvo, sin embargo, la intuición del salvajismo y a su alrededor se fomentaron las leyendas de los mordiscos de alicates y los navajazos repentinos. El quinqui inauguró el miedo a salir de noche por si te cosían a mojás  para mangarte la medalla de la comunión o te violaban a la novia y fue tertulia de los sociólogos que lo saben todo, pero también fue fácil cantarle por la tentación de emparentarle con el nihilismo, con la juventud con prisa por morir, con la anarquía de barrio y con la injusticia social. El quinqui fue en realidad un fenómeno de hambre, mono y chabola. El profesor Hobsbawm tenía escrito que el bandolerismo es una forma primitiva de protesta social, pero la inclusión del jaco en la ecuación quinqui desbarataba el razonamiento de Bakunin  sobre que el bandido “es siempre el héroe, el defensor, el vengador del pueblo, el enemigo inconciliable de toda forma de Estado y de régimen social o civil”. El quinqui perseguía nada más que el alivio del jamelgo y como mucho llevarle a la chavala al recreativo, a convidarle al Pac Man, y no demoraba por la sociológica. En cambio tuvo el adorno de la trova de la rumba merchera y del cantautor como tuvo el trabuquero de Ronda su copla de ciego. Lo mismo que cantó el romance antiguo andaluz al caballista de Utrera (“Ese tal Diego Corrientes robaba con fantasía: a los ricos les robaba y a los pobres socorría”) le rumbearon los Chichos al quinqui del Barrio de la Mina (“Tu eres el Vaquilla, alegre bandolero, porque lo que ganas repartes el dinero”).

El triunvirato quinqui de la leyenda lo formaron el Vaquilla, el Torete y el Jaro. A los dos primeros se los llevó el pico y su consecuencia y a uno le cantaron los Chichos y al otro los flamencos catalanes de Bordón 4. Al Jaro lo mataron a tiros durante un atraco en la calle de Toribio Pollán, que hoy se llama de la Veracruz, en Chamartín, cuando tenía dieciséis años. El Jaro valiente acometió a una escopeta de caza con una sirla de muelle y perdió. Iba con una gorra de cuadros, de majo de la Verbena de la Paloma, y con un raudal de coraje inverosímil pero sin el par, porque un año antes había perdido un testículo en un tiroteo con los picoletos en Somosaguas. La gorra de El Jaro la guardaron de trofeo una temporada en la comisaría de la calle Cartagena. Luego vino la canción de Sabina, qué demasiao, y la película de Eloy de la Iglesia con música de Burning: “La policía tiene su cara en un papel, porque roba farmacias y algún coche también”. Al Jaro y a los otros que palmaron chavales los filósofos de la culturilla pop les adjudicaron a la fuerza el camelo molón del vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver, que es en realidad una frase de la película de Nicholas Ray “Llamad a cualquier puerta” (1949), en la que salía Humphrey Bogart. La frase chula tiene poco fundamento pero prendió entre los gurús idiotas que se conoce que no comprendieron que uno vive al ritmo que le tocan y a lo que le alcance el cuero, que morir joven es antinatural y que no hay cadáveres bellos porque se diña con la boca abierta y el intestino afloja y echa la herencia.

Carne de cañón
A José Joaquín Sánchez Frutos le dijeron el Jaro por rubión y retaco y nació en 1963 en Villatobas de Toledo, donde crece el cardo borriquero. Su padre jornaleaba el terrón sin fortuna y su madre se entrompaba diariamente bajándose dos litros de peleón. El Jaro y sus hermanos obedecían un régimen de correa en el lomo y encierro en la chabola y una dieta de un chusco de pan duro y una onza de chocolate y empezaron a robar leche en las escuelas por mandar callar al estómago. La familia se trasladó a Madrid con lo puesto y se instaló en una casa abandonada del Barrio de San Blas. El Jaro y su EL JAROhermana María del Pilar tuvieron que mendigar la esquina con el reclamo de sus caritas famélicas y la ganancia se la entregaban a la madre, que la invertía en zamparse ella sola una olla de patatas viudas y tres botellas de cuartillo de pitarra y a la camada le dejaba la gana sin remediar. El Jaro se fue pronto a buscarse las suyas y juntó una cuadrilla que se dedicó al choriceo magro de tiendas y a los atracos de sirla. Con trece años comandaba una banda de más de cuarenta bravos que le guardaban vasallaje por su carisma y por su observación de un desconocimiento absoluto de la vulnerabilidad de su peladura. Se hicieron ley en la barriada de Peña Grande, mangaron bugas de presumir, pegaron tirones y dieron el jaque a la pasma. El Jaro no levantaba un palmo del suelo pero ordenaba a mayores de edad porque comprendió que su rango de jerifalte no se lo daba su tamaño tapón sino que dependía de la exhibición de su coraje y de la publicidad de su violencia y hasta los polis duros le cogieron la prevención por su costumbre de embestir el 14.30 puenteao contra las barricadas. Acaso intuyó su inmortalidad, dejó preñada a la novia y se inauguró la vena. Conoció el reformatorio de Carabanchel, donde el padre Camilo Aristu le quiso poner enmienda pero concluyó que era un psicópata amoral, y el Jarito niño, que ostentaba un lunar en la mejilla derecha, volvió al juego del riesgo, a la gloria macarra y al cartel de matón. Hasta 1978, a la banda del Jaro le tenían inventariados cuarenta atracos a garajes, cien robos de coches, cuatro asaltos a gasolineras, dos a viviendas, dieciocho robos en tiendas, treinta y tres atracos a punta de navaja, cien tirones y un asalto a una sucursal del Banco Español de Crédito en Molina de Aragón, en Guadalajara.

Al Jaro legendario le dieron por domao cuando le volaron un huevo durante el asalto a un chalet en Somosaguas. El 30 de julio de 1978 les rodeó la Guardia Civil y el Jaro valiente ordenó a su hueste que najase por la perlacha mientras él afrontaba a tiros a los tricornios. Le acertaron dos balazos en el bajo vientre y perdió un testículo, que le condenó a la descompensación. Pasó una temporada en un penal de Zamora y cuando salió se encontró con su banda dispersada y se unió a otra a la que quiso demostrar que valía él más con un solo péndulo en ejercicio que los demás con el par. El 24 de febrero de 1979 asaltaron a navaja a un hombre en la calle de Toribio Pollán y un vecino le salió a defender con una escopeta de caza. El Jaro razonó con su único cojón y encaró el arma con el pincho, recibió dos tiros que lo finaron y le dejó de herencia al barrio versos de rumba calé, una balada de Sabina, qué demasiao, la conclusión del sociólogo, un monográfico en El Caso y diecisiete velas sin soplar.

MARTÍN OLMOS

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